martes, 27 de noviembre de 2012

Huellas que no quieren borrarse


Me pregunté siempre cuánto tardan en desaparecer unas huellas en la arena. Me refiero a el tiempo mínimo requerido para que el viento, para que la probable ola acabe con esa minúscula señal de unos pies, con la marca de sus dedos, de su andar dubitativo o firme, pesado o decidido. Ya sean pies ligeros los que apenas comprimen la superficie o pies pesados de cuerpos contundentes, de cuerpos a punto de sumergirse,  de marcharse o diluirse, el tiempo siempre acaba haciendo de las suyas con su afán de llevárselo todo, sin remedio. Intenté calcular la exacta porción de minutos o de segundos que se requieren según las diferentes tipologías de pies y huellas, de arenas y de las más diversas condiciones ambientales, y por supuesto no encontré un patrón único, una estimación fiable que diera el tiempo exacto de esta operación nimia que sin embargo a veces tiene una importancia insospechada.

Hice los experimentos y cálculos cuando supe de aquellas huellas de niña, de esas huellas que perduraron por no se sabe qué milagro durante más de media hora, quizás más, unas huellas minúsculas como las que correspondían a un cuerpo minúsculo de seis años, niña ligera pero atigrada, de huella felina y casi salvaje, niña de pelo revuelto, de risa constante, que ya entonces tenía frente al mar una actitud de solvencia, una actitud parecida a la que tiene cualquiera al mirarse al espejo, como si su imagen, entonces tan modesta, tan niña, no pudiese contentarse con un espejo de mano y necesitara del mar, de su extensión prodigiosa, de su opacidad y profundidad, al mar como escapatoria de su imagen inabarcable...y solo tenía seis años.

 Sus huellas van lentamente separándose, sin más, de la mirada de sus padres, que distraídos por la caída imprevista de la tarde en uno de esos rojos más bien literarios, la dejan andar sola por la playa desierta, cuando ya todos se refugiaron en sus casas, porque era invierno. Y ella anda en círculos, en espirales, a la pata coja, embisten unas olas tranquilas, y la tarde, y el rojo de unas nubes hacen el resto. No se si oyó tal vez algo en la lejanía de aquel espejo que la llamaba, pero el caso es que se alejó de sus padres, de la mirada de sus padres. Tan solo ahonda esas ligeras huellas que deberían desaparecer con la primera ola, pero que esta vez permanecen, que aquel día por una extraña confabulación contra las leyes de la naturaleza permanecieron sin que las olas, ni el viento ni ninguna otra huella extraña pudiera borrar de la arena esas que la niña va sembrando como no queriendo la cosa, como suelen hacer estas cosas los niños, plantando huellas, alejándose, tal vez huyendo, escuchando el atardecer rojo, buscando un llamado de lejanías, siguiendo tal vez a un cangrejo que se dirige hacia las rocas del final de la playa, a muchos metros ya de la mirada de sus padres, segura a sus seis años que ese cangrejo le pertenecía, que no escaparía, que no había peligro, que el mar es un espejo inofensivo, segura de que la mirada de sus padres no había dejado de seguirla.

Influyó también la ausencia del miedo. El miedo ignorado, imprevisto, ausente. El miedo como una noticia vaga de un país extranjero, el miedo que no reviste aun la experiencia del dolor. Al fin corre hasta las rocas, sigue buscando a su cangrejo que se ha perdido entre los charcos y las algas, la tarde va filtrando una oscuridad de invierno. Trepa, sale del campo visual de sus padres, se adentra entre los guijarros entre tropezones y resbalones, anda más hacia las olas, se le atranca un pie entre dos rocas, pierde una chancla, sigue adentrándose más entre los riscos, alejándose de sus huellas de la playa, buscando al cangrejo que será suyo, hasta un pedrusco plano que descuella sobre una especie de abismo, sube, gatea y sigue adelante, descuelga sus piernas y allí más rocas, allí más algas, allí el olor salado de una marea que sube. No está el cangrejo, pero están las olas, la oscuridad, las caracolas vacías, un anzuelo abandonado que se clava en el talón. No se queja, no llora, ni siquiera al comprobar un hilillo de sangre que se pierde en un charco de agua verde. Se sienta, mira al mar, al espejo, a las nubes, a la oscuridad, ve más allá a su cangrejo lanzarse al agua, mientras la espuma de una ola cubre, por primera vez en aquella tarde, la lisa roca donde descansa.

