viernes, 17 de mayo de 2013

A sus plantas rendido un león de Osvaldo Soriano




Osvaldo Soriano era un tipo sencillo. Escribir algo así ahora, con la distancia, con las biografías no leídas, con los testimonios que los habrá a mares en periódicos y demás parafernalia mediática, no deja de ser una información innecesaria, más teniendo en cuenta que yo a Osvaldo de nada le conozco salvo por sus cuatro libros, por algún comentario halagador de sus amigos, por mi imaginación que suele conformarse con inventar las vidas de los escritores que releo. Sin embargo es sencillez, por llamarla de alguna forma, lo que destilan sus prosas, sus anécdotas, su indudable maestría para captar diálogos vivísimos y luego estamparlos en narraciones.

Yo igual peco también de sencillo al hacer de A sus plantas rendido un león una lectura más que nada cinematográfica, en esto todo el mundo está de acuerdo.  Recorrer sus frenéticas escenas invita a regocijarse como se podría hacer con una “slapstick movie” de Buster Keaton, de Oliver y Hardy, del Peter Sellers de El guateque. El “slapstick” viene a recoger y aprovechar esa tendencia más bien cruel del ser humano al que le da por reírse a carcajada limpia cuando un congénere se da un batacazo, le estampan una tarta en la cara o se cuela por una alcantarilla aparentemente sin pretenderlo.  Sin embargo no creo que la intención de Osvaldo fuese provocar dicha carcajada cruel, que nos riéramos sin más, para pasar la tarde. Porque lo que propone Osvaldo en sus novelas da para otras cosas, entre ellas pensar en lo que nos rodea. Osvaldo era perfectamente consciente de que la realidad, de que ese conglomerado de desdichas y errores que llamamos “realidad”, es demasiado parecida a una comedia absurda, a un compendio caótico de desventuras en el que los protagonistas no son sino víctimas más o menos inocentes de las trastadas del destino o de la malquerencia de los que les rodean. El golpezazo, la trompada, el resbalón no es más que la inevitable consecuencia de intentar cualquier tarea, por idealizada y provechosa que parezca de antemano.

Una de esas cosas de más que añade Soriano al slapstick es la inevitable conmiseración con los personajes que provoca en los lectores. Así este cónsul Bertoldi, un cónsul que ni siquiera es cónsul, que solo piensa en huir, en defender la patria de una forma tan patética que a uno no le queda más remedio que tomarle cariño, a pesar de que solo vaya a lo suyo, de que sea ladrón, adultero y mezquino, tal vez cobarde. La piedad viene porque Soriano tiene humor, tiene ironía, pero no usa de la sátira. El gran historiador del arte Erwin Panofsky diferenció muy bien entre la sátira que se sitúa por encima de las caricaturas y las desprecia y el humor que se ríe de los personajes pero reconoce que a uno le puede pasar lo mismo, y que es humano meter la pata, darse bofetadas o tomar decisiones absurdas a cada momento. Al cónsul Bertoldi, por ejemplo, lo que le pasa es que está donde no tiene que estar, y esta es una condición que pueden sentir como suya cualquiera de los que leemos sus desventuras. El está perdido en un país centroafricano miserable dejado de la mano de dios, se le pone el imperio británico en contra, se le cuela un terrorista del Ira por la ventana, se tiene que emborrachar con un gorila para evitar que le maltrate, hace pasar una insignia de Boca como una enseña patriótica, pero todo esto sirve para explicar un desarraigo del propio país o si se prefiere, de la “realidad” con el que es fácil identificarse. Pasa lo mismo con los protagonistas de las novelas de Conrad, sin ir más lejos, porque hoy el Kurz del Corazón de las tinieblas no montaría su lóbrego imperio en medio de las selvas impenetrables del África, sino en algún arrabal a las afueras de cualquiera de nuestras ciudades.

Otra cualidad que se destila fácil de esta como quien dice “trepidante” novela es la habilidad de Osvaldo Soriano para tratar temas “complicados” con una sutil delicadeza, de modo que uno no se deba sentir ofendido o herido a pesar de que acá se reparten reprimendas a diestro y siniestro, nunca mejor dicho. No queda bien parado el patriotismo, ni cierta izquierda, ni África, ni siquiera el amor romántico. Pero opino que es bueno no tomar partido del todo, un poco si pero no del todo, sobre todo porque en general cualquier bando suele padecer de un indudable desdén hacia el “Bien”, que es algo que así, con mayúsculas, no acaba de estar del todo definido, y acaba pareciéndose más bien a las “Utopías inconclusas” con las que tenemos que conformarnos de momento. Osvaldo, siguiendo la larga estela que parte de Erasmo, entiende que defender una causa a ciegas no es un buen negocio, y que una dosis de escepticismo, aunque sea a través de la forma del humor, es algo necesario. Yo creo que por eso a Osvaldo le gustaban los gatos, esos simulacros de leones, porque hay que tener las uñas preparadas pero aparentar indiferencia.

En fin, el primero que vino a incluir A sus plantas rendido un león (magnífica elección del título) como algo relacionado con el cine fue su propio autor, quien en una entrevista vino a decir que la novela parecía una “película cantada”. El cine tiene por costumbre mostrar lo inmostrable, los primeros planos de nuestras debilidades, lo que se oculta tras banderas o pancartas. La cámara consigue revelar que lo mínimo cuenta, que lo verdaderamente universal son las muecas de dolor, los viajes a ninguna parte, el tiempo perdido, las ilusiones rotas, los bosques, la inocencia, la inutilidad de la violencia, la dignidad de las derrotas, la clemencia para con los errores ajenos. Y como música de fondo, como definitiva banda sonora, la risa, la incontrolable risa que desborda los cuadriculados límites de nuestras miserias.

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