sábado, 14 de septiembre de 2013

No hay manera de escribir así



No hay manera de escribir así. Líneas y más líneas en una perfecta sucesión de hormigas lentas pero rebeldes. Languidece la luz de un día difícil, en el que la mera referencia a un recuerdo ya supone una especie de fuga, con líneas y más líneas para sofrenar las consecuencias de la memoria, tan deslindada de cualquier tipo de dicha.

Líneas. De palabras. Sucesión. Una detrás de otra, hasta que se cansa, hasta que dice ni una más, hasta que alguien llama desde la cocina, hasta que suena una música de melodía incierta.  Todo se convierte en una rápida sucesión de interrupciones consecuentes con eso que venimos llamando, sin saber muy bien por qué, vida.

Suena efectivamente una voz y alguien enciende música. La voz requiere su presencia en la cocina, donde un frasco de cristal roto yace en el suelo, dejando esparcirse un rimero de sal y algunos granos de azúcar camuflados. La voz tiene una mano, y la mano está lastimada, sangra un poco, la mano y la voz se han cortado, el frasco ha caído y la sal se ha derramado por el suelo en un espectáculo que no puede ser más triste. El que escribía líneas y más líneas se queda mirando hasta que la voz cortada viene a pedirle ayuda, un botiquín, al menos una tirita y agua oxigenada, después una escoba. La casa se quedó sin sal.

La escoba hace su trabajo y la sal forma una línea marcada geométricamente por el borde del recogedor en el suelo, una línea de sal que es como una línea de palabras solo que blanca. El tiempo pasa y nos olvidamos de la música. Restañada la leve herida, el escritor, por llamarle de alguna manera, oye la música, en la otra habitación, la música acantonada en la habitación cerrada donde una hija, para más señas de trece años, respira cadenciosa, rítmica, mansamente, un momento de paz desacostumbrado. Líneas y más líneas, el hombre vuelve al papel, al libro futuro, a lo suyo, se lame la mano y siente la sal o la sangre, que vienen a saber igual.

El papel, tras un silencio, pretende seguir poblándose de líneas. El tiempo pasa y él se olvida de la música. Pero ya no puede continuar escribiendo como si no hubiera pasado nada. Hubo sal y sangre y música. ¿Acaso no es bastante como para empezar de nuevo? ¿Acaso estas palabras os parecen tan mediocres que no merezcan un poema, una historia, una novela para ellas solas? Las palabras acechan en las habitaciones vecinas, en la cocina, tal vez también en el baño. Cuidado. Allí hay agua. Distracciones. Leves quejas susurradas por el escritor demuestran que la interrupción no ha sido un hecho irrelevante, ajena a su trabajo, a esa delicada construcción de líneas negras. La sal. El río del que estaba tratando en su novela se transforma en mar, en el mar de la memoria, y el sentido de su historia ya es otro. La sangre. Inventa un crimen. Antes nunca pensó que en esa historia que estaba delineando cupiera un crimen, pero la sangre reclama su espacio. La música en habitaciones laterales. Piensa un poco más, también la incluye, para amenizar un capítulo que iba a demostrar la inconsistencia del concepto romántico-decimonónico del amor y que ahora en cambio, con esa música, viene a vindicarlo. La música es rara, tan rara como una hija de trece años.

Pasa el tiempo, hasta que el sueño reclama lo suyo, como un capo de la mafia reclama que estemos callados, a esas horas de la noche. Los párpados lastimosos se caen, en un doble sendero hacia la oscuridad cotidiana. El hombre se asusta. Siente que va a soñar. Se recuesta, al lado de la mujer de la mano vendada. Va a soñar. Se asusta aún más. Mañana tendrá que rehacer todo lo que escribió.

4 comentarios:

Tracy dijo...

Hoy nos ofreces un corte perfecto de la realidad cotidiana, aunque afortunadamente no haya sangre a diario, pero sí, interrupciones por un tubo

Ginebra dijo...

La pretensión era otra, seguramente, pero al final escribiste este texto tras un accidente doméstico; estaba ahí y finalmente nació.
A mí, personalmente, me ha gustado mucho esta descripción de los sucesos cotidianos en tensión con el proceso creativo de quien vive rodeado de ruidos e interrupciones.
Enhorabuena

Beatriz dijo...

" Experimentar mientras se trata de decir antes incluso de saberlo,sin duda en eso consiste el proceso de la escritura. Por una parte escribir con esa palabra que está continuamente en la punta de la lengua, por la otra con el conjunto del lenguaje que se escurre entre los dedos. Lo que se llama "arder" en el proceso de la creación, del descubrimiento.

Hay siempre un antes sin lenguaje en el tiempo; ése es el tiempo del interior del alma .


Horacio, tu texto (como siempre excelente en su forma y contenido) me llevó al recuerdo de estas palabras que leí en Sombras Errantes de Pascal Quignard.

Espero que adivines mi sombras sobrevolando siempre tus palabras.
A punto de marcharme a Argentina ( el próximo 26 de septiembre) estoy absorbida por ese otro tiempo que me lleva al regreso.

De cualquier manera seguiré disfrutándote. Es un verdadero placer leerte-

Un gran abrazo.

Loreen Lorena dijo...

http://avefenixfa.blogspot.fr/2013/09/papiroflexia-de-letras.html

Pincha en este enlace, te estan robando tus escritos.
Saludos