sábado, 31 de agosto de 2013

Persecución



La persiguió con todas sus ganas,
a pie y corriendo,
a través de calles cuajadas de basura,
lloviendo y bajo el sol implacable de agosto,
una vez que escampó la tormenta.

Duró la persecución un tercio de tarde, más o menos, pero era miércoles, día propicio para hacer sandeces como cualquier otro. Él siempre afirmó, cuando le preguntaron, que hacer sandeces era un negocio necesario para cualquiera, es decir, hacer cosas sin ningún objetivo, cosas absurdas, o como en este caso, cosas que llevaban a consecuencias probablemente trágicas o dolorosas, es decir, un tortazo, la posibilidad de que la policía intervenga o una esquina que  hiciera desaparecer a la chica, o verla traidoramente abrazarse en un portal con alguien que la esperaba. Pero él iba detrás de la muchacha, llevaba varios minutos haciéndolo y no era de los que se venían abajo así sin más, a no ser que le llamen la atención. Tranquilos, no era un tipo violento ni nada parecido, la perseguía, pero sin malas intenciones, era la primera vez que hacía algo de este clase.

Las razones por las que empezó a seguir aquella pobre muchacha en particular y no a otra cualquiera (téngase en cuenta de que esta ciudad concretamente consta de un número exacto de 3.989.879 muchachas perseguibles) fueron en realidad estúpidas. No era linda, no le recordaba a nadie, andaba como un pato, llevaba prisa, no vestía en realidad nada bien, sus zapatos parecían zuecos de madera. La seguía por razones meramente metafísicas. Fue una palabra que la oyó decir por teléfono, en la parada del ómnibus, la que le convenció de que aquella muchacha ni joven ni vieja, ni guapa ni fea pero más bien fea, era un objeto de persecución adecuada a sus necesidades vitales. Ella dijo, en un susurro, cuando ya acababa su conversación, que le gustaban las glicinas.

No oyó más el hombre, eso fue todo. Que le gustaban las glicinas. No aclaró si su color o si su olor o si eran glicinas naturales o artificiales o cortadas o las glicinas de un recuerdo, o las glicinas del jardín de su edificio. Pero el hombre tenía ese problema, que se enamoraba por comentarios escuchados al azar, si estos respondían a algún sentimiento compartido y que para él y sólo para él, (para que nos vamos a engañar sobre su salud mental) significaba que ambos tenían una misma visión del mundo que posibilitaría ese extraño acontecimiento que se da una vez cada cien años de que una pareja entre hombre y muchacha se enamoren.

La persecución no tuvo tregua hasta que casi la noche se hizo con la ciudad, la muy ladrona. Ella debía tener problemas con sus pies, que no dejaba de mover, iba zigzagueando edificios, parques, coches, subiendo cuestas, cruzando desniveles, superando baches. El hombre empezó a sudar, a una conveniente distancia. No había problema. Ella nunca tuvo por costumbre darse la vuelta cuando andaba como una loca por la ciudad. Por fin fue aminorando la marcha, bajando el ritmo de sus pisadas, haciendo resonar más lentamente sus zuecos en las baldosas sucias de una calle del centro. Se encendieron las farolas, para iluminar el feliz suceso.


El creía que iba a morir de cansancio, pero si Romeo murió por una cosa así, él no iba a ser menos. Era todo muy shekespeariano. Ella por fin se detuvo enfrente de una floristería. Miró a través de la vidriera, buscando algo. El hombre sacó fuerzas de flaquezas, poseído por una especie de instinto, y se movió como un rayo o como algo mucho más veloz, como un nervio, como un cortocircuito, como Usain Bolt pero sin alharacas. Se adelantó a la muchacha, entró en la tienda, cogió de las solapas al tendero, exigió como un loco un ramo de glicinas, pagó y salió afuera para entregárselas a la muchacha, que contempló el mudo presente del desconocido anonadada, presa de una especie de conmoción que podríamos calificar de afectuosa. Sin entender nada más le dio las gracias y una mano. Siguieron andando, ciudad adentro, hasta que las farolas se apagaron.

Lo inapropiado



Las guerra remeda conversaciones mal acabadas,
y entre todos conjuran al odio, a la impaciente diapasón del insulto.

