lunes, 29 de abril de 2013

Límites de agua




“...el mar grande es la frontera”

Tenía por costumbre establecer límites. Dibujaba líneas y fronteras en cualquier lugar, casi siempre rectas, y luego era incapaz de traspasarlas. Finalmente llegó hasta aquella playa desde donde divisó el mar por primera vez. Le pareció grande, quizás demasiado grande. Hundió sus pies en las olas y dio algunos pasos hacia delante. Se lo llevó la corriente mar adentro, y por un instante se sintió extranjero y feliz.




Joris-Karl Huysmans



Acá si me permiten escribiré algo sobre Huysmans. Me cuesta, pero no tengo otro tema. Dejaremos pendiente confrontar esta insufrible nostalgia de la vida con la miseria presente que sufro, esta pastosa amargura que amenaza con ahogarme, en medio de un vacío terrible. Y ya me estoy poniendo dramático, pero dejarme. Tras la ventana, la lluvia, dentro del cuarto, la aridez descompuesta de un destino oscuro y atroz como un cadáver abandonado en medio de la calle. Solo así podés hablar de Huysmans.

De él se dijo que exaltaba la morbosidad erótica o la perversidad provocativa y sacrílega...y además fue escritor, a qué si no dedicarse. Mallarmé, aquel poeta difícil y original, se quedó cariacontecido al leer, con una de sus absurdas bombillitas de aceite, el A rebours de Huysmans. Huysmans al parecer no era holandés. “¡Qué decadente!- parece ser que dijo Mallarmé de él. Y después le contestó Verlaine: “¡Que se joda la modernidad!”

Huysmans, desde niño, fue un poeta maldito. El titulo honorífico le sentaba de maravilla y todos le aplaudían cuando se quitaba el sombrero, cuando se agachaba o cuando se perdía por los caminos mal señalizados de la poesía de su tiempo. Dijo que la misión del poeta era joder con las palabras, ya que no le dejan joder con otra cosa a gusto. El dandismo fue más allá, pero nunca dejó de ser una decadencia mediocre con etiqueta y frac negro, un rostro interesante pero pálido y mucho perfume barato. Al dandismo solo lo salva las calles empedradas y húmedas de la noche de Paris que tan bien conozco, tras dar un paseo por ellas hace cuatro años. En otra ocasión y en relación con el acogimiento que Huysmans tuvo entre sus coetáneos, Mallarmé volvió a decir estupideces: “el arte poético es el arte de sugerir y de evocar la Belleza ausente e inaccesible acercándose al mundo de lo esencial” Solo por poner “Belleza” con mayúsculas, Mallarmé merecería que lo fusilaran. Pero Verlaine repuso: “Que se joda la Belleza con mayúsculas” (en francés sonaba mejor) En lo que sí tenía razón el bueno de Mallarmé y los simbolistas es en que la poesía es una cosa más bien “mystérieux”. En realidad, nadie tiene ni puta idea de qué cosa es la poesía. “La música de la idea”, dijo el otro. Pues vale, lo que tu digas, señor decadente.

Dan ganas de identificarse con Verlaine, quien afirmó que la única forma de suicidarse de manera a la vez angustiada y sensual, dulce y amarga, era escribiendo. ¿Acaso no será para eso la poesía? Una mera justificación del extraño acto de saltarse la tapa de los sesos a destiempo y con parsimonia. Pasemos a otra cosa. Des Esseintes, el alter ego de Huysmans en A rebours, entra en escena, se quita el sombrero y empieza a quejarse, sobretodo de los modernistas hispánicos, y dice: yo soy la poesía. Si Verhaeren levantara la cabeza...estas cosas es mejor explicarlas dibujándolas en un cuadro fauvista. “¡A la mierda con los modernistas hispánicos!” sigue gritando Verlaine por las esquinas.

Huysmans, que nunca definió la poesía, nació antes que Rubén Darío, en 1848, año famoso por sus algaradas y pillajes revolucionarios, año de baños de sangre que acaban en nada, como siempre, por culpa del buen funcionamiento de los desaguaderos de las bañeras o bañaderas... ¿bañaderas? ¡A la mierda con los modernistas hispánicos y sobre todo con todos los profesores de literatura que se deleitan con los “–ismos”! A lo que iba. El caso es que Huysmans nació, que no es poco. Su infancia fue un cúmulo de tópicos: le pegaban, le daban la espalda, le escupían a traición. Alguien dijo que siguió a partir de entonces un “camino personal”, pero a quién le importa. Seguir un camino impersonal es mucho más difícil. Yendo a rebours, a contracorriente para los modernistas hispánicos, es verdad que te llevas muchos palos, pero yendo a favor de corriente te las dan dobladas y además pareces tonto. La mirada crítica de Huysmans, que no acabó siendo holandés por poco, no tuvo nada de esto en cuenta. De cualquier forma, el ambiente era, y es, irrespirable.

