sábado, 8 de diciembre de 2012

Sombras, nada más...de Antonio di Benedetto



Rastrear la relación entre sueños y literatura es una tarea casi imposible, porque son dos cosas que van indisolublemente unidas, y uno cuando lee cualquier libro no puede evitar sentir que todo partió del sueño del autor, que sus enrevesadas galerías y sus otros elementos fantásticos, improbables, sus meditadas definiciones del deseo y las nebulosas explicaciones nacen de los mismos subconscientes que propició Orfeo.

Antonio de Benedetto, sin embargo, ya desde el inicio propuso en Sombras, nada más... una historia construida con los elementos básicos del sueño, sin reformar apenas la primera impresión que nos queda en el recuerdo una vez nos separamos de la almohada, sueños, nada más, con su caótica y absurda realidad. Una posible razón para acometer este tipo de empresas, de explicar el asombro y el dominio que ejerce lo onírico en la literatura, es la constatación de que esas realidades absurdas, la deshilachada narración de imposibles, tiene una similitud sorprendente con los hechos que percibimos durante las vigilias. No hace falta vivir demasiados años para acabar dándose cuenta de que la vida es irracional, descabellada, disparatada, pese a lo que piensen que todo es orden y razón, y que todo tiene sentido y que nosotros decidimos quienes somos, lo que hacemos, que todo se podría limitar a un esquema sencillo o científico. En otras palabras, que las vigilias se parecen demasiado a los sueños. Benedetto, con su asimilación del sueño y la sombra como sinónimos, parece indicar que la atroz materia de los sueños no es más que el reverso de las cosas tangibles que vemos durante el día, una mitad oscura de nuestras vidas y que la luz, la razón, la claridad, lo sólido, no son más que meras ilusiones. Esto ya lo propuso Borges, como él, muchos otros. El sencillo silogismo que propone que los sueños son la realidad, aun está vigente.

Esto no tiene que provocar necesariamente un juicio negativo sobre la vida. A mi me parece que los sueños conceden a la vida o al mundo una mayor profundidad, unas explicaciones de lo que somos y de lo que nos rodea difusas, neblinosas, pero que dejan margen para una serie de posibilidades que las cotidianas vigilias suelen despreciar. Los sueños, como reconoce el mismo Benedetto en una entrevista, igual que la literatura, son un consuelo, un reposo, un sosiego, una manera de hacer nuestra la irrealidad, de poder disfrutar en el caos que de otra forma amenaza con perdernos. Preguntado por las reglas del sueño, el escritor apunta una definición que parece contradecir esto: “Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.” Podría definirse así a la novela moderna, sin duda. Pero yo creo defendible esta vorágine porque, ante todo, propone el sueño como un lugar donde uno tiene necesariamente que dejarse llevar, sin responsabilidad alguna. Los sueños inducidos, que el soñador tenga alguna voluntad, que él dictamine lo que quiere observar o a quién encontrarse, que se establezcan planes, que en ellos exista el tiempo y las agendas, que pueda dirigirse la percepción hacia un lado u otro, es un contrasentido, una negación del sueño como espacio absolutamente libre y oscuro, como realidad aparte, como contrapunto a la vigilia regulada. La literatura fantástica, igualmente, propone sumergirse en un mundo reconocible, verosímil, pero que no responde a ciertas reglas que lo limitan, entre ellas, la posibilidad de que a un tipo le de por volar, o la de que una persona determinada, que en la vigilia suele prestar poca atención al soñador, en esa cabezada pueda depararle alguna caricia, aunque sea tan corta como permita el traicionero despertador.

El protagonista del sueño, Emanuel de Aosta, heterónimo evidente del autor, parece resignarse a este desvalimiento. Conviene leer este libro sin proponerse explicaciones, sin acudir al habitual juicio de símbolos que desde Freud se ha convertido en un juego algo cargante. Freud es algo cargante, pero criticarlo ya dejó hace tiempo de ser algo novedoso. Los tópicos que surgieron de sus interpretaciones de los sueños, en la novela, parece que quieren ser dejados de momento un poco de lado. Así ese de que el sueño es la expresión de un deseo reprimido o de un deseo frutado. Emanuel no niega esta explicación, pero le parece insuficiente. La absoluta ambigüedad de esos símbolos destilados de los sueños invita a ser prudente en las interpretaciones, hay que evitar una determinación rígida que las simplifique en exceso, y yo más bien me dejé llevar por una lectura en que el sueño, al menos por una vez, fuese tomado como un cuento posible, suspendiendo la incredulidad, asombrándose pero dejando de lado el reconocimiento de que los extraños hechos que se suceden no pertenecen a la realidad. 

