sábado, 13 de julio de 2013

Antes de dormir


- Me tenés que contar un cuento, pero un cuento inventado.

Al crío no le basta la mera repetición de caperucitas, de lobos, de niños perdidos, de monstruos con el que la madre le adentraba en aquel otro cuento, el sueño, el profundísimo sueño del niño que apenas teme nada salvo a cierta araña que habita en el fondo de su armario, pero al que tampoco le gusta demasiado la oscuridad, la noche, el quedarse un rato solo. Exige a la madre una invención, un cuento inédito, improvisado, como si no fuera suficiente que en el mundo y en la historia ya se hubiesen escrito miles, millones, billones, quizás todos los cuentos posibles. Pero no se contentará con menos, es más, se niega a dormirse si no se le cuenta el cuento nuevo ideado por su madre y por nadie más.

La habitación está cubierta de penumbras, como corresponde, carece de demasiados adornos, no sobran los juguetes y algunos son de madera. Afuera están los ruidos, las luces eléctricas de faros que se mueven por el techo, tras ser descompuestas en puntos por una cortina que se balancea con una ligera corriente. La habitación carece también de todo lo que necesitaría un adulto, de los atroces espejos, de papeles con números, de artefactos eléctricos, de relojes que funcionen. La madre escucha el imperativo egoísta de su hijo con cierta resignación, porque está cansada. Preferiría leerle algo, no tardar mucho, que el crío se durmiera a un chasquido de sus dedos, que al menos dispusiera de un momento para sentarse en la casa vacía, tras el trabajo, tras las guerras, tras el calor de un día de cierto tedio llevadero, al margen ya de los aciagos disgustos con que cenaba en otros tiempos. El olvido debía hacer su trabajo.

Inventar un cuento a esas horas de la noche no es tarea fácil. Exige cierta concentración, capacidad poética, fuerza para mantener los párpados abiertos, cuidado para que ninguna palabra inoportuna venga a surgir del subconsciente y provoque que el chico dé un respingo o que le pregunte su significado. En todo momento hay que mantener una precisión constante con los vocablos para que el cuento no se alargue, resumir los pasos del protagonista, simplificar sus avatares, proponer un final que no sea demasiado abrupto pero que tampoco se demore, sincronizar, con delicado celo, la caída de párpados del chico con una progresiva bajada del volumen de la voz, una voz que deberá ser suave, pero propia, porque este niño no necesita que su madre imposte la voz de nadie, que el lobo gruña ni que la niña tenga voz chillona, más bien necesita de la autenticidad en la voz de su madre, que para algo es la autora, la actriz, la escenógrafa, la que impone la suerte a sus personajes, la que con un solo gesto puede convertir los accidentes en afortunados sucesos.

Inventar un cuento. A estas horas. Necesitará de palabras. Al principio le vienen las de siempre, las primeras que se le ocurren a uno cuando piensa en un cuento para niños que deberían ya estar durmiendo: lobo, castillo, bosque, monstruo, serpiente, camino, espada, barco. No son palabras desdeñables. Pero la exigencia de novedad requiere quizás palabras menos usadas, más impropias para un cuento de niño, otro tipo de ambiente. Se esmera en pergeñar un buen cuento, con cierta indecisión, como temiendo quedarse en blanco, empieza a narrar y encuentra al protagonista en un niño que irremediablemente se parece a su hijo. La época es medieval o indefinida. El lugar, un palacio. Describe la presencia cercana de un lago, el encuentro de las caravanas en un mercado, después rectifica y dice que aquello no era un lago, sino un espejismo de lago, y que lo que en realidad circundaba aquel reino era un desierto, un desierto de viento y arena. Hace ver las calles repletas de gente vestidas con túnicas, los velos, los camellos, la arena que se concentra en los umbrales de las casas, los gritos árabes. El niño se asoma a la ventana de palacio con la nostalgia propia de los hijos de sultanes.... La madre se queda un momento en silencio antes de continuar, piensa en Sherezade, piensa que ella es Sherezade. Le entra una nueva oleada de sueño pero continua, porque el chico se lo pide.... El hijo del sultán no es niño cualquiera. Cuando nació, los augures predijeron que en sus manos estaba el destino del reino. Que en su interior se guardaban secretos y habilidades que nadie conoció jamás, pero el niño se contenta con dejar pasar el tiempo mirando por la ventana, viendo como dos camelleros se pelean por el precio de unos dátiles. El sultán aparece en la sala del trono sobresaltado, va de un lado a otro arrastrando sus babuchas, se tira de la barba, convoca a los visires, a las mujeres, a todos los sirvientes del palacio, hasta el agua de las fuentes detiene sus ecos. El niño es el último en acudir a su llamada y escucha que el sultán lamenta la pérdida de cierta esmeralda, una esmeralda antiquísima, enorme, de destellos profundos, una esmeralda que era heraldo e imagen de aquel reino, una esmeralda de la que dependía su suerte. No podía haber sido robada. La ira del sultán había logrado erradicar la raza de los ladrones de aquel reino. Simplemente la esmeralda se había extraviado, él mismo reconoció que a veces la sacaba de su sitio, se la metía en el bolsillo y jugueteaba con ella entre sus dedos, se le debió de caer en un descuido, estaba desolado. Se escuchó un esbozo de risa al final de la sala. Un paje creyó que aquello era de broma. El sultán le lanzó una furibunda mirada y ordenó que se le decapitase.

