sábado, 30 de marzo de 2013

Sortilegios a oscuras




Volvía tarde. Las calles se movían pobladas de coches, ruido, polvo, quizás de personas. Eran restos de un día esencialmente alegre, uno de esos días en el que todo fue bien, en que salieron las cosas, en que el habitual ronroneo del tedio cedió a posibilidades mejores. Quizás algún acontecimiento simplemente bueno acechaba tras alguna esquina, pero por si acaso no quería aferrarme demasiado a ese azar extraño, entré en un café ya casi llegando a casa, para alargar la tarde de ese día caluroso, cuando se levantaba algo de viento.

El local estaba medio vacío, me senté en una mesa, cerca de la vidriera, afuera anochecía y el tráfico entretuvo la mirada hasta que la camarera apareció a mi lado, limpiando la mesa, preguntando que va a ser, café, café con leche, luego me dio la espalda, se volvió hacia la barra y yo quedé pensando que me dedicó una sonrisa, como si eso fuese algo más que la mera obligación del oficio, como si esa desconocida pudiera compartir conmigo un poco de esa alegría que ya entonces carecía de excusa y amenazaba con volverse efímera.


A esa hora los movimientos de la gente afuera que andaba, que iba y venía por aquella calle empezaron a hacerse más ligeros, como si tuvieran prisa de repente, luego me fijé en mi mano que abría el periódico lentamente, como si me hubieran echado del mundo, como si lo viera todo desde fuera, a través de esa vidriera que se transformó en circunstancial frontera, y de ahí la calma que me invadió como un regalo inesperado, sorteando el recuerdo de tanta pavada que me esperaba al día siguiente, dejando de lado las tristezas que volverían si me descuidaba, era ese temor tácito a despertarse cuando tienes la fortuna de un buen sueño, aunque no quieras.

Entró una pareja de ancianos, se acercaron y se sentaron en la mesa de al lado, tenían para ellos toda la dichosa cafetería pero se sentaron junto a mi mesa, ella me preguntó si no me importa, qué me va a importar, le contesto, pero me importa, ahora ellos se interponen entre mi mesa y la vidriera, entre mi mesa y la calle, tampoco me apetecía escuchar conversaciones ajenas, letanías de viejo, por la cara del tipo, probablemente alguna discusión doméstica, pero no, ellos se sentaron y permanecieron en silencio, en un silencio tranquilo, como ese silencio de los viejos que se quieren, que ya no necesitan decirse nada. Se quedaron también mirando por la vidriera, aquel era mi día de suerte.

Al fondo, en una de las esquinas, tras una columna, hay alguien. No se le ve salvo por unas manos que sujetan de vez en cuando la taza, se ven unos papeles en la mesa, la intuición sugiriendo que esas manos corresponden a un tipo extraño, al que no conviene acercarse, no pude evitar fijarme en esas manos vastas que se contraían a veces de forma tan extraña, cerrándose en un puño airado como para darme la razón. Otra mesa la ocupaban tres tipos evidentemente recién salidos de la oficina, de ese clase de gente que odias sin querer y desde el primer momento, con las corbatas aflojadas, bebiendo como si fuesen dueños del sitio, pidiendo a gritos otra ronda, riendo, a uno se le cayó el impermeable al suelo. Lo vio el camarero que está tras la barra, se lo indicó a su compañera. Mientras me trae mi café se acercó a la mesa de los tipos y pisoteó el impermeable casi sin disimulo, hasta que llega a mi mesa y se da cuenta que la vi y mientras deja el café sobre mi mesa murmuró un “cabrones” como justificación, la sonreí cómplice, entendiendo y aprobando y luego se alejó contoneándose de orgullo, morocha, alegre, cansada, sin más.

