sábado, 30 de marzo de 2013

Sortilegios a oscuras




Volvía tarde. Las calles se movían pobladas de coches, ruido, polvo, quizás de personas. Eran restos de un día esencialmente alegre, uno de esos días en el que todo fue bien, en que salieron las cosas, en que el habitual ronroneo del tedio cedió a posibilidades mejores. Quizás algún acontecimiento simplemente bueno acechaba tras alguna esquina, pero por si acaso no quería aferrarme demasiado a ese azar extraño, entré en un café ya casi llegando a casa, para alargar la tarde de ese día caluroso, cuando se levantaba algo de viento.

El local estaba medio vacío, me senté en una mesa, cerca de la vidriera, afuera anochecía y el tráfico entretuvo la mirada hasta que la camarera apareció a mi lado, limpiando la mesa, preguntando que va a ser, café, café con leche, luego me dio la espalda, se volvió hacia la barra y yo quedé pensando que me dedicó una sonrisa, como si eso fuese algo más que la mera obligación del oficio, como si esa desconocida pudiera compartir conmigo un poco de esa alegría que ya entonces carecía de excusa y amenazaba con volverse efímera.


A esa hora los movimientos de la gente afuera que andaba, que iba y venía por aquella calle empezaron a hacerse más ligeros, como si tuvieran prisa de repente, luego me fijé en mi mano que abría el periódico lentamente, como si me hubieran echado del mundo, como si lo viera todo desde fuera, a través de esa vidriera que se transformó en circunstancial frontera, y de ahí la calma que me invadió como un regalo inesperado, sorteando el recuerdo de tanta pavada que me esperaba al día siguiente, dejando de lado las tristezas que volverían si me descuidaba, era ese temor tácito a despertarse cuando tienes la fortuna de un buen sueño, aunque no quieras.

Entró una pareja de ancianos, se acercaron y se sentaron en la mesa de al lado, tenían para ellos toda la dichosa cafetería pero se sentaron junto a mi mesa, ella me preguntó si no me importa, qué me va a importar, le contesto, pero me importa, ahora ellos se interponen entre mi mesa y la vidriera, entre mi mesa y la calle, tampoco me apetecía escuchar conversaciones ajenas, letanías de viejo, por la cara del tipo, probablemente alguna discusión doméstica, pero no, ellos se sentaron y permanecieron en silencio, en un silencio tranquilo, como ese silencio de los viejos que se quieren, que ya no necesitan decirse nada. Se quedaron también mirando por la vidriera, aquel era mi día de suerte.

Al fondo, en una de las esquinas, tras una columna, hay alguien. No se le ve salvo por unas manos que sujetan de vez en cuando la taza, se ven unos papeles en la mesa, la intuición sugiriendo que esas manos corresponden a un tipo extraño, al que no conviene acercarse, no pude evitar fijarme en esas manos vastas que se contraían a veces de forma tan extraña, cerrándose en un puño airado como para darme la razón. Otra mesa la ocupaban tres tipos evidentemente recién salidos de la oficina, de ese clase de gente que odias sin querer y desde el primer momento, con las corbatas aflojadas, bebiendo como si fuesen dueños del sitio, pidiendo a gritos otra ronda, riendo, a uno se le cayó el impermeable al suelo. Lo vio el camarero que está tras la barra, se lo indicó a su compañera. Mientras me trae mi café se acercó a la mesa de los tipos y pisoteó el impermeable casi sin disimulo, hasta que llega a mi mesa y se da cuenta que la vi y mientras deja el café sobre mi mesa murmuró un “cabrones” como justificación, la sonreí cómplice, entendiendo y aprobando y luego se alejó contoneándose de orgullo, morocha, alegre, cansada, sin más.

Ya no hay más gente dentro, pero afuera, tras la vidriera, apareció la figura de una mujer joven asomándose dentro, con un abrigo gris, de una belleza convincente, con un paraguas en la mano. Estaban empezando a caer una gotas y una ráfaga de viento de tormenta removió su pelo con violencia, tan negro como se estaba volviendo el cielo, qué más necesitaba para decidirse a entrar, tal vez un conjuro, tal vez que le abriera la puerta, pero ella entró finalmente, sacudiéndose el polvo, arrimándose insegura a la barra, pensando que pedir, contrariada porque no estaba en sus planes entrar en aquel sitio, y afuera afortunadamente empezó a caer la lluvia de mala manera, desatándose el revuelo de la gente que huye y maldice, la noche se cerró bajo la tormenta.