Todo el mundo se puso a la tarea de encontrar la esmeralda, rebuscando entre los cientos de habitaciones del laberinto de palacio. Pasó un día y no hubo resultado. La desesperación del sultán era evidente. Todos temieron por su cabeza si la esmeralda no aparecía, pero tras revolver hasta el último rincón se dejaron caer en las alfombras, convencidos de que nada se podía hacer y que aquel era el comienzo de mil calamidades que hundirían al antaño prospero reino. El niño, el pequeño hijo del sultán, había permanecido todo este tiempo distraído, como ajeno a las convulsiones de palacio, mirando por la ventana. Por fin alguien recordó las profecías que veían en él la salvación del reino, y le preguntaron si podría ayudarlos y encontrar la dichosa esmeralda.


El niño estuvo en silencio un buen rato. Parpadeó un par de veces, uno no sabía si se estaba burlando o no entendía. Cuando ya le iban a dejar en paz, dio unos pasos, solemnes, confiados, todos le miraron y pensaron al mismo tiempo que él tenía la solución. Le siguieron. Recorrió todas las habitaciones, los torreones, se dirigió a la muralla, con paso lento. La atravesó, salió a las calles, las recorrió como si nada, zigzagueando en medio de la muchedumbre que empezó a seguir a la comitiva, mientras los soldados intentaban dejar sitio al chico para que siguiera su camino. Salió de la ciudad, se encaminó hacia el desierto, caminó durante horas. Cuando ya estaban extenuados, apareció un oasis. El oasis tenía un pozo. El chico se hizo descolgar dentro. Estaba seco, solo había rocas, que fueron izadas a la superficie una detrás de otra hasta formar un rimero considerable. El fondo del pozo estaba húmedo y oscuro, pero el chico encontró al fin una abertura que daba a una gruta, por la que solo alguien de su tamaño podría pasar. En la cueva había ecos y murciélagos, también un dragón...¿un dragón?, preguntó su hijo, alerta siempre a las incoherencias, no hay dragones en las mil y una noches, pero siguió escuchando...el hijo del sultán se batió en descompensado duelo con la bestia, la hirió de muerte con su curvada daga y siguió por las intrincadas galerías negras durante tres días, hasta que se paró de repente, hizo un agujero en el suelo de arena, en donde encontró algo enterrado. Volvió a la superficie, para entregar a los jefes de la guardia lo que había encontrado, una simple llave. La esmeralda, dijo, está en el cofre que se abre con esta llave. No quiso saber más del tema. Nadie, en aquel reino escondido entre tormentas de arena, encontró nunca el cofre...la madre abrió la boca y cerró los ojos en un monumental bostezo. Miró al chico, que la observaba con ojos de búho, recordando que a la tarde él había encontrado el pendiente que su madre perdió entre los cojines del sofá, diciéndola al fin que continuara, que el cuento no podía acabar así, que el cofre tenía que aparecer tarde o temprano. Ella se echó con él en la cama, rendida, Sherezade perfecta, prometiendo que en el sueño, y sólo en el sueño, encontrarían el final feliz de aquel cuento.

1 comentario:

Tracy dijo...

Lo has heho muy bonito.