Ya no hay más gente dentro, pero afuera, tras la vidriera, apareció la figura de una mujer joven asomándose dentro, con un abrigo gris, de una belleza convincente, con un paraguas en la mano. Estaban empezando a caer una gotas y una ráfaga de viento de tormenta removió su pelo con violencia, tan negro como se estaba volviendo el cielo, qué más necesitaba para decidirse a entrar, tal vez un conjuro, tal vez que le abriera la puerta, pero ella entró finalmente, sacudiéndose el polvo, arrimándose insegura a la barra, pensando que pedir, contrariada porque no estaba en sus planes entrar en aquel sitio, y afuera afortunadamente empezó a caer la lluvia de mala manera, desatándose el revuelo de la gente que huye y maldice, la noche se cerró bajo la tormenta.

Pidió algo, con una timidez impropia, sonriendo triste al camarero y anunciándole como si fuera un oráculo definitivo, como si fuera una Casandra mediocre, que iba a llover. Él acercó el café para no reírle la broma, luego ella empezó a hablarle del mal día, de las ruindades del trabajo, de la mísera vida que no le daba un respiro, ella no dijo más pero no hizo falta para saber de su amargura, de esas pesadeces que se traducen en facturas, en gastos, en órdenes, en relojes, en decisiones equivocadas, en rotura de jarrones, en traiciones, en días grises sin término, en reproches con palabras vacías, en tedio, nada de esto dijo al camarero pero se veía en su cara, en sus ojos húmedos, en sus expresiones y gestos, en la triste realidad de unos labios que se contraían en una mueca irrepetible y reveladora de escasas recompensas.

Por fin buscó una mesa y se sentó en el otro extremo del café, demasiado lejos, demasiado cerca del extraño de las manos crispadas, este debió mirarla porque la chica se levantó a los cinco minutos y se colocó en el medio de la sala, más cerca. Mientras los viejos contemplaban el espectáculo de la tormenta ya cayendo sin compasión, asombrados, ella alarmada y sugiriendo diluvios, él suspirando y menospreciando las cuatro gotas, en sus tiempos si había tormentas, de las que desenraizaban árboles. Un trueno enorme hizo volverse a todos en silencio hacia la vidriera, la torrentera de agua buscaba las alcantarillas desesperadamente, llevándose hojas, ramas, basura, con el olor húmedo entrando por la rendija de la puerta, que de repente se abrió con un golpe de viento, la camarera salió corriendo a cerrarla, todos presagiando dentro desgracias improbables hasta que de repente las luces se apagan.

Ni una luz dentro ni fuera, el local poblándose de sombras densas, de un silencio solo roto por la furia del granizo que repiquetea sobre la calle y la vidriera, amenazando romperla, pero no fue así, pasaron los minutos solo iluminados de vez en cuando por un rayo reflejado en las fachadas, por el faro de un coche fugaz que pasa chapoteando. Y esa espera en tinieblas algo absurda se volvió extraña como un sueño. Los tres tipos aprovecharon para marcharse sin pagar, los camareros les dejaron ir, preocupados por que volviera la luz pronto, buscando en la bodega alguna linterna, trayendo finalmente unas velas humildes, que encendieron como una broma, dando a las sombras un nuevo color, que a los viejos les hizo sentirse como si hubieran vuelto a un tiempo perdido. Tras media hora de espera el viejo dijo que aquello era suficiente, salieron también, arriesgándose sin sentido, tanteando las paredes, amarrándose fuerte el uno al otro, el viejo refunfuñando, diciendo que aquella oscuridad no era nada, que en sus tiempos las noches sí eran negras.