Pidió algo, con una timidez impropia, sonriendo triste al camarero y anunciándole como si fuera un oráculo definitivo, como si fuera una Casandra mediocre, que iba a llover. Él acercó el café para no reírle la broma, luego ella empezó a hablarle del mal día, de las ruindades del trabajo, de la mísera vida que no le daba un respiro, ella no dijo más pero no hizo falta para saber de su amargura, de esas pesadeces que se traducen en facturas, en gastos, en órdenes, en relojes, en decisiones equivocadas, en rotura de jarrones, en traiciones, en días grises sin término, en reproches con palabras vacías, en tedio, nada de esto dijo al camarero pero se veía en su cara, en sus ojos húmedos, en sus expresiones y gestos, en la triste realidad de unos labios que se contraían en una mueca irrepetible y reveladora de escasas recompensas.

Por fin buscó una mesa y se sentó en el otro extremo del café, demasiado lejos, demasiado cerca del extraño de las manos crispadas, este debió mirarla porque la chica se levantó a los cinco minutos y se colocó en el medio de la sala, más cerca. Mientras los viejos contemplaban el espectáculo de la tormenta ya cayendo sin compasión, asombrados, ella alarmada y sugiriendo diluvios, él suspirando y menospreciando las cuatro gotas, en sus tiempos si había tormentas, de las que desenraizaban árboles. Un trueno enorme hizo volverse a todos en silencio hacia la vidriera, la torrentera de agua buscaba las alcantarillas desesperadamente, llevándose hojas, ramas, basura, con el olor húmedo entrando por la rendija de la puerta, que de repente se abrió con un golpe de viento, la camarera salió corriendo a cerrarla, todos presagiando dentro desgracias improbables hasta que de repente las luces se apagan.

Ni una luz dentro ni fuera, el local poblándose de sombras densas, de un silencio solo roto por la furia del granizo que repiquetea sobre la calle y la vidriera, amenazando romperla, pero no fue así, pasaron los minutos solo iluminados de vez en cuando por un rayo reflejado en las fachadas, por el faro de un coche fugaz que pasa chapoteando. Y esa espera en tinieblas algo absurda se volvió extraña como un sueño. Los tres tipos aprovecharon para marcharse sin pagar, los camareros les dejaron ir, preocupados por que volviera la luz pronto, buscando en la bodega alguna linterna, trayendo finalmente unas velas humildes, que encendieron como una broma, dando a las sombras un nuevo color, que a los viejos les hizo sentirse como si hubieran vuelto a un tiempo perdido. Tras media hora de espera el viejo dijo que aquello era suficiente, salieron también, arriesgándose sin sentido, tanteando las paredes, amarrándose fuerte el uno al otro, el viejo refunfuñando, diciendo que aquella oscuridad no era nada, que en sus tiempos las noches sí eran negras.

Quedamos Casandra y yo abandonados, perplejos, sin ganas de mucho pero obligados por el silencio absurdo a decirnos algo, ella se acercó para ver mejor y se sentó en la mesa que habían dejado los ancianos, dispuesta a comentar la tormenta, a denigrar a los responsables del apagón, ella intentando remediar una tarde que había tocado fondo, yo, iluso permanente, vi la opción de propiciar un encuentro que culminara ese día definitivamente perfecto. Le pregunté si había cenado alguna vez a la luz de las velas, ella no contestó pero entre las sombras que surcaban su cara entreví una sonrisa, una sonrisa que no proponía nada pero que tampoco invitaba al silencio, así que le empecé a hablar de simplezas, ella confirmando mi intuición de que estaba triste, pero a pesar de eso animándose, obligándose a hablar de cosas alegres. Se acumularon los minutos a base de cuentos con los que engañarla, ella escuchando atenta, removiendo eternamente el azúcar del café, yo hablándole de los pocos acontecimientos de los que no me siento arrepentido, armándome de valor, también confesando algunos planes, de esos que no tengo la menor intención de acometer nunca. Ella contestó, hablando cada vez más bajo de mesa a mesa, como si en la oscuridad se escondiera alguien que no debía oír aquellas palabras, que no decían demasiado pero si lo suficiente para que yo concibiera la idea imposible de que teníamos cosas en común, de que aquella tarde perfecta podría tener una continuidad, si no esto al menos que el tiempo y todo lo que había tras esa vidriera careciera ya de sentido, su amenaza constante extinguida por efecto de las sombras y el cansancio. Así hasta que a ella, mirando afuera, se le ocurrió hacer otro pronóstico, que dejaría de llover, como lo hizo, después otro peor, más cruel, que volvería la luz, que aquello tenía necesariamente que acabar.

