miércoles, 5 de septiembre de 2012

La cifra de Jorge Luis Borges



Tengo un problema. Siempre he creído que sabía distinguir la realidad de las alucinaciones, levantar barreras frente a lo imposible, mantener los pies en la tierra. Pero según va pasando el tiempo, cada vez me encuentro menos seguro de esa realidad en la que debería moverme, mis pensamientos no cesan en su empeño por dispersarse. Uno no debería estar tan solo, siempre hay que disponer de alguien que avale tus ideas y proyectos, que valore las posibilidades de tus impulsos.

El corazón va a su bola, empeñado en latir fuerte cuando no debe, y el deseo de imposibles parece que es mi única motivación para levantarme cada mañana. El problema es que no quiero abandonar estos imposibles, resignarme a una realidad tan pobre, conformarme con las cotidianas naderías que no sirven para justificar mi existencia.

El caso paradigmático de esta actitud desafiante contra la realidad es el Quijote. Para él, la ordinaria verdad, es sinónimo de muerte, su fin llega cuando reconoce el fracaso de sus sueños y cede ante la razón. Hasta el juicioso Sancho reconoce en ese momento que es preferible la locura a morirse así, “sin más ni más”.

Hace falta coraje para mantener funcionando una fábrica de mentiras. Porque desear un imposible no es más que eso, construir una mentira y vivir de ella. Casi todas estas mentiras en las que creo ciegamente porque son mi verdad, tienen que ver con el futuro y están irremediablemente condicionadas por los extraños mecanismos del deseo. Querer algo que no puedes tener, conseguir metas que no están a tu alcance o, el más difícil todavía, cambiar lo que eres o torcer tu mala suerte.

Pero de entre la variada tipología de imposibles que suelo manejar, uno que me entretiene bastante es la posibilidad de cambiar el pasado. Borges rastreó esta cuestión en un poema de La Cifra, se preguntó que nos quedaría si modificamos el pasado, si el Sur hubiese vencido en la batalla de Gettysburg o si Alonso Quijano hubiese conocido el amor de Dulcinea. La naturaleza del tiempo y de la lógica impiden estos juegos, lo triste en mi caso es la cantidad de veces que desearía tener este poder para mi propio uso y disfrute.

Mi versión de este imposible es modesta, no imagino una máquina del tiempo a lo H.G.Wells, sino volver a vivir mi propia historia pero sabiendo lo que ahora sé, prevenido contra tantos errores, tantas decisiones no tomadas a tiempo, tantas palabras dichas a destiempo. Volvería al colegio sabiendo todas las lecciones o evitaría aquella pregunta estúpida que torció una amistad posible, por que no, ganaría unos cuartos apostando sobre seguro a la lotería.

Sin embargo, ni aun disponiendo de esta licencia, la cuestión sería fácil: “Modificar el pasado no es modificar un solo hecho, es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas” dice el propio Borges en un cuento, aunque cambiemos algo de nuestro pasado, las consecuencias serían igual de adversas que las presentes. Yo añadiría que contra este "día de la marmota" se me presenta la objeción de que si volviera a tener otra oportunidad haría exactamente lo mismo, por más que conociera sus nefastas consecuencias. Lo que no tiene sentido es la inútil tarea de arrepentirse, esto de modificar el pasado es en realidad para mi solo un juego mental inofensivo. No, ya lo expresó bellamente Alberto Savinio: “es el pasado silencioso e inmóvil, como un mar abandonado por los vientos. Cerrado para siempre a las corrientes de cualquier movimiento, como también el paso terrible del destino, una severa calma lo rodea, asegurándole inmutable reposo” Dejemos pues al pasado como está, y concentrémonos en el futuro, desafiando a los sueños a convertirse en realidad y que esa “severa calma” que rodea al destino se vea definitivamente alterada.

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