lunes, 31 de diciembre de 2012

Sobre la fractura de un texto



Escribir es desvelar un secreto. Es mostrar, “publicar”, expresar algo que acontece al escribidor y que le es íntimo, reservado, algo que suele revestir el carácter de “visión” única, algo que sólo se descubre una vez. Se mira un árbol, un mero árbol mil veces visto sin consecuencias, y el poeta encuentra en él una pregunta, un misterio, una perfección nunca antes sugerida por el objeto. El poeta siente la imperiosa necesidad de traducir la experiencia en palabras. La visión le pertenece, pero necesita compartirla. No se resigna a retenerlo en la memoria, sino que le empuja, en ocasiones frenéticamente, a ponerlo por escrito, para que otros también puedan verlo, para que aquel íntimo secreto no se diluya en el olvido.

María Zambrano lo entendió así, con su particular filosofía poética:

“Escribir es defender la soledad en que se está...pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra.”

Pero el juego no es tan sencillo. Hay un problema, una dificultad entre decir y que te entiendan. Escribir y que te entiendan. Ese dilema tan mal resuelto con falsas confianzas en el lenguaje y en sus hermenéuticas, no puede solucionarse de cualquier manera. Siempre permanece la duda de que el escrito pueda ser entendido como se propuso el escritor. Escribir puede ser expresión o máscara. Pero casi siempre quiere ser expresión. Las máscaras de hecho tan solo proponen una expresión oculta, más o menos vergonzosa y es entonces que de la comprensión por parte del lector, de esa coincidencia entre lector y escritor, depende que el acto de la escritura, por muy silenciosa que pretenda ser, tenga sentido.

En la práctica pienso que esta supuesta y tácita comprensión es muy dudosa. O que no se da casi nunca. El lector suele ser el que impone su mundo, su manera de ver las cosas frente al texto siempre limitado. La intención del escritor es esencialmente anulada. Se corre el riesgo de que la “visión” que se quiere comunicar se pierda por el camino. Del reconocimiento de esta realidad parten las construcciones de esos extravíos del lenguaje que son los “coq-´a-l´âne” o “despropósitos” de Rabelais[1] o las glosolalias[2] que constituyen buena parte de la poética moderna. Amparadas en la locura, en el destronamiento de dogmas y órdenes, son construcciones de palabras aleatorias, con una secuencia lógica desmoronada, algunas inventadas, que en un discurso absolutamente incoherente conducen al lector al sin-sentido de unos versos atroces y herméticos. Yo entiendo que, lejos de resignarse a la incomunicabilidad, estos poetas recurren, en lo que parece ser una irritada reacción, a un mayor oscurecimiento de su escritura, a una renuncia a los significados, a un refugio en los significantes que se traduce en una dolorosa e infantil queja, en un desafío al orden establecido que no puede proporcionarles lo que anhelan. Vienen a decir algo así como “pues si hablo claro y no me entendéis, hablaré oscuro, que me va a dar lo mismo...”

La ironía, el componente humorístico de esta especie de juego o broma, no esconde el desamparo que sugiere este origen, la impotencia en esa lucha contra el lenguaje que es de antemano una guerra perdida y que, sin embargo, no excluye la esperanza: cada nuevo poema, cada nueva palabra escrita es un intento de traspasar esa frontera y muro del entendimiento, de cuyo éxito depende escapar de la soledad a la que parecen estar destinados los poetas.


[1] Gargantúa: “Señor, es cierto que una buena mujer de mi casa llevaba huevos al mercado y los vendía, pero, a propósito, ocurrió que entre los dos trópicos, seis grados hacia el cenit en lugar opuesto a los trogloditas, en un año en que los montes Lipheos sufrían una gran esterilidad de mentiras a consecuencia de una rebelión de patrañas ocurrida entre los Chalanes y los Corredores, a propósito de una sublevación de suizos, que estaban reunidos en asamblea en número de tres, seis, nueve, para marchar a la Guianueva en el primer agujero del año, cuando se da la sopa a los bueyes y la llave del carbón a los muchachos, para que des avena a los perros”

