martes, 25 de septiembre de 2012

Ossip Mandelstam caminando por la calle Maipú



Estaba pensando en Ossip Mandelstam y no pude evitar pensar también en Argentina, y se me preguntará qué tendrá que ver un poeta ruso del siglo pasado y Argentina que si se agarra un mapa uno se percata enseguida que está en la otra parte del mundo. Pero resulta que Rusia y Argentina, no lo digo yo, se parecen, y no solo porque al Sur puede hacer tanto frío como al Norte o porque los páramos, tundras o pampas definan sus territorios, que se definen más bien por infinitos matices, sino porque el poder de asociación a veces tiene estas trampas que unen contrarios, cosas apartadas, sinestesias, y porque yo pienso algo y seguro acabo asociando incongruencias, por pasar el rato, porque no me defino ni me concentro, porque quiero abarcarlo todo y se me escapa la mitad.

Esta asociación la consideré cuando leí que Ossip Mandelstam acostumbraba a llevar en el bolsillo la Comedia del Dante y claro, vi al ruso y enseguida me vino la imagen de Borges leyendo al florentino en el tranvía número 7, camino de su aburrido trabajo en la biblioteca Cané, aprendiendo el italiano, pensando tal vez en sus propias Beatrices, concibiendo el Aleph, recreándose en los resonantes versos que luego le depararían tantas felicidades. El ruso, dice Ajmatova, se sabía páginas enteras de la Comedia de memoria y su amiga recordará sus lágrimas cuando le recitó, a destiempo como suelen ocurrir estas cosas, aquella parte inolvidable del Purgatorio en que entra en escena Beatriz y acaba con una de las mejores definiciones del amor, esa de la “antica fiamma”, (la antigua llama) que tanto a Borges como a Ossip no les abandonó nunca.

Ajmatova da también una explicación de por qué llevaba Ossip siempre la Comedia en el bolsillo y no la dejaba en casa, en la estantería donde la tengo yo, pese a que también me la leí en el metro, como suele hacer la gente, y decía Ajmatova que la llevaba siempre encima “por si no le detenían en casa sino en la calle.” Y claro, volví a pensar en el poeta perseguido en la memoria de los familiares, en el atroz recuerdo de su mujer del día de la detención, de la deportación a Siberia, a donde solo se llegaba para morir. Pensé en poetas inocentes y en detenciones y en narraciones del horror y recordé cómo relataba la mujer de Haroldo Conti la detención de su marido, si, había vuelto a Argentina pero es que todos los lugares del mundo se parecen un poco, sobretodo cuando se describen las crueldades o las injusticias o los poetas que merecieron mejor suerte.

También volví a Borges y recordé que fue él a quien escuché, perdón, a quien leí por primera vez hablar de los “confabuladores nocturnos”, hombres de la noche que refieren cuentos, hombres o mujeres cuya profesión es contar cuentos. Surge la imagen de una reunión en torno a un fuego, de una voz que hila palabras, una imagen que es el origen de toda historia, tal vez, de todo libro. Y pensé en lo que se dijo de Ossip, que alguien lo vio, en sus últimos días en el campo de concentración de Siberia, contando cuentos por la noche, recitando poemas a sus compañeros de cautiverio, algo tan hermoso, tan fuera de lugar, la poderosa imagen de la palabra surgiendo en medio de un infierno helado, la poesía final que lo justificaba todo, patética y que nadie logró escuchar ni aplacar nunca.

A Ossip Mandelstam le dio por nacer en Varsovia, en 1891, aunque pronto llegó a San Petersburgo, con su fuerza de oso, con su misticismo, con la sobriedad de unos poemas que se leen como prosa de niño pero que no eluden la provocación, ni la audacia que emociona, que a mi por lo menos me emociona. Escribió novelas, traducciones aunque no creía que la poesía fuese susceptible de traducción y sobre todo poemas, poniéndose al frente del acmeismo, que fue un extraño grupo de exaltados poetas que incluía a gente como a Ajmatova o como a su marido el historiador Gumilev o a Alexander Block, y que tenían por costumbre mezclar la vida y la poesía, como todo el mundo sabe, uno de los deportes más peligrosos que existen. Su poesía acude muchas veces al rescate de historias antiguas, de calles empedradas, de objetos nimios que no se suelen considerar materia poetizable. Fueron condenados por “esteticistas”, pero siendo poesía lo que circulaba por sus venas, difícilmente podían ser indiferentes a lo que les rodeaba. Hay muchas cosas de Ossip que me interesan, razones por las que leerle me supone una felicidad privada y posiblemente intransferible, destacaré dos.

Una es su vindicación de la vida en un poema de 1908, que a veces leo cuando estoy algo bajo de ánimos, es decir, bastante a menudo, para confortarme un poco:

Leer sólo libros infantiles,
Acariciar sólo pensamientos incautos,
Disipar todo lo que huela a solemne,
Sublevarse contra la honda tristeza.

Yo estoy mortalmente cansado de la vida,
No admito nada de ella,
Pero aún así amo esta pobre tierra
Porque no conozco otra.

De niño, en un jardín remoto, solía mecerme
Sobre un columpio de madera sencilla,
Y recuerdo los altos y oscuros abetos
En medio del delirio brumoso.”

Me gusta por su ingenuidad indefendible, por ese reconocimiento de la propia tristeza, de su poder y de la necesidad de no convertirla en última palabra, por su defensa de la memoria, de la sencillez y por ese final entre brumas que me parece condición indispensable para todo recuerdo. Lo cierto es que yo nunca hubiera defendido este tipo de ingenuidad en un poema sin el apoyo de, y vuelvo para el Sur, Cortazar. En Salvo el crepúsculo se puede leer ese texto hermosísimo de Comprobaciones en el Camino, ese que habla de lo elegíaco, de la tontería y de la ingenuidad, ese que reproduce un haikú de Onitsura en el que el japonés se asombra de las flores del cerezo, de que las aves tengan dos patas, y de que los caballos cuatro, ese haikú aparentemente estúpido pero que a Cortázar no se lo parece, y claro, a uno ya no le da tanta vergüenza escribir sobre flores, sobre niños, sobre el amor, porque entonces no es obligación reducirlo todo a la hiriente realidad de lo sórdido con lo que al parecer está diseñado este desdichado mundo. Con el jardín remoto, el columpio, los abetos de Ossip se podría construir otro haikú insolente y definitivo. Por cierto que en Rayuela hay otro Ossip, Gregorovius, aunque creo no tiene en común nada con el poeta y además es rumano.

La otra cosa que destacaré es su curiosa metáfora que considera a la poesía como un fenómeno geológico. El consideraba el arte de Dante como un proceso de “cristalización”, algo consistente en cierta manera de construir los versos como si fueran el resultado de un proceso químico o tectónico, donde las “imágenes y la sensibilidad se aunaban para expresarse en formas llenas de gravedad y belleza.”[1] Dice Ossip: “Escudriñé atentamente la calcedonia, las cornalinas, el yeso cristalizado, el espato, el cuarzo...comprendí entonces que una piedra es una especie de diario del tiempo, un coágulo meteorológico.” ¡Eso es la poesía!, algo perdurable, pero frágil como el cristal, estructurado y a la vez libre, sobretodo, un “diario del tiempo”. Comparar la poesía con una roca incide en la idea de que en la escritura se salva ante todo la memoria, es como anclar algo que en esencia es aire, o suspiro, algo que desaparece tras pronunciarse, pero la poesía no, la poesía resiste al tiempo, dura piedra eterna. Así pareció entenderlo también Marina Tsvietaieva, de la que Ossip también se enamoró, de la que, rencoroso, Ossip se declaró después enemigo estético, anti-Marina: “en general me gusta la piedra, esa alegría segura de la firmeza en la que pisas. O la eternidad o la naturaleza...no haga de mi un Mandelstam”, escribe en su diario. A Marina lo que más le gustaba era el mármol. El primer libro de Ossip se llamó “La piedra verde”. Creo que fue a Borges al primero que oí hablar del jade, no se dónde...pero dejaré ya de cruzar el Atlántico de una punta a otra, que se supone que es un viaje demasiado largo y está en contra el mar encrespado, el idioma, el frío, la lejanía, el olvido....no, el olvido no.


