miércoles, 17 de octubre de 2012

Los jueves, relato: De libros... y magnetismo


Me dejó el libro mientras esperábamos el autobús un poco sin darle importancia, porque suponía que a mi me gustaba leer, eso si, dejándome claro que se lo tenía que devolver. Con una fingida severidad me dijo que estaba harta de la gente que no devolvía los libros, que aquello era una especie de robo y de traición, y que si no se lo iba a devolver no me lo dejaba y yo, le dije que sí, que se lo devolvería y ella por fin sonrió.

Lo primero que me llamó la atención fue la portada, tenía el dibujo de un ave que a la vez era una caligrafía turca, un laberinto de letras árabes que me llevó de inmediato al origen de la escritura como ideograma, como complejo y poético devenir del objeto al signo. Sin embargo no se me ocurrió más que decirle lo que me gustaba el color del fondo, que era de un violeta muy intenso, y le señalé, con esos inútiles arranques míos de erudición que más bien son pedantería, que el violeta y las violetas, en tiempos de Shakespeare, se usaban para hacer infusiones contra la melancolía. Ella, siempre tan pragmática, me contestó que no le importaba demasiado lo que bebían los ingleses y que la portada no era de color violeta, sino morado. Aquella misma noche empecé a leerlo.

Era La lengua de mi madre, de la escritora turco-alemana Emine Sevgi Özdamar. Recoge tres relatos largos, el titulo quizás no es tan hermoso como otro de la misma autora, “La vida es un caravasar”, que es un título y una sentencia con la que estoy de acuerdo, esa comparación que incluye una palabra tan sugerente que se convierte fácilmente en materia poética. El caravasar es una posada en medio del desierto donde descansaban las caravanas, que simboliza la vida como un viaje, o como la pausa de un viaje, palabra que también remite al descanso, al oasis, a los libros como lugar para detenerse. Özdamar posee una escritura directa, fragmentaria, diferente, en la que los sueños y la melancolía, las contradicciones de la modernidad y los viajes tienen un papel determinante. A veces tiene un sentido del humor surrealista, como en el segundo relato del libro, que es una conversación imposible entre un burro y su dueño.

El argumento de La lengua de mi madre, el primero de los tres relatos, parte con un planteamiento que desconcierta, que emociona: el de una joven turca, emigrante en Alemania, que no recuerda su idioma, el idioma de sus padres, de sus abuelos, y tiene que tomar clases para volverlo a hacer suyo, en una especie de anámnesis existencial y necesaria, que es una búsqueda de raíces, y que acaba siendo también un acto de amor, de profunda nostalgia, de tristeza compartida con su profesor. Enseguida relacioné este argumento con las circunstancias de quien me había regalado el libro, también inmersa en la idea del desarraigo, del olvido y de los caligramas árabes. Supuse que me lo prestó porque de alguna manera se identificaba con la protagonista y quería compartirlo.

Pasó bastante tiempo. Le dije que lo había leído, que me había gustado mucho, pero no me atreví a decir más sobre el contenido, porque ella siempre se había movido con mucha prudencia a la hora de hablar de si misma, y no le quería imponer ese tema de conversación, ni ningún otro, básicamente me dedicaba, los días que coincidíamos para tomar el te árabe, a escucharla  hablar de libros, o de su tierra, o del mar, mientras yo desdeñaba los agradables tedios en que se resumía mi vida sin que ella pudiera hacer demasiado por evitarlo. Cada vez que llegábamos a la parada de autobús, empezaba a exigirme que le devolviera su libro, medio en broma, como si estuviera enfadada, yo la daba largas, le decía que se me había olvidado, que al día siguiente se lo daría sin falta, y aquello se convirtió en un tira y afloja habitual y amistoso, en una broma privada.

Lo cierto es que a mi me costaba un mundo deshacerme de ese libro. Tengo una teoría: algunos libros están magnetizados. No tenés más que pasar por delante de una librería, o de la biblioteca de un amigo, para que tu vista se fije y como si tuvieran una fuerza extraña te atraen irremediablemente hacia ellos. Una vez que los compras o que te los dejan, ya no te los puedes sacar de encima, se te pegan a las manos como un imán al fierro.  Con este sucedió un poco esto. No fue hasta mucho más tarde que entendí que lo que pretendía, más que un acto de bibliomaniaco egoísmo, era tener un trocito de ella, convertir el préstamo en regalo, uno de esos gestos tan infantiles, absurdos y posesivos de los que me suelo arrepentir enseguida.

Ahora el libro de Özdamar está en mi biblioteca, con un color morado difuminado por el tiempo, con las hojas bien dobladas de tanto leerlo, con alguna frase subrayada por mi mano. Desconozco donde está quien me lo prestó un día, hace mucho. Se que se fue, sin despedirse, sin reclamar por última vez lo suyo. Daría cualquier cosa por poder devolvérselo.

18 comentarios:

Rochies dijo...

Ud. ya sabe que todos sus relatos, me pueden, así que Gracias por sumarse y espero ande de gira por el resto de los blogs, aunque en realidad mañana era el día, unos cuantos nos hemos anticipado, yo para poder atenderlos mejor y dedicarles el tiempo que merecen.

Mire si mostráramos el otro que ud. me regaló de una temática
similar...

Cecy dijo...

Este relato tiene el magnetismo de no querer que termine. Como los libros que nos entusiasma, el cual hacemos un duelo de muerte cuando falta las ultimas paginas para terminarlo.
Y si, hay libros que nos eligen para que los amemos.

Un abrazo juevero.

