miércoles, 5 de septiembre de 2012

Conti, Saer y los árboles


Los árboles son una cosa esencialmente extraña. No tanto por su forma, por la complicada maestría con que fueron diseñados, por su longevidad y capacidad de devenir en símbolo, sino porque aquí, en medio de la maraña de casas, solares y suciedades de la ciudad, el árbol, como estandarte de una naturaleza erradicada, es una excepción, algo diametralmente opuesto al habitual cemento, a los ruidos de los coches, a las cotidianas soledades de la urbe. En los parques, en las banquinas, al borde de los basureros hay árboles, pero no es lo mismo, aquí hablaré de los árboles en su medio, que puede ser o no el bosque, pero que para mi, sobre todo, arraigan en la memoria, como decía Conti, en la verde memoria.

Los árboles, como la lluvia o el verano, son elementos del pasado, tienen una relación evidente con el tiempo, al que parecen querer desafiar. Los que recuerdo estaban en un huerto de naranjos, en una colina de chopos, en unas sombras de pino mediocre en Madinat al-Zahra que me salvaron de una insolación probable en medio de un agosto árabe. Entre mis árboles está también aquel draco tan famoso de Icod de los Vinos que  representa a la bestia medieval y fantástica no solo por el nombre y la forma, sino por la antigüedad y la magia, o aquel sobre cuyo tronco reposé la espalda muchas tardes de lectura, y bajo cuyas hojas me resguardé de tormentas, a pesar de saber que los rayos y los árboles sienten una cierta atracción que descarta la posibilidad de guarecerse bajo ellos como una buena idea. Era una encina de tamaño considerable, cargada de bellotas, con la corteza un poco desconchada por un lado, con enormes raíces que salían de la tierra como brazos, al borde de un pequeño terraplén, cerca de mi casa, a las afueras del barrio. Allí comprobé que es cierto lo que dicen de que el sonido del aire entre las ramas es una música incomparable, y también que el tiempo pasa, pero los árboles permanecen. Al menos en eso confiaba.

Solo me faltó ponerle un nombre. Los árboles deberían tener un nombre propio, porque sus cualidades lo asemejan sin duda a un ser humano. Esto me llevó a cometer un pequeño error, cuando vi el título del relato de Haroldo Conti, “La balada del álamo carolina”, pensé que el protagonista del cuento era un álamo femenino llamado Carolina, no que hay una especie de álamo llamada así. Conti tiene muchos relatos hermosos, pero a mi me emocionaron más los que tienen por escenario esos paisajes de su Chacabuco natal,  presididos por un álamo carolina que es un árbol, pero también un símbolo y una vuelta a casa.

 Hay una dificultad manifiesta en escribir un relato donde un árbol es el protagonista, ya que un personaje tan aparentemente estático se sale de los cánones de cualquier narración que tiene que ser movimiento, sucesión de acontecimientos, procesos de cambio, inicio, medio y fin. Sin embargo, Conti logra tomar la perspectiva del álamo como si se tratara de algo susceptible de ser historiado, y lo logra a base de transformaciones: el árbol recostado se convierte en un camino, o en pájaro, y al final, el hombre se convierte, o quizás quiere convertirse, en árbol. Esta concesión dinámica de Conti es ante todo una decisión poética. Entre las principales funciones de la poesía, está este artificio que consiste en lograr una mutabilidad inesperada de los objetos que, sin embargo, los define, o más bien define la relación vital establecida entre ellos y el poeta. Y esto es tan antiguo como las metamorfosis de Ovidio. Las metamorfosis de Conti son sencillamente magistrales:

“...en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento...ave de madera en su verde jaula de fronda.

El árbol es a la vez el pájaro y la jaula que lo cobija. Haroldo consigue en este cuento que la aparente extrañeza que provocarían estas transformaciones no supongan un alejamiento emocional de la historia, más bien al contrario su simplicidad lleva a imaginar un lugar cercano, familiar, acogedor, de la materia que está hecha la memoria de la tierra propia y abandonada, la que viene a justificar todas las nostalgias posibles, sin caer en el riesgo de una sensiblería quejosa de viejo. Más bien refleja la sensibilidad, el cariño por la tierra, la experiencia y el anhelo de la vuelta al pasado. Es en la relación con el tiempo, al que parecen trascender los árboles, cuando los relatos de Conti tienen mayor capacidad de suscitar emociones.

Del tiempo y de árboles también se ocupa Juan José Saer en El limonero real. Esta novela esta compuesta por una minuciosa relación de acciones que van narrando un día de un campesino santafecino, uno de esos habitantes de islas de río cuyas vidas interesaron tanto a Conti. Las acciones de este se repiten, Saer retorna como en una letanía al principio de la historia una y otra vez, cerrándose en círculos que sugieren la idea de lo permanente, si se quiere, de lo que escapa al tiempo, como ese limonero que no plantó nadie, que estaba allí antes que nadie, que siempre está floreciendo y que no se seca nunca. Parece un intento de corregir el abuso del tiempo, un elogio de lo permanente que pretende compensar las ausencias, la muerte del hijo y la fugacidad. Fugacidad como la de los reflejos de la luz entre las ramas, como la de las hojas secas y caídas. Quien se haya percatado de la perfección de las hojas de azahar comprenderá la elección del título, la razón por la que Saer eligió este árbol para convertirlo en símbolo de lo eterno. Esto me recordó aquella espectacular y surrealista pintura de Lucas van Leyden, Las hijas de Lot, en la que un árbol sobrevive impasible delante de una lluvia de fuego, mientras la ciudad, inclinada como un barco que naufraga, se hunde en un mar de reflejos eléctricos.

Sombras, nidos, recuerdos: los árboles parecen convertirse en refugios necesarios, en un lugar adecuado para cobijarse, para huir del calor y del tiempo, de la ciudad a veces tan inhumana, todo esto de una forma tal que solo se pueden comparar a los libros, a la literatura, como si estuvieran creados de la misma materia.

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