[2] Alejandra Pizarnik. Fifina: “Pero el verdugo, ¡aleluya! Encubre a una madre y el hacha caerá de sus manos hoy, no mañana ni pasado mañana, sino a su debido tiempo. A su debido tiempo, mi querido. Volveré con la tarta de frambuesa sin confundir pitirre con pitarro, como aquella abnegada mujer que fatigó leguas y leguas hasta dar con el pitarro por el que al parecer se pirraba su cónyuge, y una vez desandado lo andado y extraído de lo hondo de la pilalojera, como amorosa ofrenda, el motivo de sus largos caminantes, no va el pinchaúvas y le dice que jamás se pirró por pitarro, que es chorizo pequeño, sino por pitirro, que es pajarito oscuro y largo de cola.” En Patricia Venti, La escritura invisible.


lunes, 24 de diciembre de 2012

Lluvia tras el cristal


“Et d´une chambre en autre
Entrerent...”
Chrétien de Troyes
Li Contes del Graal

En realidad nunca se llegó a considerar un tipo extraño. Salía al trabajo por las mañanas, era severo con los horarios, se vestía de una forma que no fuera posible recriminarle por ello. Fue no mucho después de conocer a Adriana que esta sospechó que escondía algo. Esto es habitual. Todos escondemos cosas, manías, hábitos más o menos infames que avergüenzan. Adriana se acabó por sentir insegura a su lado, pese a que le acabaron gustando sus corbatas, sus cuentos, sus timideces, su modo de pronunciar las esdrújulas. A los dos meses casi ya le quería. Salían a pasear, más que nada. Un cine de vez en cuando. Pero las llamadas a deshoras confirmaron que la cosa iba en serio. Él no tenía dudas, quería a Adriana. Desde el primer momento. Y hacía frío, y era principios de otoño, y la ciudad se empezaba a despertar al final de la tarde, cuando la gente parecía salir de escondrijos como alimañas que acechan en la noche. Hablaban de todo, compartían una sincera devoción por los libros, por cierta sinfonía de Brahms, por las hormigas, por los tejados de pizarra, por la lluvia, lo típico, esas coincidencias que a nadie sorprenden y que sin embargo justifican esos obstinados devaneos que llamamos cariño. Adriana estaba a punto de decirle que a aquello que habían empezado deberían darle un nombre, no sabía muy bien cual, pero antes se obligó a descubrir esa cosa que le extrañaba en él, ese secreto que podría cambiar las cosas, ya se sabe, el afán de saber, que luego provoca tan malas sorpresas.

Iba pensando en esto, agarrada a su brazo, cuando se pararon ante el escaparate de una mercería, porque ella andaba buscando lazos. Se fijó en uno que a pesar de que era de color fucsia le parecía bien y le preguntó si le gustaba. Él miraba a otro lado, con una mirada que pretendía estar perdida, pero que en realidad era tensa, escurridiza, tiró un poco del brazo de Adriana para seguir caminando. Ella insistió que mirara el lazo, pero él se negó, hasta que sus reflejos en el cristal desaparecieron, con una mueca de preocupación y sospecha en ella, con una de evidente fastidio en él.  No se volvieron a mirar hasta que llegaron al portal de Adriana, en medio de ese temible silencio que había surgido de repente, inesperado. No tuvieron más remedio que acostarse juntos para diluirlo.

El matrimonio se celebró en el más absoluto de los secretos. Fue un día lluvioso, de esos que les gustaban tanto. En un pueblo de la costa, en una iglesia medio perdida, ruinosa. En un idioma que no conocían. Se habían marchado para casarse muy lejos, sin muchas pretensiones de volver.  El viaje hasta allí fue largo y en tren. Él se lo pasó leyendo todo el tiempo. Adriana miraba a través de la ventanilla un paisaje compuesto de bosques, nubes, atardeceres medio rojos, montañas, postes eléctricos que aparecían y desaparecían con una asombrosa cadencia, como si fueran chispas. Cuando llegaron, ella le señaló el mar, pero él no quiso mirar, supuestamente sumergido en la lectura. Adriana comprobó que el libro estaba al revés. Para la ceremonia, ella llevaba un vestido azul y en la cabeza un lazo fucsia. El lo rozó con sus dedos y le dijo, antes de empezar la ceremonia, que era precioso. Iba despeinado, como siempre, con legañas. Por la tarde, antes de entrar en la posada, la descubrió llorando. Se justificó por la emoción. Pero él se dio cuenta de que sus lágrimas eran más bien de incertidumbre, de esa incertidumbre que surge cuando hacemos algo de lo que no estamos nada seguros.

