sábado, 27 de julio de 2013

Sudeste en Málaga


“Al profundo y cambiante resplandor de la noche, seguía una claridad pastosa y chata.” Firmado, Haroldo Conti. Humedales. El Delta. El Sur. El mar. El agua que lo abarca todo, el aire, el sudor, las corrientes que devienen en ríos, en crecidas. El tren. El barco, el omnipresente lodo que va haciendo que el tiempo se ralentice o que la soledad cobre una textura pastosa. Agua que sube y baja en un latido previsible, o correntadas que permiten dejarse llevar, ser arrastrado sin dirección ni destino. El río está vivo, es alguien.... El tren deja la estación de Atocha y la mañana naranja anuncia calores sostenibles, tierras baldías, sobre todo olivares sin límite, infinitas hileras de árboles simétricos ideados por el hombre tan solo para proveer de aceite las ensaladas y poco más. En pocos minutos llegas allá tras pasar con un suspiro de nostalgia diluida por una Córdoba en la que a lo lejos se intuyen las ruinas de Medina Azahara y de un recuerdo. “La verdad que el río es ajeno a todo sentimiento, pero muy a menudo parece animado por un humor sombrío” El río y las vías. Son alguien, son como alguien. Representan también al hombre que surca sus aguas, al viajero, el que en Conti y en el Limonero Real de Saer planta sus chozas en la ribera. La metáfora tiene su fundamento en la bondad común, en la maldad que en el hombre es un crimen y en el río una crecida, en la vejez, la lejanía, la soledad, pero sobretodo en la indiferencia, en la impasibilidad, en la inmovilidad, en la terquedad: “...y si había algo en él neto y definido, algo por encima de todo, era precisamente esa completa pasividad, esa aceptación o sumisión a lo que viniese del río, el bueno, el mal tiempo, las aguas altas o las aguas bajas, todo, en fin, la vida o la muerte” El constante rumor del viento y del agua es la banda sonora de esta novela, una especie de zumbido, de inevitable silbido que se hace uno con el que escucha. Es lo que se oye en la placidez de los crepúsculos, encendiendo un pucho, cuando estás cariacontecido ante el fugaz y a la vez lento suceder de un día.

No se por qué decidí llevarme para leer Sudeste de Haroldo Conti en mi viaje a Málaga. Siempre intento llevarme libros que tengan que ver con el lugar al que me dirijo. A Lisboa me llevé a Pessoa, a Paris a Cortázar, a Barcelona a Marsé, a Ávila a Jimenez Lozano, a Córdoba el Collar de la Paloma. Cuando vaya a Buenos Aires me llevaré a Borges...Málaga y Sudeste tienen poco que ver, salvo que la ciudad andaluza esta efectivamente, más o menos, en esas coordenadas geográficas, según la brújula que me dejé olvidada en el cajón de casa. Llegué y la música que allá me encontré no era muy diferente a la de Conti, chillidos de vencejos rápidos, mezclados con el vuelo pesado de las gaviotas, que se posan y me miran en los aleros de la plaza de toros, como esperando. Al otro lado está la alcazaba, también esperando. Todo lo demás que viví desde que llegué se parece demasiado a una enumeración caótica: el mar, la absoluta imposibilidad de comprender a los que se bañan en sus tristes olas, la necesidad de que todo se vuelva literatura, poema, palabra. La percepción de que el color primario de las olas es el verde, en los días nublados. El museo con cuadros costumbristas, el arte al servicio del pueblo, una modelo desnuda que hace una travesura y pinta un monigote en el lienzo cuando el pintor se descuida, marinas verdes, el peligro y el naufragio, unos monjes que se ríen porque se encabritó uno de los burros al volver al convento, rostros con patillas decimonónicas, galanteos, pintores malagueños que dibujan con cariño a prostitutas que ofrecen “paseos”, un maltrecho dibujo de un Cristo de Gauguin, patios con flores. Al salir del museo un abuelo que dice al nieto que coge cosas del suelo: “te vas a poner las manos como er chanclas”. Librerías, una iglesia con vírgenes dolorosas y andaluzas, de un barroquismo que no se aguanta, olor a caballos, nubes, fritura de rosquillas, multitud de puestecillos donde te venden cucuruchos de almendras tostadas. Una mujer absorta leyendo en la playa vacía, arena sucia, higueras de más de mil años, tan anchas como casas, un magnolio, palmeras y al otro lado del charco, África. Un perro andaluz. Es como todos, pulgoso, eso sí, pero nada surrealista. Silencio, paz, ecos en muros de mármol, edificios huecos, ruinas romanas y modernas, niños semejantes a bestias, el mar lamiendo por fin desde no se sabe cuando mis pies, la injustificable compra de libros, uno de Benedetto y otro de E.T.A. Hoffman sobre vampiros, bruma, un rayo al caer la tarde para adornar la alcazaba, dormir con las piernas cansadas, levantarse siempre con imperiosas ganas de leer, a Haroldo Conti, por ejemplo.

