martes, 25 de septiembre de 2012

Ossip Mandelstam caminando por la calle Maipú



Estaba pensando en Ossip Mandelstam y no pude evitar pensar también en Argentina, y se me preguntará qué tendrá que ver un poeta ruso del siglo pasado y Argentina que si se agarra un mapa uno se percata enseguida que está en la otra parte del mundo. Pero resulta que Rusia y Argentina, no lo digo yo, se parecen, y no solo porque al Sur puede hacer tanto frío como al Norte o porque los páramos, tundras o pampas definan sus territorios, que se definen más bien por infinitos matices, sino porque el poder de asociación a veces tiene estas trampas que unen contrarios, cosas apartadas, sinestesias, y porque yo pienso algo y seguro acabo asociando incongruencias, por pasar el rato, porque no me defino ni me concentro, porque quiero abarcarlo todo y se me escapa la mitad.

Esta asociación la consideré cuando leí que Ossip Mandelstam acostumbraba a llevar en el bolsillo la Comedia del Dante y claro, vi al ruso y enseguida me vino la imagen de Borges leyendo al florentino en el tranvía número 7, camino de su aburrido trabajo en la biblioteca Cané, aprendiendo el italiano, pensando tal vez en sus propias Beatrices, concibiendo el Aleph, recreándose en los resonantes versos que luego le depararían tantas felicidades. El ruso, dice Ajmatova, se sabía páginas enteras de la Comedia de memoria y su amiga recordará sus lágrimas cuando le recitó, a destiempo como suelen ocurrir estas cosas, aquella parte inolvidable del Purgatorio en que entra en escena Beatriz y acaba con una de las mejores definiciones del amor, esa de la “antica fiamma”, (la antigua llama) que tanto a Borges como a Ossip no les abandonó nunca.

Ajmatova da también una explicación de por qué llevaba Ossip siempre la Comedia en el bolsillo y no la dejaba en casa, en la estantería donde la tengo yo, pese a que también me la leí en el metro, como suele hacer la gente, y decía Ajmatova que la llevaba siempre encima “por si no le detenían en casa sino en la calle.” Y claro, volví a pensar en el poeta perseguido en la memoria de los familiares, en el atroz recuerdo de su mujer del día de la detención, de la deportación a Siberia, a donde solo se llegaba para morir. Pensé en poetas inocentes y en detenciones y en narraciones del horror y recordé cómo relataba la mujer de Haroldo Conti la detención de su marido, si, había vuelto a Argentina pero es que todos los lugares del mundo se parecen un poco, sobretodo cuando se describen las crueldades o las injusticias o los poetas que merecieron mejor suerte.

También volví a Borges y recordé que fue él a quien escuché, perdón, a quien leí por primera vez hablar de los “confabuladores nocturnos”, hombres de la noche que refieren cuentos, hombres o mujeres cuya profesión es contar cuentos. Surge la imagen de una reunión en torno a un fuego, de una voz que hila palabras, una imagen que es el origen de toda historia, tal vez, de todo libro. Y pensé en lo que se dijo de Ossip, que alguien lo vio, en sus últimos días en el campo de concentración de Siberia, contando cuentos por la noche, recitando poemas a sus compañeros de cautiverio, algo tan hermoso, tan fuera de lugar, la poderosa imagen de la palabra surgiendo en medio de un infierno helado, la poesía final que lo justificaba todo, patética y que nadie logró escuchar ni aplacar nunca.

A Ossip Mandelstam le dio por nacer en Varsovia, en 1891, aunque pronto llegó a San Petersburgo, con su fuerza de oso, con su misticismo, con la sobriedad de unos poemas que se leen como prosa de niño pero que no eluden la provocación, ni la audacia que emociona, que a mi por lo menos me emociona. Escribió novelas, traducciones aunque no creía que la poesía fuese susceptible de traducción y sobre todo poemas, poniéndose al frente del acmeismo, que fue un extraño grupo de exaltados poetas que incluía a gente como a Ajmatova o como a su marido el historiador Gumilev o a Alexander Block, y que tenían por costumbre mezclar la vida y la poesía, como todo el mundo sabe, uno de los deportes más peligrosos que existen. Su poesía acude muchas veces al rescate de historias antiguas, de calles empedradas, de objetos nimios que no se suelen considerar materia poetizable. Fueron condenados por “esteticistas”, pero siendo poesía lo que circulaba por sus venas, difícilmente podían ser indiferentes a lo que les rodeaba. Hay muchas cosas de Ossip que me interesan, razones por las que leerle me supone una felicidad privada y posiblemente intransferible, destacaré dos.

Una es su vindicación de la vida en un poema de 1908, que a veces leo cuando estoy algo bajo de ánimos, es decir, bastante a menudo, para confortarme un poco:

Leer sólo libros infantiles,
Acariciar sólo pensamientos incautos,
Disipar todo lo que huela a solemne,
Sublevarse contra la honda tristeza.

