miércoles, 21 de noviembre de 2012

Palabras heladas


Los resortes de la nostalgia, sus insidiosos mecanismos, son un asunto bastante oscuro. Al menos así me lo parece. Es curioso cuando aparece de repente como si se tratara de una enfermedad aguda, de una “oxeía” que decían los griegos, y es que la nostalgia efectivamente me parece una de esas enfermedades que o se te pasan pronto o te matan enseguida. Resulta irritante cuando en medio de un día soleado, protegido por una cotidianeidad sin sombras, tranquilo en la inercia de los trabajos y los sueños, de las mediocres esperanzas y de los premios pobres, de repente se te cruza delante cualquier objeto, una cara, unos ojos, un viento, quizás tan solo un color y quieres evitarlo pero lo que sea te arrastra contra tu voluntad hacia aquel lugar del pasado que añoras y al que probablemente no podrás volver. Esto es más o menos lo normal, pero peor aún es como en mi caso, cuando me asaltan los mismos síntomas, pero la añoranza responde a algo que nunca he vivido, a un lugar donde no estuve, de alguien que ni tan siquiera cruzó una palabra conmigo. Esto de inventarse tristezas con tanta alevosía tiene mérito, no está al alcance de cualquiera. Luego está otro tipo de nostalgias, también inexplicables, más comunes, cuando las sientes de algo que en su momento te disgustó, te dolió, de un lugar en que sufriste, de una persona que hubiera sido mejor negocio olvidar.

Al respecto hay un cuento de Cesare Pavese, “Tierra de exilio”, en el que el protagonista viaja por motivos de trabajo a un pueblo del sur de Italia desde Turín. Es un pueblo marinero, “ingrato y vacío”, pobre, surtido de miserias humanas, de paisajes secos y agrestes. La narración en primera persona se inicia desde el recuerdo de esa experiencia necesariamente infeliz, ya de vuelta en el verde Piamonte. No en vano el cuento quizás esté inspirado en el exilio que sufrió el propio Pavese en un pueblo parecido, perseguido por los fascistas en 1935. Sin embargo, lo que vio, el lugar tamizado por la distancia del recuerdo, le hace suponer que aquel pueblo fue especial, que las historias de esas gentes que tanto le desagradaban significaban algo cuyo sentido se le escapó mientras convivía con ellas. Pavese lo explica al principio del relato: “solo lo que ha transcurrido o cambiado o desaparecido nos revela su rostro real”  En definitiva, para entender, es mejor alejarse.

Este es un tópico repetido en cualquier manual de escritura creativa, pero tanto para el manejo de las nostalgias como para el arte de la escritura, mantener las distancias es un requisito muy recomendable. Entiendo que esta distancia se ha de anteponer tanto frente al tema del que se quiere escribir, frente al objeto poetizable, como frente a la propia escritura. Es obvio que cuando uno quiere describir alguna pena, algún acontecimiento reciente, algo que tienes delante, el resultado puede ser decepcionante, sobre todo inverosímil. Lo que en el momento pareció reseñable o fundamental, un momento después, en otras circunstancias, puede resultar un invento nimio, cuyas causas ya no tienen sentido.

Sin embargo, esta distancia puede deparar que una palabra dicha por azar, que un hecho cotidiano del pasado, resurja en la memoria con una tonalidad imprevista, revistiéndose de una interpretación nueva, primordial. Me refiero a esas palabras pronunciadas sin saber por qué, escuchadas en medio de una comida familiar, de una conversación trivial con los amigos, esas palabras que entonces fueron ignoradas, minusvaloradas, desechadas, las palabras que no significaron nada, pero que recordadas tiempo después, con la experiencia, con la capacidad que dan los años de atar los cabos sueltos, de hilar el relato y comprender de otra forma a los que nos rodean, de ver el bosque sin el obstáculo de las pasiones y errores en los que se mueven todos los presentes, de repente las entiendes como si se destaparan tras un desmedido encierro.


Esto me recordó la anécdota de Antífanes de Berges, que era un viajero griego y antiguo, que escribió libros sobre maravillas y tratados de rarezas y curiosidades. Estos libros crearon el género paradoxógrafo, donde se catalogaban infinidad de lugares fantásticos, monstruosidades, costumbres infames, fantasmas, plantas prodigiosas y fuentes milagrosas. Eran obras muy estimadas por el  incipiente público lector de una Grecia que había ampliado el mundo hasta los confines de la India por medio de las estruendosas campañas de Alejandro, un público que a diferencia del de hoy aun tenía intacta su capacidad de asombro. En realidad nadie sabe quién demonios fue Antífanes de Berges, pero su fama proviene de su relato de una visita que hizo a un país del norte, donde era tanto el frío que hacía, que las palabras, pronunciadas en invierno, se helaban y solo se volvían a escuchar en verano, cuando se descongelaban.

