miércoles, 23 de enero de 2013

Las tierras de la memoria de Felisberto Hernández


Las tierras de la memoria suelen figurar en mapas ocultos en el polvo, aparecen cuando más las necesitas. Hace falta estar disconformes con el presente para emprender el viaje, para poder habitarlas con derecho de ciudadanía. Son tierras grises y ligeras como la niebla, es posible que la atraviesen ríos amargos, apenas se ve el límite de su horizonte, pero en esa miríada de instantes perdidos uno espera hallar algún tipo de alivio. Nadie suele dudar en recorrer carreteras infames para alcanzarlas, aun sabiendo que al llegar todo puede desvanecerse a causa de un viento inoportuno.

Porque la memoria, el “teatro de la memoria” que diría Leonardo Sciascia, hay que prevenirlo de antemano, se dedica a jugar con los recuerdos, a cambiar de sitio ciudades y montañas, a inventar palacios donde no hubo más que solares, a derribar muros que siempre fueron inamovibles, a recordar rostros de personas que hoy no se les parecen en nada.

En las tierras de la memoria siempre suele hacer calor, allí apenas se conoce el invierno, o al menos no hay invierno sin estufa, de hecho, el anhelo de calor suele ser el principal inductor de estos viajes, en tardes como esta de enero enfrascada en viento, aguanieve, nostalgia, tedio y hambre de sol, enero de una inusitada dureza en el que apenas quedan opciones, entre los charcos helados, para no resbalar hacia la desdicha.

Felisberto Hernández usó de estas Tierras de la memoria para poner nombre a uno de sus libros. El narrador emprende un viaje en tren, pero su imaginación, indiferente a los paisajes que surgen a través de la ventanilla y a la torpe conversación de su compañero de vagón, acaba por dirigirse más bien a los lugares que habitaron su infancia o su recién abandonada adolescencia. Desde la primera frase, Felisberto manipula el tiempo de una forma prodigiosa, porque todo viaje que vale la pena siempre es en el tiempo, acotando con una imposible precisión horaria algo así como la llegada de la madurez: “...tengo ganas de creer que empecé a conocer la vida a las nueve de la mañana en un vagón de ferrocarril”. Luego se irán desgranando los recuerdos, entreverados con las insospechadas metáforas que Felisberto pergeña como nadie, que convierten su escritura en una de las más admiradas a ambos lados del río de la Plata, tan equidistante su genio entre las letras y la música, con ese piano errante que hace de su humilde figura algo entrañable y misterioso.

De entre estas metáforas y comparaciones, las que usa para definir partes del cuerpo humano, son las más descabelladas (“...las córneas de la señorita rubia eran como globos terráqueos recién comprados...”), construyendo imágenes enrevesadas y precisas que permiten a las diferentes partes del cuerpo disgregarse, independizarse, volverse objetos conocidos como si fuera por primera vez. En realidad es todo el cuerpo el que se vuelve un engendro autónomo y conflictivo, algo que toma sus propias decisiones y que siempre acaba metiéndose en  problemas al margen de la voluntad de un “yo” que se ve impotente para controlarlo.

Como en un juego de muñecas rusas, en el relato se entreveran diferentes viajes, el protagonista viaja en un tren y a la vez viaja a las tierras de la memoria, a otro viaje en tren que hizo desde Buenos Aires a Mendoza cuando tenía catorce años. De este recuerda que entonces viajaba sin recuerdos, más bien los hacía. La infancia, la adolescencia, son fábricas de recuerdos. Lo que hace excepcional el relato de Felisberto es que parece crear esos recuerdos conscientemente. Actúa para crearse un recuerdo. Este vivir para la memoria solo puede entenderse en un marco de soledad, por no poder sumergirse en la vida como sus compañeros, por sentir que lo que le sucede tendrá luego, sin remedio, un lugar en su memoria. Esta separación entre individuo y vida, este “estar fuera” viéndose a sí mismo, aparte de ser algo triste, parece ser una condición impuesta que acabará definiendo al futuro escritor. Escribir es poner frente a la vida un espejo, y como afirmó el místico Rumi, “el espejo puede recibir una imagen, pero no puede tener vida”. En el lenguaje de Felisberto, se podría dividir a la humanidad entre los “vivos” en sentido de los audaces, de los que saben, de los que actúan sin pensar, de los que se divierten y olvidan y, por otro lado, los “bobos”, es decir los inocentes, los callados, los torpes, los que no participan, los que fabrican recuerdos, los que se pierden en las tierras de la memoria.