Entre hierros y sangre esta batalla viene a ser una de esas que vimos en cintas antiguas donde hay gentes alemanas y francesas y inglesas y canadienses y de todas partes donde el malquererse se justificaba. Se enfrentan con trincheras por medio, la gran guerra le dijeron, y es que estamos a punto de revoluciones, de gripes, de negras formas de acordar la paz y el soldado se llamaba...no se cómo se llamaba pero se retuerce de miedo en la trinchera rebozado de barro espeso y roji-negro, mientras las bombas a su alrededor silban y silban y silban, hasta que se consuelan formando cráteres donde pueden otros soldados, si así lo prefieren, dejar caer sus huesos repentinamente sacados de la carne por orificios no poco dolorosos.

El caso es que el chico no sabe como enfrentarse con los alemanes del kaiser, ni con el miedo, ni con los superiores que le amenazan siempre con fusilarle por cobarde, así que hace como que tiene el fusil entre las manos y de vez en cuando saca la cabeza de la trinchera y lentamente dispara al cielo con la incierta esperanza de no dar a nadie, porque ya es la guerra suficientemente mala para que además te vayas de ella muerto y con un muerto a tus espaldas. Piensa tonterías como que bonita la paz, y la casa, y la madre, piensa, porque no tiene más de veinte años y todavía piensa en esas cosas tan lejanas, tan misteriosas como un país extranjero, con el recuerdo siempre anclado en la leche caliente de las mañanas, imposible así sentir odio como se debe, recordar por qué estás ahí y no en tu cama que es temprano.

El soldado no se conforma con ese cotidiano sentir miedo por costumbre. Tiene que pensar algo para sobrellevar lo que tiene encima sin que nadie se de cuenta, tiene que inventar alguna excusa para seguir respirando, torear con firmeza el pavor, la pólvora y entonces va y saca de entre los pliegues del barro y del uniforme un pequeño libro, tamaño bolsillo, de papel ligero, de no más de cien páginas, comprado en las riveras del Sena, hará unos meses, cuando la guerra y esta batalla no eran más que una posibilidad entre otras. Es un libro de poesía. Lo solía abrir por las noches, antes de que apagaran las ridículas luces en el refugio. Hoy lo saca en mitad de la batalla, tras que su compañero de la derecha tuvo a bien dejarle solo después de que una bala rebotada no se sabe dónde acabase destrozándole el cráneo y haciendo expandir a varios metros a la redonda su blanda materia gris, incluyendo parte del uniforme del chico que después de eso, y sin que hubiera tenido tiempo de despedirse, piensa definitivamente que de allí no sale y que mejor leer para acabar su pequeño libro de poesía, porque ya da igual todo.

Lo abre por donde iba la noche anterior, lugar precisado por un marcapáginas de latón. Se detiene en un par de versos extraños. Hablan de una mujer, de un idilio, de campos verdes, ríos, de la hermosa mañana en que ella pasea atravesando una vereda húmeda, con la esperanza de no se sabe qué. Es uno de esos momentos en que muchos especialistas sostienen que la poesía no tiene lugar, que tan blandos sentimientos son contraproducentes o ingenuos o puramente ridículos o vete a la mierda con tus jodidos poemitas y mueve el culo, como le decía su padre cuando era pequeño y tenía que ir a la escuela. Pero él, que por un momento a dejado de temblar, opina más bien lo contrario, y por una desconocida confluencia de circunstancias, el caso es que el soldado tiene a bien disfrutar, aunque inesperadamente, de esos versos, no nos vamos a engañar, bucólicos, desfasados, leídos en el peor momento.

Tiende el libro y se lo pone delante de la cara como si estuviera paseando por un parque en mayo, y empieza a deleitarse con el suave sucederse de las palabras del poeta mediocre, escrito sin duda por  alguien que no parece que haya conocido nunca lo que hay en las trincheras, ni la sangre de un amigo salpicándote la cara a destiempo. El caso es que el chico lector se levanta, se pone de pie, ido de la cabeza completamente, perdida la noción de dónde estaba, a pesar de los ruidos que sin poderlo evitar amenazaban con hacerle reventar los tímpanos o los silbidos de las balas que, viendo como el chico se mostraba por primera vez como blanco fácil, se animan y empiezan a buscarle con inusitado interés.

