jueves, 10 de enero de 2013

Precipitación


Recién salí de prisión me propuse, con la timidez con la que siempre hice los planes, empezar una vida diferente, algo que me reparase algún tipo de satisfacción al margen de lo meramente criminal. Por aquel camino no llegaría a ningún lado, no se entiende que alguien que se había dedicado media vida a la enseñanza de la gramática un día decidiera reventar un banco, así tan solo porque se me vino la miseria encima, no hay excusa. Ahora, tras tanto tiempo dedicado sin descanso a mis pensamientos, también a infames sueños rodeados de muros, pude convencerme de que esta nueva vida debería estar prefigurada por un plan bien estructurado, convencional, que ayudase a que por fin sentase la cabeza, como quien dice.

Hace una semana volví a alquilar la pieza del centro donde había vivido tantos años, aun conservaba algún ahorro en el mismo banco que intenté asaltar sin éxito. Busqué reiterar antiguas costumbres y un trabajo, y me salió enseguida uno de lavaplatos, que me dejaba las noches libres y la posibilidad de dejar la mente en blanco el resto del tiempo, cosa que se agradece, en estos casos.  Los miércoles me daban el día de descanso, y era entonces cuando me dije que algo debería hacer con ese tiempo sobrante si pretendía justificar el hecho de que ya era libre, al menos teóricamente, ahí afuera, con esas depresiones que provoca el convencimiento de que la vida ya no te la sirven en bandeja de aluminio. Supongo que había mejores opciones, pero además de soñar y de mis paseos nocturnos, de intentar desmontar algunos relojes a los que no pude poner en hora, de las duermevelas y desvelos, me puse a escribir cartas.

De la vida anterior al presidio me quedaban algunos objetos, escasos, pobres, pero que servían a modo de testigo de un pasado clausurado, casi ajeno. Los recuerdos y los objetos viejos se llevan bien. Yo llevé a la pieza un sobretodo gris, que fue de mi padre, un diccionario de bolsillo con las hojas desgarradas, un pasaporte azul y casi caducado. Un encendedor inútil, porque yo nunca había fumado, pero que siempre llevé encima por si alguien por la calle me hacía la prodigiosa pregunta de si tenía fuego. Llevé también la fotografía de Inés, esa en blanco y negro donde aparecía en un día de viento, medio oculta tras un mechón de pelo. Aparte de esto, una moneda antigua, una cartera de cuero y un avioncito que insistía en la absurda posibilidad de que yo alguna vez fui niño. Y aquella estilográfica con la que una vez pretendí escribir poemas ahora olvidados, y que sin embargo me servirían para escribir cartas, si por alguna afortunada coincidencia encontraba en alguna parte algo de papel.

El mayor problema a la hora de escribir cartas no es encontrar papel, que me lo prestó el puestero de la esquina, sino saber sobre qué escribir, qué contar en esa carta cuando, como era mi caso, a uno no le había acontecido nada reseñable, nada que pudiera justificar la construcción de ese artilugio tan extraño que es una carta. Decidí no demorarme escribiendo sobre las cosas que solía pensar o sobre recuerdos, porque eran demasiado oscuros y tristes y solo dignos de lástima o incluso cosas que a nadie dan ni siquiera lástima. Así que me puse a describir objetos. Contar las cosas que veía en mi día a día, entre las cotidianas horas de trabajo y sueño. Al principio no fue fácil, porque lo cierto es que lo que veía, más que nada, en ese día a día, era una multitud de platos y cubiertos sin lavar, o una multitud de platos y cubiertos lavados, y aunque uno, con un poco de imaginación, hubiera podido sacar partido de describir cosas como los extraños reflejos del cristal al final de la tarde, creo que no eran razón suficiente como para dedicarle una carta. Pero con el paso del tiempo, afilando un poco la vista, logré ver, casi siempre por la ventana, o en los breves paseos nocturnos por las calles, suficientes objetos que podrían calificarse como interesantes, algo que mereciera ser comunicado a otra persona, así por su belleza no más, o por su extrañeza, o tan solo por la inesperada emoción que me depararon. Y así lo hice. Al poco tiempo tenía una resma de cartas amontonadas en el escritorio, dispuestas a ser ensobradas y enviadas. Pero no hubo modo. No tenía a quién enviarlas. Fue una pena. Me quedó un silencio que arañaba como si fuera de estopa.

A mi me gustan sobre todo las cartas que he escrito describiendo mi calle, mi calle observada a través de la ventana, que es un objeto sin duda poético, reseñable. Pasa poca gente, enfrente hay un solar, en el que se levanta una palmera enorme, impropia de aquel lugar, como surgida de repente del suelo de escombros, un oasis mínimo que era mirarlo y perderse como en un desierto. Luego hay una hilera de casas bajas, con su jardín, con sus dueños siempre en duermevela, con las tardes que traen ecos de ladridos, nubes, a veces nieblas que lo confunden todo. Las farolas son de hierro y no hay día en que alguien no se choque contra ellas. Al otro lado se puede atisbar el patio del colegio, que se llena a las once de la mañana, en el recreo. El barullo es considerable, pero no me molestó nunca. Opino que ese ruido debería ser propuesto como himno nacional de Utopía, qué menos. Luego están los postes eléctricos, donde se paran a descansar los grajos. En verano la calle es para los vencejos, para sus vuelos rasantes, para el eco de pasos alegres, para el puesto de helados de la esquina. Las baldosas de la calle son rojas, cuando llueve, rojísimas. Pasan pocos coches. Siempre se ve gente con prisas y con maletas porque al final de la calle, si te asomas un poco más, está la estación de trenes. Cuando me di cuenta de que no tenía a quien mandarle las cartas, empezó a quemarme el pasaporte en el bolsillo.

