lunes, 24 de diciembre de 2012

Lluvia tras el cristal


“Et d´une chambre en autre
Entrerent...”
Chrétien de Troyes
Li Contes del Graal

En realidad nunca se llegó a considerar un tipo extraño. Salía al trabajo por las mañanas, era severo con los horarios, se vestía de una forma que no fuera posible recriminarle por ello. Fue no mucho después de conocer a Adriana que esta sospechó que escondía algo. Esto es habitual. Todos escondemos cosas, manías, hábitos más o menos infames que avergüenzan. Adriana se acabó por sentir insegura a su lado, pese a que le acabaron gustando sus corbatas, sus cuentos, sus timideces, su modo de pronunciar las esdrújulas. A los dos meses casi ya le quería. Salían a pasear, más que nada. Un cine de vez en cuando. Pero las llamadas a deshoras confirmaron que la cosa iba en serio. Él no tenía dudas, quería a Adriana. Desde el primer momento. Y hacía frío, y era principios de otoño, y la ciudad se empezaba a despertar al final de la tarde, cuando la gente parecía salir de escondrijos como alimañas que acechan en la noche. Hablaban de todo, compartían una sincera devoción por los libros, por cierta sinfonía de Brahms, por las hormigas, por los tejados de pizarra, por la lluvia, lo típico, esas coincidencias que a nadie sorprenden y que sin embargo justifican esos obstinados devaneos que llamamos cariño. Adriana estaba a punto de decirle que a aquello que habían empezado deberían darle un nombre, no sabía muy bien cual, pero antes se obligó a descubrir esa cosa que le extrañaba en él, ese secreto que podría cambiar las cosas, ya se sabe, el afán de saber, que luego provoca tan malas sorpresas.

Iba pensando en esto, agarrada a su brazo, cuando se pararon ante el escaparate de una mercería, porque ella andaba buscando lazos. Se fijó en uno que a pesar de que era de color fucsia le parecía bien y le preguntó si le gustaba. Él miraba a otro lado, con una mirada que pretendía estar perdida, pero que en realidad era tensa, escurridiza, tiró un poco del brazo de Adriana para seguir caminando. Ella insistió que mirara el lazo, pero él se negó, hasta que sus reflejos en el cristal desaparecieron, con una mueca de preocupación y sospecha en ella, con una de evidente fastidio en él.  No se volvieron a mirar hasta que llegaron al portal de Adriana, en medio de ese temible silencio que había surgido de repente, inesperado. No tuvieron más remedio que acostarse juntos para diluirlo.

El matrimonio se celebró en el más absoluto de los secretos. Fue un día lluvioso, de esos que les gustaban tanto. En un pueblo de la costa, en una iglesia medio perdida, ruinosa. En un idioma que no conocían. Se habían marchado para casarse muy lejos, sin muchas pretensiones de volver.  El viaje hasta allí fue largo y en tren. Él se lo pasó leyendo todo el tiempo. Adriana miraba a través de la ventanilla un paisaje compuesto de bosques, nubes, atardeceres medio rojos, montañas, postes eléctricos que aparecían y desaparecían con una asombrosa cadencia, como si fueran chispas. Cuando llegaron, ella le señaló el mar, pero él no quiso mirar, supuestamente sumergido en la lectura. Adriana comprobó que el libro estaba al revés. Para la ceremonia, ella llevaba un vestido azul y en la cabeza un lazo fucsia. El lo rozó con sus dedos y le dijo, antes de empezar la ceremonia, que era precioso. Iba despeinado, como siempre, con legañas. Por la tarde, antes de entrar en la posada, la descubrió llorando. Se justificó por la emoción. Pero él se dio cuenta de que sus lágrimas eran más bien de incertidumbre, de esa incertidumbre que surge cuando hacemos algo de lo que no estamos nada seguros.

La casa donde acabaron viviendo tenía el tejado de pizarra y escasos muebles. Tuvieron que comprar mesas, sillas, un armario de dos cuerpos. Adriana se encaprichó de una araña, pero él se negó a comprarla. Ella pensó en la multitud de reflejos que nunca verían en esos caireles. Se hicieron con un baúl enorme. Pretendían acumular ilimitados recuerdos. Solo faltaba un espejo para el baño, algo que cualquiera consideraría básico. No lo compraron. Él tuvo que confesar por fin. Nunca había visto su propio reflejo en un espejo. Solo la idea de este reflejo le espantaba, desde siempre lo había evitado de mala manera, esquivando los cristales, las habitaciones nuevas, los escaparates, las ventanas cerradas, los estanques, las fuentes, el hielo incluso. Adriana no podía creerlo. Aquel era, se dijo por fin, su secreto...pues vaya secreto, pensó que aquello era absurdo pero en absoluto terrible. Después vinieron más paseos, nuevas costumbres, tranquilidad aparente. Ella hizo con sus dudas un paquete bien apretado, y las metió en un cajón del armario, cerrado con llave. Era un armario de madera de roble. Pensó que eso es el amor, no dejar abandonado al otro en su laberinto.

