viernes, 8 de marzo de 2013

Tarde, lluvia, azar


Era una tarde de esa lluvia de invierno, la que entumece los huesos, la que viene a caer calle abajo caudalosa y tibia, lluvia gris y que como opinan tantos, no es más que una forma de la memoria, y entonces aparecen bajo los pies las calles como aceptando la lluvia en un domingo que precede al lunes, el lunes tan de trabajo tan de horario tan de despertarse cuando estén los aleros goteando y eso es algo con lo que no puedes, mejor pensar solo que es domingo y que llueve y que saliste a andar a la tarde, como siempre callejeas sin rumbo en medio de la gente que vuelve, que anda ya algo cansada de tanto tiempo libre, de quererse, de mirarse, de aburrirse, el irremediable tedio de la tarde del domingo dibujado con líneas húmedas en esos paraguas que ceden al cansancio, a la resignación del fin de lo bueno que pasa pronto. Una señora saca la basura a destiempo, unos críos corren entre los charcos provocando a una pareja de cara quejosa, la basura derramada, los comercios cerrados, los bares atestados de rufianes que mastican huesos de olivas fracasadas, el último vino que no sirve más que para compensar el frío de los cristales chorreando, es domingo, ya lo dije y nada peor para salir de esta lamentable situación de profunda desdicha que las fachadas tan rotas, tan maltratadas por el tiempo que se diluyen en medio de un gris que incita a estar con alguien, porque la lluvia a veces no se aguanta cuando andas solo, pero no, y encima las ventanas están con las persianas echadas y la humedad y los huesos y el lunes. Para entonces llegas a la plaza de Antón Martín, a los puestos del mercado con el cierre echado, con la memoria de cuando allá, siendo niño... los puestos, las mercancías, las verduras, los pescados, los olores, el trozo de queso ofrecido porque eras niño y ayudas con las bolsas a la madre, pero ahora ya no, ni trozo de queso ni olores, ni nadie a quien llevar las bolsas, tan solo las verjas bajadas de los puestos del mercado de Antón Martín y las calles tan húmedas que dan lástima las pobres, bajas un poco, aparece el cine como último recurso, como salvación, como cueva entreverada de sombras, el cine más viejo que conoces, el cine donde perdiste tanta tarde de lluvia como la de hoy que no cesa. Entras más que nada porque no sabes para donde tirar ya y no quieres volver a casa, el cine con las mesas de la cafetería a la entrada, con la librería con los dos escalones donde te paras a leer la programación de ese mes que promete psicodelias, películas brasileiras, Dovjenko, Zurlini, amores, tristezas, reliquias, una de Wylder que no has visto, mucho cine mudo, el perfecto blanco y negro y los carteles de películas antiguas, y el café caliente y los huesos que van recuperando el calor, el cine viejo, con tan poca gente, esa tarde de domingo con lluvia.

Es entonces que te sientas en esas butacas que son de todo menos cómodas, hacia la mitad de la sala, en el lado de la izquierda, en aquella butaca sin número de tapicería que no recuerdas bien pero que debía ser azul, azul la butaca, azul la sala con su gallinero inutilizado, con su palmera árabe dibujada al lado de la pantalla, esa sala vacía que es sentarse en ese cine de Antón Martín como podrías sentarte en todos los cines que pisaste, porque todos son iguales, el cine aquel de verano y hierro, el otro del otro barrio, el de las citas, el de la Gran Vía, el de las noches que precede los fracasos, el cine de Paris, el cine que imaginaste que sería algo eterno y lo es porque todos los cines son iguales, mientras la pantalla descorre una especie de telón y esperas y sobre todo, como si se tratara de un milagro valiosísimo, te olvidas: la memoria se libra del lunes, de los rumbos perdidos, de la lluvia, hasta del domingo te olvidas y es como estar ante una chimenea caliente con un tazón de sopa, como si volvieras a casa donde nunca tuviste chimenea, porque eso es el cine casi siempre. Las luces apagadas y la sala medio vacía, alguna tos que se escucha a la espalda, una pareja joven que no se habla y se sienta un par de filas delante y con todo ese espacio libre y alguien, cuando ya ha empezado la música, que se sienta a tu lado.