Sin embargo, la soledad que Felisberto destila en su historia se diluye con un distanciamiento constante propiciado por el humor. El humor que rebaja la tristeza, que la desdeña un poco y que “prepara al alma como para no asombrarse demasiado de las cosas que hacen los hombres” El niño que perfila el uruguayo es entrañable en ese desdén por lo fastuoso o terrible, en esa especie de resignación tranquila con la que enfrenta las desdichas. Su defensa está también en la mirada, en esa capacidad innata para fijarse en lo extraordinario que le rodea y que para los demás pasa desapercibido. Se enamora de una recitadora, la recitadora lo esquiva con indiferencia, pero en el transcurso el chico tiene tiempo de reírse y descubrir en el gesto de la chica cuando va a recitar algo situado entre el “infinito y el estornudo”...lo sublime tan próximo siempre a lo humilde y cotidiano. Así uno se siente mejor dispuesto a tener un poco de tristeza.

Al final todo quedó recogido en un cuaderno de viaje íntimo, y es que los viajes a las tierras de la memoria suelen dejar un reguero de palabras escritas, un cuaderno de bitácora que es la única materia que puede servir para que esa niebla de recuerdos no se pierda con demasiada facilidad. Felisberto Hernández enfatiza con la presencia de ese cuaderno al final del relato la importancia de los sedimentos, el valor de estos recuentos a veces ingenuos, a veces infames, pero que pueden, finalmente, servirnos para reencontrar un refugio cuando nos vemos perdidos en un presente helado.


9 comentarios:

Rochies dijo...

Hoy yo aquí, dejé una suerte de comment diciéndole que sus huellas montevideanas son tan pares como las mías y que no había leído, que por primera vez escribía sin leer, porque de Felisberto se más por la carta de Julio y el Túnel, que no fue Túnel porque se lo cedió a Sábato. Y que por vez primera me animaba a escribir sin leer, porque no era el momento o algo así. Toy loca con la Eneida. Se le ocurre cómo ayudarme?

Rochies dijo...

y que sería el primero de otros tantos comments.

mario gomez garrido dijo...

¿que le vuelve loca de la Eneida?, ¿son dudas académicas, técnicas, de literatura comparada o más bien dudas afectivas o emocionales?

mario gomez garrido dijo...

¿A que no acierta dónde lei por primera vez algo sobre Felisberto?

Rochies dijo...

acaso fu entre espejos y laberintos cuando publiqué aquello que le cedió al maestro Sábato: uno sobre Julia?
me vuelve loca la mitología, la narrativa. La técnica es lo que más claro tengo en su suerte de re escritura de la genial Odisea. Los nombres. La crítica.
Ud. debería vivir acá.

Rochies dijo...

Por otra parte el escrito es soñado.
Soy su fan.
Mañana emprendo largo trayecto a 70 km de Bs As que espero cooperen con la lectura. O sea 140 si la luz lo permite.

Rochies dijo...

no pudo ser el viaje :(

mario gomez garrido dijo...

Para mi, cancelar un viaje viene a ser una especie de costumbre.

Rossina dijo...

y en mi de karma, pero yo imploro porque eneas se apiade de mí, en que parte no soy clara.
por otra parte para quejas remitirse a Toros Salvaje: o tiene patentado. Lo espero en mis dos casas. Por un error de la amarilla, la naranja es amarilla y viceversa.