viernes, 8 de marzo de 2013

Búsquedas, círculos y otras raíces cuadradas



Nos vimos una tarde en la plaza de Olavide, ella paseaba distraída y yo me distraía viéndola pasear hasta que por uno de esos azares tan literarios y que de forma tan rara se dan en la vida ella se paró junto a mi banco y no solo eso sino que se sentó y abrió un libro. Lo de siempre. Los cuarenta grados de temperatura propiciaron un comentario manido, suficiente para iniciar una conversación escasa, ella se levantó y se fue por donde vino, sin más, o tal vez fue más porque yo me quedé con su cara, con las limitadas y más bien rectas líneas de su nariz. No esta bien recordar este tipo de encuentros, permanecer con la idea de que allá te dejaste olvidado algo que decir y que quizás aquella conversación nacida del tedio y del azar hubiera podido prolongarse o repetirse, en otras circunstancias, en otro lugar, en un futuro incierto que casi siempre le devuelve a uno las rutinas de un silencio que no entiende de plazas, ni de encuentros, ni de altas temperaturas para septiembre.

Pero el caso es que yo si me quedé con el recuerdo, la memoria siempre tan recalcitrante, tan estúpida, reteniendo eso y no la forma de calcular una raíz cuadrada, o la gramática sajona, o las líneas de un poema que escuchaste y olvidaste muy a tu pesar, pero no, mi memoria se queda solo con lo que le da la gana, y suele preferir las desdichas pasadas, inútiles listas de nombres, números de teléfono de gente que no conoces o que no esperan una llamada tuya, ese tipo de cosas recuerdas y también rostros, rostros de personas que pasaron un día por tu lado y no te hicieron el menor caso, porque era lo que correspondía, nadie va por la calle recordando las caras con las que se cruzan, como si no hubiera cosas en que emplear la memoria, pero su rostro, su nariz rectilínea y el comentario manido sobre el tiempo que es demasiado caluroso incluso para los inicios de septiembre eso sí, eso lo recuerdas y así no hay forma.

El caso es que si me hubiera quedado solo con eso el problema no hubiera sido tan grave, uno dentro de la cabeza se puede entretener con cualquier laberinto, pero el caso es que empecé a andar y no solo ese día, todas las tardes, andar digo por las calles, de un lado para otro sin mucho sentido nunca mejor dicho y ahí anda que te anda y no piensas otra cosa que no llegar a ningún sitio y que quizás, por otro de esos azares duplicados y casi imposibles que ya ni en las novelas se permiten por eso de la verosimilitud, pensabas que podría ser que te volvieras a encontrar con ella, y repetir el comentario del tiempo y quizás añadir algo más, algún elogio de su nariz, o la posibilidad siempre incierta de que aceptara, sin más, la invitación a un café o a un bocadillo o a sentarse otra vez en el banco de la plaza de Olavide. Este banco fue, naturalmente, el lugar al que regresaba más a menudo, confiado en que lo suyo con el pasear, el pararse en el banco y el abrir el libro no fuera un acontecimiento fortuito e irrepetible sino una rutina habitual, pero no, ella no volvió por la plaza y eso que yo la esperaba con inusitada paciencia todas las tardes a la misma hora por si acaso.

Comprobado el hecho de que ella, como correspondía a una propietaria de nariz tan rectilínea no acostumbraba a repetir cosas tan triviales y acudir al mismo sitio todas las tardes, actividad de la que yo soy un especialista irremediable, no me vine abajo, como debía, y confié en la posibilidad, tan remota como encontrarme de bruces con un unicornio verde en medio de la Gran Vía, de que en uno de esos mis famosos y erráticos paseos yo me cruzaría con ella y nos reconoceríamos y nos acordaríamos del banco de la plaza, y del libro y de las prescindibles palabras que intercambiamos sobre la situación meteorológica y claro, esto tiene la culpa Paris, Cortázar y todo eso, y ya lo decía mi padre que leer no me iba a traer nada bueno salvo deteriorar las escasas neuronas que necesitaba para calcular raíces cuadradas y esas cosas de las que ya no me acuerdo ni un poco siquiera. Andaba y miraba rostros pero ella no aparecía.