[1] Vicente Cervera Salinas. El síndrome Beatriz en la literatura hispanoamericana.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Insula dulcamara



“Arrodíllate, Fresno: serás ejecutado.”
Aldo Oliva

Que los seres humanos tenemos algo de vegetales es indudable, en mi caso en particular pienso que mis similitudes con una lechuga o con unas acelgas son evidentes. De entre las características comunes, además del parecido morfológico de mi cabeza con un melón, destaca la propensión “a buscar raíces” desaforadamente, contradiciendo mis constantes prédicas de que todo es y debe ser movimiento.

Ibn `Arabi, uno de esos sabios que poblaron nuestro Al-Andalus, alertaba sobre la necesidad universal de que todo ser permanezca en perpetuo movimiento. Para él, detenerse significaría volver a la nada, a la “ausencia” de donde partimos, como si estubiésemos atados a una cuerda elástica que nos atrajese hacia atrás. Contra esta fuerza emprendemos esta huída hacia adelante que denominamos existencia. Sin embargo, parece que la humanidad y yo tendemos más bien hacia la búsqueda y el anhelo de un sitio estable donde reposar esa cabeza de melón de la que hablaba. Las resonancias del término “hogar” nos remiten a la necesidad de detenerse, ya sea en un lugar físico con hipoteca y sólidos muros, más generalmente en un afecto humano, también en algún caso, en la trascendencia infinita amueblada con nubes a la que solemos llamar Dios. Por supuesto, se supone que esta querencia no es más que una forma de cobardía inexcusable, aunque no siempre.

Pero volviendo a los vegetales, hay un tipo de plantas que se prestan especialmente al fructuoso juego de las metáforas y que a mi me resultan especialmente cercanas. Se trata de esas pequeñas plantas, o manojos de hierbajos o flores acaecidas a destiempo, que suelen prodigarse aisladamente en las esquinas de los arrabales de nuestras ciudades. Surgidas no se sabe cómo, uno se pregunta como sus raíces logran crecer y hallar sustento entre los ladrillos, el cemento, en las grietas del vil asfalto o rodeadas de escombros, basura e indiferencia.

Antes sería fácil encontrar hierba entre los adoquines de las carreteras (hasta playas se encontraban bajo ellos allá por el 68), pero el asfalto vino a anular esta posibilidad de cualquier forma de vida, teóricamente. En un intento desesperado, la naturaleza parece obcecarse en resistir el exilio al que la civilización parece condenarla. Y no me habléis de parques y jardines, porque eso es otro asunto, aquí los árboles no son libres ni oscuros y recuerdan solo las formas externas de la Naturaleza, no su esencia que es devenir ajena al control del hombre, a sus podas y riegos puntuales.

Estos pobres matojos de hierba si son libres y son extraños, porque no debieran estar ahí. No quiero entrar en el habitual debate entre naturaleza y cultura o en una anacrónica defensa del mito del buen salvaje. Tan solo pretendo dejarme asombrar por la insignificante tenacidad y grandeza de estas plantas, por cómo se aferran a la vida, al margen de lo que les rodea y contra lo que les rodea. Efectivamente, pareciera que estos vegetales tuvieran Voluntad a lo Schopenhauer, una voluntad anhelante de pervivencia y, por qué no decirlo, de desafío, de humilde desafío.

Creo que comparto esta fascinación con el artista rumano Sebastian Moldovan, que hace unos años pasó por aquí con una exposición titulada, sugestivamente, “Nombrando cosas que todavía no existen”. En ella Moldovan eligió fotografías de plantas que crecen enraizadas en cemento o en piedra. Él mismo explica su admiración por estas plantas “que tienen la capacidad de trasmitir mucha información, y que pueden servirnos de maestros silenciosos. Son constantes, y nunca se equivocan. Las plantas no quieren nada; ellas, simplemente, son.” Y, añado, ese es el desafío al que me refería antes.

No sólo el ámbito urbano es marco adecuado para la resistencia envidiable de plantas solitarias. También lugares extremos por sus adversidades climáticas, como los cenagales helados de las tundras o las cimas alpinas, acogen plantas o flores admirables, como aquella edelweis de los tiroleses, tan dados a celebrarla con pueriles canciones.

En un desierto profundamente literario, Juan Rulfo también rescatará a las dulcamaras, “esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes”, pero que le da por producir unas flores de un soberbio púrpura. Y podría extender más los ejemplos, pero creo que no hace falta, ya se entiende suficiente mi identificación con las hortalizas y con esos seres frágiles y mudos, que se colaron sin invitación en una fiesta que se alarga demasiado.


Biblio: Para Sebastian Moldovan: Infográfica. Catálogo del Segundo Festival Internacional de Grabado Contemporáneo. Ciudad de Cuenca. 2009.
La inquietud que atraviesa el río. Hans Blumenberg. Península.
El cuento de Rulfo en: Antología de cuentos e historias mínimas, ed, Miguel Díez. Espasa.
El esplendor de los frutos del viaje. Ibn `Arabi. Siruela.

Foto: Sebastian Moldovan Naming Things that Do Not yet Exist - Iglesia de San Miguel, Cuenca.

martes, 11 de septiembre de 2012

Los ritos de Abelardo Castillo


Dentro del afán por acumular cosas inútiles en una casa, destacan esos objetos extraños que suelen estar en las repisas y estanterías que pueden representar cualquier cosa, los souvenir de viajes ajenos, los recuerdos de dudoso buen gusto, las figulinas que compramos en su día pretendiendo adornar y hoy más bien estorban y acumulan polvo, esos cachivaches estereotipados, comerciales, absurdos con su irremediables evocaciones de Watteau o  de dibujos animados. Es evidente que cuando uno entra en una casa de un amigo o familiar por primera vez y se percata de estos objetos, irremediablemente llega a la conclusión de la escasa sensibilidad artística de los anfitriones, que permiten semejante colección de nimiedades, y solo después, con las explicaciones basadas en recuerdos y sentimientos, uno comprende que todo está allí por algo. Luego vuelvo a casa y me encuentro que yo también tengo unos cuantos de esos objetos en las estanterías, algunos de difícil justificación: tortugas articuladas, pequeños osos y monos de peluche, multitud de barcos, lagartos de jade, simples piedras, imitaciones japonesas, todo con su historia, con el recuerdo de las manos de quienes los trajeron a casa, del lugar de donde fueron rescatados. La mayoría son regalos de los que me rodean, porque quizás para compensar mi sedentarismo recalcitrante, acostumbran a viajar mucho y lejos y traerme cosas:  así me encontré con mis casas de barro escondidas en vasijas de Cochabamba, con los demonios aztecas, con demonios volcánicos, con el capirote de Lesotho, con los corales venecianos, con ese extraño pato chino de plástico que robé a un niño, con esa oveja australiana que quiero tanto.

Luego llegan los días en que uno no tiene más remedio que ponerse a limpiar, a renovar el polvo y pasa que cada tantos años pienso que hay cosas que conviene tirar a la basura para dejar un poco más de sitio a los libros, también para evitar que a uno le confundan con el famoso Diógenes y ahí es cuando me doy cuenta del poder de esas figuritas, porque año tras año se pospone o descarta la limpieza, todo se salva con un pequeño cambio de sitio, como si esas cosas estuvieran un poco vivas. Así lo escribió Abelardo Castillo en uno de sus cuentos, “La cuarta pared”, donde afirma que en los objetos hay algo animado y también  algo que les queda adherido de los poseedores y de las personas que una vez al menos lo tuvieron entre sus manos. Son recuerdos y a veces, se convierten en pequeños y humildes ídolos disfrazados con trajes kitch, a los que se le rinden heterodoxos cultos de andar por casa, tan secretos y silenciosos que se confunden con una simple mirada. Son imágenes supervivientes de religiones olvidadas, lares domésticos que acaparan misterios insondables y claro, vistos así no hay quien los tire a la basura, sería un vil sacrilegio. Poseerlos tiene pues que ver más con la magia de un conjuro que con un una ordenación ornamental de las repisas. Y es que esas cosas son peor que los fantasmas, porque se los puede tocar.