La casa donde acabaron viviendo tenía el tejado de pizarra y escasos muebles. Tuvieron que comprar mesas, sillas, un armario de dos cuerpos. Adriana se encaprichó de una araña, pero él se negó a comprarla. Ella pensó en la multitud de reflejos que nunca verían en esos caireles. Se hicieron con un baúl enorme. Pretendían acumular ilimitados recuerdos. Solo faltaba un espejo para el baño, algo que cualquiera consideraría básico. No lo compraron. Él tuvo que confesar por fin. Nunca había visto su propio reflejo en un espejo. Solo la idea de este reflejo le espantaba, desde siempre lo había evitado de mala manera, esquivando los cristales, las habitaciones nuevas, los escaparates, las ventanas cerradas, los estanques, las fuentes, el hielo incluso. Adriana no podía creerlo. Aquel era, se dijo por fin, su secreto...pues vaya secreto, pensó que aquello era absurdo pero en absoluto terrible. Después vinieron más paseos, nuevas costumbres, tranquilidad aparente. Ella hizo con sus dudas un paquete bien apretado, y las metió en un cajón del armario, cerrado con llave. Era un armario de madera de roble. Pensó que eso es el amor, no dejar abandonado al otro en su laberinto.

Los años pasaron. Las gotas de la clepsidra cayeron metódicamente, una detrás de otra. Hay analogías asombrosas, como esta del agua y el tiempo. La vida se podría explicar como una especie de evaporación lenta. Adriana nunca le echó en cara su extraña fobia. Comprendió que la cosa no tenía que ver con traumas infantiles, ni con vergüenzas, ni con autoestimas, ni con símbolos: comprendió que el miedo es libre y que en general no se atiene a razones ni a explicaciones racionales. No podía reprocharle nada, a ella le horrorizaban las mariposas, tan frágiles...sin embargo, no se conformó con dejarlo pasar. Así que una mañana, amaneció nublado, con montoncitos de polvo sin barrer en las esquinas. Él se despertó con tanta parsimonia que cualquiera diría que había soñado todo la noche felicidades. Al abrir los ojos, vio en el suelo del dormitorio un largo lazo fucsia que salía por la puerta. Se levantó, cogió uno de los extremos y se dispuso a encontrar el otro. Desde un cuarto entró en otro, recogiendo en un ovillo el lazo de ese color atroz, dejándose ganar por el juego, pasando por la cocina, el trastero, el sótano y volviendo atrás y adelante, siguiendo el dichoso lazo. Llegó a la biblioteca. Allí acababa el lazo, prendido entre las hojas de un libro. Era un libro con las tapas rojas, sin título ni autor. Pensó que nunca antes había visto ese libro. Lo abrió y en vez de hojas vio el espejo y en el espejo, pequeño y traicionero, su imagen reflejada.

Desayunaron café con tostas. Adriana le miraba y él permanecía en silencio. Cuando se le cayó la cucharilla, se dio cuenta que aquello no había sido una buena idea. Ensimismado, parecía a punto de llorar. El caso es que la imagen de su rostro no era para tenerla miedo. Tenía una cicatriz en el mentón, una ceja demasiado ancha, pero por lo demás, era un rostro normal, sincero, entrado en años, incluso interesante. Adriana le preguntó cómo se encontraba. Bien, dijo él y salieron a dar un paseo, el silencio duró un día. Nunca le contó que el rostro que encontró en el espejo no era él, no se le parecía en nada, era de alguien desconocido, de un completo extraño con el que, a partir de entonces, tendría que convivir, si no quería que las cosas se estropearan. Afortunadamente, el día después del encuentro, se puso a llover.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Historia


Fue un 26 de diciembre cuando una mosca, ejercitando volteretas inexplicables, se arrojó desde el escritorio al suelo, desfallecida. Aquel día alguien perdió, sin darse cuenta, un pañuelo de papel sobre el asfalto. La humedad y la presión atmosférica se ajustaron a la media registrada en la última década. Alguien tosió, a eso de las once de la mañana. Una sombra apareció de repente en medio del parque, a consecuencia de la errática deriva de una nube gris y rebelde. Ya era mediodía, aquel 26 de diciembre, cuando un bolígrafo agonizante se quedó sin tinta, cuando en un cuarto sin luz, a ochocientos kilómetros de donde me encontraba, alguien cerró un libro de poemas. Pocos minutos después, nos encontramos por primera vez.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Sombras, nada más...de Antonio di Benedetto



Rastrear la relación entre sueños y literatura es una tarea casi imposible, porque son dos cosas que van indisolublemente unidas, y uno cuando lee cualquier libro no puede evitar sentir que todo partió del sueño del autor, que sus enrevesadas galerías y sus otros elementos fantásticos, improbables, sus meditadas definiciones del deseo y las nebulosas explicaciones nacen de los mismos subconscientes que propició Orfeo.