Callé entonces, intentando que no se percatase de que eso precisamente era lo último que deseaba, que lo que había fuera no importaba, que lo que mostrase la luz ya no era necesario, temiendo que me viese sin la intermediación de las sombras, que me descubriese en mi realidad absurda, que me delatase los detalles del rostro que me hacían otro, tan contento yo un momento antes repitiéndome ese “soy otro” , otro diferente a aquel que se solía mirar en los espejos de mañanas infames, y es entonces que empecé a pensar en el peligro de que tuviera razón, de que en cualquier momento se oiría el chasquido de las lámparas, en que las farolas devolvieran a la realidad a esa calle que había desaparecido, a esas gentes andando por ella, al tráfico, al recuerdo de que debíamos volver a casa, o tal vez ella acudir a su cita, o a atender sus tristezas, o a ninguna parte pero lejos, y a la tormenta ya se la oía irse. Fue entonces cuando me acordé del tipo que aun seguía en el fondo de la cafetería, sin moverse todo el tiempo, escuchándonos, por fin se levantó, salió tras la columna, lanzó unas monedas sobre la barra, se dirigió a la salida, yo confuso viendo cómo nos mira y, cuando pasa por delante de mi mesa, cómo sonríe con desprecio. Desapareció en la calle. Se parecía demasiado a mi.

Casandra se fijó en él. Medio asustada, medio desdeñosa, pareció comprender, me miró en silencio, como proponiendo que reanudara la conversación. Me pidió que dijera cualquier cosa. Yo solo logré volver en mi cuando, con un tono solemne, descifrando el lenguaje de las sombras, convencida, mientras se levantaba para sentarse en mi mesa, Casandra sentenció que aquella noche sería larga.


viernes, 29 de marzo de 2013

El viajero del siglo de Andrés Neuman




Sobre la tarea o la imposibilidad de verter unos versos de un idioma a otro se ha escrito mucho. Yo acostumbro a fiarme de los traductores, aunque convengo en que el resultado siempre es algo distinto del original, inaccesible, tan misterioso como el eco que esos mismos versos tuvieron en la cabeza del poeta.  Por otro lado, toda lectura es una especie de traducción improvisada y hay un camino largo, y las más de las veces, un extravío, entre lo que se propuso escribir el autor y lo que nosotros entendemos, aun manejando el mismo idioma. Hermenéuticas aparte, Andrés Neuman en El viajero del siglo me parece que propone una admirable analogía relacionando la traducción y el amor.

Intentaré explicar algo así con palabras lo menos grandilocuentes que pueda, aunque ya esa palabreja, amor, implica de por sí algo extraño y tendente a lo retórico, a las exageraciones, a lo evanescente. La historia que Neuman cuenta es la de un tipo llamado Hans que llega a una ciudad de la que apenas sabemos que está en Alemania y que posiblemente no exista. Está de paso, lo suyo es el viaje continuo, el movimiento. No sabemos muy de dónde viene ni a dónde va, ya solo con esto consigue el autor que nos caiga simpático. Es escritor o traductor, lo que viene a dar lo mismo. Se aloja en una pensión, se hace amigo de un organillero, percibe que la ciudad le gusta, y con una constancia asombrosa, va postergando la decisión de marcharse de un día para otro hasta que se queda. Acaba en un “salón” de esos tan literarios y decimonónicos en el que se discute de arte, literatura y política al amparo de una anfitriona llamada Sophie, de una belleza bien dibujada, de carácter fuerte y abierto. Estos lugares tan propios de la literatura del diecinueve remedan otros inolvidables como los que recorrió Swann en la Recherche de Proust o como el salón que Maupassant pensó para Notre Coeur y cuyas respectivas anfitrionas, fuertes y protofeministas tanto se parecen. De hecho toda la novela de Neuman se complace en evocarnos los ambientes, las realidades y las mezquindades de un siglo XIX de novela que se nos hace casi tan familiar como el presente. Es Proust, es Maupassant pero también hay pinceladas de Dickens, del Germinal de Zola o de los misterios policiales que podrían tener al Auguste Dupin de Poe como investigador.