Quedamos Casandra y yo abandonados, perplejos, sin ganas de mucho pero obligados por el silencio absurdo a decirnos algo, ella se acercó para ver mejor y se sentó en la mesa que habían dejado los ancianos, dispuesta a comentar la tormenta, a denigrar a los responsables del apagón, ella intentando remediar una tarde que había tocado fondo, yo, iluso permanente, vi la opción de propiciar un encuentro que culminara ese día definitivamente perfecto. Le pregunté si había cenado alguna vez a la luz de las velas, ella no contestó pero entre las sombras que surcaban su cara entreví una sonrisa, una sonrisa que no proponía nada pero que tampoco invitaba al silencio, así que le empecé a hablar de simplezas, ella confirmando mi intuición de que estaba triste, pero a pesar de eso animándose, obligándose a hablar de cosas alegres. Se acumularon los minutos a base de cuentos con los que engañarla, ella escuchando atenta, removiendo eternamente el azúcar del café, yo hablándole de los pocos acontecimientos de los que no me siento arrepentido, armándome de valor, también confesando algunos planes, de esos que no tengo la menor intención de acometer nunca. Ella contestó, hablando cada vez más bajo de mesa a mesa, como si en la oscuridad se escondiera alguien que no debía oír aquellas palabras, que no decían demasiado pero si lo suficiente para que yo concibiera la idea imposible de que teníamos cosas en común, de que aquella tarde perfecta podría tener una continuidad, si no esto al menos que el tiempo y todo lo que había tras esa vidriera careciera ya de sentido, su amenaza constante extinguida por efecto de las sombras y el cansancio. Así hasta que a ella, mirando afuera, se le ocurrió hacer otro pronóstico, que dejaría de llover, como lo hizo, después otro peor, más cruel, que volvería la luz, que aquello tenía necesariamente que acabar.

Callé entonces, intentando que no se percatase de que eso precisamente era lo último que deseaba, que lo que había fuera no importaba, que lo que mostrase la luz ya no era necesario, temiendo que me viese sin la intermediación de las sombras, que me descubriese en mi realidad absurda, que me delatase los detalles del rostro que me hacían otro, tan contento yo un momento antes repitiéndome ese “soy otro” , otro diferente a aquel que se solía mirar en los espejos de mañanas infames, y es entonces que empecé a pensar en el peligro de que tuviera razón, de que en cualquier momento se oiría el chasquido de las lámparas, en que las farolas devolvieran a la realidad a esa calle que había desaparecido, a esas gentes andando por ella, al tráfico, al recuerdo de que debíamos volver a casa, o tal vez ella acudir a su cita, o a atender sus tristezas, o a ninguna parte pero lejos, y a la tormenta ya se la oía irse. Fue entonces cuando me acordé del tipo que aun seguía en el fondo de la cafetería, sin moverse todo el tiempo, escuchándonos, por fin se levantó, salió tras la columna, lanzó unas monedas sobre la barra, se dirigió a la salida, yo confuso viendo cómo nos mira y, cuando pasa por delante de mi mesa, cómo sonríe con desprecio. Desapareció en la calle. Se parecía demasiado a mi.

Casandra se fijó en él. Medio asustada, medio desdeñosa, pareció comprender, me miró en silencio, como proponiendo que reanudara la conversación. Me pidió que dijera cualquier cosa. Yo solo logré volver en mi cuando, con un tono solemne, descifrando el lenguaje de las sombras, convencida, mientras se levantaba para sentarse en mi mesa, Casandra sentenció que aquella noche sería larga.


5 comentarios:

escuchando palabras dijo...

me encanto!!! feliz finde...

San dijo...

Muy buenas descripciones, haces que podamos visualizar tu texto, escuchar el sonido de los truenos, la lluvia incesante y esa sensación de vacio de los personajes. Me gustó leerte.
Un abrazo.

Rossina dijo...

aquí estoy medio alejada por temas varios que me impiden escribir, te leo siempre, aunque pase silenciosamente. Un abrazo, Rossina

mario gomez garrido dijo...

A mi me pasa lo mismo, si te fijas de un tiempo para acá no escribo nada, sólo saco del cajón cosas antiguas, hay tiempos en los que la escritura se hace difícil, en mi caso, por tener la cabeza perdida. Yo también releo lo tuyo silenciosamente, como esperando.

Tracy dijo...

Me gustó mucho, buen fin de semana.