sábado, 7 de septiembre de 2013

Epitafios compartidos


¿Por qué se quedó en París? Ese es un gran misterio, París infame de lluvia gris, típico, elevado más allá de las cúpulas del sacre coeur, para él no era una ciudad habitable, tan solo un monumento de palabras, como dijo el otro, una biblioteca de piedras, pero de piedras grises. Le conocí mucho antes de su viaje, cuando los días eran más largos y estaban cuajados de sol, cuando no le rodeaba más que las cuatro paredes de su casa blanca, su familia rapiñadora, su hermana siempre dando vueltas alrededor de la mesa de trabajo. Recuerdo su mesa de trabajo siempre atiborrada de papeles escritos y enfrente la ventana y más allá la vereda que llevaba al campo. El pueblo aquel que no tenía más de cuatro casas dispersas, un río, un puente de madera y pajonales hasta que comenzaban las laderas de las colinas que ejercían de frontera. Él no salió de allá hasta que cumplió los cuarenta y cinco y se fue a París, en el peor momento. Pero quería ser escritor.

No había abierto la valija en aquella pensión de mala muerte de Montmatre cuando sonaron las sirenas. Como si no hubiese suficiente estruendo con el rodar de coches, con los gritos, con las músicas, con las pisadas de millones, con los músicos callejeros que se obcecaban en obviar la guerra que se les venía encima. Él que no conocía mucho más que el regular repiqueteo de campanas los domingos... Llegó como llegaron los descubridores a las playas de continentes nuevos, con esa mezcla de ilusión y miedo que suele preceder al desastre o a la decepción o a las flechas, temiendo que le robaran la cartera en cada esquina, con un plano que no sabía muy bien desencriptar. Cuando sonaron las sirenas no supo reaccionar.

Se quedó en su cuarto viejo y desvencijado, depositando antes de sacar la ropa, en perfectamente encuadrados rimeros, las hojas blancas donde tenía previsto ponerse a escribir enseguida, como si solo con llegar a aquella ciudad fuera suficiente para convertirse en Baudelaire. Cuando cayó del techo un trozo de yeso, tras la primera explosión a dos cuadras de allí, supo que quizás aquello no sería tan fácil. Llamaron a la puerta y la dueña, vestida con una bata que dejaba ver más que tapar, logró informarle a base de gestos dónde podría refugiarse pero él no hizo ni caso, distraído por lo que veía.

La mujer que había dentro de la bata le inspiró sin más. Se puso a dibujar palabras. Una nueva explosión reventó los cristales. Bajó a la calle, pero ya no recordaba donde le había dicho la mujer aquella de pechos regulares donde podría esconderse.

Llevó las hojas consigo y acabó en el cementerio (fue andando, todavía no habían podido con él), un lugar plagado de muertos y tranquilo. Pensó que era completamente absurdo que la precisa maquinaria de guerra alemana emprendiese su magnifico plan contra los franceses haciendo volar un cementerio que, obvio, solo contenía cadáveres cobrados por otros. En las veredas frescas, en la paz de los mármoles, en las silenciosas estatuas, en todo aquel oculto lugar, se respiraba literatura. Mi amigo se sentó en un banco de piedra y dejó pasar el tiempo, mientras las tropas enemigas entraban por fin en la ciudad, sin el menor atisbo de resistencia.

Al rato se dio cuenta de que no estaba lejos de la modesta tumba de Henri Beyle, que tenia un improvisado manojo de glicinas encima, ya que no eran tiempos para usar flores más apropiadas que depositar sobre lápidas, aunque fueran famosas. Lee escrito el epitafio, lacónico, de una brevedad majestuosa, de una claridad envidiable, dos mísera palabras que resumen lo que querría fuese su vida, para qué más, para que negociar con otras aventuras, para qué viajar, para qué acumular tesoros, para qué la fama, esa ramera, para qué huir de la guerra: “escribió, amó”, lee, entre lágrimas, con la absoluta certeza de que se ha equivocado, de que nunca debió salir de su pueblo, de su casa blanca, se da por fin cuenta de que se ha perdido en una ciudad extraña, que no sabe hablar el idioma, que estaba en mitad de una guerra, que está solo, lloró también porque nunca, nunca, nadie escribiría en su tumba un epitafio semejante sin mentir. Lentamente saca de un bolsillo del saco una lapicera mordida, se apoya en la rugosa piedra, escribe, una palabra tras otra, un triste poema, para que al menos la mitad del epitafio se cumpla, para intentar hacerlo suyo, como si los epitafios se pudiesen compartir. Pasaron días, volvió la paz, el seguro transcurrir de los meses y los años, acompañado de miseria, de trabajos inútiles en un taller de bicicletas, siempre sintiendo nostalgias de campos amarillos. Muchas páginas que se trajo del pueblo quedaron en blanco, pero él nunca se movió de París.

2 comentarios:

Tracy dijo...

París es bonito hasta lloviendo, hizo bien en quedarse para siempre allí.

Mario gomez garrido dijo...

Es que esta ciudad sin lluvia no es lo mismo, yo siempre la recuerdo así.