Yo estoy mortalmente cansado de la vida,
No admito nada de ella,
Pero aún así amo esta pobre tierra
Porque no conozco otra.

De niño, en un jardín remoto, solía mecerme
Sobre un columpio de madera sencilla,
Y recuerdo los altos y oscuros abetos
En medio del delirio brumoso.”

Me gusta por su ingenuidad indefendible, por ese reconocimiento de la propia tristeza, de su poder y de la necesidad de no convertirla en última palabra, por su defensa de la memoria, de la sencillez y por ese final entre brumas que me parece condición indispensable para todo recuerdo. Lo cierto es que yo nunca hubiera defendido este tipo de ingenuidad en un poema sin el apoyo de, y vuelvo para el Sur, Cortazar. En Salvo el crepúsculo se puede leer ese texto hermosísimo de Comprobaciones en el Camino, ese que habla de lo elegíaco, de la tontería y de la ingenuidad, ese que reproduce un haikú de Onitsura en el que el japonés se asombra de las flores del cerezo, de que las aves tengan dos patas, y de que los caballos cuatro, ese haikú aparentemente estúpido pero que a Cortázar no se lo parece, y claro, a uno ya no le da tanta vergüenza escribir sobre flores, sobre niños, sobre el amor, porque entonces no es obligación reducirlo todo a la hiriente realidad de lo sórdido con lo que al parecer está diseñado este desdichado mundo. Con el jardín remoto, el columpio, los abetos de Ossip se podría construir otro haikú insolente y definitivo. Por cierto que en Rayuela hay otro Ossip, Gregorovius, aunque creo no tiene en común nada con el poeta y además es rumano.

La otra cosa que destacaré es su curiosa metáfora que considera a la poesía como un fenómeno geológico. El consideraba el arte de Dante como un proceso de “cristalización”, algo consistente en cierta manera de construir los versos como si fueran el resultado de un proceso químico o tectónico, donde las “imágenes y la sensibilidad se aunaban para expresarse en formas llenas de gravedad y belleza.”[1] Dice Ossip: “Escudriñé atentamente la calcedonia, las cornalinas, el yeso cristalizado, el espato, el cuarzo...comprendí entonces que una piedra es una especie de diario del tiempo, un coágulo meteorológico.” ¡Eso es la poesía!, algo perdurable, pero frágil como el cristal, estructurado y a la vez libre, sobretodo, un “diario del tiempo”. Comparar la poesía con una roca incide en la idea de que en la escritura se salva ante todo la memoria, es como anclar algo que en esencia es aire, o suspiro, algo que desaparece tras pronunciarse, pero la poesía no, la poesía resiste al tiempo, dura piedra eterna. Así pareció entenderlo también Marina Tsvietaieva, de la que Ossip también se enamoró, de la que, rencoroso, Ossip se declaró después enemigo estético, anti-Marina: “en general me gusta la piedra, esa alegría segura de la firmeza en la que pisas. O la eternidad o la naturaleza...no haga de mi un Mandelstam”, escribe en su diario. A Marina lo que más le gustaba era el mármol. El primer libro de Ossip se llamó “La piedra verde”. Creo que fue a Borges al primero que oí hablar del jade, no se dónde...pero dejaré ya de cruzar el Atlántico de una punta a otra, que se supone que es un viaje demasiado largo y está en contra el mar encrespado, el idioma, el frío, la lejanía, el olvido....no, el olvido no.


[1] Vicente Cervera Salinas. El síndrome Beatriz en la literatura hispanoamericana.

5 comentarios:

Rossina dijo...

me ha encantado, pero ya eso lo sabe de memoria. Imagínese, no podía fallar: Borges, La calle Maipú, el tranvía hasta la Biblioteca Miguel Cané, la Divina Comedia en el bolsillo, Haroldo, los paralelismos. Y este autor del que me regala saber que existe, y se lo agradezco tantissimo.

mario gomez garrido dijo...

Ahora que lo dices, quizás sea que estoy algo influenciado en la elección de mis temas por lo que te pueda interesar, pero no es mi intención, es el subconsciente y el hecho que a mi también es lo que más me interesa, claro.

Rossina dijo...

no quiero provocarle ni nostalgia ni envidioR, pero desde mañana a la noche y hasta el lunes transitaré esas calles montevideanas. Escucho sus sugerencias. Ármeme un recorrido. ¿Por dónde empiezo?
y en noviembre iré nomás a "El discurso vacío" ;)

mario gomez garrido dijo...

Para el sábado, andar tal vez por plaza Matriz, podés empezar con el chivito, así, algo ligero, digo yo, no se, si hay hambre. El discurso vacío, para cuando vuelva, tendrá su reseña acá. Lo compré un día antes que usted lo nombrara no se dónde. Me volví un poco más levreriano si cabe.

Rossina dijo...

yo no puedo creer que ud tenga un discurso vacío escrito. Pasé todos mis días allá leyéndolo. Vaya a mi muro y vea el testimonio. Sin leerlo hice lo que me sugirió y más, ya le contaré.