Los alemanes disfrutan el momento. ¡Un francés leyendo poesía en medio de la trinchera, sin protección alguna!, se dicen riendo con tudesco acento, el caso es que su puntería aquel día no estaba de enhorabuena, y las balas le silban a izquierda y derecha con una impertinencia considerable, son esas balas ignorantes que no piensan siquiera en ese hecho incuestionable de que la guerra es una gran mierda que permite que maten tan sencillamente a aquel francés delgado y loco con un libro en la mano. Este no se contenta con mostrarse por encima de la trinchera sino que se arrastra fuera de ella, y avanza leyendo, distraído, hacia la trinchera contraria que se encuentra a escasos metros. Tuerce las páginas y sigue leyendo sobre valles y sombras y ríos hasta que llega a la última página, al último poema, al último verso y es solo entonces cuando una bala, por fin, acierta ya un poco por compasión, atraviesa el papel y viene a alojarse secamente entre ceja y ceja, dejando sin vida al soldado lector e imprimiendo al final del libro un punto final muy gráfico y contundente. Sin embargo, los alemanes no se alegran. Él ya no estaba allí.

A través del muro



“Esto es previsible, lentear, volcar, renovar las desdichas,
corromper esos segundos que promueven cosechas de tedio,
desdecir los inopinados deslindes de las veredas:
todo es previsible, lento, torcido, viejo y triste.”

Habituado a la queja constante, el pibe no sale de ahí.
Se olvida de lo obvio, de lo hermoso de ese ligustro que crece enfrente de su piso.
Le inspira un susurrante tedio toda la hermosura que suena a través de la ventana, 
lo bonito de las farolas encendidas y apagadas,
lo lindo que es el atardecer si es lunes,
siempre rojo y emocionante como una película antigua y no quiere oír pero oye,
los miércoles a la tarde, que la vecina encuentra 
arpegios en un violonchelo enorme,
de esos que provocan alucinados remedos de sueños perfectos por medio de sonido vibrante o sutil que atraviesa las paredes del piso.
Aun así la quiere conocer.

Llama a la puerta para que ella le abra, para espantar la queja constante,
para redimir el día, para encontrar una belleza acorde con los acordes del violonchelo.
Ella se dispara ante la llamada del timbre.
Abre sin dudas, acometiendo si hace falta al probable asaltante, pero sólo es el tímido vecino con el que se cruzó por las escaleras tantas veces sin justificar siquiera un buenos días.
La cosa promete, poco, pero promete. Pero él tiene que inventarse algo que justifique el mero llamar a puerta extraña.
Ella le ayuda, proponiendo un qué tal. La cosa promete pero la timidez no cede.
Oí el violonchelo y me gustó dice el tipo-torpe-asentado-en-la-queja, que por una vez se decide a decir algo agradable, a esperar que los minutos no sean tan solo un mero deslizarse de lágrimas latentes entre sucios ruidos ruinosos.
Y a él aquella circunstancia inusitada le revuelve el estómago pero le alegra, 
porque la chica es linda y morena y no aparenta odiarle de primeras.
Y a ella aquella circunstancia previsible le provoca algo de risa pero dice entra.

La cosa promete. En medio del salón se aposentan como polvo un sinfín de objetos que de forma delicada y sucinta definen a la anfitriona, esos objetos que vienen a decir que es alguien a la que le gusta musiquear, alguien que no desdeña la poesía a sí de primeras, porque ante todo el salón está plagado de libros, entre ellos alguno de virginia wolf, pero no importa porque hay están en perfecto desorden, cortázar, filóstrato, levrero, conti, da masseto, buzzati, shusaku endo, castillo, wells, una revista china de taipei, los mitos griegos de graves, pushkin, sábato por partida doble, uno o tres diccionarios, sherwood anderson, el sartor resartus, antologías palatinas o varias de poetas latinoamericanos, orendel, la eneida, roberto arlt en minúsculas, rashelas, plutarco, bioy y borges juntos y separados, onetti en portugués, una historia del arte, otra de decadencias y una colección de sellos.

