jueves, 18 de abril de 2013

Nunca cuentes tus sueños a nadie



¿Entonces quieres que te cuente el sueño? Bueno, lo haré de principio a fin, aunque ya sabes lo que pienso sobre hablar de los sueños, es difícil porque apenas me acuerdo, porque suelen parecer absurdos y no lo son, porque al poco tiempo de despertarme ya no sé cómo explicar la emoción que me provocaron, esa sensación tan agradable de haber vivido algo que los insomnios acostumbran a negar. Siempre he pensado que explicar un sueño era como buscar tres pies al gato y que mejor dejarlos como están, misteriosos, sin moraleja, como esos cuentos sin final que nos dejan en silencio. De la naturaleza de los sueños ya se ha escrito demasiado, las tediosas exageraciones de Freud nunca me convencieron mucho, pero en cambio siempre me interesó bastante esa idea antigua de que algunos sueños son premonitorios, de que sus símbolos muestran el futuro, de que sus enrevesadas historias no son sólo una mezcla de recuerdos y deseos, sino una visión encriptada y probablemente atroz de lo que nos espera.

Me gustaría pensar que este sueño es de esta clase, no se, tal vez no, lo que si es cierto es que apenas tiene trama y no suceden grandes cosas, pero estuvo bien provisto de imágenes nítidas, de luces y sombras, de detalles de los que, por alguna oscura razón, permanecen en mi memoria como si quisieran ser descifrados, como si ocultaran una significación de cuya comprensión dependiese alguna felicidad que me espera.

Es extraño soñarse a si mismo, verse como en este, siendo consciente de no ser yo y serlo al mismo tiempo, de mirarme a mi mismo desde lejos, la imagen perfectamente encuadrada como en una película, eso si, rodeada de niebla. Me descubro sentado en un Café, leyendo el periódico, hasta que me doy cuenta de que se hizo tarde, miro el reloj y salgo, empiezo a andar calle abajo y luego recuerdo que no pagué, que por vergüenza no podré volver a aquel Café, quedándome la insidiosa sensación de que siempre voy debiendo algo a alguien, de que se me olvidan las cosas más simples, de que siempre me falta dinero cuando pido la cuenta.

Callejeo, sorteando a los transeúntes y a los coches, atajando las calzadas con el semáforo en rojo, con una de esas prisas tan habituales y sin sentido, cuando todo el mundo sabe que hay que soñar despacio. Empieza a llover. Las calles se estrechan, oscurece y todo deviene en laberinto. Yo, que soy poco propicio a las pesadillas, me veo en aquel lugar de repente cómodo, se encienden las farolas, se me olvida por qué tenía prisa, hacia dónde me dirigía y por qué me empiezo a sentir estúpidamente alegre.

Surge un bloque de pisos aparentemente normal, viejo, sucio de polvo y descuido, en una calle apartada, por la que no camina nadie, salvo quien viva allí o esté perdido, entre álamos sin hojas, en pleno verano. Y es que hay tanta sombra en esa calle, soportan tanta oscuridad esos muros, que allí el verano huele a otoño, la primavera es invierno. Las noches...mejor no hablo de las noches...no se por qué sé tanto de este lugar, nunca lo había visto antes, pero según la ley de este sueño, me pertenece como si allí hubiera vivido siempre...aprovecho la última luz de la tarde para entrar en el edificio, porque la lámpara del portal está fundida. Ese portal es más bien una selva, perfectamente cubierto de hiedra, con las escaleras que nacen curvas y desembocan en las oscuridades del piso de arriba. Mejor tomo el ascensor desnudo, uno de esos hermosos ascensores antiguos descubiertos, exornado de hierros retorcidos, que suenan como estertores, a jubilación aplazada, en mi caso también, a memoria de chico, a visita a parientes que ya no viven, a maquinaria extraña.

Las ventanas de los pasillos están inutilizadas por rejas y cristales rotos, las puertas ajadas, solo son promesas de fríos recibimientos. Subo al cuarto piso y me convezco de que aquello es una cueva y es mi hogar, remuevo lento las llaves en el bolsillo y me asusto del eco de la cerradura y no entiendo por qué aquel antro que se abre me parece tan acogedor, quizás porque está plagado de libros y apenas entra luz.

Dejo caer las llaves, me vuelvo para cerrar la puerta, para anular aquel día, para clausurar el mundo e invocar la noche, el descanso, la cama, el sueño, quizás el sueño dentro de este sueño que ya no sé hacia dónde quiere llevarme, porque aquello es una casa que nunca tuve y por la que empiezo a sentir nostalgia. Me detengo. Al final del pasillo, la puerta de enfrente está entreabierta, y de dentro sale una especie de luz de lámpara, tan cálida como puede serlo una luz eléctrica. El piso de enfrente lleva abandonado desde que vivo allí, alguien lo ha ocupado por fin, alguien quizás descuidado o temerario que se deja la puerta abierta, alguien que, con la inverosímil seguridad de los sueños, sin mirar adentro sé quien es. También reconozco en ese lugar, contrastando con el lúgubre envoltorio del edificio, la belleza tranquila que adjudicamos a los oasis, a los paraísos perdidos, a los palacios en donde nunca descansaremos.

Que fácil hubiera sido recorrer unos pocos pasos hasta el final del pasillo, acercarme a la puerta abierta, comprobar que allí estás, esperándome, leyendo, sola. Pero un sueño, ya se sabe, es un objeto demasiado delicado, siempre llega un momento en que te das cuenta de que estás soñando y todo se viene abajo, como el hielo en verano perdiéndose entre los dedos. Después el despertar a la absurda realidad como una traición del hipocampo, a medianoche, con rabia y sed en los labios.

Y ahora me dirás que aquello solo fue un sueño, y que además casi no podía significar nada, que mentí cuando te aseguré que mis sueños no tienen que ver con los deseos, que quizás todo responda a una ficción interesada o a algo que en cualquier caso es probable nunca se haga realidad. De acuerdo. Pero soñé contigo y no entiendes que en realidad yo no sé quien eres, ni siquiera si acaso eres, fuera de mis sueños. Además algo auténtico y fatal debía tener este sueño para que me de tanto coraje no poder haber recorrido esos ridículos dos metros de pasillo hasta tu puerta, cuando en otros sueños me resulta tan simple recorrer mil kilómetros o incluso volar. Tendré que resignarme al hecho de que soñar es tan difícil, tan imprevisible como vivir, “Solo fue un sueño” me dijiste y tenías razón. Uno de esos sueños de los que nunca querrías despertar.

1 comentario:

Tracy dijo...

Temo contar sueños por las explicaciones que se le dan por aquellos que no tienen zorra idea de lo que significan, pero... ¿y yo la tengo?