sábado, 31 de agosto de 2013

Lo inapropiado



Las guerra remeda conversaciones mal acabadas,
y entre todos conjuran al odio, a la impaciente diapasón del insulto.

Entre hierros y sangre esta batalla viene a ser una de esas que vimos en cintas antiguas donde hay gentes alemanas y francesas y inglesas y canadienses y de todas partes donde el malquererse se justificaba. Se enfrentan con trincheras por medio, la gran guerra le dijeron, y es que estamos a punto de revoluciones, de gripes, de negras formas de acordar la paz y el soldado se llamaba...no se cómo se llamaba pero se retuerce de miedo en la trinchera rebozado de barro espeso y roji-negro, mientras las bombas a su alrededor silban y silban y silban, hasta que se consuelan formando cráteres donde pueden otros soldados, si así lo prefieren, dejar caer sus huesos repentinamente sacados de la carne por orificios no poco dolorosos.

El caso es que el chico no sabe como enfrentarse con los alemanes del kaiser, ni con el miedo, ni con los superiores que le amenazan siempre con fusilarle por cobarde, así que hace como que tiene el fusil entre las manos y de vez en cuando saca la cabeza de la trinchera y lentamente dispara al cielo con la incierta esperanza de no dar a nadie, porque ya es la guerra suficientemente mala para que además te vayas de ella muerto y con un muerto a tus espaldas. Piensa tonterías como que bonita la paz, y la casa, y la madre, piensa, porque no tiene más de veinte años y todavía piensa en esas cosas tan lejanas, tan misteriosas como un país extranjero, con el recuerdo siempre anclado en la leche caliente de las mañanas, imposible así sentir odio como se debe, recordar por qué estás ahí y no en tu cama que es temprano.

El soldado no se conforma con ese cotidiano sentir miedo por costumbre. Tiene que pensar algo para sobrellevar lo que tiene encima sin que nadie se de cuenta, tiene que inventar alguna excusa para seguir respirando, torear con firmeza el pavor, la pólvora y entonces va y saca de entre los pliegues del barro y del uniforme un pequeño libro, tamaño bolsillo, de papel ligero, de no más de cien páginas, comprado en las riveras del Sena, hará unos meses, cuando la guerra y esta batalla no eran más que una posibilidad entre otras. Es un libro de poesía. Lo solía abrir por las noches, antes de que apagaran las ridículas luces en el refugio. Hoy lo saca en mitad de la batalla, tras que su compañero de la derecha tuvo a bien dejarle solo después de que una bala rebotada no se sabe dónde acabase destrozándole el cráneo y haciendo expandir a varios metros a la redonda su blanda materia gris, incluyendo parte del uniforme del chico que después de eso, y sin que hubiera tenido tiempo de despedirse, piensa definitivamente que de allí no sale y que mejor leer para acabar su pequeño libro de poesía, porque ya da igual todo.

Lo abre por donde iba la noche anterior, lugar precisado por un marcapáginas de latón. Se detiene en un par de versos extraños. Hablan de una mujer, de un idilio, de campos verdes, ríos, de la hermosa mañana en que ella pasea atravesando una vereda húmeda, con la esperanza de no se sabe qué. Es uno de esos momentos en que muchos especialistas sostienen que la poesía no tiene lugar, que tan blandos sentimientos son contraproducentes o ingenuos o puramente ridículos o vete a la mierda con tus jodidos poemitas y mueve el culo, como le decía su padre cuando era pequeño y tenía que ir a la escuela. Pero él, que por un momento a dejado de temblar, opina más bien lo contrario, y por una desconocida confluencia de circunstancias, el caso es que el soldado tiene a bien disfrutar, aunque inesperadamente, de esos versos, no nos vamos a engañar, bucólicos, desfasados, leídos en el peor momento.

Tiende el libro y se lo pone delante de la cara como si estuviera paseando por un parque en mayo, y empieza a deleitarse con el suave sucederse de las palabras del poeta mediocre, escrito sin duda por  alguien que no parece que haya conocido nunca lo que hay en las trincheras, ni la sangre de un amigo salpicándote la cara a destiempo. El caso es que el chico lector se levanta, se pone de pie, ido de la cabeza completamente, perdida la noción de dónde estaba, a pesar de los ruidos que sin poderlo evitar amenazaban con hacerle reventar los tímpanos o los silbidos de las balas que, viendo como el chico se mostraba por primera vez como blanco fácil, se animan y empiezan a buscarle con inusitado interés.

Los alemanes disfrutan el momento. ¡Un francés leyendo poesía en medio de la trinchera, sin protección alguna!, se dicen riendo con tudesco acento, el caso es que su puntería aquel día no estaba de enhorabuena, y las balas le silban a izquierda y derecha con una impertinencia considerable, son esas balas ignorantes que no piensan siquiera en ese hecho incuestionable de que la guerra es una gran mierda que permite que maten tan sencillamente a aquel francés delgado y loco con un libro en la mano. Este no se contenta con mostrarse por encima de la trinchera sino que se arrastra fuera de ella, y avanza leyendo, distraído, hacia la trinchera contraria que se encuentra a escasos metros. Tuerce las páginas y sigue leyendo sobre valles y sombras y ríos hasta que llega a la última página, al último poema, al último verso y es solo entonces cuando una bala, por fin, acierta ya un poco por compasión, atraviesa el papel y viene a alojarse secamente entre ceja y ceja, dejando sin vida al soldado lector e imprimiendo al final del libro un punto final muy gráfico y contundente. Sin embargo, los alemanes no se alegran. Él ya no estaba allí.

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