Con estos datos el chico tiene más que suficiente.
Ella no necesita presentarse.
Entablan una conversación esencialmente literaria compuesta de tres palabras y empiezan a desnudarse, que es lo que corresponde.
Ella después de saciarse de caricias le ofrece un té. Él propone mejor un café. Aquello cumplió con sus expectativas y el aún más vecino sigue observando el salón, con su enorme violonchelo recostado en la pared de enfrente, con la luz atravesando visillos inconscientemente, con la luz difusa llenando con tranquilidad todo el salón como si estuviera en su casa, una luz puro malva o quizás no, pero las paredes blancas rebosan de sombras lo suficiente nítidas como para identificar los objetos que las provocan, jarrones, tazas, figurillas de arcilla, máscaras y, destacando como un emblema, un paisaje inexplicable de Turner encuadrado por un marco dorado. 

La situación tras ese encuentro fortuito requiere de palabras, pero ellos no encuentran otras mejores sino para comentar el tiempo, la próxima reunión de vecinos, el excesivo precio de las verduras en la tienda de la esquina. 
Luego se perfiló una especie de silencio, 
uno de esos silencios que en otra parte hubiera sido catastrófico, 
como si se hubieran olvidado de algo,
como si pudieran arrepentirse,
como si todo volviera a ser objeto de queja, de melancolía, de miserable callejón sin salida.
Fue a ella a la que se le ocurrió arreglarlo.
Sacó el violonchelo de su armónico ataúd,
apretó con su no demasiado delicada mano el arco e hizo vibrar las cuerdas,
con la soltura que pocas veces había logrado.
Con eso fue suficiente.
El se dijo con un susurro, para no interrumpir, que nunca dejarían de estar juntos y ya no hizo intención alguna de atravesar las paredes y volver a su piso, a su gabinete absurdo de ecos, a su biblioteca de quejas.


sábado, 24 de agosto de 2013

Plan de estudios


Universidad Internacional de Georgia Tech. Plan de estudios, vocacional y técnico, para formarse en la virtud poética, en treinta y siete materias impuestas por orden aleatorio:

1.      Introducción a la arquitectura de castillos en el aire.
2.      Tendencias contemporáneas de los disímiles matices del gris.
3.      Dibujo cubista de la anatomía dispersa de los insectos.
4.      El vuelo individual sin alas ni aparato que se le parezca.
5.      Técnicas de lectura continuada de diccionarios y enciclopedias.
6.      La imposible contención del volumen de las bibliotecas, esencialmente caóticas.
7.      Creencias indemostrables en la actualidad sobre la esferidad de la tierra,  la verticalidad de las paredes, la bifurcación de las raíces, la transparencia de los cristales, la lluvia gravitacional y sobre el amor.
8.      Modelado de ánforas para la contención de lágrimas saladas.
9.      Los trastornos mentales. Guía y reglamentación sanitaria para la conservación y buena valoración de los mismos.
10.  Usos y costumbres de los pueblos indígenas de la Antártida.
11.  Escritura azarosa a destiempo.
12.  Palabras al vuelo recogidas de los antiguos manuscritos iluminados que se perdieron durante las invasiones norsas en la verde isla de Irlanda.
13.  Radiografía de la pampa.
14.  Conocimientos prácticos para perderse en los bosques, hallar en ellos la noche, la soledad, la acechanza de los lobos.
15.  Modelos vigentes de como perder el tiempo, de como perder dinero, de como echar a perder una prometedora carrera en el campo de las Administraciones Públicas.
16.  Proceso metodológico de la descomposición de la luz lunar en las noches de agosto, con una coda referente a esa misma luz penetrando en la habitación donde duerme el propio poeta, con o sin visillos.
17.  Principios generales de la poesía: el dolor, la sangre, la palabra.
18.  Instrumentos idóneos para la escritura poética: el birome.
19.  Ética.
20.  Breve exposición sobre como contener el viento mediante versos.
21.  Introducción al modelado de versos almidonados.
22.  Historia del odio a las estructuras preestablecidas. El soneto, ese desgraciado.
23.  Orígenes y evolución de los sentidos. Cuándo fue que nos quedamos ciegos. Los poetas con antenas.
24.  Objeto de la numeración de sílabas y otras tareas absurdas.
25.  La libertad como una de las bellas artes.
26.  Concepto de la rima. Guía para la asimilación de las costumbres y crímenes de la secta de los rimadores.
27.  Rainer Maria Rilke.
28.  La muy absurda costumbre de regalar poemas a quien no quiere leerlos y sin embargo queremos.
29.  Teoría sobre la relación entre poesía y memoria. Recursos para los olvidadizos.
30.  La poesía en el marco de la acción social.
31.  El silencio como alternativa.
32.  Naturaleza del caos.
33.  La poesía como profesión técnica o como ciencia, y otras propuestas de boludos mentecatos.
34.  La soledad del poeta.
35.  El silencio del poeta.
36.  El lector incógnito del poeta.
37.  Las propuestas del nuevo milenio en el ámbito escritural poético: la continuidad de lo absurdo, la impensada cualidad de las palabras como objetos con algún tipo de significado, el mantenimiento de la ilusión de una poesía sagrada, la preeminencia de la palabra, las rebajas en librerías a libros de poesía degradados por el tiempo, las escasas alternativas en el futuro para justificar que somos humanos si no hay poesía.