Sin embargo, Neuman no se contenta con una simple recreación artificiosa de esos mundos novelescos, sino que los utiliza para hablar de cosas que nos preocupan en ese enrevesado y desgraciado panorama que denominamos actualidad...pero a lo que iba: Hans y Sophie se enamoran. Dadas las diferencias de clase o posición, este amor se hace difícil. Ella está prometida, él no suele quedarse quieto en ningún sitio, aprecia demasiado los caminos y las veredas. Pero encuentran su lugar de encuentro en los libros. Me parece el mejor lugar de encuentro imaginable para un amor que nace. Discuten, hablan de libros, se leen mutuamente y deciden traducir. Como los Paolo y Francesca del Dante, miran juntos un mismo libro, paladean cada palabra para verterla a otro idioma. Sus cuerpos, entre traducción y traducción, en un ejercicio análogo, se entreveran de manera efusiva. Es en este extraño movimiento de los cuerpos que se buscan donde encuentro como un intento de traducir, de eludir las diferencias que los separan, en un fluyente ir y venir de palabras y caricias que tiene como recompensa un entendimiento sublime que los obliga a no sentirse solos. Existe un código implícito, casi secreto, en este lenguaje a veces silencioso que se descubre siempre como si fuera por primera vez. Cada contorsión, cada caricia, es un vocablo nuevo que parece buscar una respuesta. La separación es el silencio...y para qué seguir con una metáfora tan rica que une lenguaje y vida. Creo que utilicé demasiadas palabras “grandilocuentes”, pero igual me entendéis.

Traducir es siempre un ejercicio de libertad, de apertura, de interés por el “otro”, por saber el sonido de otros lamentos y sentires. Tengo la absurda costumbre de leer cosas en idiomas que no entiendo, por el mero placer de hacerlo. Entiendo que cada ser humano, cada idioma, provoca reacciones diferentes ante lo que ve y siente alrededor, y que compartirlas, aunque sea una idea manida, es una apertura que solo puede proveer felicidades. La novela de Neuman vindica también un poco esto, descalificando las fronteras, pensando en una Europa libre, unida y plurilingüistica que descarte las cerrazones de los nacionalismos estúpidos, una Europa que no necesita tanto de libertad para traficar mercancías como de interés en trasvasar ideas y palabras, de traducir en sus numerosos idiomas una visión del mundo abierta que se parece tan poco a lo que tenemos ahora. Es un sueño difícil, sujeto a manipulaciones y desvíos, pero al que no hay que renunciar de primeras.

Terminaré hablando del organillero que se hace amigo de Hans, que si se me permite una nota personal, me suscitó una emoción privada, porque uno de mis abuelos, entre otras muchas y prodigiosas cosas, se dedicaba a tocar el organillo por las calles a cambio de unas monedas, costumbre tan madrileña como olvidada. La complacencia del organillero de Neuman con la vida, su modestia y filosofía oculta, lo hacen entrañable. Él también traduce, las imágenes, los movimientos, las palabras que observa y escucha en la plaza en notas, en ritmos, en melopeas y en silencios, traducción efímera de imágenes y sentimientos en sonidos que nunca dejará de parecerme asombrosa. En el circular y preciso movimiento del manubrio veo a mi abuelo y veo a Evaristo Carriego y su organito porteño, o a ese que Borges usó para fundar Buenos Aires:

El primer organito salvaba el horizonte 
con su achacoso porte, su habanera y su gringo...”


