sábado, 4 de mayo de 2013

A través del parabrisas




Un amor que se acaba exige cierta tristeza del paisaje, pero el otoño apenas había empezado, en las veredas de la carretera los árboles aún se resistían a desprenderse de las hojas, había flores y hacía calor y el conductor entornaba la vista por encima del volante intentando inventarse un gesto de melancolía pero así era imposible, no había en el paisaje razón para entristecerse, para recordar lo que iba dejando atrás, a quien había dejado atrás, como si ella pudiese arrepentirse. Miró al móvil. Pensó que quizás ella llamaría, que todo se resolvería de alguna manera y que solo tendría que dar media vuelta y volver por dónde había venido, por esa carretera vacía de coches con ramas de árboles invadiendo el arcén.

Mientras la carretera se deslizaba suave, el motor y su ronroneo invitaban a la calma, tal vez al sueño. Los árboles dejaron paso a descampados asolados, solo poblados por yuyos agostados, amarillos, pero todavía no suficientemente lamentables, y aun así la tristeza parecía difícil de conseguir y pensó que si hubiera esperado un poco más, al invierno, ahora caminaría entre árboles descarnados, entre tétricas oscuridades, entre nieve y nubes que propiciarían al menos una artificial lágrima. Volvió a mirar el móvil. Cobró confianza y supuso que no había razones que impidiesen la vuelta, como otras veces y que sería fácil la reconciliación a base de lágrimas, falsas promesas y viejos hábitos entre las sábanas.

Hacía varios kilómetros que no veía una casa y empezó a dudar si había tomado bien el último desvío. Puso la radio sin lograr sintonizar bien nada salvo una canción de Bob Seger que se avenía bien con el hecho de que él estuviera rodando en una carretera y con esa ambigua e indefinible sensación de bienestar del que empieza una nueva vida sabiendo que probablemente pronto retornaría a la antigua, era esa sensación o algo que no sabe qué era realmente y entonces fue que volvió a mirar al móvil porque le pareció temblaba y al levantar la vista no pudo ver más que aquel especie de cuerpo que se abalanzaba contra el parabrisas, rebotaba en el techo y quedaba tendido en el asfalto varios metros atrás. Pisó el freno. Miró por el retrovisor. No se movía. Salió del coche.

El dejó de fijarse en el paisaje, pero al fondo había montañas que en la oscuridad reflejaban tenues relámpagos intermitentes y se escuchaba algo como el deslizarse del agua entre las piedras y olía a humedad y una nube negra cubrió de sombras la carretera. Siempre se había sentido incapaz de ver sangre, pero se acercó al bulto y pensó que quizás no era una persona, que su primera impresión le había engañado. Pero era un hombre joven, alguien sin justificación posible para el hecho de que estuviera plantado en mitad de aquella carretera, en mitad de ninguna parte.

Vio su rostro, que parecía dormido, sin ninguna herida apreciable, un rostro blanco que con los labios entreabiertos aun parecía capaz de formular una queja. Le palpó la muñeca, pero no supo descifrar si tenía pulso. Tan solo pensó con rabia que aquello no era forma de empezar una nueva vida y que se iba a poner a llover en cualquier momento y que huiría. Volvió al coche. Antes de arrancar, el teléfono empezó a sonar insistentemente.

4 comentarios:

Tracy dijo...

Me ha encantado el relato y su final abierto.

escuchando palabras dijo...

linda entrada para este finde!!!

Ginebra dijo...

Ese es un principio tétrico para comenzar una nueva vida, la verdad. Por un instante era yo quien conducía por esa carretera con árboles a ambos lados y una lluvia incesante en el parabrisas del coche. Con la calefacción alta para evitar que se empañe el cristal y escuchando un blues, por ejemplo.

ablandarelladrillo dijo...

Qué coincidencia. Pero me gusta más el tuyo, más breve, más conciso y transmites muy bien las sensaciones del protagonista. Lo he disfrutado mucho. Y el final es genial.