sábado, 31 de agosto de 2013

Persecución



La persiguió con todas sus ganas,
a pie y corriendo,
a través de calles cuajadas de basura,
lloviendo y bajo el sol implacable de agosto,
una vez que escampó la tormenta.

Duró la persecución un tercio de tarde, más o menos, pero era miércoles, día propicio para hacer sandeces como cualquier otro. Él siempre afirmó, cuando le preguntaron, que hacer sandeces era un negocio necesario para cualquiera, es decir, hacer cosas sin ningún objetivo, cosas absurdas, o como en este caso, cosas que llevaban a consecuencias probablemente trágicas o dolorosas, es decir, un tortazo, la posibilidad de que la policía intervenga o una esquina que  hiciera desaparecer a la chica, o verla traidoramente abrazarse en un portal con alguien que la esperaba. Pero él iba detrás de la muchacha, llevaba varios minutos haciéndolo y no era de los que se venían abajo así sin más, a no ser que le llamen la atención. Tranquilos, no era un tipo violento ni nada parecido, la perseguía, pero sin malas intenciones, era la primera vez que hacía algo de este clase.

Las razones por las que empezó a seguir aquella pobre muchacha en particular y no a otra cualquiera (téngase en cuenta de que esta ciudad concretamente consta de un número exacto de 3.989.879 muchachas perseguibles) fueron en realidad estúpidas. No era linda, no le recordaba a nadie, andaba como un pato, llevaba prisa, no vestía en realidad nada bien, sus zapatos parecían zuecos de madera. La seguía por razones meramente metafísicas. Fue una palabra que la oyó decir por teléfono, en la parada del ómnibus, la que le convenció de que aquella muchacha ni joven ni vieja, ni guapa ni fea pero más bien fea, era un objeto de persecución adecuada a sus necesidades vitales. Ella dijo, en un susurro, cuando ya acababa su conversación, que le gustaban las glicinas.

No oyó más el hombre, eso fue todo. Que le gustaban las glicinas. No aclaró si su color o si su olor o si eran glicinas naturales o artificiales o cortadas o las glicinas de un recuerdo, o las glicinas del jardín de su edificio. Pero el hombre tenía ese problema, que se enamoraba por comentarios escuchados al azar, si estos respondían a algún sentimiento compartido y que para él y sólo para él, (para que nos vamos a engañar sobre su salud mental) significaba que ambos tenían una misma visión del mundo que posibilitaría ese extraño acontecimiento que se da una vez cada cien años de que una pareja entre hombre y muchacha se enamoren.

La persecución no tuvo tregua hasta que casi la noche se hizo con la ciudad, la muy ladrona. Ella debía tener problemas con sus pies, que no dejaba de mover, iba zigzagueando edificios, parques, coches, subiendo cuestas, cruzando desniveles, superando baches. El hombre empezó a sudar, a una conveniente distancia. No había problema. Ella nunca tuvo por costumbre darse la vuelta cuando andaba como una loca por la ciudad. Por fin fue aminorando la marcha, bajando el ritmo de sus pisadas, haciendo resonar más lentamente sus zuecos en las baldosas sucias de una calle del centro. Se encendieron las farolas, para iluminar el feliz suceso.


El creía que iba a morir de cansancio, pero si Romeo murió por una cosa así, él no iba a ser menos. Era todo muy shekespeariano. Ella por fin se detuvo enfrente de una floristería. Miró a través de la vidriera, buscando algo. El hombre sacó fuerzas de flaquezas, poseído por una especie de instinto, y se movió como un rayo o como algo mucho más veloz, como un nervio, como un cortocircuito, como Usain Bolt pero sin alharacas. Se adelantó a la muchacha, entró en la tienda, cogió de las solapas al tendero, exigió como un loco un ramo de glicinas, pagó y salió afuera para entregárselas a la muchacha, que contempló el mudo presente del desconocido anonadada, presa de una especie de conmoción que podríamos calificar de afectuosa. Sin entender nada más le dio las gracias y una mano. Siguieron andando, ciudad adentro, hasta que las farolas se apagaron.

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