Un organillo que salva horizontes, unos cuerpos que demoran soledades, unas palabras que salvan fronteras, que cruzan océanos, en definitiva, la traducción de un recuerdo y un sueño que se hace música. 

viernes, 8 de marzo de 2013

Tarde, lluvia, azar


Era una tarde de esa lluvia de invierno, la que entumece los huesos, la que viene a caer calle abajo caudalosa y tibia, lluvia gris y que como opinan tantos, no es más que una forma de la memoria, y entonces aparecen bajo los pies las calles como aceptando la lluvia en un domingo que precede al lunes, el lunes tan de trabajo tan de horario tan de despertarse cuando estén los aleros goteando y eso es algo con lo que no puedes, mejor pensar solo que es domingo y que llueve y que saliste a andar a la tarde, como siempre callejeas sin rumbo en medio de la gente que vuelve, que anda ya algo cansada de tanto tiempo libre, de quererse, de mirarse, de aburrirse, el irremediable tedio de la tarde del domingo dibujado con líneas húmedas en esos paraguas que ceden al cansancio, a la resignación del fin de lo bueno que pasa pronto. Una señora saca la basura a destiempo, unos críos corren entre los charcos provocando a una pareja de cara quejosa, la basura derramada, los comercios cerrados, los bares atestados de rufianes que mastican huesos de olivas fracasadas, el último vino que no sirve más que para compensar el frío de los cristales chorreando, es domingo, ya lo dije y nada peor para salir de esta lamentable situación de profunda desdicha que las fachadas tan rotas, tan maltratadas por el tiempo que se diluyen en medio de un gris que incita a estar con alguien, porque la lluvia a veces no se aguanta cuando andas solo, pero no, y encima las ventanas están con las persianas echadas y la humedad y los huesos y el lunes. Para entonces llegas a la plaza de Antón Martín, a los puestos del mercado con el cierre echado, con la memoria de cuando allá, siendo niño... los puestos, las mercancías, las verduras, los pescados, los olores, el trozo de queso ofrecido porque eras niño y ayudas con las bolsas a la madre, pero ahora ya no, ni trozo de queso ni olores, ni nadie a quien llevar las bolsas, tan solo las verjas bajadas de los puestos del mercado de Antón Martín y las calles tan húmedas que dan lástima las pobres, bajas un poco, aparece el cine como último recurso, como salvación, como cueva entreverada de sombras, el cine más viejo que conoces, el cine donde perdiste tanta tarde de lluvia como la de hoy que no cesa. Entras más que nada porque no sabes para donde tirar ya y no quieres volver a casa, el cine con las mesas de la cafetería a la entrada, con la librería con los dos escalones donde te paras a leer la programación de ese mes que promete psicodelias, películas brasileiras, Dovjenko, Zurlini, amores, tristezas, reliquias, una de Wylder que no has visto, mucho cine mudo, el perfecto blanco y negro y los carteles de películas antiguas, y el café caliente y los huesos que van recuperando el calor, el cine viejo, con tan poca gente, esa tarde de domingo con lluvia.

Es entonces que te sientas en esas butacas que son de todo menos cómodas, hacia la mitad de la sala, en el lado de la izquierda, en aquella butaca sin número de tapicería que no recuerdas bien pero que debía ser azul, azul la butaca, azul la sala con su gallinero inutilizado, con su palmera árabe dibujada al lado de la pantalla, esa sala vacía que es sentarse en ese cine de Antón Martín como podrías sentarte en todos los cines que pisaste, porque todos son iguales, el cine aquel de verano y hierro, el otro del otro barrio, el de las citas, el de la Gran Vía, el de las noches que precede los fracasos, el cine de Paris, el cine que imaginaste que sería algo eterno y lo es porque todos los cines son iguales, mientras la pantalla descorre una especie de telón y esperas y sobre todo, como si se tratara de un milagro valiosísimo, te olvidas: la memoria se libra del lunes, de los rumbos perdidos, de la lluvia, hasta del domingo te olvidas y es como estar ante una chimenea caliente con un tazón de sopa, como si volvieras a casa donde nunca tuviste chimenea, porque eso es el cine casi siempre. Las luces apagadas y la sala medio vacía, alguna tos que se escucha a la espalda, una pareja joven que no se habla y se sienta un par de filas delante y con todo ese espacio libre y alguien, cuando ya ha empezado la música, que se sienta a tu lado.