Juan Carlos dijo...

Bienvenido a los relatos de los jueves, Mario.
Iba a comentar algo, pero el comentario de Cecy me ha cambiado y mejorado la perspectiva.
Igual que ese deseo que no termine el libro veo ese deseo de no devolver todavía el libro. Y ahora ya no parece posible hacerlo..
Entiendo que incumpliste tu promesa de devolución por una causa justa y, nada, solo desear que se lo puedas devolver.

Beatriz dijo...

Un hermoso cruce de emociones. Un libro, un hombre y una mujer. Encuentros, emociones, indecisiones y una hermoso relato que nos deja con el gusto amargo de lo inacabado. Pero del que a partir del punto final seguimos imaginando el después.Gran mérito que sólo algunos lo consiguen

Mi enhorabuena y un abrazo

Mar dijo...

Es muy bonito tu relato. Creo que el chico debería haberse sincerado con ella, y contarle lo que realmente le ocurría. Seguro que lo habría entendido (lo del libro y lo demás...)

Saludos!

Natàlia Tàrraco dijo...

Estamos de enhorabuena, bienvenido a los jueves Mario, acabo de leerte y seguro que aprendo y me fascino con tus letras !salve!

Amin Maalouf en su "León el africano" dice algo parecido sobre la vida y su sentido, esa frase que quedó grabada, la tengo en mi presentación del blog.
¿Libros imantados? Existen, y violetas, con caligrafías turcas que forman pájatos, y esa persona que nos deja su tesoro avisando, y la donación y el quedar ahí ese libro que se aclara de viejo y de tanto mirarlo.
Me parece que cada vez que lo observas, de alguna forma ella aparece.
Se establecen mágicas relaciones con y a través de los libros.Es viajar a los lugares que existen y a los inventados que también son verdaderos en nuestro corazón.
Me ha supuesto un grato placer leerte, espero seguir haciéndolo en jueves o cuando quieras.
Un besito.

Carmen Andújar dijo...

A mi también me ha pasado como a tu amiga, que no me han devuelto los libros que he prestado; pero bueno, supongo que lo hemos de mirar como si fuera un trocito nuestro que se llevan nuestros amigos.
Debe ser interesante el libro.
Un abrazo

José Vte. dijo...

Me ha gustado eso de los "libros imantados", creo que es verdad, también ocurre con otros objetos que pasan por nuestras vidas, es dificil a veces abstraerse a esa química que se crea.
La lástima hubiera sido que ese "olvido" hubiera supuesto un final anticipado. Tenía pinta de una hermosa historia de amor.

Bienvenido a los jueves

Un abrazo

Neogéminis dijo...

Me ha conmovida íntimamente esta historia, tan bien narrada y con aires de evocación nostálgica. El mundo árabe me es totalmente ajeno, pero comparto esa idea de que entre sus secretos y sus misterios el poder del encantamiento a través de la palabra compartida puede ser real y concreto.
Ha sido un gran placer leer tu texto.
Bienvenido a nuestros jueves, espero que se repita.
Saludos cordiales.

Fabián Madrid dijo...

Bienvenido Mario.Es cierto lo de los libros magnetizados, también me pasa con otros objetos.Felicidades

Valaf dijo...

Tu relato me ha parecido magnífico.
Me quedo con la sensación de esa magia que aportan las palabras. Bien, quizá no dependan del soporte, pero el tacto de una página amarilleada por el tiempo es, sencillamente, fascinante.

Saludos

Mari Carmen Polo dijo...

Qué hermosura de relato, realmente fascinante. Estoy de acuerdo con que ciertos libros tienen magnetismo. De esos, yo tengo mis estanterías llenas. Y siempre han ido conmigo, a través del tiempo, a través de los traslados, que han sido muchos, a través de la vida. Ellos forman parte de mi vida. Y para siempre.

Saludos :)

Rochies dijo...

:)

L.S. dijo...

Pues esta es otra historia con magnetismo en mi opinión. La he disfrutado muchísimo, y creo que entiendo esa sensación de saber que un libro está hecho para ti. Me ha inspirado mucho, quizás próximamente escriba sobre el libro que significa algo así para mí.

Pepe dijo...

Bienvenido Mario a esta reunión juevera de amigos con una afición común por la escritura. Es la primera vez que te leo y me ha encantado la forma en la que narras el magnetismo que pueden ejercer los libros sobre aquellos que los aman, magnetismo representado en tu historia por ese libro, el lenguaje de mi madre, que alguien te prestó bajo promesa de devolverlo y que por mor de ese magnetismo, de esa atracción, se convirtió en promesa incumplida.
Un abrazo.

Maria Liberona dijo...

Un libro ciertamente que algunos tienen un cierto magnetismo, de verdad creo que es cierto, pues algunos no se despegan de ti durante mucho tiempo

Sindel dijo...

Es verdad que a veces se produce ese magnetismo o enamoramiento con algunos libros, uno los deja cerca siempre, y jamás los presta. En tu caso no creo que haya sido un hurto, creo que fue un punto de encuentro para volver a recordar siempre a quién te lo prestó.
Un bello relato.
Un abrazo.

San dijo...

Bienvenido Mario a los Jueves.
Tu relato me ha enganchado en ese tira y afloja, queria saber por que no devolvias ese libro prestado y sí, realmente hay objetos que se agarran a uno, tomando un valor muy importante en nuestra vida, tenerlos es como tener una parte de la persona que nos lo cedió.
Igual algun día, en algún momento, puedas devolverlo...
Un abrazo.