Uno no se da cuenta lo rápido que le entran las ganas de huir. A mi me pasó cuando intenté robar el banco. Me agarraron porque huí demasiado pronto. Los clientes y empleados debieron pensar que era un cobarde, me rodearon, me tiraron al suelo y me patearon hasta que me salvó un policía enorme que no dejó de reírse en todo el trayecto hasta la comisaría. Tengo ese defecto. No me puedo estar quieto. Nunca fui un buen profesor de gramática, definitivamente. Solo hacía una semana que había vuelto, pero ver toda esa gente con sus maletas por la calle es una tentación difícil de evitar. Hice la mía, sobró sitio, llamé para que al día siguiente se buscaran a otro para lavar los platos. Bajé las escaleras, con algo de parsimonia, el tren no saldría hasta dos horas más tarde. Me tomaría un café en el bar de la estación y leería el periódico. Fui despacio por aquella calle, cuya imagen sería lo único que iba a echar de menos. Más allá de esa calle no había ciudad, no había nada. Me despedí de la palmera, de los perros, de las farolas, de los reflejos del asfalto, del puestero de helados, al que le devolví el papel que me había sobrado. Me despedí de la verja del colegio y de una abuela que había visto desde mi ventana un millón de veces y que no me conocía. Cuando ya casi llegaba a la estación, me crucé con una mujer con un vestido blanco que venía arrastrando una maleta, lentamente, mirando al suelo, distraída, con unas flores arrugadas en la mano. Su caminar me resultó muy familiar, igual que su figura de estatuilla griega. Pensé si no sería...pero hacía viento y un mechón de pelo negro cubrió su cara. Seguí adelante, me tomé el café, esperé, leí el periódico, subí al tren, huí.

11 comentarios:

Tracy dijo...

Hoy la cosa va de huidas, yo también quiero.

jaal dijo...

Desde la atención, desde la consciencia o desde el miedo uno a veces se harta y tiene que marcharse.

Buen relato Mario.

Beatriz dijo...

Al final uno nunca huye sólo, acaso sean los recuerdos lo primero que se acomodan en la maleta. Y allí permanecen, en un rincón,invisibles, para acompañarnos cuando los necesitemos. Ahora me pregunto al leerte, ¿huir...hacia dónde?,¿es que acaso el mundo nos ofrece algún lugar en donde nuestras expectativas de vida, nuestras aspiraciones como ser humano sean respetadas?-

A veces es mejor cerrar las ventanas o quedarse entre muros y soñar.

Un abrazo, siempre es un placer soñar con tus palabras-

mario gomez garrido dijo...

Comparto evidentemente esa opción por quedarse y soñar, a veces, cuando no queda otra, también porque lo bueno a veces llama a la puerta de nuestra casa cuando no estamos y porque nunca me pareció hacer una cosa así un acto de cobardía. Un abrazo.

Rossina dijo...

a pieza, los papeles, el no saber que vamos a decir, los objetos que nunca sabrán que nos hemos ido. Eso es lo que en una primera leída me queda de su texto.
los espero en mis dos casas: la amarilla y la naranja.

mario gomez garrido dijo...

Los objetos igual se quedan esperando, con cierta expresión de tristeza...en el fondo es una bonita idea esa que propones, la de que los objetos que poseemos cuando no estamos nos echen de menos, sería una especie de consuelo.

Rossina dijo...

es idea borgeana no mía! y yo lo pensaba y cuando lo leí en él lo ame más aún. Más.

¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.
Jorge Luis Borges

Rossina dijo...

SIEMPRE MENCIONO QUE EL POETA ES UN FINGIDOR Y HOY O VEO EN SU SUERTE DE BLOG MURO. ¿SIEMPRE ESTUVO?

mario gomez garrido dijo...

Siempre no, pero lleva tiempo. Me gusta ese fingir un dolor que se siente de verdad. Pessoa inimitable.

Rochies dijo...

ud. mandó fotos de Pessoa, y el ladrón de mi instiución letrera, que detesto tanto, ni las quiso mirar.
Lo digo siempre que dedico un escrito, no te lo creas tanto que el poeta es un fingidor.

mario gomez garrido dijo...

Ahh, pero es que aquellas fotos eran malísimas, estaban desenfocadas y medio en niebla...y era Lisboa en verano...en cuanto al poeta como fingidor, pienso que su mentira, su envoltorio de palabras, vale más que muchas palabras de verdades desnudas.