Hoy echan Vidas secas, desde el principio tan devastadora tan fuera del tiempo como ese cine, como esa tarde de domingo con lluvia con el que contrasta el titulo y la imagen desoladora con que comienza la película, el hombre, la mujer y el niño andando por ese páramo que no se acaba nunca, ese páramo que es casi desierto, que es la escasez de futuro, la soledad y es Rulfo, ese páramo un poco más al sur y es igual que tanto páramo que recorriste de polvo, de cielo, de sol cayendo a plomo, con sed. Echan Vidas secas y hacia el medio de la película, cuando el oído ya se iba acostumbrando a tanta “s” portuguesa, te da por pensar qué estás haciendo allí, qué significan esas imágenes, te ves como desde arriba y no entiendes nada, todo tan extraño, más que nada el silencio y la sala casi vacía y ella que se sentó al lado, que se mueve poco, atenta a la pantalla, que de vez en cuando apoya su brazo cerca, mueve las piernas, se acomoda, pero ante todo escucha. No la miras, intentas no pensar por que hay cosas que no significan nada pero toda la sala vacía y ella como si nada va y se sienta al lado y lo peor es que tu no la miras, tan solo sientes el azul del vestido, unas pestañas que apenas se mueven, unos labios que permaneces cerrados y unas manos que a veces se caen sobre las piernas cuando la trama de la película se deshilacha, en medio de ese páramo tan injusto. Y entonces piensas que ni se dio cuenta, que se sentó allí porque siempre se sentaba allí, que entonces nada es extraño, no hay una intención, entiendes que no debes decirla nada, ni siquiera mirarla, tan solo aparentar que todo es normal, que es normal que alguien como ella vaya al cine a ver películas brasileñas de los sesenta, una tarde de domingo, es normal porque afuera llueve y adentro se está caliente, y quizás en la oscuridad ni se dio cuenta de que la sala estaba vacía o que tu estabas sentado al lado. No la miras tampoco cuando la película termina y cuando se levanta, ni cuando sale por la puerta del fondo, atravesando cortinas.

Tu también sales, pero sigues sin querer volver a casa, así que te propones andar sin pensar hacia dónde, como siempre, esa decisión avalada porque dejó de llover y ya es de noche, con su velo de luz eléctrica, con los coches aun escupiendo charcos pero ya sin llover, aún con las imágenes del páramo, todavía con ese blanco y negro que continua afuera, los colores claudicados ante la noche negra y eléctrica del domingo que ahora recuerdas se acaba pero ya da lo mismo, porque aun rondan en tu cabeza las imágenes de la película y sobre todo retienes la presencia de ella que se sentó al lado, ella que ahora avanza un poco más adelante calle abajo, por un tiempo ves su espalda, el pelo negro, el paraguas mal cerrado y la tristeza de un andar lento, demasiado lento como para pensar que ella tampoco quiere volver todavía a casa. Andas y la calle es larga, te acercas, oyes sus pasos que resuenan con ecos húmedos en las paredes rotas, cada vez más cerca, y no sabes muy bien ya por qué pero sabes que no le dirás nada, que no le miraras la cara, tan solo andar ahora casi a su altura, andar con la cabeza gacha, andar sobre todo andar y ya a su lado, de tal forma andar que ella no tema, no se asuste, que a ella le parezca normal aquello de que yo ande a su lado por las calles vacías, tan natural, tan de todos los días como que ella eligiera la butaca a mi lado en medio de la sala vacía. Y así andamos por las calles, una cuadra detrás de otra, eligiendo el azar del rumbo a la vez, propiciando esa coincidencia inocente de los rumbos compartidos, del mismo vagón, del mismo asiento en el autobús, tan sólo andar por las calles que en perfecta sintonía con su forma de laberinto podrían propiciar una duración al momento casi eterna, o más bien fuera del tiempo como las películas, como los domingos por la tarde y los recuerdos. Tu sintiendo su azul, su conformidad, su emoción contenida, oculta por la noche que protege, que cobija como sábanas negras, lugar ahora tan amable esas calles como si no fuera previsible la ruptura, la bifurcación del camino, que ella se cansara de andar a tu lado, así de forma tan normal, quizás es lo que debería hacer, lo que cualquier lunes haría, que todo quedara en dos sombras que se separan sin más, como a la salida de un cine, sin opción a despedidas ni reproches, ni siquiera a miradas que retuvieran su imagen, su imagen que ahora llega a un zaguán y se detiene.