Antonio de Benedetto, sin embargo, ya desde el inicio propuso en Sombras, nada más... una historia construida con los elementos básicos del sueño, sin reformar apenas la primera impresión que nos queda en el recuerdo una vez nos separamos de la almohada, sueños, nada más, con su caótica y absurda realidad. Una posible razón para acometer este tipo de empresas, de explicar el asombro y el dominio que ejerce lo onírico en la literatura, es la constatación de que esas realidades absurdas, la deshilachada narración de imposibles, tiene una similitud sorprendente con los hechos que percibimos durante las vigilias. No hace falta vivir demasiados años para acabar dándose cuenta de que la vida es irracional, descabellada, disparatada, pese a lo que piensen que todo es orden y razón, y que todo tiene sentido y que nosotros decidimos quienes somos, lo que hacemos, que todo se podría limitar a un esquema sencillo o científico. En otras palabras, que las vigilias se parecen demasiado a los sueños. Benedetto, con su asimilación del sueño y la sombra como sinónimos, parece indicar que la atroz materia de los sueños no es más que el reverso de las cosas tangibles que vemos durante el día, una mitad oscura de nuestras vidas y que la luz, la razón, la claridad, lo sólido, no son más que meras ilusiones. Esto ya lo propuso Borges, como él, muchos otros. El sencillo silogismo que propone que los sueños son la realidad, aun está vigente.

Esto no tiene que provocar necesariamente un juicio negativo sobre la vida. A mi me parece que los sueños conceden a la vida o al mundo una mayor profundidad, unas explicaciones de lo que somos y de lo que nos rodea difusas, neblinosas, pero que dejan margen para una serie de posibilidades que las cotidianas vigilias suelen despreciar. Los sueños, como reconoce el mismo Benedetto en una entrevista, igual que la literatura, son un consuelo, un reposo, un sosiego, una manera de hacer nuestra la irrealidad, de poder disfrutar en el caos que de otra forma amenaza con perdernos. Preguntado por las reglas del sueño, el escritor apunta una definición que parece contradecir esto: “Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.” Podría definirse así a la novela moderna, sin duda. Pero yo creo defendible esta vorágine porque, ante todo, propone el sueño como un lugar donde uno tiene necesariamente que dejarse llevar, sin responsabilidad alguna. Los sueños inducidos, que el soñador tenga alguna voluntad, que él dictamine lo que quiere observar o a quién encontrarse, que se establezcan planes, que en ellos exista el tiempo y las agendas, que pueda dirigirse la percepción hacia un lado u otro, es un contrasentido, una negación del sueño como espacio absolutamente libre y oscuro, como realidad aparte, como contrapunto a la vigilia regulada. La literatura fantástica, igualmente, propone sumergirse en un mundo reconocible, verosímil, pero que no responde a ciertas reglas que lo limitan, entre ellas, la posibilidad de que a un tipo le de por volar, o la de que una persona determinada, que en la vigilia suele prestar poca atención al soñador, en esa cabezada pueda depararle alguna caricia, aunque sea tan corta como permita el traicionero despertador.

El protagonista del sueño, Emanuel de Aosta, heterónimo evidente del autor, parece resignarse a este desvalimiento. Conviene leer este libro sin proponerse explicaciones, sin acudir al habitual juicio de símbolos que desde Freud se ha convertido en un juego algo cargante. Freud es algo cargante, pero criticarlo ya dejó hace tiempo de ser algo novedoso. Los tópicos que surgieron de sus interpretaciones de los sueños, en la novela, parece que quieren ser dejados de momento un poco de lado. Así ese de que el sueño es la expresión de un deseo reprimido o de un deseo frutado. Emanuel no niega esta explicación, pero le parece insuficiente. La absoluta ambigüedad de esos símbolos destilados de los sueños invita a ser prudente en las interpretaciones, hay que evitar una determinación rígida que las simplifique en exceso, y yo más bien me dejé llevar por una lectura en que el sueño, al menos por una vez, fuese tomado como un cuento posible, suspendiendo la incredulidad, asombrándose pero dejando de lado el reconocimiento de que los extraños hechos que se suceden no pertenecen a la realidad. 