Yo odio mi ambiente. Es normal. Más vale respirar amoniaco. Pero Huysmans, para empeorarlo, se hizo funcionario, casi como yo. Hasta aquí todas mis identificaciones con Huysmans. El resto es pura coincidencia. Funcionario de día y escritor de noche. Qué bonito...¡Y una mierda! Ser funcionario es una putada. “Mejor pegarse un tiro que ser funcionario”, balbuceó la seca lengua de Rimbaud mientras se tomaba un té con una hurí etíope. Huysmans acabó también por asesinar al funcionario que llevaba dentro, gracias sobretodo a ese vindicativo y sutil defensa de la prostitución que fue su libro “Marthe, histoire d´une jeune fille”. Fue su primera novela y mereció medio aplauso de Zola. Empezó con buen pie Huysmans, pero cuando leyó algo de Mallarmé, se le cayó el alma al suelo, como quien dice. Fue en 1882. Nadie tuvo huevos para ayudarle a recogerla. En cuanto a sus relaciones sentimentales, nadie se acuerda de que las tuviera. Hacia las mujeres solo le quedó un sordo resentimiento, plenamente comprensible, pero esto no dejó de tener secuelas. Al parecer se le quitaron las ganas de escribir. Verlaine, que pasaba por allí, le mandó a la mierda y le aconsejó que se dedicara a otra cosa. En cambio, Huysmans optó por romper con el naturalismo y dejó de usar lechugas para las ensaladas. Ahí empezó su decadentismo, que duda cabe. El 27 de octubre de 1882 se le cayó, además del alma, un diente y a consecuencia de todo ello empezó a escribir ese maravilloso poema inacabado que es “A rebours”. Cuando mucho después se publicó, no hubo un puñetero crítico que lo entendiera, pero los jóvenes, como siempre a lo suyo, se entusiasmaron. Daban saltos y palmaditas en cuanto llegaba un ejemplar a sus manos. Verlaine se llevó las manos a la cabeza y esta vez prefirió no hacer un comentario al respecto.

Poco después, Huysmans, atraído como siempre por los misterios insondables, se hizo amigo del mismísimo diablo. El diablo en aquellos tiempos era un tipo entrañable. Se tomaban unas copas de absenta juntos, iban al fútbol, daban largos paseos al borde del Sena. El psicoanalista del escritor, alarmado, percibe en su gusto por el erotismo satánico el síntoma definitivo de una locura indeterminada. En 1891, fruto de esta relación, publica “Lá-Bas” y así se cura. El diablo y Huysmans se separan. En esta obra aparece el “fascinante, satánico, monstruoso y archirrefinado Gilles de Rais”, que se parece bastante a mi tío Emiliano. De cualquier forma, poco después se llegó a la conclusión de que el erotismo y Satán no tenían ninguna relación (entre-sí). Esto supuso una enorme decepción para Huysmans, que para joder a sus detractores se convirtió al catolicismo, en 1892, tras pasar una mala noche. Se hace monje trapense y se infla a bollos de chocolate. Publica “La Cathédrale”, que le hubiera gustado mucho a Verlaine si hubiera estado vivo para leerla.

Finalmente y, siguiendo la costumbre de los más recalcitrantes funcionarios, se jubila y le regalan un reloj. Tras tanto tiempo pensándolo, sigue sin pegarse un tiro. Lo evitó definitivamente la felicidad y un cáncer de garganta que se lo llevó al otro mundo por la vía lenta, un poco à rebours. El escritor pronto fue olvidado. Proust, en cambio, se acordó de una magdalena, porque no había rosquillas fritas a mano. Murió, más sus palabras permanecen como el café que se sorbe en el platillo que se pone debajo de la taza en donde se mojan las magdalenas de Proust. Otros dirán que no, pero mereció la pena que se pasara las noches en blanco y escribiendo. El resto es literatura...

jueves, 18 de abril de 2013

Nunca cuentes tus sueños a nadie



¿Entonces quieres que te cuente el sueño? Bueno, lo haré de principio a fin, aunque ya sabes lo que pienso sobre hablar de los sueños, es difícil porque apenas me acuerdo, porque suelen parecer absurdos y no lo son, porque al poco tiempo de despertarme ya no sé cómo explicar la emoción que me provocaron, esa sensación tan agradable de haber vivido algo que los insomnios acostumbran a negar. Siempre he pensado que explicar un sueño era como buscar tres pies al gato y que mejor dejarlos como están, misteriosos, sin moraleja, como esos cuentos sin final que nos dejan en silencio. De la naturaleza de los sueños ya se ha escrito demasiado, las tediosas exageraciones de Freud nunca me convencieron mucho, pero en cambio siempre me interesó bastante esa idea antigua de que algunos sueños son premonitorios, de que sus símbolos muestran el futuro, de que sus enrevesadas historias no son sólo una mezcla de recuerdos y deseos, sino una visión encriptada y probablemente atroz de lo que nos espera.

Me gustaría pensar que este sueño es de esta clase, no se, tal vez no, lo que si es cierto es que apenas tiene trama y no suceden grandes cosas, pero estuvo bien provisto de imágenes nítidas, de luces y sombras, de detalles de los que, por alguna oscura razón, permanecen en mi memoria como si quisieran ser descifrados, como si ocultaran una significación de cuya comprensión dependiese alguna felicidad que me espera.