Sacó las llaves, entró delante de ti, sujetando ligeramente la puerta, lo suficiente para que tu también entraras, el silencio ahora plagado por los ecos del mármol y el cristal, la planta enorme que parece también una palmera, el ascensor y tu detrás con la cabeza gacha, como no sabiendo ya, sin querer entender nada, como dejando de seguir al azar y ahora siguiéndola a ella, hacia donde fuese, ahora en el ascensor cuyos ruidos de hierros desnudos despierta también el recuerdo de otras tardes de domingo, de zaguanes iguales, de pisos iguales, de mármoles iguales, todo tan familiar, esos olores que apenas se distinguen, nada llama la atención, ni siquiera el umbral de su departamento, cuya puerta se abre y se queda entornada, mientras una luz se enciende dentro y tu te limpias los zapatos en el felpudo, mientras se apaga la luz de la escalera, antes de que entres, pero entras, por que la cosa ya deviene en sorpresa, en descubrimiento y en costumbre, ella al fondo de la habitación donde a través de un espejo ves como se despoja de la gabardina azul, de la blusa azul, tu al borde por fin levantando la vista y viendo el rostro como por primera vez, ella preguntando si querrías algo para cenar, ella no tiene hambre, preguntando si te había gustado la película, es lo mejor del cine, hablar de las películas en la cama, repasar las imágenes, como esa de los tres seres que recorren el páramo con sus vidas secas, y la lluvia que en cambio arrecia de nuevo afuera, prometiendo una noche con gotas cayendo de los aleros, desnudándote y entrando en la cama porque no quieres nada para cenar, y ella preguntando que harían mañana, por los planes que habían hecho para las vacaciones, por la posibilidad de comprar una heladera nueva, por todas esas cosas que se van apagando mientras ella se duerme sobre tu brazo y el fuego crepita en la chimenea y la semana, como fundiéndose en negro se apaga, mientras piensas, ensimismado, en la posibilidad de una fuga y que mañana no sea lunes.

Búsquedas, círculos y otras raíces cuadradas



Nos vimos una tarde en la plaza de Olavide, ella paseaba distraída y yo me distraía viéndola pasear hasta que por uno de esos azares tan literarios y que de forma tan rara se dan en la vida ella se paró junto a mi banco y no solo eso sino que se sentó y abrió un libro. Lo de siempre. Los cuarenta grados de temperatura propiciaron un comentario manido, suficiente para iniciar una conversación escasa, ella se levantó y se fue por donde vino, sin más, o tal vez fue más porque yo me quedé con su cara, con las limitadas y más bien rectas líneas de su nariz. No esta bien recordar este tipo de encuentros, permanecer con la idea de que allá te dejaste olvidado algo que decir y que quizás aquella conversación nacida del tedio y del azar hubiera podido prolongarse o repetirse, en otras circunstancias, en otro lugar, en un futuro incierto que casi siempre le devuelve a uno las rutinas de un silencio que no entiende de plazas, ni de encuentros, ni de altas temperaturas para septiembre.

Pero el caso es que yo si me quedé con el recuerdo, la memoria siempre tan recalcitrante, tan estúpida, reteniendo eso y no la forma de calcular una raíz cuadrada, o la gramática sajona, o las líneas de un poema que escuchaste y olvidaste muy a tu pesar, pero no, mi memoria se queda solo con lo que le da la gana, y suele preferir las desdichas pasadas, inútiles listas de nombres, números de teléfono de gente que no conoces o que no esperan una llamada tuya, ese tipo de cosas recuerdas y también rostros, rostros de personas que pasaron un día por tu lado y no te hicieron el menor caso, porque era lo que correspondía, nadie va por la calle recordando las caras con las que se cruzan, como si no hubiera cosas en que emplear la memoria, pero su rostro, su nariz rectilínea y el comentario manido sobre el tiempo que es demasiado caluroso incluso para los inicios de septiembre eso sí, eso lo recuerdas y así no hay forma.