Quizás era normal no encontrarla, porque esta ciudad, sin ser demasiado grande tiene sus cinco millones de habitantes sin contar a los turistas, a los viajantes de comercio, a los inmigrantes de paso que se quedan y los que dan vueltas circulares por las calles y los cuentas dos veces, el caso es que parece y es difícil encontrar al azar a alguien suponiendo que ella acostumbrara a pasear o a ir de un lugar a otro, como se espera de cualquier persona pero igual ella no, y quizás llegado el otoño había decidido dejar de andar y leer por ahí afuera y meterse en su caliente habitación, mientras alguien le dice que tiene que salir más y ella no, que en casa se está mejor que en ningún lado y eso es triste y además rebaja mis posibilidades de encontrarla, teniendo en cuenta unas estadísticas probabilísticas cuyo cálculo, yo que no me acordaba de hacer una raíz cuadrada, me resultaba un problema irresoluble.

Las ilusiones se secan. Esto está comprobado y yo, que tampoco soy tan aficionado a las obsesiones como podrían pensar los que me conocen, dejé de andar un poco porque me quedé ya sin mucha confianza de encontrarla, porque como toda la ciencia estadística prevé, esas cosas no pasan y si pasan son un milagro.  En vez de andar me paré en el susodicho banco de la plaza de Olavide y me puse a leer. Allí leí la Odisea, el Ulises de Joyce, los viajes de Marco Polo, la Vuelta al Mundo en Ochenta Días y Rayuela, así sucesivamente y casi sin descansar entre punto y punto. La lectura siempre tan amable, tan necesaria para inducir a un cierto olvido o quizás hacia el olvido de ciertas cosas absurdas que deparan los días de septiembre, cuando todavía hace calor y uno estaría mejor trabajando también por las tardes porque así no se puede. Pasaron días, y octubre e incluso noviembre. Volví a casa, desde la plaza, con el libro viajero y circular bajo el brazo y subí a mi habitación, con ese espíritu tan frío que se acostumbra en diciembre, cuando cualquier sonido es como de cristal y el hielo permite que el olvido, su fiel aliado, nos conserve en buen estado. En el descansillo de la escalera, ella, la de la nariz rectilínea, esperaba con su abrigo y una cesta de la compra a que bajara el ascensor. Me miró, dio repetidos e inútiles golpes al botón del ascensor para ver si así bajaba más deprisa, y yo hice como un amago de decir algo pero no, me metí en casa, tras despedirme amablemente de mi vecina, contento porque ella al menos había sonreído y para qué más, también asombrado por los incontables azares y coincidencias que debieron de hacer falta para que no nos hubiésemos reencontrado antes.

2 comentarios:

Rochies dijo...

la cantidad de libros que mencionas, que para otros son inaccesibles. Y de nuevo la soledad. No me haga caso hoy estoy así reparando en esa suma de rutinas que nos vemos obligados a llevar a cabo para que el día haya tenido un sentido.
mañana era el día de le eneida y no será. Pasado el canto 6to todo se volvió más entreverado. Además de Traducir sin leer "Arma virumque cano..."

mario gomez garrido dijo...

Leí en el diarío de Pavese que alguien dijo que le gustaban los escritores que repetían siempre el mismo tema, que usaban siempre las mismas palabras. Me temo que yo soy de esos. La Eneida acaba reduciendose al final a una batalla campal que intenta ser un remedo de la de Troya, en realidad una especie de conpensación por la derrota de Eneas contra los aqueos, todo entreverado por unos heroismos ciertamente poco entendibles. Ánimo. Cuando el curso pase agredecerá los áridos esfuerzos sufridos.