sábado, 18 de mayo de 2013

La palmera oculta




Hay cosas escondidas en lugares remotos y que sin embargo deben existir. Lo dijo más o menos así Pavese, en uno de sus cuentos. Estoy leyendo demasiado a Pavese últimamente. Debe ser porque escribía cosas como esta, como sin querer, a trasmano, en relatos que parecen querer decir poco, tan pegados como estaban a la tierra, aunque fuera a la tierra del exilio. En cuanto a qué cosas son esas que están escondidas, para mi que podrían ser cualquier cosa. Podrían ser una piedra, un libro, la alternante suavidad de un tejido que ya nadie sabe como entreverar. Hay que tener ojos para encontrarlas, pero sobre todo estar bien dispuesto hacia lo extraordinario. Enfrente de mi ventana, sin ir más lejos, me acuerdo ahora mismo mientras escribo esto que no se muy bien a dónde va a llevarme, estaba plantada una palmera enorme, rebosante de dátiles, acotada sus palmas entre ruinas, farolas apagadas y la verja de un colegio. Para cualquiera este era un árbol común, no es difícil encontrar algunos similares en cualquier jardín de este Madrid abundante en árboles desdeñados. Sin embargo la palmera de enfrente de mi casa creo que debió existir. Ahora falta algo. Al menos a mi me falta algo. Compuse un montón de borradores de cuentos en los que esa palmera aparecía en su condición de objeto que ocupa un lugar inadecuado, trasplantado quizás del oasis de un desierto sin nombre. Como le pasó a Pavese, tan diestro a la hora de describir el desamor, esa terrible especie del exilio. La palmera me hizo pensar en caravasares, en la sed, en el limo extraño que se forma cuando llueve después de mucho tiempo. Me hizo pensar en Oriente, en esa extraña confabulación de leyendas que no dejan de sorprendernos a los que habitamos el otro lado de la esfera. Me hacía pensar en alguien en cuyo lugar natal este árbol era una especie autóctona.

 Sus dátiles los suponía dulces, y eran como una reserva para cuando ya no me llegase para comprar otro tipo de comida. Su sombra en verano si que era necesaria, sus hojas eran mi cobijo cuando buscaba y no encontraba las llaves, antes de entrar a casa y llovía. Se me dirá que no estaba escondida, que Pavese se refería a otro tipo de cosas. Que cualquiera que tuviera ojos la hubiese visto. En absoluto. Estuve diez años fijándome y no hubo una sola persona que pasase por delante, que se parase junto a su maltrecho tronco, que se diera cuenta de que se encontraba ante una palmera, de que esa palmera no tenía que estar allí, de que es una especie de milagro que allá estuviese plantada una palmera, tan al norte, tan a las afueras del arrabal, tan rodeada de escombros, tan verde en la inmensidad de grises con los que se viste mi barrio por costumbre. Anoche vinieron unos trabajadores del ayuntamiento, y mientras dormía, a traición, derribaron la palmera y se la llevaron en un camión. Quedó un oquedal mínimo, las ruinas inmutables y los ecos del colegio que ignoraron el suceso. Yo no me enfadé mucho, acostumbrado como estoy a las ausencias. Aquello no podía durar para siempre. Imagino, aunque se que esto es francamente improbable, que la palmera ha sido devuelta a su oasis, que por fin cada cosa está en su sitio, que su silueta anuncia ahora el descanso a las caravanas que desde lejos ansían saciar su sed. Pensando así, me consuelo, un poco como un chico, porque ahora se piensa en el desierto y se piensa en petróleo, guerras y desatinos por el estilo y no en las mil  y una noches. Ya quedan pocas caravanas, supongo. Y del concepto de Oriente solo queda la idea del menosprecio a las mujeres, las religiones violentas, la convicción de que por allá amanece y poco más. Pero la palmera de la imaginación, si me entendéis este entrevero, se ajusta mejor que la que segaron a la frase de Pavese. “...las cosas ocultas y remotas que deben existir” Y existen.

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