sábado, 31 de agosto de 2013

A través del muro



“Esto es previsible, lentear, volcar, renovar las desdichas,
corromper esos segundos que promueven cosechas de tedio,
desdecir los inopinados deslindes de las veredas:
todo es previsible, lento, torcido, viejo y triste.”

Habituado a la queja constante, el pibe no sale de ahí.
Se olvida de lo obvio, de lo hermoso de ese ligustro que crece enfrente de su piso.
Le inspira un susurrante tedio toda la hermosura que suena a través de la ventana, 
lo bonito de las farolas encendidas y apagadas,
lo lindo que es el atardecer si es lunes,
siempre rojo y emocionante como una película antigua y no quiere oír pero oye,
los miércoles a la tarde, que la vecina encuentra 
arpegios en un violonchelo enorme,
de esos que provocan alucinados remedos de sueños perfectos por medio de sonido vibrante o sutil que atraviesa las paredes del piso.
Aun así la quiere conocer.

Llama a la puerta para que ella le abra, para espantar la queja constante,
para redimir el día, para encontrar una belleza acorde con los acordes del violonchelo.
Ella se dispara ante la llamada del timbre.
Abre sin dudas, acometiendo si hace falta al probable asaltante, pero sólo es el tímido vecino con el que se cruzó por las escaleras tantas veces sin justificar siquiera un buenos días.
La cosa promete, poco, pero promete. Pero él tiene que inventarse algo que justifique el mero llamar a puerta extraña.
Ella le ayuda, proponiendo un qué tal. La cosa promete pero la timidez no cede.
Oí el violonchelo y me gustó dice el tipo-torpe-asentado-en-la-queja, que por una vez se decide a decir algo agradable, a esperar que los minutos no sean tan solo un mero deslizarse de lágrimas latentes entre sucios ruidos ruinosos.
Y a él aquella circunstancia inusitada le revuelve el estómago pero le alegra, 
porque la chica es linda y morena y no aparenta odiarle de primeras.
Y a ella aquella circunstancia previsible le provoca algo de risa pero dice entra.

La cosa promete. En medio del salón se aposentan como polvo un sinfín de objetos que de forma delicada y sucinta definen a la anfitriona, esos objetos que vienen a decir que es alguien a la que le gusta musiquear, alguien que no desdeña la poesía a sí de primeras, porque ante todo el salón está plagado de libros, entre ellos alguno de virginia wolf, pero no importa porque hay están en perfecto desorden, cortázar, filóstrato, levrero, conti, da masseto, buzzati, shusaku endo, castillo, wells, una revista china de taipei, los mitos griegos de graves, pushkin, sábato por partida doble, uno o tres diccionarios, sherwood anderson, el sartor resartus, antologías palatinas o varias de poetas latinoamericanos, orendel, la eneida, roberto arlt en minúsculas, rashelas, plutarco, bioy y borges juntos y separados, onetti en portugués, una historia del arte, otra de decadencias y una colección de sellos.

Con estos datos el chico tiene más que suficiente.
Ella no necesita presentarse.
Entablan una conversación esencialmente literaria compuesta de tres palabras y empiezan a desnudarse, que es lo que corresponde.
Ella después de saciarse de caricias le ofrece un té. Él propone mejor un café. Aquello cumplió con sus expectativas y el aún más vecino sigue observando el salón, con su enorme violonchelo recostado en la pared de enfrente, con la luz atravesando visillos inconscientemente, con la luz difusa llenando con tranquilidad todo el salón como si estuviera en su casa, una luz puro malva o quizás no, pero las paredes blancas rebosan de sombras lo suficiente nítidas como para identificar los objetos que las provocan, jarrones, tazas, figurillas de arcilla, máscaras y, destacando como un emblema, un paisaje inexplicable de Turner encuadrado por un marco dorado. 

La situación tras ese encuentro fortuito requiere de palabras, pero ellos no encuentran otras mejores sino para comentar el tiempo, la próxima reunión de vecinos, el excesivo precio de las verduras en la tienda de la esquina. 
Luego se perfiló una especie de silencio, 
uno de esos silencios que en otra parte hubiera sido catastrófico, 
como si se hubieran olvidado de algo,
como si pudieran arrepentirse,
como si todo volviera a ser objeto de queja, de melancolía, de miserable callejón sin salida.
Fue a ella a la que se le ocurrió arreglarlo.
Sacó el violonchelo de su armónico ataúd,
apretó con su no demasiado delicada mano el arco e hizo vibrar las cuerdas,
con la soltura que pocas veces había logrado.
Con eso fue suficiente.
El se dijo con un susurro, para no interrumpir, que nunca dejarían de estar juntos y ya no hizo intención alguna de atravesar las paredes y volver a su piso, a su gabinete absurdo de ecos, a su biblioteca de quejas.


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