miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ferdydurke de Witold Gombrowitz


Pretendía yo escribir unas palabras sobre Ferdydurke de Witold Gombrowitz, pero me entraron escrúpulos, porque dudé si no sería una traición al libro hablar sobre él, intentar imponer un orden o una explicación a lo que no es sino un libre y magnífico, un inmaduro y puro absurdo. Pero luego me reafirmé a mí mismo y me dije que si alguien tiene derecho a decir algo sobre Ferdydurke y el absurdo, soy yo, alguien tan acostumbrado a que le tachen continuamente de absurdo, ya lo corroboraba de siempre mi padre: “eres absurdo” y mis amigos: “eres irremediablemente absurdo”

Así que algo diré sobre Ferdydurke, fortalecida mi capacidad como crítico literario por estos halagos y pese a que ya se dijo demasiado de la obrita, acá y en Polonia. Allá se interpretó metafóricamente un millón de veces Ferdydurke, incluso se hizo una serie de tv, hasta el punto de que muchas expresiones del libro pasaron al habla popular. También obviaré que a Gombrowitz posiblemente le reventarían las reseñas y las interpretaciones de su relato, pero es tan magníficamente absurdo, que se presta fácil a toda crítica y a lo que quieras entender de él. Yo, por descontado, supuse que el libro trataba de mi, siempre fui así de infantil y narcisista.

Pero antes me detendré evocando al autor, a la figura gris de ese polaco que un día tomó por casualidad un trasatlántico hasta Argentina y no volvió, qué raro este polaco en Retiro, o quizás no tan raro, siempre existió una conexión entre esos dos mundos, entre esos dos ríos, entre el Vístula y el de la Plata, hasta Sábato buscó en el prólogo esas semejanzas entre ambos lugares que calificó de Territorios de la Inmadurez, donde la desmesura y la sinrazón campan pampeanamente a sus anchas.

Aunque de allá no solo venían escritores absurdos. Las relaciones internacionales entre los dos países también las rastreamos en la Sociedad Comercial del Zwi Migdal, a principios del siglo pasado, cuando empleaditos porteños llegaban a Polonia para cazar miserables chinas con las que se casaban solo para, al volver a Buenos Aires, depositarlas en las casas de los proxenetas que abundaban en Boca o San Telmo, las minas a merced de crueldades de cafishos y trotacalles...pero estaba hablando de Gombrowitz, es tristísimo el abandono de este tipo, su figura de genio eslavo despreciado, recorriendo cafés, pero que grande su traducción coral de Ferdydurke, apenas sabiendo español.

La explicación de la obra, la absurda explicación del absurdo, tampoco es tan difícil. Ya en la misma novela, en ese magistral prefacio al excurso de “Filimor forrado de niño”, nos concede todas las aclaraciones que queramos, la base de la obra es, según el propio Gombrowitz, entre otras cosas, “la incesante pena de la traición y la disonancia, la aflicción del infantilismo benigno, la aflicción del idealismo superior, la tortura del candidato eterno, la tortura del modernismo, el dolor de la estupidez, la tristeza de la no-sublimación, el aburridor tormento del aburrimiento y del repetir siempre lo mismo.” Resumiendo, la inmadurez.

Las aplicaciones y deducciones de estas bases de la novela son infinitas: el querer-no querer crecer, la imposición desde el exterior, mediante la “violación del oído”, de una forma de ver el mundo que difiere, por lo general, de la que uno pretende en su interior. Por supuesto también, y si te aburres mucho, puedes aplicar todas estas explicaciones a la Política y a la Educación, por que no a la Política polaca, no en vano el libro es marxista, marxista de Groucho Marx, porque del otro ya los polacos nos enseñaron que mejor no y gracias. La cosa sería que tampoco es bueno que te obliguen a ser un niño (un niño en el peor sentido de la palabra) También el Arte se ve aludido, en ese desmoronamiento de la Forma impuesta, en esa crítica feroz a los críticos, al emporio del gusto aleccionador y didáctico.

Pero para qué vamos a discutir aquí de esas casi-cosas, si, como ya dije, el libro trata de mi, de mi insustancial inmadurez, de mi perfecto absurdo, o más bien, del absurdo en que vivo tan alegremente. Solo diré algo bueno de este contrato con el disparate y es precisamente su indefinición, única condición necesaria para que te pueda ocurrir algo favorable. Sabemos que mejor la locura que no el imperio de una razón inamovible, mejor ser un niño, mejor que dos más dos no sean cuatro, porque si no estaríamos irremediablemente condenados a saberlo todo, a conformarnos con miserias comunes y burguesas, a eliminar la posibilidad del asombro, de lo inesperado y de la escritura, de la libertad al fin y al cabo.

Este tipo de cosas tan poco útiles aprendí de Ferdydurke. Si hubiera tenido la oportunidad de cruzarme por esas calles porteñas con el polaco, indudablemente me habría tocado la oreja derecha. Gombrovitz lo explica en el prólogo, pide a sus amigos que no le fatiguen con la habitual retahíla de opiniones sobre su libro, esos “me gustó muchísimo” o “estoy encantado”, “callaos, pues os lo ruego. Por el momento-si quereis expresar que os gustó-, tocad, sencillamente, al verme, vuestra oreja derecha. Si os agarráis la oreja izquerda, sabré que no os agradó, y la nariz significaría que vuestro juicio está en el medio. Con un leve y discreto movimiento de la mano agradeceré esta atención para con mi obra y así, evitando situaciones incómodas y aun ridículas, nos comprenderemos en silencio.” Una lección de crítica literaria y es que en algunas ocasiones, sobran las palabras.

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