Estas palabras congeladas son como las escuchadas en el pasado, las que no significaron nada y que, pasado el tiempo, saliendo del cofre de la memoria, por fin alcanzan su destino. Lo más probable, desgraciadamente, es que estas palabras entendidas a destiempo ya no puedan obtener respuesta. Solo queda el arrepentimiento, el reconocimiento de una torpeza injusta, el hecho irremediable de que esas palabras descongeladas se perdieron, y no hay forma de arreglarlo, tal vez tan solo la opción de hacer una llamada telefónica, ofrecer una disculpa, y al otro lado, el que dijo esas palabras, tras pensarlo, reconocer que lo había olvidado todo.

 Extraña imagen esa de palabras lentamente perdiendo la escarcha, el sol calentándolas y de repente su sonido, al margen de quien lo emitiera y de a quién iba dirigido, surgiendo liberado y alegre. Más allá de la exageración sobre el frío de aquellas tierras, la noticia de Antifanes confunde el orden de los sentidos: la palabra congelada es un sonido que se ve, un sonido que se puede palpar. Por otro lado, concede a la palabra una analogía sutil con el agua, ambas fluyen, ambas se estancan, ambas forman ríos y mares y, que duda cabe, hacen naufragar en ellas a quienes por una confianza excesiva se adentran en sus procelosas ondulaciones.

Nostalgia, palabras congeladas, lugares que se transforman en la memoria...y libros. A los libros, a esos magníficos contenedores de palabras, les puede ocurrir lo mismo. Entre mis pocas manías que pueden considerarse defendibles está la de releer libros. Apilados en el fondo de la estantería, se esconden esos libros leídos y a veces, desechados hace muchos años. Libros que en su momento no te dijeron nada, que te decepcionaron, o lo más probable, libros de los que nada quedó salvo el título. Y luego los vuelves a leer y descubres un tesoro, no comprendiendo como los descartaste en su momento. Recién me pasó con el libro de Turgueniev, “En vísperas”. Es una historia sencilla, deliciosamente sencilla. Dos amigos, una muchacha, un tercero que se la lleva. Todo en un escenario de marejadas revolucionarias, de excursiones nostálgicas por campiñas y lagos, de filosofía y arte, de decisiones truncadas. Pero fue necesaria una segunda lectura para ver tras esa aparente sencillez sus profundidades, para reconocer en la renuncia de ese estudiante de filosofía llamado Bersenev, un acto de tristeza sin moraleja, de sentimientos sutiles y apenas definidos que se dibujan por debajo del relato, que es bastante más que un folletín oportunista como creía la primera vez que lo leí...es solo un ejemplo. Los libros hay que leerlos varias veces, lo seguro es que cada vez será diferente, como si fuese imposible leer dos veces el mismo libro, que diría Heráclito.

Una imagen análoga a la de las palabras congeladas de Antífanes es la de los libros enterrados. Libros que permanecen ocultos durante generaciones en la tierra o en la grieta de las rocas, y que después salen a la luz. Kapuscinski nos habla de los armenios, que perseguidos y aniquilados, guardaron su historia como pueblo y su idioma en libros que enterraron en espera de tiempos mejores. “Los armenios los sepultaban como los ejércitos derrotados sepultan sus estandartes.” Las palabras y los libros se transforman, se tergiversan, se callan y se queman, pero casi siempre permanecen, aunque solo sea en la modesta forma en que se recuerdan las palabras inacabadas y balbucientes de un niño.

11 comentarios:

Beatriz dijo...

Ay... Mario, me hablas de nostalgia, de palabras congeladas, de libros enterrados y yo aquí en este lugar que hoy me habita desde que me "deshabitaron" de mí. No siento la nostalgia como algo enfermizo, como algo que anula el presente, sino más bien como un sentimiento que agrega, porque todo lo que fue en otro lugar, en otro momento( mis olores mis sabores, mis imágenes, mis paisajes,mis afectos( principamente ellos) me son necesarios para engarzarlos a este presente. En el exilio se aprende a vivir con el "hoy" inevitable para subsistir,acaso para resistir el desconcierto del destierro, pero es tan poderosa y tan necesaria la nostalgia,(no el regodeo en el dolor)esa que nos sumerge en ese estado de recuerdos de ayeres que son parte de nuestra historia emocional.