...“Y era como un pájaro silencioso que remonta el vuelo al oscurecer”...Barcos embarrancados, ni muertos ni vivos. “Realmente era muy raro verlo allí, ni del todo en el agua, ni del todo en la tierra, pero más que nada muy triste” Y luego el mal que llega inesperado como el viento del sudeste. El mal agazapado como entre el lodo, arena movediza, sin explicación, como si fuera una lógica crecida a partir de la soledad y el hastío, el mal que es una violencia telúrica, primaria, que se mueve con la silenciosa y la inquebrantable fuerza de un rápido...




Otro día subí a la alcazaba, a sus muros de mampostería imperfecta, al recuerdo fosilizado de los árabes, a los palacios rumorosos, al castillo idealizado por el niño que se lleva dentro, al agua y sus fuentes, a los arcos oscuros, a las troneras clausuradas porque las guerras son ahora demasiado crueles como para que sirvan de algo, a las cerámicas que malearon el barro, productor de objetos de mil nombres con prefijo islámico, jarras, tinajas, candiles, aquí están los nombres y los objetos de arcilla, pero sobre todo los nombres. Aquí hay también azahares, albercas, almenas, tumbas olvidadas. Después callejeé hasta que me quedé sin piernas. Hay, sobretodo, una continua sensación de irrealidad en todo lo que me rodea, preocupante, con esa pregunta insidiosa de  “¿qué hago aquí?”. Para agravarlo, el día siguiente es de Picasso, destrozando las formas, grotescos perfiles que sin embargo me convencen de que es así como son las cosas y no como creemos verlas. Picasso mirando estas olas verdes, hace mucho. Fotografía viejas. A Picasso no se le encuentra en la Plaza de la Merced donde nació, sino en la tristeza de ese retrato de Olga Koklova que es una mujer y un espejo, también una oposición y una denuncia contra el afán despreciador del pintor. En el museo hay también una exposición de fotografías de Dennis Hopper. Emoción. Niños jugando en las calles de Nueva York años sesenta, carreteras, moteles, rostros, Luther King, banderas desgarradas y ya no estoy en Málaga, ni en el Delta de Conti, ni se dónde estoy. Otra mirada. Tan diferente como la de Picasso. Salgo. Me siento en bancos. Veo pasar gente y el tiempo y el viaje. Llegan barcos al puerto, dejo de hacer cosas, de buscar monumentos, de visitar museos, dejo de ser un vil turista, solo soy, dejando hacer a las tardes, tal vez viviendo. Acabo el libro de Conti...aunque no hay un solo relato que valga la pena en el que la oscuridad o la noche no tengan un papel predominante: La noche está allá repleta de ecos de pisadas. De murmullos. No es oscura. “Altas luces de mercurio alumbraban las calles avenidas”, reflejos en las vidrieras, y reflejos en el mar de una especie de luna que anuncia el regreso. 

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