miércoles, 5 de septiembre de 2012

París, de Mario Levrero

Ayer me preguntaba por el sentido que tiene volver a encontrarse con algo, con alguien o con un lugar. Por ejemplo, retornar tras mucho tiempo a la casa familiar, a una ciudad a la que prometiste volver, dar por casualidad, en el cajón de un escritorio, con un objeto que creíste perdido. No siempre estos reencuentros tienen por qué ser alegres, las desdichas acechan desde cualquier esquina y dónde pretendías recuperar una voz añorada o un recuerdo agradable, puedes dar con alguna decepción, tal vez con una burla a la memoria.

Eso puede pasar cuando pretendes volver a un lugar donde pasaste unos buenos días, a un sitio de cuyo nombre quieres acordarte. A mi me pasa a veces que oigo el nombre de una ciudad donde estuve y me da como un escalofrío. Y es que ayer me dio por pensar que igual no era mala idea plantearme volver a Paris. Lo pensé mientras acababa la novela de Mario Levrero de ese nombre. La historia arranca con la vuelta a Paris del protagonista, después de trescientos años de viaje en tren. Lo desmesurado del trayecto ya advierte de que al Paris donde llega este tipo poco tiene que ver con el Paris real. De hecho Levrero pide disculpas a la ciudad, antes de empezar a narrar, y es que el Paris de esta novela es surrealista, aciago, tremendamente gris, nada que ver con la “ciudad de la luz” que nos suelen vender. Sin embargo la descripción de la llegada a la estación de Levrero coincide con mi primera visita allá: comparto el miedo a que me robasen la valija, la sensación de desamparo, el cansancio por una noche sin dormir y el vacío de la estación, la barba de cuatro días, quizás, la soledad no nombrada como tácito acompañamiento. Lo mío se diferenció sobre todo por el color con que pintó Paris Levrero. Yo en aquel septiembre me encontré la ciudad con demasiados matices en el aire como para concederle tan triste preeminencia al gris. Me pregunto que pasaría si yo volviera, si las circunstancias serían diferentes, si me encontraría con una ciudad distinta, con otros tintes. Me figuro que sería así y que solo por anotar las diferencias valdría la pena volver. En la novela, Levrero se pregunta varias veces por el sentido de su retorno a Paris. Insiste en que es un viaje inútil si el lugar permaneciese idéntico a como lo dejó. Aquí también cabe la posibilidad de que uno emprenda un viaje para darse cuenta de su inutilidad, dejando ese ¿por qué volver? sin respuesta.

Lo peor son las decepciones, cuando tomamos un lugar actual y lo comparamos con el que guardamos en la memoria, cuando no logras reconocer el sitio a pesar de que apenas cambió en realidad. Me acuerdo de Samuel, el protagonista de Todos los años perdidos de Miguel Rubio, retornando a un Madrid que le rechaza o le escupe indiferencia, el reencuentro con unos amigos que ya no lo son. Suele pasar esto sobre todo con nuestros recuerdos infantiles. Las cosas de niños, vistas después, empequeñecen, pierden la magia, la razón de tanta añoranza. Es entonces cuando te vas dando cuenta de que el pasado tiende a ser irrecuperable, de que una de las razones para disfrutar del presente es que tal vez un buen momento no se repite. Y que decir de las fotografías. Vuelves a la ciudad con las fotografías que hiciste veinte años antes, intentas buscar la misma esquina donde las hicistes, y al final caes en la cuenta que derribaron un par de edificios, que plantaron delante un árbol, que el color sepia de la fotografía no se corresponde con la última mano de pintura que dieron a una fachada. Mejor no intentarlo.

Esto pasa con los lugares y pasa con las personas. Hace nada volví a ver a una compañera de colegio, de primaria, que deje de ver cuando teníamos ocho años. Me llevó unos minutos reconocerla, solo cuando ella dijo su nombre me vino el recuerdo y pude identificar la similitud de sus rasgos con los de aquella niña que veía correr en el patio. Cuando nos separamos me quedé algo decepcionado, pensando que aquella niña ahora ya había desaparecido definitivamente. Al menos antes disponía de la memoria, que no deja de ser un cofre de pérdidas, pero ahora ya sería más difícil volver a pensarla tan solo como una niña pequeña...en fin, quizás debíamos intentar escapar a veces de esa trampa que es la nostalgia y buscar los reencuentros con la seguridad de que nada permanece.

También está el libro de Antonio dal Masetto, “Bosque”. El personaje central de la novela llega a un pueblo donde murió el hombre con el que se escapó su mujer, tiempo atrás. Pronto irá tomando conciencia de la inutilidad de esa búsqueda, de ese reencuentro con un fantasma del pasado, del que no puede obtener nada, ni siquiera la compensación de una venganza. Y es que una cosa es volver a encontrarse con gente del pasado, otra muy distinta, cazar fantasmas. Más positivos, definitivamente alegres, son los reencuentros casuales con personas que quisiste de alguna manera. Lo cierto es que vivir en una ciudad de varios millones de habitantes y darte de bruces justo con alguien de tu pasado que echabas de menos, por la sola conjura del azar, es uno de los accidentes más felices que te pueden suceder. Y aquí no importan los cambios, la pérdida de pelo, el aumento de peso, las arrugas, el abrazo deviene sincero, es como si te devolvieran un trozo de juventud. Masetto también habló en alguna ocasión de otro tipo de retornos, el retorno del que viajó mucho y vuelve a casa, en su caso, a los bares de Buenos Aires, lo cierto es que uno anda perdiéndose siempre. Otra buena opción es el reencuentro como reconciliación. Es curioso cómo solo el hecho de volver a ver a alguien puede suponer un perdón, un silencioso reconocimiento de que el rencor es una de las aficiones más sobrevaloradas.

No, no se si volveré a Paris. Puede que en esta segunda ocasión no me lo pasara tan bien, que por fin me robaran la valija. Es un riesgo, además han pasado cosas, quizás cambiaron aquella ciudad que vi por otra, piedra a piedra, me dicen que eso es lo más normal del mundo. Ya lo dijo Borges, perdón, Heráclito, eso de que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Levrero, en Paris, nos trasmite la clave de todo el asunto. El reencuentro no es solo con la ciudad, también es con uno mismo. Todos cambiamos, no es nada especial, no tiene mérito, pero a veces es bueno constatarlo. En el Paris de Levrero ocurre un hecho imposible pero muy simbólico: allá no se permiten los espejos. Al protagonista le asalta un viejo que ansioso y torturado, le pide una descripción de su propio aspecto, una “confirmación sobre si mismo”. Retornar a un lugar lejano implica la posibilidad de compararnos, de ver si valió la pena envejecer. Levrero, en el final esplendoroso de su novela, añade un hecho capital, imprescindible: la necesidad de reírnos de nosotros mismos, como consecuencia inevitable de ese reencuentro, como saludable requisito de cualquiera que pretenda entender quién es y para qué diablos emprende viajes.

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