Los años pasaron. Las gotas de la clepsidra cayeron metódicamente, una detrás de otra. Hay analogías asombrosas, como esta del agua y el tiempo. La vida se podría explicar como una especie de evaporación lenta. Adriana nunca le echó en cara su extraña fobia. Comprendió que la cosa no tenía que ver con traumas infantiles, ni con vergüenzas, ni con autoestimas, ni con símbolos: comprendió que el miedo es libre y que en general no se atiene a razones ni a explicaciones racionales. No podía reprocharle nada, a ella le horrorizaban las mariposas, tan frágiles...sin embargo, no se conformó con dejarlo pasar. Así que una mañana, amaneció nublado, con montoncitos de polvo sin barrer en las esquinas. Él se despertó con tanta parsimonia que cualquiera diría que había soñado todo la noche felicidades. Al abrir los ojos, vio en el suelo del dormitorio un largo lazo fucsia que salía por la puerta. Se levantó, cogió uno de los extremos y se dispuso a encontrar el otro. Desde un cuarto entró en otro, recogiendo en un ovillo el lazo de ese color atroz, dejándose ganar por el juego, pasando por la cocina, el trastero, el sótano y volviendo atrás y adelante, siguiendo el dichoso lazo. Llegó a la biblioteca. Allí acababa el lazo, prendido entre las hojas de un libro. Era un libro con las tapas rojas, sin título ni autor. Pensó que nunca antes había visto ese libro. Lo abrió y en vez de hojas vio el espejo y en el espejo, pequeño y traicionero, su imagen reflejada.

Desayunaron café con tostas. Adriana le miraba y él permanecía en silencio. Cuando se le cayó la cucharilla, se dio cuenta que aquello no había sido una buena idea. Ensimismado, parecía a punto de llorar. El caso es que la imagen de su rostro no era para tenerla miedo. Tenía una cicatriz en el mentón, una ceja demasiado ancha, pero por lo demás, era un rostro normal, sincero, entrado en años, incluso interesante. Adriana le preguntó cómo se encontraba. Bien, dijo él y salieron a dar un paseo, el silencio duró un día. Nunca le contó que el rostro que encontró en el espejo no era él, no se le parecía en nada, era de alguien desconocido, de un completo extraño con el que, a partir de entonces, tendría que convivir, si no quería que las cosas se estropearan. Afortunadamente, el día después del encuentro, se puso a llover.

8 comentarios:

Mirella S. dijo...

Me gusta como el relato va progresando en un clima enrarecido, enigmático y desemboca en ese final, donde lo único previsible es la curiosidad femenina (yo hubiera hecho algo parecido, pero no hubiera esperado tanto). ¿Por qué será que solemos meter la nariz donde no debemos?

¡Muy bueno!

mario gomez garrido dijo...

¿No hubieras esperado tanto? Probablemente lo más lógico hubiera sido preguntarle qué le pasaba, y el primer día. Pero a veces ocultamos cosas, tal vez por el placer de descubrirlas a destiempo. Gracias.

Beatriz dijo...

Hermoso,
me has introducido tan minuciosamente en el relato. Leerte me ha llevado a la sensación que tenía a veces con las puertas cerradas, casi inviolables de algunas habitaciones de mi infancia, y que precisamente me motivaban a descubrir lo que ocultaban en su interior. Y que un día de repente apenas rozando con la punta de los dedos esa puerta se abre y lo que hallas es el asombro ante lo inesperado.

Tu relato me ha llevado al asombro
Excepcional por el ritmo, por esos personajes envueltos de tanta ternura. Y ese final inesperado. Excelente

Abrazos

mario gomez garrido dijo...

...y es que la casa con sus habitaciones, aunque sea modesta, no deja de ser también una especie de laberinto, el primer laberinto...las puertas cerradas y el misterio pueden originar mil relatos, ciertamente. Gracias por tu lectura y tu comentario que me aportó tantas sugerencias.

Blanca Langa dijo...

Me he dejado llevar por el ritmo del relato y me ha atrapado. Es como una cajita cerrada que provoca curiosidad y no nos decidimos a abrir, por miedo a quebrar algo muy frágil.
Me encanta tu relato.
Bss

Rossina dijo...

este es un cuento, mi amigo!
No llego a las conclusiones de quienes se me anticiparon. Me detengo en otras que no puedo llamar reflexiones y ni siquiera imágenes sino sensaciones. Volveré.

mario gomez garrido dijo...

No sabes cuanto me alegra saber que escribí un cuento, en serio, siempre dudo de que a lo que escribo se le pueda llamar con tan bonita definición. Gracias, sobre todo por "volver".

Rossina dijo...

imposible no hacerlo, Favourite BloX.