La historia, desde el inicio en el preciso lugar de una encrucijada de calles, las de Maria de Molina con Francisco Silvela, a escasos metros de la última casa de Onetti en el Madrid real, va construyéndose mediante la sucesión sincopada de hechos, entre despertares abruptos y asombros. Predominan los ambientes presididos por el inevitable Eros y por los de su compañero Tánatos, presente este de una forma suave, tranquilizadora, hasta el punto de que Emanuel acaba por quejarse a su mujer de que le haya despertado justo en el momento en que en el sueño se moría. Hay selvas, hay redacciones de periódicos, hay catástrofes, hay familiares, hay calles, pero todo envuelto en esa especie de niebla tan característica de lo onírico. Lo fundamental en el transcurso de la narración son las continuas transformaciones que van surgiendo inesperadamente. Las transformaciones, ese estar frente a un compañero de trabajo y de repente aparecer hablando con un primo que solo viste en la infancia, el hecho de que el compañero y el primo, en el orden del sueño vengan a ser la misma persona, es algo soberbio. Esas asociaciones prodigiosas de aromas, de objetos, de recuerdos e imágenes conectadas de forma aparentemente absurda, constituyen también el fundamento último de la literatura fantástica, como bien reconocería ese buceador del subconsciente que fue Dalí. Igual sucede cuando la mezcla de dos imágenes conocidas propone una tercera que define a ambas, convirtiendo el universo en una red de relaciones infinitas. Así aquella fusión que Walter Benjamin encontró en la poesía de Baudelaire, cuyas “imágenes de la mujer y de la muerte se compenetran en una tercera, la de París”

Soñar, leer, tienen sus contraindicaciones, sus abusos, también hay quien opina que es mejor olvidar lo soñado, que son escapatorias que hay que parcelar y no confundir. Es una acusación definitiva el que a alguien se le acuse de soñador. Va implicado en el juicio una cierta indisposición hacia el deber, un cierto desdén hacia lo cotidiano, una inocencia y un ilusionismo que no es propio de un adulto normalizado. La fantasía y el sueño tienen que ser defendidos como una parte irrenunciable del ser humano: “Emmanuel sale del lecho, con una débil percepción aún del riesgo de que su mujer, al despertar, pueda regañarlo a causa de lo que anda soñando...” Aunque luego también están las pesadillas.

Emanuel se encuentra con otro personaje durante uno de sus sueños, un personaje gris, aparentemente poca cosa, y al que el protagonista no puede evitar nombrar como Maldoror. No sorprende encontrar este nombre en un libro sobre sueños, no en vano, Les chants del uruguayo Lautréamont constituyen la pesadilla por antonomasia, plagada de embriagantes metamorfosis, de monstruos oscuros, de negros deseos que ayudaron tanto a los surrealistas en sus idealizaciones terribles, esos surrealistas que desde Breton para abajo hicieron de la materia candente de los sueños la razón de su escritura. Benedetto construye, irónicamente, al Maldoror de su novela como un ser más bien insignificante, un demonio de andar por casa y es que el sueño no suele contentarse con proponer un nombre que coincida exactamente con el objeto o personaje nombrado.

En fin, la novela me pareció interesante, sobre todo porque yo, confieso, soy un soñador. Bueno, más que soñador (que lo somos todos afortunadamente), soy un ensoñador, alguien que suele perderse por las calles porque va pensando en otros mundos, alguien también, que siempre va cayéndose de sueño. Todo es cuestión de alejar ciertos componentes de la dormición que no conviene usar, tales como los bostezos, las modorras, los somníferos, las soñarreras o el noctambulismo.  Mis sueños prescinden de todo esto, aunque no suelen ser muy narrativos, no son historias complicadas ni con muchas aventuras. Mis sueños responden más bien a ese verso de Pessoa que rememora cuando “Num meio-dia de fin de primavera/ tive un sonho como uma fotografía”, sueños como fotografías, imágenes aisladas y hermosas de lugares donde se desearía estar, vistas en el destiempo de una siesta de mediodía caluroso, siempre dispuestas a convertirse en un recuerdo....o en un cuento.

1 comentario:

Rossina dijo...

éste es THE ONE.
Si la revista continúa, se lo pido.
ya le contaré.