Y hablando de figulinas y de Abelardo Castillo, me tengo que referir claro a uno de sus cuentos crueles,  “Los ritos” . El protagonista es un tipo de vacaciones, en un lugar llamado San Pedro, a orillas del Paraná. Describe sus devaneos, su cochambroso interior de escritor frustrado, su incoherencia de intelectual de izquierdas cuya ideología deviene en mera pose. Abelardo utiliza al inicio y al final del relato un adjetivo, “abyecto”, cuya definición bien podría aplicarse al narrador, concepto sumario que aúna las acepciones de falsedad y cobardía. Es también el triste que desprecia “la belleza, el dolor y sobre todo, el amor de una mujer” que evocó Castillo en Triste le ville. Vemos sus devaneos amorosos entre tres mujeres: Una es Adela, la amiga, la que se adapta a los tiempos, a las ausencias, la lealtad personificada pero también la que es utilizada, a la que puede decir te quiero sin miedo que a los dos minutos la pueda dejar. Luego se encuentra por primera vez a Maria, que es la claridad, la transparencia, el presente, la que no deja dudas, la carne tangible y burguesa, la que al final del relato se convertirá en espejo acusador del escritor.

La tercera es Virginia, alguien que le dejó y que no olvida. Es el pasado y el misterio, la que se le aparece en la memoria muy a destiempo, a la que dirige su narración como si fuera una carta sin destinatario posible. Virginia, es básicamente una de esas muchachas medio adolescentes, una “muchacha silvestre”, un personaje mezcla de beatrices dantescas y magas cortazianas que puebla muchos de esos relatos con los que descubrí a Abelardo (El tiempo de milena, La muchacha de otra parte, también y de una forma particular por la cuestión de la memoria, Capítulo para Laucha, que hasta el momento y no se por qué es mi favorito) El escritor retiene su imagen trayendo y colocando las figulinas de la repisa del escritor, estableciendo relaciones imaginarias entre ellas, como si cuando nadie las mira pudiesen hablarse, quejarse o quererse. Es la repisa que seis meses antes el tipo dejó limpia para hacer hueco a los libros, porque ella se había marchado, empeñando los más valiosos objetos para desempeñar una máquina de escribir, tirando el resto. Se establece así una dicotomía simbólica entre las figulinas y los libros, libros que tapian la pared como lápidas y es que esos libros se oponen a lo que los objetos de Virginia tenían de conformidad con la vida, con ese extraño y difícil milagro al que se podría identificar con “la alegría de vivir”. Vivir en un mundo que apenas se comprende con su amalgama de absurdos, especialmente en esos años en los que se ambienta el relato, cuando las noticias sobre Vietnam se podían solapar a las de un acuario alemán que afirman que un pulpo devoraba sus propios tentáculos, un extraño caso de autofagia que remite al narcisismo del escritor, a su síndrome de Prometeo que le impide darse a quien ama.

Antes de dejarle, Virginia le dijo que no sabía querer, que viene a ser como lo último que nadie querría oír, él se revolvió y le contesta con sarcasmo como para darle la razón, ella se limitó a reír y decirle con su inocencia imposible aquello de que “Yo te lo arreglo”, pero él no se dejará hacer. Ella se entretenía reordenando el mundo, simbolizado en ese tráfico de figulinas y es que el amor es un poco eso, que alguien te haga sentir la ilusión de que la vida tiene algún sentido, algún tipo de orden con el que apañarse. Virginia es también quien impide la autodestrucción narcisista del escritor , devolviéndole a la vida. Ella siempre apareciendo cuando entraba y encendía la luz de su pieza, especie de ángel protector en forma de inocencia y juego, constante juego que es como mejor se puede uno burlar de la muerte. Ahora, en San Pedro, Virginia se cuela por las grietas de la memoria. Ella se fue cansada de sus silencios, de la escasez de respuestas, de ese no saber querer tan inexcusable, vuelve también su nombre a los labios del escritor, cuando está con María.

En el final del relato, Maria le echa en cara lo que Virginia supone realmente para él: la aspiración a una pureza imposible (el nombre no parece elegido al azar), el retorno a una infancia que queda siempre demasiado lejos, la condición de Virginia como una ilusión platónica, a la medida de los deseos de él. Y esto no puede ser porque “el otro” siempre ha de tener, además de carne, voluntad, y la ilusión a veces no es más que un disfraz para ocultar el deseo de poseer a alguien manipulable, alguien que se ajuste a lo que somos, alguien al que valgan nuestras propias camisas. No, Virginia no puede ser una inerte figurita manejable. No creo que esto sea una mera cuestión de género, más bien es un defecto de toda relación amorosa que se precie, si se quiere, un lado oscuro de las idealizaciones y del amor cortés, origen de tantas desdichas.

No se, estas son las ideas que saco sobre Los ritos, desconozco si Abelardo estaría muy de acuerdo conmigo. En cualquier caso hay que destacar la escritura de Abelardo Castillo, tan elemental, tan fijada en el misterio, con sus relatos tan directos en la explicación de los afectos, en la evocación de objetos que cobran vida, como esas pequeñas figuras que se agarran a las repisas para que no olvidemos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El sueño de los héroes de Adolfo Bioy Casares


El contenido de la novela la resumió el propio Bioy parcamente pero con precisión:

Es una historia que me pareció linda y dolorosa, que cuenta el amor de una muchacha por un hombre, y este, por seguir la aventura como un héroe de fábulas antiguas, no hace caso a los sentimientos y va cumpliendo su destino

Fundamentar una trama con argumentos tan aparentemente débiles en la actualidad como el destino, la predicción de un brujo o la magia, y que esa trama no solo resulte creíble sino que conduzca a una emoción inequívoca, me parece el logro más admirable de esta novela, quizás no el único.

Igualmente convence la remota posibilidad de que Emilio Gauna se enamore de una máscara durante los carnaveles del 27, el lector tampoco necesitó verle el rostro para registrar su presencia.

Esta es la novela favorita de muchos, tal vez del propio autor, no negaré que yo también me encuentro entre sus fervientes defensores. Esta última es la cuarta vez que la releo sin que deje de sorprenderme la trama. La conocida irrupción de la fantasía en medio de una realidad reconocible y cotidiana (lograda en este caso mediante el empleo feliz del estilo oral) es uno de los recursos que más me asombran en cualquier relato. Pero no es menos cierto que los arrabales porteños donde se desarrolla la historia y que para Bioy serían su mundo ordinario, ahora también son un escenario mítico, donde lo fantástico provoca menos estupor.

Quisiera detenerme en uno de los temas de cabecera de la novela: la disyuntiva entre cobardía y valentía en la que se mueve el protagonista y a la que hace referencia el título de “héroe”, aquel que no rehusó su destino y eligió el coraje.
No lo voy a negar, yo siembre estuve a favor del cobarde. Del que se oculta, del que sale corriendo, del manso que rehuye el barullo y del que no las devuelve dobladas. Tanto aborrezco las violencias inútiles y ruidosas que siempre mantuve esta postura, no fue secundada por nadie que conociera, ni el más pacifista, y todos acordaron que esta pusilanimidad era indefendible.