Matrículas a partir de septiembre. Precio a convenir. No se conceden créditos. 



sábado, 17 de agosto de 2013

Elegía de los días perdidos




Perdí el verano, como perdí la lluviosa primavera, el insidioso invierno y el decepcionante otoño. Lo único que hice fue ir a la biblioteca torciendo una esquina extraña, entrando en un callejón, buscando la sombra, con ecos de pisadas. Tras regresar de mis vacaciones, el sonido de las olas rompiendo en la playa permaneció en mis oídos el tiempo suficiente que necesitó la nostalgia en acomodarse en mis entrañas, con una cadencia que pronto encontré incomprensible. Tuve ansias por dormir, que es lo único que consiguió que dejara de leer. Se acumularon libros, regalados, desdeñados, libros destartalados sobre la cábala, sobre la esencia del poema, sobre atentados, sobre el mismo agosto que se acaba, sobre la cercana Patagonia. Hablé de mi, ¿acaso no hay mejor tema? Sufrí de temores constantes, de los que no se cansan. Redefiní mis deseos, exigí que solo se cumplan con objetos existentes. Una mañana de este tórrido agosto llovió, sin que hubiese una sola nube en el cielo. Esto me hizo suponer que quizás ella me quisiera. La lluvia duró poco, poco después, aun oliendo a ozono las calles, denosté a medio mundo. Inauguré una nueva página de mi diario, que dejé medio en blanco. Leí a oscuras, cuando la última luz de la tarde se hace insuficiente y una voz insidiosa me advertía que así me quedaría ciego, amenaza constante desde que tenía ocho míseros años, ¿no es cruel? ¿Cómo se puede vivir con ello? Trabajé en tareas estúpidas que nadie consideraría absurdas, alienado, aunque Marx esté de capa caída. Prometí cosas. Bajaron las temperaturas pese a los incendios. Todos me inducen a buscar incendios, no a huir de ellos, de sus llamas ardientes que acaban con el monte bajo, que remedan infiernos. Decidí leer una nueva versión del Dante, quizás la de Crespo, definitivamente, no es la mejor. Escribí. Me lamí algunas cicatrices. Encontré un cierto consuelo en la melancolía de aquel verso de Virgilio que siempre vivió “majestuoso en su tristeza/ ante el sino dudoso de los hombres” En realidad lo que me consoló es que siempre es dudoso el sino de los hombres. Tomé un sendero que subía junto a un muro y unos metros más allá descubrí un almendro. Me ofendí cuando oí, cuando bajé a la calle, como estaban maltratando las palabras un grupo de gañanes. Corrí y gané la competición, y absolutamente nadie tuvo a bien felicitarme por mi victoria. Seguí buscando mi lugar en el mundo. Reconocí como mía la idea hindú de lo ilusorio de las cosas. Edifiqué un tiempo sin tedio. Inventé paseos para los miércoles de este invierno. Todos convinieron en que he perdido el tiempo.

