sábado, 17 de agosto de 2013

Elegía de los días perdidos




Perdí el verano, como perdí la lluviosa primavera, el insidioso invierno y el decepcionante otoño. Lo único que hice fue ir a la biblioteca torciendo una esquina extraña, entrando en un callejón, buscando la sombra, con ecos de pisadas. Tras regresar de mis vacaciones, el sonido de las olas rompiendo en la playa permaneció en mis oídos el tiempo suficiente que necesitó la nostalgia en acomodarse en mis entrañas, con una cadencia que pronto encontré incomprensible. Tuve ansias por dormir, que es lo único que consiguió que dejara de leer. Se acumularon libros, regalados, desdeñados, libros destartalados sobre la cábala, sobre la esencia del poema, sobre atentados, sobre el mismo agosto que se acaba, sobre la cercana Patagonia. Hablé de mi, ¿acaso no hay mejor tema? Sufrí de temores constantes, de los que no se cansan. Redefiní mis deseos, exigí que solo se cumplan con objetos existentes. Una mañana de este tórrido agosto llovió, sin que hubiese una sola nube en el cielo. Esto me hizo suponer que quizás ella me quisiera. La lluvia duró poco, poco después, aun oliendo a ozono las calles, denosté a medio mundo. Inauguré una nueva página de mi diario, que dejé medio en blanco. Leí a oscuras, cuando la última luz de la tarde se hace insuficiente y una voz insidiosa me advertía que así me quedaría ciego, amenaza constante desde que tenía ocho míseros años, ¿no es cruel? ¿Cómo se puede vivir con ello? Trabajé en tareas estúpidas que nadie consideraría absurdas, alienado, aunque Marx esté de capa caída. Prometí cosas. Bajaron las temperaturas pese a los incendios. Todos me inducen a buscar incendios, no a huir de ellos, de sus llamas ardientes que acaban con el monte bajo, que remedan infiernos. Decidí leer una nueva versión del Dante, quizás la de Crespo, definitivamente, no es la mejor. Escribí. Me lamí algunas cicatrices. Encontré un cierto consuelo en la melancolía de aquel verso de Virgilio que siempre vivió “majestuoso en su tristeza/ ante el sino dudoso de los hombres” En realidad lo que me consoló es que siempre es dudoso el sino de los hombres. Tomé un sendero que subía junto a un muro y unos metros más allá descubrí un almendro. Me ofendí cuando oí, cuando bajé a la calle, como estaban maltratando las palabras un grupo de gañanes. Corrí y gané la competición, y absolutamente nadie tuvo a bien felicitarme por mi victoria. Seguí buscando mi lugar en el mundo. Reconocí como mía la idea hindú de lo ilusorio de las cosas. Edifiqué un tiempo sin tedio. Inventé paseos para los miércoles de este invierno. Todos convinieron en que he perdido el tiempo.

3 comentarios:

Tracy dijo...

Me encanta lo que escribes y como lo haces.

Mario gomez garrido dijo...

Muchas gracias, se aprecia mucho el interés, para qué voy a engañarte.

Beatriz dijo...

el camino recorrido, las experiencias, el instante y lo fugaz van quedando en el calendario de nuestra memoria y de ella nos nutrimos para repasar las emociones.

Un gran abrazo aún desde esta orilla,
pero a punto de abrir las alas y cual golondrina mudarme a aquella otra estación que aún me espera-

y como siempre gracias por emocionarme-