El caso es que si me hubiera quedado solo con eso el problema no hubiera sido tan grave, uno dentro de la cabeza se puede entretener con cualquier laberinto, pero el caso es que empecé a andar y no solo ese día, todas las tardes, andar digo por las calles, de un lado para otro sin mucho sentido nunca mejor dicho y ahí anda que te anda y no piensas otra cosa que no llegar a ningún sitio y que quizás, por otro de esos azares duplicados y casi imposibles que ya ni en las novelas se permiten por eso de la verosimilitud, pensabas que podría ser que te volvieras a encontrar con ella, y repetir el comentario del tiempo y quizás añadir algo más, algún elogio de su nariz, o la posibilidad siempre incierta de que aceptara, sin más, la invitación a un café o a un bocadillo o a sentarse otra vez en el banco de la plaza de Olavide. Este banco fue, naturalmente, el lugar al que regresaba más a menudo, confiado en que lo suyo con el pasear, el pararse en el banco y el abrir el libro no fuera un acontecimiento fortuito e irrepetible sino una rutina habitual, pero no, ella no volvió por la plaza y eso que yo la esperaba con inusitada paciencia todas las tardes a la misma hora por si acaso.

Comprobado el hecho de que ella, como correspondía a una propietaria de nariz tan rectilínea no acostumbraba a repetir cosas tan triviales y acudir al mismo sitio todas las tardes, actividad de la que yo soy un especialista irremediable, no me vine abajo, como debía, y confié en la posibilidad, tan remota como encontrarme de bruces con un unicornio verde en medio de la Gran Vía, de que en uno de esos mis famosos y erráticos paseos yo me cruzaría con ella y nos reconoceríamos y nos acordaríamos del banco de la plaza, y del libro y de las prescindibles palabras que intercambiamos sobre la situación meteorológica y claro, esto tiene la culpa Paris, Cortázar y todo eso, y ya lo decía mi padre que leer no me iba a traer nada bueno salvo deteriorar las escasas neuronas que necesitaba para calcular raíces cuadradas y esas cosas de las que ya no me acuerdo ni un poco siquiera. Andaba y miraba rostros pero ella no aparecía.

Quizás era normal no encontrarla, porque esta ciudad, sin ser demasiado grande tiene sus cinco millones de habitantes sin contar a los turistas, a los viajantes de comercio, a los inmigrantes de paso que se quedan y los que dan vueltas circulares por las calles y los cuentas dos veces, el caso es que parece y es difícil encontrar al azar a alguien suponiendo que ella acostumbrara a pasear o a ir de un lugar a otro, como se espera de cualquier persona pero igual ella no, y quizás llegado el otoño había decidido dejar de andar y leer por ahí afuera y meterse en su caliente habitación, mientras alguien le dice que tiene que salir más y ella no, que en casa se está mejor que en ningún lado y eso es triste y además rebaja mis posibilidades de encontrarla, teniendo en cuenta unas estadísticas probabilísticas cuyo cálculo, yo que no me acordaba de hacer una raíz cuadrada, me resultaba un problema irresoluble.

Las ilusiones se secan. Esto está comprobado y yo, que tampoco soy tan aficionado a las obsesiones como podrían pensar los que me conocen, dejé de andar un poco porque me quedé ya sin mucha confianza de encontrarla, porque como toda la ciencia estadística prevé, esas cosas no pasan y si pasan son un milagro.  En vez de andar me paré en el susodicho banco de la plaza de Olavide y me puse a leer. Allí leí la Odisea, el Ulises de Joyce, los viajes de Marco Polo, la Vuelta al Mundo en Ochenta Días y Rayuela, así sucesivamente y casi sin descansar entre punto y punto. La lectura siempre tan amable, tan necesaria para inducir a un cierto olvido o quizás hacia el olvido de ciertas cosas absurdas que deparan los días de septiembre, cuando todavía hace calor y uno estaría mejor trabajando también por las tardes porque así no se puede. Pasaron días, y octubre e incluso noviembre. Volví a casa, desde la plaza, con el libro viajero y circular bajo el brazo y subí a mi habitación, con ese espíritu tan frío que se acostumbra en diciembre, cuando cualquier sonido es como de cristal y el hielo permite que el olvido, su fiel aliado, nos conserve en buen estado. En el descansillo de la escalera, ella, la de la nariz rectilínea, esperaba con su abrigo y una cesta de la compra a que bajara el ascensor. Me miró, dio repetidos e inútiles golpes al botón del ascensor para ver si así bajaba más deprisa, y yo hice como un amago de decir algo pero no, me metí en casa, tras despedirme amablemente de mi vecina, contento porque ella al menos había sonreído y para qué más, también asombrado por los incontables azares y coincidencias que debieron de hacer falta para que no nos hubiésemos reencontrado antes.