 En este caso mi opinión no está basada en la experiencia, yo nunca mostré cobardía, tampoco valentía, siempre encontré tanta indiferencia en los que me rodeaban que ni los malevos se preocuparon en provocarme. Era una postura poco razonable, y con el tiempo fui suavizando mi violenta obcecación. La literatura negra, principalmente, me convenció de que la cruda violencia, la venganza y la defensa heroica de los principios tenía su encanto, su misterioso encanto.

Desde una perspectiva puramente objetiva, la decisión de Emilio Gauna es irreprochable, el final de la novela se complace en una solución que evade todo comentario (quizás solo la maldad de Valerga la justificaría) . Las cosa es así y punto.

Pero entonces vuelve mi vena cobarde y me digo que si yo hubiese sido Gauna me hubiese quedado con la máscara. Me pregunto si la máscara aprobaría mi decisión, según la lógica de Bioy, no.

Conti, Saer y los árboles


Los árboles son una cosa esencialmente extraña. No tanto por su forma, por la complicada maestría con que fueron diseñados, por su longevidad y capacidad de devenir en símbolo, sino porque aquí, en medio de la maraña de casas, solares y suciedades de la ciudad, el árbol, como estandarte de una naturaleza erradicada, es una excepción, algo diametralmente opuesto al habitual cemento, a los ruidos de los coches, a las cotidianas soledades de la urbe. En los parques, en las banquinas, al borde de los basureros hay árboles, pero no es lo mismo, aquí hablaré de los árboles en su medio, que puede ser o no el bosque, pero que para mi, sobre todo, arraigan en la memoria, como decía Conti, en la verde memoria.

Los árboles, como la lluvia o el verano, son elementos del pasado, tienen una relación evidente con el tiempo, al que parecen querer desafiar. Los que recuerdo estaban en un huerto de naranjos, en una colina de chopos, en unas sombras de pino mediocre en Madinat al-Zahra que me salvaron de una insolación probable en medio de un agosto árabe. Entre mis árboles está también aquel draco tan famoso de Icod de los Vinos que  representa a la bestia medieval y fantástica no solo por el nombre y la forma, sino por la antigüedad y la magia, o aquel sobre cuyo tronco reposé la espalda muchas tardes de lectura, y bajo cuyas hojas me resguardé de tormentas, a pesar de saber que los rayos y los árboles sienten una cierta atracción que descarta la posibilidad de guarecerse bajo ellos como una buena idea. Era una encina de tamaño considerable, cargada de bellotas, con la corteza un poco desconchada por un lado, con enormes raíces que salían de la tierra como brazos, al borde de un pequeño terraplén, cerca de mi casa, a las afueras del barrio. Allí comprobé que es cierto lo que dicen de que el sonido del aire entre las ramas es una música incomparable, y también que el tiempo pasa, pero los árboles permanecen. Al menos en eso confiaba.

Solo me faltó ponerle un nombre. Los árboles deberían tener un nombre propio, porque sus cualidades lo asemejan sin duda a un ser humano. Esto me llevó a cometer un pequeño error, cuando vi el título del relato de Haroldo Conti, “La balada del álamo carolina”, pensé que el protagonista del cuento era un álamo femenino llamado Carolina, no que hay una especie de álamo llamada así. Conti tiene muchos relatos hermosos, pero a mi me emocionaron más los que tienen por escenario esos paisajes de su Chacabuco natal,  presididos por un álamo carolina que es un árbol, pero también un símbolo y una vuelta a casa.

 Hay una dificultad manifiesta en escribir un relato donde un árbol es el protagonista, ya que un personaje tan aparentemente estático se sale de los cánones de cualquier narración que tiene que ser movimiento, sucesión de acontecimientos, procesos de cambio, inicio, medio y fin. Sin embargo, Conti logra tomar la perspectiva del álamo como si se tratara de algo susceptible de ser historiado, y lo logra a base de transformaciones: el árbol recostado se convierte en un camino, o en pájaro, y al final, el hombre se convierte, o quizás quiere convertirse, en árbol. Esta concesión dinámica de Conti es ante todo una decisión poética. Entre las principales funciones de la poesía, está este artificio que consiste en lograr una mutabilidad inesperada de los objetos que, sin embargo, los define, o más bien define la relación vital establecida entre ellos y el poeta. Y esto es tan antiguo como las metamorfosis de Ovidio. Las metamorfosis de Conti son sencillamente magistrales:

“...en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento...ave de madera en su verde jaula de fronda.

El árbol es a la vez el pájaro y la jaula que lo cobija. Haroldo consigue en este cuento que la aparente extrañeza que provocarían estas transformaciones no supongan un alejamiento emocional de la historia, más bien al contrario su simplicidad lleva a imaginar un lugar cercano, familiar, acogedor, de la materia que está hecha la memoria de la tierra propia y abandonada, la que viene a justificar todas las nostalgias posibles, sin caer en el riesgo de una sensiblería quejosa de viejo. Más bien refleja la sensibilidad, el cariño por la tierra, la experiencia y el anhelo de la vuelta al pasado. Es en la relación con el tiempo, al que parecen trascender los árboles, cuando los relatos de Conti tienen mayor capacidad de suscitar emociones.

Del tiempo y de árboles también se ocupa Juan José Saer en El limonero real. Esta novela esta compuesta por una minuciosa relación de acciones que van narrando un día de un campesino santafecino, uno de esos habitantes de islas de río cuyas vidas interesaron tanto a Conti. Las acciones de este se repiten, Saer retorna como en una letanía al principio de la historia una y otra vez, cerrándose en círculos que sugieren la idea de lo permanente, si se quiere, de lo que escapa al tiempo, como ese limonero que no plantó nadie, que estaba allí antes que nadie, que siempre está floreciendo y que no se seca nunca. Parece un intento de corregir el abuso del tiempo, un elogio de lo permanente que pretende compensar las ausencias, la muerte del hijo y la fugacidad. Fugacidad como la de los reflejos de la luz entre las ramas, como la de las hojas secas y caídas. Quien se haya percatado de la perfección de las hojas de azahar comprenderá la elección del título, la razón por la que Saer eligió este árbol para convertirlo en símbolo de lo eterno. Esto me recordó aquella espectacular y surrealista pintura de Lucas van Leyden, Las hijas de Lot, en la que un árbol sobrevive impasible delante de una lluvia de fuego, mientras la ciudad, inclinada como un barco que naufraga, se hunde en un mar de reflejos eléctricos.

Sombras, nidos, recuerdos: los árboles parecen convertirse en refugios necesarios, en un lugar adecuado para cobijarse, para huir del calor y del tiempo, de la ciudad a veces tan inhumana, todo esto de una forma tal que solo se pueden comparar a los libros, a la literatura, como si estuvieran creados de la misma materia.

La cifra de Jorge Luis Borges



Tengo un problema. Siempre he creído que sabía distinguir la realidad de las alucinaciones, levantar barreras frente a lo imposible, mantener los pies en la tierra. Pero según va pasando el tiempo, cada vez me encuentro menos seguro de esa realidad en la que debería moverme, mis pensamientos no cesan en su empeño por dispersarse. Uno no debería estar tan solo, siempre hay que disponer de alguien que avale tus ideas y proyectos, que valore las posibilidades de tus impulsos.

El corazón va a su bola, empeñado en latir fuerte cuando no debe, y el deseo de imposibles parece que es mi única motivación para levantarme cada mañana. El problema es que no quiero abandonar estos imposibles, resignarme a una realidad tan pobre, conformarme con las cotidianas naderías que no sirven para justificar mi existencia.

El caso paradigmático de esta actitud desafiante contra la realidad es el Quijote. Para él, la ordinaria verdad, es sinónimo de muerte, su fin llega cuando reconoce el fracaso de sus sueños y cede ante la razón. Hasta el juicioso Sancho reconoce en ese momento que es preferible la locura a morirse así, “sin más ni más”.