Su padre está concentrado en otro azul, el de los ojos de su madre, siente el aire, la oscuridad y ella decide que es un buen momento para volver a casa, se dan la vuelta y la llaman. No ven más que las huellas que se alejan, formando un reguero de huellas minúsculas sobre la arena negra. Son esas extrañas huellas las que permanecieron, las huellas de unos pies y de un cuerpo tan ligero, pero que a pesar de esto no desaparecen y uno no se lo explica, porque yo, mucho tiempo después, cronómetro en mano, comprobé una y mil veces cuanto tarda una huella en desvanecerse, el tiempo que necesitan el viento o la ola para deshacer la marca de unos pies sobre una playa y las de la niña de seis años, tan ligeras, deberían haberse borrado hacía varios minutos cuando sus padres las recorrieron por fin con su mirada. Corren en medio de los gritos tras las huellas, no la ven, son metros y metros de arena hasta llegar a las rocas, uno tampoco se explica cómo una niña puede escaparse de esa manera si fue dando círculos, si andaba parándose a cada momento en espirales y reflejando su imagen en las olas, cómo pudo tardar tan poco en alejarse tanto una niña que iba tras las lentas patas de un cangrejo.  Llegan hasta las rocas, hasta las que la marea que sube irá cubriendo, hasta las que poco después estarán totalmente sumergidas por el agua. Tiene que ser así porque el mar es un espejo, pero también el mar es el mar, el mar sin definición, sin imagen ni metáfora, el mar en silencio de las tardes de invierno, simplemente el mar.

Ellos también resbalan, caen, se tuercen un poco el tobillo, buscan aterrados, porque ellos si conocen el miedo, ellos si alcanzan a vislumbrar todas las posibilidades, porque ellos ya conocen el dolor, la misteriosa punzada de un anzuelo clavado en el talón, la desdicha que produce ver un hilillo de sangre diluirse en un charco de agua verde, porque ellos se acusan el uno al otro de haberse despistado, de haber dejado sola a la niña en medio de la playa, como otras veces ella acusa al hombre de la torpeza, el la reconoce pero no puede decirle ahora que estaba perdido en el azul de sus ojos, porque ahora eso no sirve, porque eso no sirve casi nunca como excusa, porque decir esas cosas sacadas de contexto es una torpeza enorme, porque no tenían permiso para perderse en ningún sitio sino que debían vigilar a la niña de seis años, a la niña a la que habían dicho mil veces que no se acercara nunca a la zona de rocas, a la que dijeron que dejara en paz a los cangrejos, a la que dejaron bien claro que no debía andar sola por la playa, ni por las calles, ni cruzar semáforos en rojo, ni hablar con extraños, ni aceptar regalos del abuelo sin dar las gracias.

La niña empieza a dudar, el talón le duele, decide arrancarse el anzuelo, y el hilillo de sangre se hace más grande, le duele y mira por fin alrededor, deja por un momento de mirarse en el espejo del mar porque ya está oscureciendo demasiado, y por fin piensa en la playa, en la arena, deja de buscar en el horizonte, y se vuelve hacia sus padres pero no están allí, tan solo las rocas manchadas de algas, las olas que cada vez están más cerca aunque apenas se ven, y se levanta pero no puede andar, tira el anzuelo lejos y siente ese dolor como algo nuevo, y no dolería tanto si no estuviera sola, y no tiene miedo, no tiene miedo pero empieza a intuir lo que es el miedo, y no quiere estar sola, si al menos hubiera atrapado al cangrejo, pero no, esta sola y le duele el pie y quiere volver pero no puede. Suben las olas, sube la marea, lo sabe, pese a que por fin la oscuridad lo cubre todo, ni siquiera quedan los tímidos reflejos del mar cuando no hay nubes y es la noche, la noche sin miedo, la que ahora lo cubre todo, hasta que el mar con su marea que asciende cubra también la roca plana donde está sentada la niña de seis años, de pelo revuelto, mientras sus huellas, dejadas atrás hacía demasiado tiempo, por fin desaparecen, innecesarias. No tiene miedo, pero cuando el agua llega a sus pies y se llevan el charco de agua verde y roja, cuando la marea por fin la alcanza, acierta a susurrar tranquilamente una especie de queja, de petición, unas ligeras palabras lanzadas al espejo del mar que reclama su espacio, esas palabras en las que tan solo dice que quiere volver y es entonces cuando unas manos la alzan de la roca, la hacen reír, la devuelven un abrazo que ya empezaba a echar de menos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Palabras heladas