Hoy echan Vidas secas, desde el principio tan devastadora tan fuera del tiempo como ese cine, como esa tarde de domingo con lluvia con el que contrasta el titulo y la imagen desoladora con que comienza la película, el hombre, la mujer y el niño andando por ese páramo que no se acaba nunca, ese páramo que es casi desierto, que es la escasez de futuro, la soledad y es Rulfo, ese páramo un poco más al sur y es igual que tanto páramo que recorriste de polvo, de cielo, de sol cayendo a plomo, con sed. Echan Vidas secas y hacia el medio de la película, cuando el oído ya se iba acostumbrando a tanta “s” portuguesa, te da por pensar qué estás haciendo allí, qué significan esas imágenes, te ves como desde arriba y no entiendes nada, todo tan extraño, más que nada el silencio y la sala casi vacía y ella que se sentó al lado, que se mueve poco, atenta a la pantalla, que de vez en cuando apoya su brazo cerca, mueve las piernas, se acomoda, pero ante todo escucha. No la miras, intentas no pensar por que hay cosas que no significan nada pero toda la sala vacía y ella como si nada va y se sienta al lado y lo peor es que tu no la miras, tan solo sientes el azul del vestido, unas pestañas que apenas se mueven, unos labios que permaneces cerrados y unas manos que a veces se caen sobre las piernas cuando la trama de la película se deshilacha, en medio de ese páramo tan injusto. Y entonces piensas que ni se dio cuenta, que se sentó allí porque siempre se sentaba allí, que entonces nada es extraño, no hay una intención, entiendes que no debes decirla nada, ni siquiera mirarla, tan solo aparentar que todo es normal, que es normal que alguien como ella vaya al cine a ver películas brasileñas de los sesenta, una tarde de domingo, es normal porque afuera llueve y adentro se está caliente, y quizás en la oscuridad ni se dio cuenta de que la sala estaba vacía o que tu estabas sentado al lado. No la miras tampoco cuando la película termina y cuando se levanta, ni cuando sale por la puerta del fondo, atravesando cortinas.

Tu también sales, pero sigues sin querer volver a casa, así que te propones andar sin pensar hacia dónde, como siempre, esa decisión avalada porque dejó de llover y ya es de noche, con su velo de luz eléctrica, con los coches aun escupiendo charcos pero ya sin llover, aún con las imágenes del páramo, todavía con ese blanco y negro que continua afuera, los colores claudicados ante la noche negra y eléctrica del domingo que ahora recuerdas se acaba pero ya da lo mismo, porque aun rondan en tu cabeza las imágenes de la película y sobre todo retienes la presencia de ella que se sentó al lado, ella que ahora avanza un poco más adelante calle abajo, por un tiempo ves su espalda, el pelo negro, el paraguas mal cerrado y la tristeza de un andar lento, demasiado lento como para pensar que ella tampoco quiere volver todavía a casa. Andas y la calle es larga, te acercas, oyes sus pasos que resuenan con ecos húmedos en las paredes rotas, cada vez más cerca, y no sabes muy bien ya por qué pero sabes que no le dirás nada, que no le miraras la cara, tan solo andar ahora casi a su altura, andar con la cabeza gacha, andar sobre todo andar y ya a su lado, de tal forma andar que ella no tema, no se asuste, que a ella le parezca normal aquello de que yo ande a su lado por las calles vacías, tan natural, tan de todos los días como que ella eligiera la butaca a mi lado en medio de la sala vacía. Y así andamos por las calles, una cuadra detrás de otra, eligiendo el azar del rumbo a la vez, propiciando esa coincidencia inocente de los rumbos compartidos, del mismo vagón, del mismo asiento en el autobús, tan sólo andar por las calles que en perfecta sintonía con su forma de laberinto podrían propiciar una duración al momento casi eterna, o más bien fuera del tiempo como las películas, como los domingos por la tarde y los recuerdos. Tu sintiendo su azul, su conformidad, su emoción contenida, oculta por la noche que protege, que cobija como sábanas negras, lugar ahora tan amable esas calles como si no fuera previsible la ruptura, la bifurcación del camino, que ella se cansara de andar a tu lado, así de forma tan normal, quizás es lo que debería hacer, lo que cualquier lunes haría, que todo quedara en dos sombras que se separan sin más, como a la salida de un cine, sin opción a despedidas ni reproches, ni siquiera a miradas que retuvieran su imagen, su imagen que ahora llega a un zaguán y se detiene.

Sacó las llaves, entró delante de ti, sujetando ligeramente la puerta, lo suficiente para que tu también entraras, el silencio ahora plagado por los ecos del mármol y el cristal, la planta enorme que parece también una palmera, el ascensor y tu detrás con la cabeza gacha, como no sabiendo ya, sin querer entender nada, como dejando de seguir al azar y ahora siguiéndola a ella, hacia donde fuese, ahora en el ascensor cuyos ruidos de hierros desnudos despierta también el recuerdo de otras tardes de domingo, de zaguanes iguales, de pisos iguales, de mármoles iguales, todo tan familiar, esos olores que apenas se distinguen, nada llama la atención, ni siquiera el umbral de su departamento, cuya puerta se abre y se queda entornada, mientras una luz se enciende dentro y tu te limpias los zapatos en el felpudo, mientras se apaga la luz de la escalera, antes de que entres, pero entras, por que la cosa ya deviene en sorpresa, en descubrimiento y en costumbre, ella al fondo de la habitación donde a través de un espejo ves como se despoja de la gabardina azul, de la blusa azul, tu al borde por fin levantando la vista y viendo el rostro como por primera vez, ella preguntando si querrías algo para cenar, ella no tiene hambre, preguntando si te había gustado la película, es lo mejor del cine, hablar de las películas en la cama, repasar las imágenes, como esa de los tres seres que recorren el páramo con sus vidas secas, y la lluvia que en cambio arrecia de nuevo afuera, prometiendo una noche con gotas cayendo de los aleros, desnudándote y entrando en la cama porque no quieres nada para cenar, y ella preguntando que harían mañana, por los planes que habían hecho para las vacaciones, por la posibilidad de comprar una heladera nueva, por todas esas cosas que se van apagando mientras ella se duerme sobre tu brazo y el fuego crepita en la chimenea y la semana, como fundiéndose en negro se apaga, mientras piensas, ensimismado, en la posibilidad de una fuga y que mañana no sea lunes.