Hace falta coraje para mantener funcionando una fábrica de mentiras. Porque desear un imposible no es más que eso, construir una mentira y vivir de ella. Casi todas estas mentiras en las que creo ciegamente porque son mi verdad, tienen que ver con el futuro y están irremediablemente condicionadas por los extraños mecanismos del deseo. Querer algo que no puedes tener, conseguir metas que no están a tu alcance o, el más difícil todavía, cambiar lo que eres o torcer tu mala suerte.

Pero de entre la variada tipología de imposibles que suelo manejar, uno que me entretiene bastante es la posibilidad de cambiar el pasado. Borges rastreó esta cuestión en un poema de La Cifra, se preguntó que nos quedaría si modificamos el pasado, si el Sur hubiese vencido en la batalla de Gettysburg o si Alonso Quijano hubiese conocido el amor de Dulcinea. La naturaleza del tiempo y de la lógica impiden estos juegos, lo triste en mi caso es la cantidad de veces que desearía tener este poder para mi propio uso y disfrute.

Mi versión de este imposible es modesta, no imagino una máquina del tiempo a lo H.G.Wells, sino volver a vivir mi propia historia pero sabiendo lo que ahora sé, prevenido contra tantos errores, tantas decisiones no tomadas a tiempo, tantas palabras dichas a destiempo. Volvería al colegio sabiendo todas las lecciones o evitaría aquella pregunta estúpida que torció una amistad posible, por que no, ganaría unos cuartos apostando sobre seguro a la lotería.

Sin embargo, ni aun disponiendo de esta licencia, la cuestión sería fácil: “Modificar el pasado no es modificar un solo hecho, es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas” dice el propio Borges en un cuento, aunque cambiemos algo de nuestro pasado, las consecuencias serían igual de adversas que las presentes. Yo añadiría que contra este "día de la marmota" se me presenta la objeción de que si volviera a tener otra oportunidad haría exactamente lo mismo, por más que conociera sus nefastas consecuencias. Lo que no tiene sentido es la inútil tarea de arrepentirse, esto de modificar el pasado es en realidad para mi solo un juego mental inofensivo. No, ya lo expresó bellamente Alberto Savinio: “es el pasado silencioso e inmóvil, como un mar abandonado por los vientos. Cerrado para siempre a las corrientes de cualquier movimiento, como también el paso terrible del destino, una severa calma lo rodea, asegurándole inmutable reposo” Dejemos pues al pasado como está, y concentrémonos en el futuro, desafiando a los sueños a convertirse en realidad y que esa “severa calma” que rodea al destino se vea definitivamente alterada.

Ferdydurke de Witold Gombrowitz


Pretendía yo escribir unas palabras sobre Ferdydurke de Witold Gombrowitz, pero me entraron escrúpulos, porque dudé si no sería una traición al libro hablar sobre él, intentar imponer un orden o una explicación a lo que no es sino un libre y magnífico, un inmaduro y puro absurdo. Pero luego me reafirmé a mí mismo y me dije que si alguien tiene derecho a decir algo sobre Ferdydurke y el absurdo, soy yo, alguien tan acostumbrado a que le tachen continuamente de absurdo, ya lo corroboraba de siempre mi padre: “eres absurdo” y mis amigos: “eres irremediablemente absurdo”

Así que algo diré sobre Ferdydurke, fortalecida mi capacidad como crítico literario por estos halagos y pese a que ya se dijo demasiado de la obrita, acá y en Polonia. Allá se interpretó metafóricamente un millón de veces Ferdydurke, incluso se hizo una serie de tv, hasta el punto de que muchas expresiones del libro pasaron al habla popular. También obviaré que a Gombrowitz posiblemente le reventarían las reseñas y las interpretaciones de su relato, pero es tan magníficamente absurdo, que se presta fácil a toda crítica y a lo que quieras entender de él. Yo, por descontado, supuse que el libro trataba de mi, siempre fui así de infantil y narcisista.

Pero antes me detendré evocando al autor, a la figura gris de ese polaco que un día tomó por casualidad un trasatlántico hasta Argentina y no volvió, qué raro este polaco en Retiro, o quizás no tan raro, siempre existió una conexión entre esos dos mundos, entre esos dos ríos, entre el Vístula y el de la Plata, hasta Sábato buscó en el prólogo esas semejanzas entre ambos lugares que calificó de Territorios de la Inmadurez, donde la desmesura y la sinrazón campan pampeanamente a sus anchas.

Aunque de allá no solo venían escritores absurdos. Las relaciones internacionales entre los dos países también las rastreamos en la Sociedad Comercial del Zwi Migdal, a principios del siglo pasado, cuando empleaditos porteños llegaban a Polonia para cazar miserables chinas con las que se casaban solo para, al volver a Buenos Aires, depositarlas en las casas de los proxenetas que abundaban en Boca o San Telmo, las minas a merced de crueldades de cafishos y trotacalles...pero estaba hablando de Gombrowitz, es tristísimo el abandono de este tipo, su figura de genio eslavo despreciado, recorriendo cafés, pero que grande su traducción coral de Ferdydurke, apenas sabiendo español.

La explicación de la obra, la absurda explicación del absurdo, tampoco es tan difícil. Ya en la misma novela, en ese magistral prefacio al excurso de “Filimor forrado de niño”, nos concede todas las aclaraciones que queramos, la base de la obra es, según el propio Gombrowitz, entre otras cosas, “la incesante pena de la traición y la disonancia, la aflicción del infantilismo benigno, la aflicción del idealismo superior, la tortura del candidato eterno, la tortura del modernismo, el dolor de la estupidez, la tristeza de la no-sublimación, el aburridor tormento del aburrimiento y del repetir siempre lo mismo.” Resumiendo, la inmadurez.

Las aplicaciones y deducciones de estas bases de la novela son infinitas: el querer-no querer crecer, la imposición desde el exterior, mediante la “violación del oído”, de una forma de ver el mundo que difiere, por lo general, de la que uno pretende en su interior. Por supuesto también, y si te aburres mucho, puedes aplicar todas estas explicaciones a la Política y a la Educación, por que no a la Política polaca, no en vano el libro es marxista, marxista de Groucho Marx, porque del otro ya los polacos nos enseñaron que mejor no y gracias. La cosa sería que tampoco es bueno que te obliguen a ser un niño (un niño en el peor sentido de la palabra) También el Arte se ve aludido, en ese desmoronamiento de la Forma impuesta, en esa crítica feroz a los críticos, al emporio del gusto aleccionador y didáctico.

Pero para qué vamos a discutir aquí de esas casi-cosas, si, como ya dije, el libro trata de mi, de mi insustancial inmadurez, de mi perfecto absurdo, o más bien, del absurdo en que vivo tan alegremente. Solo diré algo bueno de este contrato con el disparate y es precisamente su indefinición, única condición necesaria para que te pueda ocurrir algo favorable. Sabemos que mejor la locura que no el imperio de una razón inamovible, mejor ser un niño, mejor que dos más dos no sean cuatro, porque si no estaríamos irremediablemente condenados a saberlo todo, a conformarnos con miserias comunes y burguesas, a eliminar la posibilidad del asombro, de lo inesperado y de la escritura, de la libertad al fin y al cabo.

Este tipo de cosas tan poco útiles aprendí de Ferdydurke. Si hubiera tenido la oportunidad de cruzarme por esas calles porteñas con el polaco, indudablemente me habría tocado la oreja derecha. Gombrovitz lo explica en el prólogo, pide a sus amigos que no le fatiguen con la habitual retahíla de opiniones sobre su libro, esos “me gustó muchísimo” o “estoy encantado”, “callaos, pues os lo ruego. Por el momento-si quereis expresar que os gustó-, tocad, sencillamente, al verme, vuestra oreja derecha. Si os agarráis la oreja izquerda, sabré que no os agradó, y la nariz significaría que vuestro juicio está en el medio. Con un leve y discreto movimiento de la mano agradeceré esta atención para con mi obra y así, evitando situaciones incómodas y aun ridículas, nos comprenderemos en silencio.” Una lección de crítica literaria y es que en algunas ocasiones, sobran las palabras.