Los resortes de la nostalgia, sus insidiosos mecanismos, son un asunto bastante oscuro. Al menos así me lo parece. Es curioso cuando aparece de repente como si se tratara de una enfermedad aguda, de una “oxeía” que decían los griegos, y es que la nostalgia efectivamente me parece una de esas enfermedades que o se te pasan pronto o te matan enseguida. Resulta irritante cuando en medio de un día soleado, protegido por una cotidianeidad sin sombras, tranquilo en la inercia de los trabajos y los sueños, de las mediocres esperanzas y de los premios pobres, de repente se te cruza delante cualquier objeto, una cara, unos ojos, un viento, quizás tan solo un color y quieres evitarlo pero lo que sea te arrastra contra tu voluntad hacia aquel lugar del pasado que añoras y al que probablemente no podrás volver. Esto es más o menos lo normal, pero peor aún es como en mi caso, cuando me asaltan los mismos síntomas, pero la añoranza responde a algo que nunca he vivido, a un lugar donde no estuve, de alguien que ni tan siquiera cruzó una palabra conmigo. Esto de inventarse tristezas con tanta alevosía tiene mérito, no está al alcance de cualquiera. Luego está otro tipo de nostalgias, también inexplicables, más comunes, cuando las sientes de algo que en su momento te disgustó, te dolió, de un lugar en que sufriste, de una persona que hubiera sido mejor negocio olvidar.

Al respecto hay un cuento de Cesare Pavese, “Tierra de exilio”, en el que el protagonista viaja por motivos de trabajo a un pueblo del sur de Italia desde Turín. Es un pueblo marinero, “ingrato y vacío”, pobre, surtido de miserias humanas, de paisajes secos y agrestes. La narración en primera persona se inicia desde el recuerdo de esa experiencia necesariamente infeliz, ya de vuelta en el verde Piamonte. No en vano el cuento quizás esté inspirado en el exilio que sufrió el propio Pavese en un pueblo parecido, perseguido por los fascistas en 1935. Sin embargo, lo que vio, el lugar tamizado por la distancia del recuerdo, le hace suponer que aquel pueblo fue especial, que las historias de esas gentes que tanto le desagradaban significaban algo cuyo sentido se le escapó mientras convivía con ellas. Pavese lo explica al principio del relato: “solo lo que ha transcurrido o cambiado o desaparecido nos revela su rostro real”  En definitiva, para entender, es mejor alejarse.

Este es un tópico repetido en cualquier manual de escritura creativa, pero tanto para el manejo de las nostalgias como para el arte de la escritura, mantener las distancias es un requisito muy recomendable. Entiendo que esta distancia se ha de anteponer tanto frente al tema del que se quiere escribir, frente al objeto poetizable, como frente a la propia escritura. Es obvio que cuando uno quiere describir alguna pena, algún acontecimiento reciente, algo que tienes delante, el resultado puede ser decepcionante, sobre todo inverosímil. Lo que en el momento pareció reseñable o fundamental, un momento después, en otras circunstancias, puede resultar un invento nimio, cuyas causas ya no tienen sentido.

Sin embargo, esta distancia puede deparar que una palabra dicha por azar, que un hecho cotidiano del pasado, resurja en la memoria con una tonalidad imprevista, revistiéndose de una interpretación nueva, primordial. Me refiero a esas palabras pronunciadas sin saber por qué, escuchadas en medio de una comida familiar, de una conversación trivial con los amigos, esas palabras que entonces fueron ignoradas, minusvaloradas, desechadas, las palabras que no significaron nada, pero que recordadas tiempo después, con la experiencia, con la capacidad que dan los años de atar los cabos sueltos, de hilar el relato y comprender de otra forma a los que nos rodean, de ver el bosque sin el obstáculo de las pasiones y errores en los que se mueven todos los presentes, de repente las entiendes como si se destaparan tras un desmedido encierro.