Restos de murmullos



Restos de murmullos, voces de niños, gritos, pasos, motores, pájaros, puertas que se cierran, músicas execrables, zumbidos de mosca, todas las formas de ruidos penetran a través de la ventana del lector, que entiende el silencio como una especie de leyenda inconcebible. Los ojos recorren las líneas del libro, sin embargo, sin apenas perturbarse. Tan solo de vez en cuando levanta los ojos, como intentando recordar algo, como si algo faltara para que todo fuese perfecto. Y en medio de la casa vacía echa de menos estar rodeado de voces, de palabras cotidianas que produzcan alguna clase de eco en las paredes, el ruido de pies descalzos, los portazos, las preguntas, las interrupciones, el mero no estar solo que le ayudaría un poco a concentrarse, a poder seguir leyendo como si esto tuviera algún sentido.

LLaman a la puerta en mitad de la noche



Llaman a la puerta en mitad de la noche. Somnoliento y tambaleante logra arrastrarse hasta la puerta, por cuya mirilla ve al otro lado una mujer. Se parece a alguien que conoció  hacía muchos años, cuando era joven. La había olvidado durante demasiado tiempo, pensó. Comprueba que ahora mismo no está soñando. Hay un chasquido y el descansillo vuelve a la oscuridad. Ella vuelve a llamar al timbre. Él vuelve a la cama convencido de que entre la memoria y los sueños no hay mayor diferencia. 

Antígona de Sófocles


“Feliz aquel que no ha probado en su vida
el sabor del mal,
pues cuando sacuden los dioses una casa,
no hay furia
que no persiga y alcance hasta al último
de sus descendientes.
Es como el oleaje del mar
cuando los vendavales furiosos
del viento Tracio barren las tinieblas
submarinas
y, desde los abismos, hace girar en
torbellinos
la negra arena, que levantan
sus soplos hostiles, y gimen bajo sus

azotes los acantilados...”

sábado, 10 de agosto de 2013

Asuntos pendientes



Me quedan algunas cosas pendientes por hacer. Son como imágenes en recuerdos de cosas que nunca miré. Pero con una insistencia temible retornan, imperativas, como exigiendo una lealtad. Tener que hacer esto y lo otro, emprender determinados negocios que supuestamente son necesarios para eso tan poco sutil que se llama ganarse la vida, se entiende fácil. Tienes que laburar, tienes que sacarte la carrera, tienes que lavar las ventanas porque ya no se ve la calle, tienes que comprarte unas botas nuevas porque ya hace dos semanas que notaste cuando llueve que el agua entra por la suela rota. Siempre hay cosas que hacer, tareas que cualquiera haría sin pensar, y que a mi me cuestan demasiado, pero no me refería a estas tareas tediosas y previsibles. Yo tengo pendiente por hacer cosas que tienen más que ver con los sueños y que no están en absoluto justificadas por ninguna necesidad razonable. Normalmente cuando emprendemos cualquier faena lo hacemos pensando en recompensas. Si trabajas te dan dinero, si acabas la carrera, la gente te respetará algo, si lavas las ventanas sabrás si llueve o no llueve y así te acordarás comprar o no las dichosas botas. Pero mis cosas pendientes no llevan consigo ninguna retribución, son un fin en si mismas, son como objetivos finales que elevándose un poco por encima de los cotidianos fastidios, prometen tan solo una satisfacción mediocre. Y sin embargo tengo que hacerlas.

Decidí hacer algunas de estas cosas hace bastante tiempo. Escribí una especie de lista, como se suele hacer en estos casos. Estas ideas no se imponen de un día para otro. Al principio las imágenes están difusas, se van concretando poco a poco hasta saber lo que tengo que hacer exactamente, la forma y el lugar adecuados, la predisposición que debería tener en ese momento. Para llevarlas a cabo se requieren años de preparación, de hacerse a la idea, de meticulosos preparativos. Otras veces las cosas que me propongo son tan absurdas que es mejor no pensar en ello. Por ejemplo, ya desde niño pensé en la posibilidad de caminar por unas vías de tren, un día de viento. Así, tal cual. Al principio no sería más que una travesura, con los años, cuando ya no se le permiten a uno tener travesuras, es tan solo ese andar por la vías un acto simbólico, alguna forma de provocar al peligro, al azar, cosa que desde luego no acostumbro. El viento es necesario porque me es imprescindible imaginar el sonido que provocaría en la catenaria para acompañar al silencio, a las pisadas, al aproximarse del tren. Evidentemente se trata de una travesura literaria. Una emoción impuesta por los libros y las películas. Casi todas mis tareas pendientes tienen que ver con la literatura.