Cuarteles de Invierno de Osvaldo Soriano


La historia es sencilla, de esa sencillez con que se tejen los mitos, esos mitos tan griegos compuestos de héroes, odios, un coro, un concepto del bien que comparto, una batalla y un desenlace trágico. Andrés Galván, cantor de tangos y el bueno de Rocha, boxeador confiado pero entrado en años, arrivan en Colonia Vela para participar en los festejos organizados más que nada para homenajear a las fuerzas armadas y esto es Argentina cerca del 76. Galván, que está de vuelta de casi todo, sin embargo no encuentra buenas razones para sentirse a gusto en ese lugar, niega un autógrafo a un milico, se niega a participar en esa “estrategia de la reverencia, el codazo y la palmada” de la que Soriano se quejaba en una entrevista y le echan del pueblo. Antes descubre que al inocente Rocha le montaron una encerrona, va a combatir con un oficial local y tiene pocas posibilidades de salir por su propio pie de la pelea. Arriesgando su vida, volverá para advertir al boxeador, que entre medias se enamoró de la hija del cacique.

Del tema principal de Cuarteles de Invierno prefiero decir poco, tan solo rescatar la imagen final de esa Colonia Vela de puertas y ventanas cerradas, utilizable para ilustrar dictaduras anacrónicas, universales, para expresar de una manera definitiva la aridez sustancial del miedo colectivo y del silencio, ese miedo y ese silencio que hoy se conservan, ignorados y subterraneos, bajo las ciudades que duermen tranquilas en medio de una alarmante inanición de ideas.

La novela de Soriano se prestó pues, en los recovecos de sus páginas, en esos diálogos magistrales y vivos, para explorar otros temas que merecen ser reconocidos. Así la presentación de la amistad de esos dos personajes antagónicos, ingenuos, cervantinos, remedos de Oliver y Hardy, personajes de slapstick, de novela de aventuras y sin embargo tan entrañables, tan verídicos, tan aciagos. Esa amistad tan improbable encuentra su resorte, como ocurre en el origen de cualquier afecto, en un misterio indescifrable, irracional. Uno de esos tipos de amistad que, sin embargo, parece justificar cierta confianza en la bondad del género humano, presupuesto que en general viene a ser complicado de mantener. Sí, cuando Andrés Galván vuelve al pueblo para advertir a Rocha aun a riesgo de su propia vida, a uno no le queda más remedio que suspender la creencia de que conceptos como el coraje, la dignidad y la lealtad desinteresada se perdieron del todo en este deshilachado mundo.

Otro asunto que me interesó del libro fue el de la soledad, esa mítica soledad de los héroes, de los vencidos, de los que están de vuelta de todo. Con la ironía omnipresente en toda la obra, no recuerdo expresión más gráfica y socarrona de esa soledad que la respuesta de Galván a Rocha cuando este le pregunta si le espera alguien en alguna parte. Nadie, dice Galván, pero “bueno, hay una morocha que cuando se emborracha se acuerda de mi.” Entiendo la indignación de Rocha como un reconocimiento de la injusticia que supone que los buenos anden solos, hipótesis que me temo se corresponde seguro con la realidad.

Luego está el personaje de Marta, propiciadora de chocantes ternuras en Rocha, delatora de la fragilidad de los héroes y de los brutos. Marta, lectora de escasas novelas de aventuras, aislada y encerrada en la cárcel invisible que le construye su padre, constituye otra alegoría de la soledad que necesariamente conmueve, casi tanto como ese amor simplón pero indudable que le dedica el boxeador y que contribuye a engrosar el catálogo de emociones simples y precisas que pueblan el libro, dando a la historia una claridad que se agradece. Una claridad de película antigua, de esas en las que “el héroe, golpeado y humillado, sacaba fuerzas de su amor por una muchacha y destrozaba a sus rivales en un último gesto de dignidad.”

De Soriano también leí la legendaria Triste, Solitario y Final, esa novela cuyo título ya predispone a elogiarla como obra maestra, sin embargo me llenó más Cuarteles de invierno. Ayuda claro la presencia del boxeo, escenario recurrente y querido, perfecto para el final de una historia donde la derrota, la lucha y el coraje ocupan un lugar tan notable. El boxeo ejemplifica como pocas metáforas esa condición de la vida que es la derrota, dotándola, de una forma irracional, de una dignidad que es un enigma, pero que nos otorga la posibilidad de volvernos a levantar de la lona una y otra vez, a veces con escasísimos argumentos para suponer que podremos defendernos.

Soriano defendió que “los ideales son la única forma de saber que estamos vivos”. Yo también lo creo, ideales en un sentido extenso, ideales políticos, poéticos, éticos, personales, ideales demenciales, irrealizables, inutiles, necesarios. También creo que la literatura es una manera de hacer algo con esos ideales, es una pena, cómo los ideales se van fosilizando, cómo mantenerlos te puede costar tan caro, acabar triste, solitario y final, igual que el Flaco, ese ingenuo que mete los dedos en el ventilador, se lastima, llora y vuelve a meterlos, igual que el boxeador que en el último round se levanta tras la cuenta de ocho por un orgullo sin premio. Seguir confiando y escribiendo, aunque cueste mucho después de tantos knockouts, es otro de mis ideales, de esos con los que construyo mi utopia personal, tan plagada de dudas y extravíos.

Inexpresable Pizarnik




“Siempre está lo inexpresable
en su pugna con la palabra
ofrecida inútilmente,
rumor de ola insistiendo
en la orilla. Como quiera
que lo que es, es, lo dejamos
por si acaso quedara
en la mano alguna vez
ese grano de sal
que lleva oculto.”

Jose Antonio Muñoz Rojas
Entre otros olvidos

No está nunca de más avisar de la inutilidad de la escritura para transmitir lo que queremos decir. La cerrada estructura de las palabras es incapaz de contener los matices y precisiones que todo mensaje requiere, no por su naturaleza, sino por la nuestra que es incapaz de elegir vocabularios, tonos, sonidos. Estas certezas que poetas como Muñoz Rojas delatan, pasan desapercibidas para las mayor parte de habladores, que se conformarían con un diccionario de bolsillo y unas cuantas abreviaturas para definir todo un mundo.

Inexpresables son las intenciones, contradicciones, deseos y tristezas, inexpresables son las definiciones, que no se conforman con el sustantivo ajado por el tiempo y el uso que acaba tranformándolo en palabra muerta. Inexpresable es el mar, la soledad, la angustia y la hierba que se mece al viento. Tan inexpresables son estas cosas inútiles que la gente las olvidó o deshechó con furia hace tiempo, y prefirieron conversar de cuantificables y más cómodas nimiedades.

Todo esto no es una mera cuestión de lenguaje. No al menos como lenguaje ajeno a la vida. Para el poeta, la vida es el lenguaje. Vivir en las palabras se puede convertir en un mal negocio, en un error poco común pero del que es muy dificil salir. Estoy pensando en Alejandra Pizarnik, en su realidad, en la realidad de sus versos extaños, en la irrealidad de una vida que no se puede confundir con una ristra de costumbres o de frases hechas, esa realidad de la vida que te permite preparar un café por las mañanas, salir y coger el tren, llegar a casa y meterte en la cama para dormir. Alejandra no podía con esto, todo le era esencialmente extraño porque para ella era primero la palabra, si preferís, el poema.