10 comentarios:

Ginebra dijo...

La vida propia que ya no nos pertenece porque se ha convertido en la vida de otro, alguien desconocido que ya no eres tú.
Me ha gustado mucho este relato un tanto existencialista, he de decir que en algún momento me he visto reflejada y en muchas ocasiones busco un cine donde cobijarme.
Saludos

mario gomez garrido dijo...

Gracias. Pocos reparan en la necesidad de los cines como refugio, como lugar de permanencia de la memoria, de la ilusión también, pero siempre, aunque sea un tópico, de los sueños.

Neogéminis dijo...

Un estupendo relato plagado de melancólicas evocaciones, mezcladas con la realidad que pierde en las comparaciones con el ayer. Al final, el cierre con un deseo, culmina al menos con la posibilidad de esperanza.
Me gustó leerte. La imagen gif que acompaña, un hallazgo!
=)

Natàlia Tàrraco dijo...

En la penumbra del cine nos encontramos reflejados, no únicamente en la pantalla, se acerca la mujer con la linterna solitaria de Hopper.

Me ha fascinado tu laberinto rico e intrincado.

mario gomez garrido dijo...

Neogéminis:...y de esa esperanza se nutre la posibilidad de que el cine, de que la imaginación, tengan sentido. La imagen es de Loretta Young, con 16 años, en una película muda. Hipnotizante.

Natàlia: Gracias. Sí,la imagen en movimiento y en penumbra, que siempre me parecieron algo propio de la memoria, de los recuerdos en blanco y negro.

Rochies dijo...

la abulia, la soledad, las horas iguales, hasta que por fin el refugio y la sorpresa que te tenía deparado ese domingo gris, la piel de un otro.

mario gomez garrido dijo...

Si, a veces da la sensación de que las sorpresas son un elemento de ficción, que la posibilidad de que algo cambie no es más que una película fantástica e improbable. Y sin embargo...

Beatriz dijo...

sabes estoy atravesando una etapa de mudez, de dolorosa transición física y emocional, y me había hecho la promesa de quitarme de en medio de este mundo virtual, No escribir que lo mantengo, pero incluso llegue a prometerme no leeros, porque eso implicaba el no alejamiento total. Pero dejar de leerte a ti es imposible, porque en tu lectura encuentro reflexión , calma, sosiego para el alma.
Y eso, en estos momentos tan dolorosos de mi desarraigo me sirven para seguir apoyándome en algo. Al menos en la palabra. Porque aunque discrepemos algunas veces con el mensaje escrito, nunca es culpa de la palabra.-


Un abrazo y acaso esto que hoy te digo nada tenga que ver específicamente con tu hermoso texto, pero después de leerte es la reacción inesperada que en mi ha surgido.

Hasta pronto

mario gomez garrido dijo...

Beatriz, no hace mucho a mi me pasó algo parecido, bueno, no se si parecido, pero el caso es que eliminé mi blog despues de tres o cuatro años escribiendo. Creo que en realidad no se muy bien por qué lo hice, pero me sentía muy mal y opté por seguir escribiendo un poco porque no podía hacer otra cosa y porque Rossina me dijo que aquello no estaba bien. En mi caso también pensaba que lo que escribía no era bueno y que no merecía la pena enseñárselo a nadie. Aunque sea por razones diferentes, me atrevo a creer que te entiendo, aunque a mi me parece un pérdida demasiado grande el que ya no pueda leerte cosas nuevas. En fin, qué puedo decir que otros no te hayan dicho, en cualquier caso me emocionó leer tu comentario, espero que las cosas cambien tanto que pronto volvamos a disfrutar con tus palabras.

Rossina dijo...

yo creo que Beatriz no podrá no seguir escribiendo, aunque a mí misma me pase. Fueron tan sentidas las últimas entradas que me quedé ahí y no surge nada nuevo.
Loa abrazo a ambos. Qué bien que aquella vez me hizo caso.