Otra cosa que tengo pendiente es coger un libro, preferiblemente uno de poemas, subirme a un poste, en mitad de un desierto y leerlo a gritos, aunque sin nadie que me oiga. La voz requiere de estos sobresaltos, de vez en cuando. Tal vez otro día me decida a cumplir otro de mis sueños: tirarme rodando por un terraplén, un terraplén mullido de hierba, recorrido a base de vueltas de campana, con los ojos cerrados, confiando en un aterrizaje suave, o tal vez parando en un charco ese dar vueltas sobre uno mismo que viene a ser metáfora de tantas vidas. Más fácil será comprarme un sombrero, un sombrero enorme. Creo que ya no se usan sombreros. Quiero comer tarta de queso con arándanos. No un trozo. Una tarta entera. También está entre mis objetivos, a medio plazo, subirme a un árbol. Esto tiene mérito, porque no soy ágil y padezco de vértigo. Si no fuera así no tendría sentido proponerse hacer esto. Siempre quise ser un koala. Pendiente también está mi viaje a Swazilandia, que llevaré a cabo un día u otro de estos. ¿Por qué Swazilandia? Vaya pregunta, por qué va a ser ¡por el nombre! y porque debe ser un país extraño, que duda cabe. Quiero aprender a tocar el violín. No tengo ni idea de música. Pero no tienes más que ver la cara del violinista cuando toca su instrumento. Debe ser bastante agradable, no se. Algunas cosas son bastante sencillas, cosas que la gente hace habitualmente sin darle mayor importancia, pero que para mi son extrañas, difíciles de conseguir como para un alpinista subir siete picos himalayos. Meter la cabeza debajo del agua, por ejemplo. El miedo irracional tiene sus motivaciones, hay que respetarlas, aunque no dejarse atenazar por él. El miedo es el mayor enemigo de las cosas pendientes. Yo todavía no me puse a coleccionar rayos de tormenta, no emprendí una granja de avestruces, no me levanté de la cama en mitad de la noche en invierno, no di de comer a un tigre de la mano, tan solo porque, he de reconocerlo, todas estas menudencias que tanto deseo hacer me dan un poco de miedo. Dejar de ser cobarde es otra de mis cosas pendientes. Lo que más miedo me da es escribir, estoy esperando a escribir un montón de cosas, pero me da miedo hacer el ridículo y dejo la página habitualmente en blanco.

Está pendiente colocar mi biblioteca. Es una tarea que requerirá de todas mis fuerzas y concentración. Desconozco que orden imponer a mis libros, son muchos, viejos, variados, ¿como los ordenaré? Cada uno de mis libros es un mundo. Acumulan además cada cual un pedazo de memoria inclasificable, de los lugares de donde lo saqué o los leí, de las personas que me los recomendaron o de las variadas aflicciones que padecí mientras repasaba sus páginas. De momento ahí siguen en montones, acumulando polvo. El problema es que dispongo de un tiempo limitado: si me dedicara a colocarlos, no tendría tiempo para leerlos, o una cosa u otra. Y ahí está Haedo hablando de puertas que no volveré a atravesar, de espejos que me reflejan por última vez, de libros que nunca leeré en mi biblioteca. Me resulta extraño pensar que hay miles de libros que nunca leeré. Uno crece con la extraña sensación de que vivirá eternamente, de que la cantidad de libros infinitos que le rodean a uno no son más que la confirmación de que el tiempo no existe. Pero no es así, quizás solo podamos abarcar unos pocos miles, alguno leído mientras se nos cae la cabeza de sueño, alguno tan malo que te arrepientes de abrirlo después de trescientas páginas. No, no puedo decir que tengo pendiente leer todos los libros que existen, porque creo son demasiados. A no ser que el Paraíso tenga, como creía Borges, la forma asombrosa de una biblioteca.