La historia, desde el inicio en el preciso lugar de una encrucijada de calles, las de Maria de Molina con Francisco Silvela, a escasos metros de la última casa de Onetti en el Madrid real, va construyéndose mediante la sucesión sincopada de hechos, entre despertares abruptos y asombros. Predominan los ambientes presididos por el inevitable Eros y por los de su compañero Tánatos, presente este de una forma suave, tranquilizadora, hasta el punto de que Emanuel acaba por quejarse a su mujer de que le haya despertado justo en el momento en que en el sueño se moría. Hay selvas, hay redacciones de periódicos, hay catástrofes, hay familiares, hay calles, pero todo envuelto en esa especie de niebla tan característica de lo onírico. Lo fundamental en el transcurso de la narración son las continuas transformaciones que van surgiendo inesperadamente. Las transformaciones, ese estar frente a un compañero de trabajo y de repente aparecer hablando con un primo que solo viste en la infancia, el hecho de que el compañero y el primo, en el orden del sueño vengan a ser la misma persona, es algo soberbio. Esas asociaciones prodigiosas de aromas, de objetos, de recuerdos e imágenes conectadas de forma aparentemente absurda, constituyen también el fundamento último de la literatura fantástica, como bien reconocería ese buceador del subconsciente que fue Dalí. Igual sucede cuando la mezcla de dos imágenes conocidas propone una tercera que define a ambas, convirtiendo el universo en una red de relaciones infinitas. Así aquella fusión que Walter Benjamin encontró en la poesía de Baudelaire, cuyas “imágenes de la mujer y de la muerte se compenetran en una tercera, la de París”

Soñar, leer, tienen sus contraindicaciones, sus abusos, también hay quien opina que es mejor olvidar lo soñado, que son escapatorias que hay que parcelar y no confundir. Es una acusación definitiva el que a alguien se le acuse de soñador. Va implicado en el juicio una cierta indisposición hacia el deber, un cierto desdén hacia lo cotidiano, una inocencia y un ilusionismo que no es propio de un adulto normalizado. La fantasía y el sueño tienen que ser defendidos como una parte irrenunciable del ser humano: “Emmanuel sale del lecho, con una débil percepción aún del riesgo de que su mujer, al despertar, pueda regañarlo a causa de lo que anda soñando...” Aunque luego también están las pesadillas.

Emanuel se encuentra con otro personaje durante uno de sus sueños, un personaje gris, aparentemente poca cosa, y al que el protagonista no puede evitar nombrar como Maldoror. No sorprende encontrar este nombre en un libro sobre sueños, no en vano, Les chants del uruguayo Lautréamont constituyen la pesadilla por antonomasia, plagada de embriagantes metamorfosis, de monstruos oscuros, de negros deseos que ayudaron tanto a los surrealistas en sus idealizaciones terribles, esos surrealistas que desde Breton para abajo hicieron de la materia candente de los sueños la razón de su escritura. Benedetto construye, irónicamente, al Maldoror de su novela como un ser más bien insignificante, un demonio de andar por casa y es que el sueño no suele contentarse con proponer un nombre que coincida exactamente con el objeto o personaje nombrado.

En fin, la novela me pareció interesante, sobre todo porque yo, confieso, soy un soñador. Bueno, más que soñador (que lo somos todos afortunadamente), soy un ensoñador, alguien que suele perderse por las calles porque va pensando en otros mundos, alguien también, que siempre va cayéndose de sueño. Todo es cuestión de alejar ciertos componentes de la dormición que no conviene usar, tales como los bostezos, las modorras, los somníferos, las soñarreras o el noctambulismo.  Mis sueños prescinden de todo esto, aunque no suelen ser muy narrativos, no son historias complicadas ni con muchas aventuras. Mis sueños responden más bien a ese verso de Pessoa que rememora cuando “Num meio-dia de fin de primavera/ tive un sonho como uma fotografía”, sueños como fotografías, imágenes aisladas y hermosas de lugares donde se desearía estar, vistas en el destiempo de una siesta de mediodía caluroso, siempre dispuestas a convertirse en un recuerdo....o en un cuento.