El entorno se hace irrespirable cuando las palabras que se buscan y encuentran remiten a otra cosa diferente de lo que los demás ven. De ahí la rebelión, ese recalcitrante no aceptar las reglas del juego. La sociedad, la historia, el acuciante “hacer algo” son prisiones de las que no se escapa con facilidad, porque están los carceleros, sí, pero también el impulso interior que pretende alguna seguridad, la posibilidad de un abrazo, de una comprensión, de algún tipo de ancla que nos permita descansar del vuelo, de la suspensión del saltimbanqui, de la atroz realidad de los sueños que parecen inundados de nieblas insalubres. Y sobre todo está el tiempo, con su inconfundible insistencia de que nada tiene sentido, de que no lleva a ninguna parte, de que las esperanzas y los deseos hay que sujetarlos con cadenas, arremeter contra ellos es necesario, y la poesía, claro, es una cosa muy distinta, tan ajena al tiempo que solo contempla dos posibilidades de recontarlo al margen de relojes y años: el instante y el siempre, entes inaprensibles, quizás inexistentes. Para Alejandra, para cualquiera, escribir el poema es una curación frente al tiempo, frente a la distancia con los otros, es restañar la herida, la escritura y el lenguaje como remedio último y doloroso frente a todo.

Luego está el cuerpo y sus pretensiones traducidas en hambre, en sed, en deseo de otros cuerpos. No es por tanto una cuestión de una idealización excesiva, de un simple estar en las nubes, sino en un complejo e involuntario estar en otro lado, un lugar irreconocible y aún más grave, sintiéndote alguien que no se reconoce a si mismo. El poeta es siempre el extranjero, el “otro” al que es complicado dominar, hacer que se ponga en marcha, que acceda a trabajar en las cosas que los demás terminan sin esfuerzo, sin pensarlas, sin necesidad de traducir cada orden corriente, cada indicación del camino. Y no es una idealización porque como Nerval, como Tsvietaieva, como Plath, Alejandra no se conformaba con el privilegio de vivir en la poesía sino que además añoraba compartir la adecuada vida de los demás. Ella misma lo dijo en una entrevista, ella no quería hablar sobre el jardín, quería verlo, pero, reconocía, en la vida no tenemos lo que queremos. Tuvo que cargar con el feroz deseo de todo lo terrestre, de todo lo material que le es por una oscura ley negado, dejándola en una tierra de nadie que resulta inhabitable y de ahí quizás o no se sabe por qué, el suicidio.

Este tipo de muerte me da coraje, lo entiendo, pero me da coraje, como le dio coraje a Cortazar en sus cartas, y uno parece querer unirse a aquella exhortación tan absurda que le pedía que viviera, que siguiera viviendo, que lo intentara al menos, que no pronunciara esa palabra demasiado grande, muerte, que en sus poemas parece más bien una palabra inocente. En cualquier caso, lo que no me parece es que su muerte sea una forma de delirio, algo que encerrándola en el Pirovano se solucionase, “¿por dónde empezar a curar?”, no, era otra cosa, qué otra cosa es lo más oscuro e inexplicable de Alejandra.

El manejo de las palabras requiere una concentración a veces de una dureza insospechada, exige que la mente divague por su mundo de una forma autónoma, ajena a los objetos que nombra y a los lugares que habita, alejada de la simpleza de unas ciudades que nosotros nombramos como destinos turísticos, como realidades históricas, como lugares en un mapa. Buenos Aires, París, Nueva York y su West Village “con rastros de muchachas estranguladas”, fueron para Alejandra lugares inexistentes, de ahí que viera como algo ajeno las convulsiones que la rodearon, de ahí que los cuartos en donde vivia permanecieran desordenados, con ese tipo de desorden que delata al poeta, la cama permanentemente deshecha, los libros acumulados en los rincones, los platos sin lavar y el polvo acumulándose y no importa, como no importa el mayo del 68, como no importa la guerra del Vietnam, ni las torres ni los gritos, y esto no es una indiferencia cualquiera, es que no se puede hacer otra cosa, si te dices que no sirves para nada, que no eres de este mundo, como Ossip Mendelstam, que no eres contemporaneo de nadie, simplemente estás diciendo que no puedes aunque quieras y eso no es una excusa.

Afortunademente siempre hay alguna persona en esas ciudades con las que encontrarse, mejor si es con un Cortazar, con un Paz, con un Porchia, también poetas, gente que entiende, dispuesta a compartir las noches carentes de sueño, pero que sin embargo no significan más que una pausa lánguida en su certeza, la certeza de una soledad buscada, anhelada, de una soledad hecha de silencio que tranquiliza, porque lo que no puede es vivir en su casa de Montevideo o de Avellaneda, acompañada por su familia, y entonces resulta evidente que es extraño verla irse a Paris, a las ciudades más pobladas para encontrarse sola, y es que el poeta está siempre abandonado y lo demás son máscaras, desde luego no tienen sentido ni la fama ni los premios, que son como el amor correspondido de alguien a quien no esperas. Hablando de Paz diré que algunos de los poemas de Alejandra siempre me parecieron una especie de haiku, esa revelación fugaz en escasas palabras que define la mirada y el tiempo de forma precisa, el haiku como la forma poética más cercana a la soledad, al silencio de la simple contemplación de las cosas.

Entiendo también que el silencio y, por tanto, la poesía, es una forma de la libertad, una forma de desentenderse de tanto discurso forzado, de tanta mentira afirmada como absolutos, de tanto mediocre sofisma del que depende el buen funcionamiento de la estructura social, “todo lo cotidiano es mucho y feo”, y sí, el silencio de Alejandra, como su poesía, se convierte en un ejercicio de libertad irresponsable, como bien sabían los surrealistas, como sabía Cortázar, tan semejante a ella en ocasiones de su escritura, en su afición por damas sangrientas, una amistad linda la de Julio...cuentan que le dió el manuscrito de Rayuela en Paris para que Alejandra lo pasara a máquina y así sacar un poco de dinero, Cortazar dándole el tesoro sin lástima pero queriendo ayudar, ella aceptándo pero luego perdiendo el manuscrito, y es que ella era poeta, no secretaria y para que más explicación, además luego lo encontró... afortunadamente para todos.

Lo que no son máscaras son los temas de sus poemas, las sombras, los jardines, el bosque, la noche y la lluvia, que al fin y al cabo son los temas generales de la poesía, como son los temas generales de la infancia, pero que en Pizarnik se desgranan con una insistencia diferente, como si sus versos no reconociesen otra realidad que la suya y la que se filtraba a través de sus ojos. Luego están también los libros de otros, donde cabe la extraña posibilidad de contactar con alguien, a través de las palabras leídas parece que renace esa posibilidad del encuentro con otro, la escritura como enlace, la palabra que de repente encuentra un eco, un oído que nos brinda la posibilidad, durante un segundo, de suponer que no estamos absolutamente aislados y esto sólo lo consigue la palabra, la música, el amor, ese tipo de engendros tan perseguidos, tan rechazados, tan maltratados, sospechosos siempre de un crimen que no han cometido.


Alejandra al parecer leía mucho y bien, anotaba lo que le interesaba, volvía a ello, retenía una frase, un adjetivo, lo retomaba y lo reescribía, porque escribir siempre es reescribir, vemos los objetos que tenemos delante a través del espejo de las palabras de otros, la rosa es y será la de Burns, aunque no hayamos leido a Burns, y la de mil que como él la nombraron y la identificaron con infinitas formas. Cuando la vemos en un jardín la rosa ya tiene todas esas definiciones añadidas y no nos queda nada más que elegir los matices del sonido, las preferencias del tacto y del recuerdo, las comparaciones con las que intentamos precisar una nueva definición, las cualidades que indican qué es lo que vimos cuando miramos la rosa y escribimos sobre ella y entonces ocurre el milagro que encontremos lo que decía Muñoz Rojas en el poema del inicio, la “sal oculta”, el resorte definitivo que convierte el poema en una especie de milagro reservado a gente como Alejandra, que llega y dice aquello de que la “rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos” y consigue esa especie de milagro que consiste en entender qué es una rebelión, qué una rosa, qué el acto atroz del que mira para ver y asiente ante la esencia de las cosas, convertidas en palabras, en humildes palabras de dos sílabas.

