viernes, 29 de marzo de 2013

El viajero del siglo de Andrés Neuman




Sobre la tarea o la imposibilidad de verter unos versos de un idioma a otro se ha escrito mucho. Yo acostumbro a fiarme de los traductores, aunque convengo en que el resultado siempre es algo distinto del original, inaccesible, tan misterioso como el eco que esos mismos versos tuvieron en la cabeza del poeta.  Por otro lado, toda lectura es una especie de traducción improvisada y hay un camino largo, y las más de las veces, un extravío, entre lo que se propuso escribir el autor y lo que nosotros entendemos, aun manejando el mismo idioma. Hermenéuticas aparte, Andrés Neuman en El viajero del siglo me parece que propone una admirable analogía relacionando la traducción y el amor.

Intentaré explicar algo así con palabras lo menos grandilocuentes que pueda, aunque ya esa palabreja, amor, implica de por sí algo extraño y tendente a lo retórico, a las exageraciones, a lo evanescente. La historia que Neuman cuenta es la de un tipo llamado Hans que llega a una ciudad de la que apenas sabemos que está en Alemania y que posiblemente no exista. Está de paso, lo suyo es el viaje continuo, el movimiento. No sabemos muy de dónde viene ni a dónde va, ya solo con esto consigue el autor que nos caiga simpático. Es escritor o traductor, lo que viene a dar lo mismo. Se aloja en una pensión, se hace amigo de un organillero, percibe que la ciudad le gusta, y con una constancia asombrosa, va postergando la decisión de marcharse de un día para otro hasta que se queda. Acaba en un “salón” de esos tan literarios y decimonónicos en el que se discute de arte, literatura y política al amparo de una anfitriona llamada Sophie, de una belleza bien dibujada, de carácter fuerte y abierto. Estos lugares tan propios de la literatura del diecinueve remedan otros inolvidables como los que recorrió Swann en la Recherche de Proust o como el salón que Maupassant pensó para Notre Coeur y cuyas respectivas anfitrionas, fuertes y protofeministas tanto se parecen. De hecho toda la novela de Neuman se complace en evocarnos los ambientes, las realidades y las mezquindades de un siglo XIX de novela que se nos hace casi tan familiar como el presente. Es Proust, es Maupassant pero también hay pinceladas de Dickens, del Germinal de Zola o de los misterios policiales que podrían tener al Auguste Dupin de Poe como investigador.

Sin embargo, Neuman no se contenta con una simple recreación artificiosa de esos mundos novelescos, sino que los utiliza para hablar de cosas que nos preocupan en ese enrevesado y desgraciado panorama que denominamos actualidad...pero a lo que iba: Hans y Sophie se enamoran. Dadas las diferencias de clase o posición, este amor se hace difícil. Ella está prometida, él no suele quedarse quieto en ningún sitio, aprecia demasiado los caminos y las veredas. Pero encuentran su lugar de encuentro en los libros. Me parece el mejor lugar de encuentro imaginable para un amor que nace. Discuten, hablan de libros, se leen mutuamente y deciden traducir. Como los Paolo y Francesca del Dante, miran juntos un mismo libro, paladean cada palabra para verterla a otro idioma. Sus cuerpos, entre traducción y traducción, en un ejercicio análogo, se entreveran de manera efusiva. Es en este extraño movimiento de los cuerpos que se buscan donde encuentro como un intento de traducir, de eludir las diferencias que los separan, en un fluyente ir y venir de palabras y caricias que tiene como recompensa un entendimiento sublime que los obliga a no sentirse solos. Existe un código implícito, casi secreto, en este lenguaje a veces silencioso que se descubre siempre como si fuera por primera vez. Cada contorsión, cada caricia, es un vocablo nuevo que parece buscar una respuesta. La separación es el silencio...y para qué seguir con una metáfora tan rica que une lenguaje y vida. Creo que utilicé demasiadas palabras “grandilocuentes”, pero igual me entendéis.

Traducir es siempre un ejercicio de libertad, de apertura, de interés por el “otro”, por saber el sonido de otros lamentos y sentires. Tengo la absurda costumbre de leer cosas en idiomas que no entiendo, por el mero placer de hacerlo. Entiendo que cada ser humano, cada idioma, provoca reacciones diferentes ante lo que ve y siente alrededor, y que compartirlas, aunque sea una idea manida, es una apertura que solo puede proveer felicidades. La novela de Neuman vindica también un poco esto, descalificando las fronteras, pensando en una Europa libre, unida y plurilingüistica que descarte las cerrazones de los nacionalismos estúpidos, una Europa que no necesita tanto de libertad para traficar mercancías como de interés en trasvasar ideas y palabras, de traducir en sus numerosos idiomas una visión del mundo abierta que se parece tan poco a lo que tenemos ahora. Es un sueño difícil, sujeto a manipulaciones y desvíos, pero al que no hay que renunciar de primeras.

Terminaré hablando del organillero que se hace amigo de Hans, que si se me permite una nota personal, me suscitó una emoción privada, porque uno de mis abuelos, entre otras muchas y prodigiosas cosas, se dedicaba a tocar el organillo por las calles a cambio de unas monedas, costumbre tan madrileña como olvidada. La complacencia del organillero de Neuman con la vida, su modestia y filosofía oculta, lo hacen entrañable. Él también traduce, las imágenes, los movimientos, las palabras que observa y escucha en la plaza en notas, en ritmos, en melopeas y en silencios, traducción efímera de imágenes y sentimientos en sonidos que nunca dejará de parecerme asombrosa. En el circular y preciso movimiento del manubrio veo a mi abuelo y veo a Evaristo Carriego y su organito porteño, o a ese que Borges usó para fundar Buenos Aires:

El primer organito salvaba el horizonte 
con su achacoso porte, su habanera y su gringo...”


Un organillo que salva horizontes, unos cuerpos que demoran soledades, unas palabras que salvan fronteras, que cruzan océanos, en definitiva, la traducción de un recuerdo y un sueño que se hace música. 

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