Esto me recordó la anécdota de Antífanes de Berges, que era un viajero griego y antiguo, que escribió libros sobre maravillas y tratados de rarezas y curiosidades. Estos libros crearon el género paradoxógrafo, donde se catalogaban infinidad de lugares fantásticos, monstruosidades, costumbres infames, fantasmas, plantas prodigiosas y fuentes milagrosas. Eran obras muy estimadas por el  incipiente público lector de una Grecia que había ampliado el mundo hasta los confines de la India por medio de las estruendosas campañas de Alejandro, un público que a diferencia del de hoy aun tenía intacta su capacidad de asombro. En realidad nadie sabe quién demonios fue Antífanes de Berges, pero su fama proviene de su relato de una visita que hizo a un país del norte, donde era tanto el frío que hacía, que las palabras, pronunciadas en invierno, se helaban y solo se volvían a escuchar en verano, cuando se descongelaban.

Estas palabras congeladas son como las escuchadas en el pasado, las que no significaron nada y que, pasado el tiempo, saliendo del cofre de la memoria, por fin alcanzan su destino. Lo más probable, desgraciadamente, es que estas palabras entendidas a destiempo ya no puedan obtener respuesta. Solo queda el arrepentimiento, el reconocimiento de una torpeza injusta, el hecho irremediable de que esas palabras descongeladas se perdieron, y no hay forma de arreglarlo, tal vez tan solo la opción de hacer una llamada telefónica, ofrecer una disculpa, y al otro lado, el que dijo esas palabras, tras pensarlo, reconocer que lo había olvidado todo.

 Extraña imagen esa de palabras lentamente perdiendo la escarcha, el sol calentándolas y de repente su sonido, al margen de quien lo emitiera y de a quién iba dirigido, surgiendo liberado y alegre. Más allá de la exageración sobre el frío de aquellas tierras, la noticia de Antifanes confunde el orden de los sentidos: la palabra congelada es un sonido que se ve, un sonido que se puede palpar. Por otro lado, concede a la palabra una analogía sutil con el agua, ambas fluyen, ambas se estancan, ambas forman ríos y mares y, que duda cabe, hacen naufragar en ellas a quienes por una confianza excesiva se adentran en sus procelosas ondulaciones.

Nostalgia, palabras congeladas, lugares que se transforman en la memoria...y libros. A los libros, a esos magníficos contenedores de palabras, les puede ocurrir lo mismo. Entre mis pocas manías que pueden considerarse defendibles está la de releer libros. Apilados en el fondo de la estantería, se esconden esos libros leídos y a veces, desechados hace muchos años. Libros que en su momento no te dijeron nada, que te decepcionaron, o lo más probable, libros de los que nada quedó salvo el título. Y luego los vuelves a leer y descubres un tesoro, no comprendiendo como los descartaste en su momento. Recién me pasó con el libro de Turgueniev, “En vísperas”. Es una historia sencilla, deliciosamente sencilla. Dos amigos, una muchacha, un tercero que se la lleva. Todo en un escenario de marejadas revolucionarias, de excursiones nostálgicas por campiñas y lagos, de filosofía y arte, de decisiones truncadas. Pero fue necesaria una segunda lectura para ver tras esa aparente sencillez sus profundidades, para reconocer en la renuncia de ese estudiante de filosofía llamado Bersenev, un acto de tristeza sin moraleja, de sentimientos sutiles y apenas definidos que se dibujan por debajo del relato, que es bastante más que un folletín oportunista como creía la primera vez que lo leí...es solo un ejemplo. Los libros hay que leerlos varias veces, lo seguro es que cada vez será diferente, como si fuese imposible leer dos veces el mismo libro, que diría Heráclito.

Una imagen análoga a la de las palabras congeladas de Antífanes es la de los libros enterrados. Libros que permanecen ocultos durante generaciones en la tierra o en la grieta de las rocas, y que después salen a la luz. Kapuscinski nos habla de los armenios, que perseguidos y aniquilados, guardaron su historia como pueblo y su idioma en libros que enterraron en espera de tiempos mejores. “Los armenios los sepultaban como los ejércitos derrotados sepultan sus estandartes.” Las palabras y los libros se transforman, se tergiversan, se callan y se queman, pero casi siempre permanecen, aunque solo sea en la modesta forma en que se recuerdan las palabras inacabadas y balbucientes de un niño.