El tiempo es el problema. Tantas cosas pendientes, y los años pasan, y uno va dándose cuenta de que algunas de esas cosas no las haré jamás. Muchas se olvidarán, caprichos pasajeros, meros intentos de ser efímeramente dichoso. Otras se convierten en obcecadas frustraciones, hechos que de no ejecutarlos se convertirán en una especie  de deserción, como si tuvieran razón aquellos que proponen un destino para cada persona, un limitado libro de ruta que define lo que nos es propio si queremos alcanzar la tan aireada y a veces siniestra felicidad. El lado positivo de enfrentar esta situación es que, mientras va pasando el tiempo sin hacer las cosas que tenemos pendientes, vas haciendo otras, así un poco sin querer, sin pensar, sin esperar, que también merecen la pena. Uno se para a veces y se deja de mirar tanto a un futuro incierto y se acuerda de que hizo esto y lo otro, y que estuvo bien, y que a mano, ahora mismo, puede hacer cosas que requieren de pocos medios, eso tan despreciado por los soñadores que es la cotidianidad tranquila de los aburguesados y realistas, pero también de los sabios y prudentes que saben que uno, por mucho que lo intente, no puede lograr todo lo que se propone. Hay que soñar, pero mientras hay que ir viviendo.


lunes, 5 de agosto de 2013

Todavía no



-Hola
-Hola
-¿Qué haces?
-Nada
-Te llame toda la mañana, pensé que estabas en casa.
-Salí a dar una vuelta.
-¿Tu dónde andas?
-En la calle.
-¿Para qué me llamabas?
-Por nada, para ver cómo estabas.
-Ah...
-¿Cómo estás?
-Bien
-...
-...
-¿Qué haces?
-Nada, mirar por la ventana.
-Eso ya es algo.
-Si.
-¿Estas sola?
-Si, él salió a por la cena.
-Seguís teniendo la nevera vacía los lunes.
-....
-Así que mirando por la ventana...
-Si, es que me estaba fijando en la vereda ¿te acuerdas? Es una vereda extraña, de losas rojas, se interna en el parque rodeada por árboles tan tupidos que aquello se convierte en un túnel, tan oscuro, y ves la gente aparecer de repente en la calle saliendo de entre los árboles y con la cara asustada que parece vienen directos del mismísimo infierno y el caso en que no hay más remedio que tomar por esa vereda si quieres bajar al centro, a mi casi me da ya miedo, han roto las farolas y por la noche es imposible y están ahí los árboles como separándonos de todo, como si estuviéramos aislados, como si este fuera otro mundo, ¿me entiendes? Es un muro impenetrable, no te lo puedes imaginar, es como estar encerrados.
-Ya
-A veces añoro los espacios abiertos, ¿te acuerdas de cuando anduvimos por el campo?, tu te quejabas que aquello era un desierto, que la vista se perdía, que el cielo apenas se distinguía de la tierra amarilla, echabas de menos alguna sombra, alguna colina que cortase el vacío...
-         Podríamos vernos
-....
-Aunque solo sea para charlar un rato, ya no me acuerdo de como era tu cara.
-Sigue siendo la misma. Aquel perro me está mirando.
-¿Cómo?
-Hay un perro en la acera de enfrente y lleva un buen rato mirándome. Seguro que se está preguntando con quien estoy hablando.
-Odio los perros.
-Hoy tienes la voz extraña.
-No me contestaste.
-Él vuelve.
-Salió de entre los árboles.
-Sí.
-No se qué haces con él.
-Te lo dije mil veces. Se cuidar de mi misma. No se cuando te va entrar esto en tu puta cabeza.
-Te juro que le voy a matar...
-Los vecinos de enfrente han atado al perro en la farola y se han olvidado de él. Debe llevar por lo menos tres horas ladrando.
-Tienes que salir de ahí.
-Él sube ya por la escalera.
-Iremos a alguna parte.
-¿Oíste las noticias? Anoche atraparon a un tipo que intentaba robar en una fábrica a dos kilómetros de aquí. Se quedó atrapado en la chimenea de una cocina cuando intentaba huir, y los trabajadores lo encontraron por la mañana dando gritos y pidiendo ayuda como un niño. Cuando se lo llevó la policía tenías que verle la cara. Los locutores de las noticias se reían a carcajadas, debe ser triste que te salgan mal las cosas y encima hacer el ridículo de esa forma.
-¿Ya está ahí?
-Te tengo que dejar.
-¿Sigues mirando por la ventana?
-Sí
-¿Ves la vereda que va al centro?
- Sí
-¿Me ves ahora?