Es extraño soñarse a si mismo, verse como en este, siendo consciente de no ser yo y serlo al mismo tiempo, de mirarme a mi mismo desde lejos, la imagen perfectamente encuadrada como en una película, eso si, rodeada de niebla. Me descubro sentado en un Café, leyendo el periódico, hasta que me doy cuenta de que se hizo tarde, miro el reloj y salgo, empiezo a andar calle abajo y luego recuerdo que no pagué, que por vergüenza no podré volver a aquel Café, quedándome la insidiosa sensación de que siempre voy debiendo algo a alguien, de que se me olvidan las cosas más simples, de que siempre me falta dinero cuando pido la cuenta.

Callejeo, sorteando a los transeúntes y a los coches, atajando las calzadas con el semáforo en rojo, con una de esas prisas tan habituales y sin sentido, cuando todo el mundo sabe que hay que soñar despacio. Empieza a llover. Las calles se estrechan, oscurece y todo deviene en laberinto. Yo, que soy poco propicio a las pesadillas, me veo en aquel lugar de repente cómodo, se encienden las farolas, se me olvida por qué tenía prisa, hacia dónde me dirigía y por qué me empiezo a sentir estúpidamente alegre.

Surge un bloque de pisos aparentemente normal, viejo, sucio de polvo y descuido, en una calle apartada, por la que no camina nadie, salvo quien viva allí o esté perdido, entre álamos sin hojas, en pleno verano. Y es que hay tanta sombra en esa calle, soportan tanta oscuridad esos muros, que allí el verano huele a otoño, la primavera es invierno. Las noches...mejor no hablo de las noches...no se por qué sé tanto de este lugar, nunca lo había visto antes, pero según la ley de este sueño, me pertenece como si allí hubiera vivido siempre...aprovecho la última luz de la tarde para entrar en el edificio, porque la lámpara del portal está fundida. Ese portal es más bien una selva, perfectamente cubierto de hiedra, con las escaleras que nacen curvas y desembocan en las oscuridades del piso de arriba. Mejor tomo el ascensor desnudo, uno de esos hermosos ascensores antiguos descubiertos, exornado de hierros retorcidos, que suenan como estertores, a jubilación aplazada, en mi caso también, a memoria de chico, a visita a parientes que ya no viven, a maquinaria extraña.

Las ventanas de los pasillos están inutilizadas por rejas y cristales rotos, las puertas ajadas, solo son promesas de fríos recibimientos. Subo al cuarto piso y me convezco de que aquello es una cueva y es mi hogar, remuevo lento las llaves en el bolsillo y me asusto del eco de la cerradura y no entiendo por qué aquel antro que se abre me parece tan acogedor, quizás porque está plagado de libros y apenas entra luz.

Dejo caer las llaves, me vuelvo para cerrar la puerta, para anular aquel día, para clausurar el mundo e invocar la noche, el descanso, la cama, el sueño, quizás el sueño dentro de este sueño que ya no sé hacia dónde quiere llevarme, porque aquello es una casa que nunca tuve y por la que empiezo a sentir nostalgia. Me detengo. Al final del pasillo, la puerta de enfrente está entreabierta, y de dentro sale una especie de luz de lámpara, tan cálida como puede serlo una luz eléctrica. El piso de enfrente lleva abandonado desde que vivo allí, alguien lo ha ocupado por fin, alguien quizás descuidado o temerario que se deja la puerta abierta, alguien que, con la inverosímil seguridad de los sueños, sin mirar adentro sé quien es. También reconozco en ese lugar, contrastando con el lúgubre envoltorio del edificio, la belleza tranquila que adjudicamos a los oasis, a los paraísos perdidos, a los palacios en donde nunca descansaremos.

Que fácil hubiera sido recorrer unos pocos pasos hasta el final del pasillo, acercarme a la puerta abierta, comprobar que allí estás, esperándome, leyendo, sola. Pero un sueño, ya se sabe, es un objeto demasiado delicado, siempre llega un momento en que te das cuenta de que estás soñando y todo se viene abajo, como el hielo en verano perdiéndose entre los dedos. Después el despertar a la absurda realidad como una traición del hipocampo, a medianoche, con rabia y sed en los labios.

Y ahora me dirás que aquello solo fue un sueño, y que además casi no podía significar nada, que mentí cuando te aseguré que mis sueños no tienen que ver con los deseos, que quizás todo responda a una ficción interesada o a algo que en cualquier caso es probable nunca se haga realidad. De acuerdo. Pero soñé contigo y no entiendes que en realidad yo no sé quien eres, ni siquiera si acaso eres, fuera de mis sueños. Además algo auténtico y fatal debía tener este sueño para que me de tanto coraje no poder haber recorrido esos ridículos dos metros de pasillo hasta tu puerta, cuando en otros sueños me resulta tan simple recorrer mil kilómetros o incluso volar. Tendré que resignarme al hecho de que soñar es tan difícil, tan imprevisible como vivir, “Solo fue un sueño” me dijiste y tenías razón. Uno de esos sueños de los que nunca querrías despertar.