En fin, he de confesar que escribir todo esto sobre Alejandra, de la que tanto se ha hablado ya, me dio un pudor bastante insidioso. Siempre me queda la idea de que no tenemos derecho a buscar causas, de arrimarme a teorías, de intentar explicar un poema, que es una actividad que debería estar quizás prohibida pero que no podemos dejar de perpetrar. Con Alejandra cuesta más, porque sus poemas la definen, porque la fragilidad de su figura parece romperse si te acercas demasiado, si pretendes reducirla de alguna forma. Y es que ella fue otra de esas palabras inexpresables, contradicción viviente, alejandra es sólo un nombre, debajo está ella, esperando.

“¡Pudiera ser tan feliz esta noche!

si sólo me fuera dado palpar
las sombras, oír pasos,
decir “buenas noches” a cualquiera
que pasease a su perro,
miraría la luna, dijera su
extraña lactescencia tropezaría
con piedras al azar, como se hace.”

Noche
De la última inocencia (1956)

París, de Mario Levrero

Ayer me preguntaba por el sentido que tiene volver a encontrarse con algo, con alguien o con un lugar. Por ejemplo, retornar tras mucho tiempo a la casa familiar, a una ciudad a la que prometiste volver, dar por casualidad, en el cajón de un escritorio, con un objeto que creíste perdido. No siempre estos reencuentros tienen por qué ser alegres, las desdichas acechan desde cualquier esquina y dónde pretendías recuperar una voz añorada o un recuerdo agradable, puedes dar con alguna decepción, tal vez con una burla a la memoria.

Eso puede pasar cuando pretendes volver a un lugar donde pasaste unos buenos días, a un sitio de cuyo nombre quieres acordarte. A mi me pasa a veces que oigo el nombre de una ciudad donde estuve y me da como un escalofrío. Y es que ayer me dio por pensar que igual no era mala idea plantearme volver a Paris. Lo pensé mientras acababa la novela de Mario Levrero de ese nombre. La historia arranca con la vuelta a Paris del protagonista, después de trescientos años de viaje en tren. Lo desmesurado del trayecto ya advierte de que al Paris donde llega este tipo poco tiene que ver con el Paris real. De hecho Levrero pide disculpas a la ciudad, antes de empezar a narrar, y es que el Paris de esta novela es surrealista, aciago, tremendamente gris, nada que ver con la “ciudad de la luz” que nos suelen vender. Sin embargo la descripción de la llegada a la estación de Levrero coincide con mi primera visita allá: comparto el miedo a que me robasen la valija, la sensación de desamparo, el cansancio por una noche sin dormir y el vacío de la estación, la barba de cuatro días, quizás, la soledad no nombrada como tácito acompañamiento. Lo mío se diferenció sobre todo por el color con que pintó Paris Levrero. Yo en aquel septiembre me encontré la ciudad con demasiados matices en el aire como para concederle tan triste preeminencia al gris. Me pregunto que pasaría si yo volviera, si las circunstancias serían diferentes, si me encontraría con una ciudad distinta, con otros tintes. Me figuro que sería así y que solo por anotar las diferencias valdría la pena volver. En la novela, Levrero se pregunta varias veces por el sentido de su retorno a Paris. Insiste en que es un viaje inútil si el lugar permaneciese idéntico a como lo dejó. Aquí también cabe la posibilidad de que uno emprenda un viaje para darse cuenta de su inutilidad, dejando ese ¿por qué volver? sin respuesta.

Lo peor son las decepciones, cuando tomamos un lugar actual y lo comparamos con el que guardamos en la memoria, cuando no logras reconocer el sitio a pesar de que apenas cambió en realidad. Me acuerdo de Samuel, el protagonista de Todos los años perdidos de Miguel Rubio, retornando a un Madrid que le rechaza o le escupe indiferencia, el reencuentro con unos amigos que ya no lo son. Suele pasar esto sobre todo con nuestros recuerdos infantiles. Las cosas de niños, vistas después, empequeñecen, pierden la magia, la razón de tanta añoranza. Es entonces cuando te vas dando cuenta de que el pasado tiende a ser irrecuperable, de que una de las razones para disfrutar del presente es que tal vez un buen momento no se repite. Y que decir de las fotografías. Vuelves a la ciudad con las fotografías que hiciste veinte años antes, intentas buscar la misma esquina donde las hicistes, y al final caes en la cuenta que derribaron un par de edificios, que plantaron delante un árbol, que el color sepia de la fotografía no se corresponde con la última mano de pintura que dieron a una fachada. Mejor no intentarlo.

Esto pasa con los lugares y pasa con las personas. Hace nada volví a ver a una compañera de colegio, de primaria, que deje de ver cuando teníamos ocho años. Me llevó unos minutos reconocerla, solo cuando ella dijo su nombre me vino el recuerdo y pude identificar la similitud de sus rasgos con los de aquella niña que veía correr en el patio. Cuando nos separamos me quedé algo decepcionado, pensando que aquella niña ahora ya había desaparecido definitivamente. Al menos antes disponía de la memoria, que no deja de ser un cofre de pérdidas, pero ahora ya sería más difícil volver a pensarla tan solo como una niña pequeña...en fin, quizás debíamos intentar escapar a veces de esa trampa que es la nostalgia y buscar los reencuentros con la seguridad de que nada permanece.

También está el libro de Antonio dal Masetto, “Bosque”. El personaje central de la novela llega a un pueblo donde murió el hombre con el que se escapó su mujer, tiempo atrás. Pronto irá tomando conciencia de la inutilidad de esa búsqueda, de ese reencuentro con un fantasma del pasado, del que no puede obtener nada, ni siquiera la compensación de una venganza. Y es que una cosa es volver a encontrarse con gente del pasado, otra muy distinta, cazar fantasmas. Más positivos, definitivamente alegres, son los reencuentros casuales con personas que quisiste de alguna manera. Lo cierto es que vivir en una ciudad de varios millones de habitantes y darte de bruces justo con alguien de tu pasado que echabas de menos, por la sola conjura del azar, es uno de los accidentes más felices que te pueden suceder. Y aquí no importan los cambios, la pérdida de pelo, el aumento de peso, las arrugas, el abrazo deviene sincero, es como si te devolvieran un trozo de juventud. Masetto también habló en alguna ocasión de otro tipo de retornos, el retorno del que viajó mucho y vuelve a casa, en su caso, a los bares de Buenos Aires, lo cierto es que uno anda perdiéndose siempre. Otra buena opción es el reencuentro como reconciliación. Es curioso cómo solo el hecho de volver a ver a alguien puede suponer un perdón, un silencioso reconocimiento de que el rencor es una de las aficiones más sobrevaloradas.

No, no se si volveré a Paris. Puede que en esta segunda ocasión no me lo pasara tan bien, que por fin me robaran la valija. Es un riesgo, además han pasado cosas, quizás cambiaron aquella ciudad que vi por otra, piedra a piedra, me dicen que eso es lo más normal del mundo. Ya lo dijo Borges, perdón, Heráclito, eso de que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Levrero, en Paris, nos trasmite la clave de todo el asunto. El reencuentro no es solo con la ciudad, también es con uno mismo. Todos cambiamos, no es nada especial, no tiene mérito, pero a veces es bueno constatarlo. En el Paris de Levrero ocurre un hecho imposible pero muy simbólico: allá no se permiten los espejos. Al protagonista le asalta un viejo que ansioso y torturado, le pide una descripción de su propio aspecto, una “confirmación sobre si mismo”. Retornar a un lugar lejano implica la posibilidad de compararnos, de ver si valió la pena envejecer. Levrero, en el final esplendoroso de su novela, añade un hecho capital, imprescindible: la necesidad de reírnos de nosotros mismos, como consecuencia inevitable de ese reencuentro, como saludable requisito de cualquiera que pretenda entender quién es y para qué diablos emprende viajes.