sábado, 21 de septiembre de 2013

Azahar



En el contexto en que veníamos hablando
se puede afirmar, sin peligro de equivocarnos demasiado,
que los limoneros son, si se me permite expresarlo así,
unos árboles que a nadie pueden dejar indiferente.

Se componen de tronco y hojas como todos,
se asientan sobre raíces como todos,
provocan frutos como algunos.
Pero el limonero es un tipo de árbol especial, creo yo.

Ya solo pensarlo produce en la lengua, en la boca toda si pronuncias su nombre,
una acidez intermitente y sutil, como para quitar la sed.
Es una acidez compuesta de verano, de líquido, de atroz gesto de desagrado.
Aun así, merece la pena pensar en los limoneros, aunque solo fuera por un momento.

Su madera es dura y amarillenta, según la enciclopedia.
En realidad viene a la vista todo el limonero como algo esencialmente amarillento, como si el amarillo fuese el color con el que se filtra la luz del cuarto, cuando estás pensando en el limonero.
El amarillo es un color extraño. Son pocos los que consideran al amarillo como su color favorito, es como un color descolorido, como enfermizo, y sin embargo, con él pintamos los soles, al menos los niños así lo hacen. El limonero exprimió su color del sol, y por eso lo asociamos al verano.

Yo no tengo limoneros en la memoria, por eso recurro a las enciclopedias.
Lo que me rodeó siempre fueron pinos y encinas, árboles esencialmente secos, árboles de invierno, a los que no les gusta perder las hojas ni las agujas, rebosantes de verdor aun en lo más crudo de la estación blanca.

Como decía, los limoneros tienen la madera dura y amarillenta, muy útil para componer con ella muebles. Aunque uno no se imagina un mueble de madera de limonero así como así. Un cajón de un armario quizás sí, pero un mueble es mucho, porque los limoneros son flacos por naturaleza.

Pero la verdadera razón de que hable de los limoneros es su flor.
Más bien el nombre de su flor, azahar.
Es difícil encontrar palabras mejores, azahar.
Se sabe que el nombre viene del árabe, y viene a significar precisamente eso, flor.
Es como decir que la flor del limonero es la flor por antonomasia.
Azahar.
Lo dices y ya te quedas como pensando.
Como dudando.
Como anhelando.
Como queriendo perderte en un jardín perdido en el tiempo, con rumor de aire y agua, con sombra que cobije del amarillo sol, con esa tranquilidad tácita que solo puede imaginarse si no existe el futuro, como si nada malo pudiese pasar, en medio de la nada, esperando nada, tan solo sintiendo, oliendo, con la sed calmada, oasis, mar detenido, recuerdo dulce, susurro de ramas de las que se desprenden blancos pétalos hacia un tenue remedo de paraíso.

El limonero te empuja a pensar en estas cosas tan difusas, tan fuera de lugar y a utilizar este lenguaje que digo yo será poético que no ridículo.
También me gusta el trinaranjus de limón.
Pero sobre todo la palabra, limonero y la palabra, azahar.
Los árboles más que nada son proveedores de sombra y palabras.
Palabras proveedoras de sombra
Azahares. Azares efímeros. Aleteos de ramas, cobijos de dulces limonadas a la tarde, ligeramente ácidas.

Y verdes y amarillos y sombras, sobretodo sombras de paraísos extraviados. 
Aunque luego te des cuenta de que no es para nosotros la “hermosa tierra del azahar, y ruedes perniquebrado por las vertientes de las ásperas montañas”, y al final no quede más que un ascua en la lengua de la acidez recordada.
Todos los sabores funcionan así, como recuerdos de cosas perdidas.


Pero el limonero permanece.

1 comentario:

Tracy dijo...

Mis árboles preferidos son el naranjo y el limonero, precisamente por su flor que huele hasta al evocarla.
Me gustó tu entrada.