Es algo que lo he discutido muchas veces, pero he notado que se asocia la nostalgia como un estado de debilidad del ser humano, cuando desde mi experiencia personal mas bien me atrevo a decir que es un sentimiento, que bien encauzado, es necesario para sumar .
Ya vez que útil me ha resultado leerte. Si un texto te lleva a reflexionar no hay duda que tiene valor.

Un abraso y espero que me comprendas-

Tracy dijo...

En el poco tiempo que llevo leyendo tus entradas, he llegado a la conclusión de tu amor por la cultura helena, por las continuas referencias que haces a ella, acabo de leer "Memorias de Adriano" y me ha llamado poderosamente la atención el desatino que tenía por el mundo heleno. Nada que ver una cosa con la otra, pero ya sabes ,la concatenación de palabras lleva a la mente por senderos inesperados.
Respecto a las palabras congeladas creo que pasa algo así como con las ideas que se quedan flotando en una especie de limbo, para emerger cuando ellas creen que hacen falta.
Un placer leerte.

mario gomez garrido dijo...

Beatriz:
Estoy de acuerdo en tu apreciación de la nostalgia como algo esencialmente positivo, también inevitable. Del manejo de sus resortes, sin embargo, a veces pienso que depende eso tan inefable y a veces desconocido que llamamos felicidad. La nostalgia unida al destierro, ya es otra categoría de añoranzas, más profunda, de la que puedo hacerme una idea, aun sin haber salido de mi ciudad.

mario gomez garrido dijo...

Tracy:
me quedo con tu idea de que las palabras tienen voluntad, un poco anárquica a veces, ciertamente. Si que me interesa lo helénico, pero no más que otros muchos ámbitos. Lo cierto es que pueden ser tan variados, tiene tantos recovecos, que de los textos griegos parece que puede surgir cualquier idea, cualquier felicidad.

Rochies dijo...

No se puede creer lo bien que escribe, la cantidad de sentidos, sentires e imágenes que despierta su texto: inconmensurable.
Y lo más notable que Ud. no se lo crea.
¿Faltarán diez o menos días para que le llegue ese apretón de manos de parte de nuestro amado Abelardo? :P

Natàlia Tàrraco dijo...

He disfrutado tu texto, tus argumentos y ahora medito.

Creo que necesitamos distanciarnos incluso de nosotros mismos para vernos mejor, al escribir es buena esa distancia, pero en el texto aparece desde lo casual, hasta lo muy deglutido. Melancolía, memoria, recuerdos, imposible eludirlos de eso y de más cosillas, estamos fabricados. Para escribir cada cual a su manera, nunca se acaba de aprender, lo que más funciona es la sinceridad, transmitir algo que llegue, se nota, aunque cada cual lo lea su manera, es parte de la gracia, esa lectura que puede ser contraria a lo que quisimos decir o enriquecedora. De todos modos, una vez finiquitado lo escrito, queda en manos del o la lectora.

Medito en lo que dices, me fascina el tema y cómo lo escribes.
UN PLACER, !SALVE!

mario gomez garrido dijo...

Rossina: No es que no quiera creerlo, es que no puedo, siento ser tan terco, espero que me perdone. Voy tachando los días en el calendario, como no.

mario gomez garrido dijo...

Natàlia: es verdad lo que dices, de que una cosa es intentar distanciarnos del texto y otro que, subrepticiamente, nuestras manías o memorias vayan invadiéndolo, traicionando una objetividad que más bien parece un logro improbable. Gracias.

Rossina dijo...

MI PADRE TACHABA LOS DÍAS EN UN CALENDARIO EN LA PELÍCULA "APENAS UN DELINCUENTE". VEALA. BUSQUELA.
VAN DOS FINALES: 10 Y 10. HOY RENDI DURANTE 1 HORA Y MEDIA ESPAÑOLA MEDIEVAL ANTIGUA.

mario gomez garrido dijo...

Española medieval no es algo que requiera estudio, eso se aprende sin ningún esfuerzo...buscaré la película, por supuesto.

Rossina dijo...

la eneida lo requiere ¿me ayuda? me mareo desde el canto 1. No me presenté a Latín.