sábado, 22 de septiembre de 2012

Insula dulcamara



“Arrodíllate, Fresno: serás ejecutado.”
Aldo Oliva

Que los seres humanos tenemos algo de vegetales es indudable, en mi caso en particular pienso que mis similitudes con una lechuga o con unas acelgas son evidentes. De entre las características comunes, además del parecido morfológico de mi cabeza con un melón, destaca la propensión “a buscar raíces” desaforadamente, contradiciendo mis constantes prédicas de que todo es y debe ser movimiento.

Ibn `Arabi, uno de esos sabios que poblaron nuestro Al-Andalus, alertaba sobre la necesidad universal de que todo ser permanezca en perpetuo movimiento. Para él, detenerse significaría volver a la nada, a la “ausencia” de donde partimos, como si estubiésemos atados a una cuerda elástica que nos atrajese hacia atrás. Contra esta fuerza emprendemos esta huída hacia adelante que denominamos existencia. Sin embargo, parece que la humanidad y yo tendemos más bien hacia la búsqueda y el anhelo de un sitio estable donde reposar esa cabeza de melón de la que hablaba. Las resonancias del término “hogar” nos remiten a la necesidad de detenerse, ya sea en un lugar físico con hipoteca y sólidos muros, más generalmente en un afecto humano, también en algún caso, en la trascendencia infinita amueblada con nubes a la que solemos llamar Dios. Por supuesto, se supone que esta querencia no es más que una forma de cobardía inexcusable, aunque no siempre.

Pero volviendo a los vegetales, hay un tipo de plantas que se prestan especialmente al fructuoso juego de las metáforas y que a mi me resultan especialmente cercanas. Se trata de esas pequeñas plantas, o manojos de hierbajos o flores acaecidas a destiempo, que suelen prodigarse aisladamente en las esquinas de los arrabales de nuestras ciudades. Surgidas no se sabe cómo, uno se pregunta como sus raíces logran crecer y hallar sustento entre los ladrillos, el cemento, en las grietas del vil asfalto o rodeadas de escombros, basura e indiferencia.

Antes sería fácil encontrar hierba entre los adoquines de las carreteras (hasta playas se encontraban bajo ellos allá por el 68), pero el asfalto vino a anular esta posibilidad de cualquier forma de vida, teóricamente. En un intento desesperado, la naturaleza parece obcecarse en resistir el exilio al que la civilización parece condenarla. Y no me habléis de parques y jardines, porque eso es otro asunto, aquí los árboles no son libres ni oscuros y recuerdan solo las formas externas de la Naturaleza, no su esencia que es devenir ajena al control del hombre, a sus podas y riegos puntuales.

Estos pobres matojos de hierba si son libres y son extraños, porque no debieran estar ahí. No quiero entrar en el habitual debate entre naturaleza y cultura o en una anacrónica defensa del mito del buen salvaje. Tan solo pretendo dejarme asombrar por la insignificante tenacidad y grandeza de estas plantas, por cómo se aferran a la vida, al margen de lo que les rodea y contra lo que les rodea. Efectivamente, pareciera que estos vegetales tuvieran Voluntad a lo Schopenhauer, una voluntad anhelante de pervivencia y, por qué no decirlo, de desafío, de humilde desafío.

Creo que comparto esta fascinación con el artista rumano Sebastian Moldovan, que hace unos años pasó por aquí con una exposición titulada, sugestivamente, “Nombrando cosas que todavía no existen”. En ella Moldovan eligió fotografías de plantas que crecen enraizadas en cemento o en piedra. Él mismo explica su admiración por estas plantas “que tienen la capacidad de trasmitir mucha información, y que pueden servirnos de maestros silenciosos. Son constantes, y nunca se equivocan. Las plantas no quieren nada; ellas, simplemente, son.” Y, añado, ese es el desafío al que me refería antes.

No sólo el ámbito urbano es marco adecuado para la resistencia envidiable de plantas solitarias. También lugares extremos por sus adversidades climáticas, como los cenagales helados de las tundras o las cimas alpinas, acogen plantas o flores admirables, como aquella edelweis de los tiroleses, tan dados a celebrarla con pueriles canciones.

En un desierto profundamente literario, Juan Rulfo también rescatará a las dulcamaras, “esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes”, pero que le da por producir unas flores de un soberbio púrpura. Y podría extender más los ejemplos, pero creo que no hace falta, ya se entiende suficiente mi identificación con las hortalizas y con esos seres frágiles y mudos, que se colaron sin invitación en una fiesta que se alarga demasiado.


Biblio: Para Sebastian Moldovan: Infográfica. Catálogo del Segundo Festival Internacional de Grabado Contemporáneo. Ciudad de Cuenca. 2009.
La inquietud que atraviesa el río. Hans Blumenberg. Península.
El cuento de Rulfo en: Antología de cuentos e historias mínimas, ed, Miguel Díez. Espasa.
El esplendor de los frutos del viaje. Ibn `Arabi. Siruela.

Foto: Sebastian Moldovan Naming Things that Do Not yet Exist - Iglesia de San Miguel, Cuenca.

1 comentario:

Rochies dijo...

notable en lo que reparó. De verdad que son heroínas, por resistir tanta adversidad. Imagínese las que habrá cercanas a la vieja pulpería. Le mando mail privado por aquel temita que ud. ya sabe.