martes, 24 de diciembre de 2013

Uno más



Se esconde detrás del mueble de la televisión. Sale cuando cae la tarde. Tras un breve murmullo, asoma la cabeza y la familia puede verle. Da unos pasos dubitativos, husmea por los rincones y finalmente se sienta con nosotros, como si su aspecto no fuera extraño. Tiene cierta tendencia a desvanecerse de repente, deja huellas húmedas en el suelo, se queja por todo, pero por lo demás la convivencia es más o menos fácil. Su color difiere según el día y su estado de ánimo. Por las noches hace ruidos que se confunden con las pesadillas de los niños. En esos momentos hay que darle algún escobazo para tranquilizarlo y que se duerma. Se lleva mal con nuestro gato. Está continuamente negando con la cabeza. Pretende ser una sombra. Mi mujer solo tiene miradas lascivas hacia él. No me importa demasiado, confio en que su falta de valor mantendrá sus garras quietas. A veces tropezamos con huesos de pájaros, que es con lo que se alimenta. El otro día se puso a dar piruetas. A mi nunca me deja leer tranquilo. Nunca lleva dinero encima. Lo que más me preocupa es cuando se prende fuego. Entonces si que es peligroso. Pero no tiene otra forma de divertirse. Pierde mucho tiempo mirando por la ventana, como planeando una huída. Creo que yo no haría nada por evitarla. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Obvio


De acuerdo a un plan difuso,
el tipo le dijo a la chica que escribiría en cuanto pudiera.
Pasó, como suele ocurrir en estos casos,
el tiempo.
Meses incluso años.

Hubo tormentas, días sin lluvia, noches.
Por fin se decidió.
Tomó papel para cartas, blanco como su pelo, con esa rugosidad que requiere el uso de tinta de calidad.
Le dijo que el tiempo había pasado, pero que no la había olvidado.
Que no le escribiera a pesar de esto fue una mera cuestión de dejadez.
Que se acordó del paraguas que perdieron juntos.
Que se acordó de la tarde junto al muro amarillo.
Que se acordó de la humedad del musgo del muro amarillo.
Que se acordó de su vestido azul, de las discusiones, de las indecisiones, del dolor, del patético sin sentido de todo aquello que los separó a destiempo.
Le dijo todo en este tono, un poco tonto para los tiempos que corren.
Le dijo que de aquí a unos días volvería.

Un accidente imprevisto del hombre impidió el regreso.
En este caso fue que se murió, de forma abrupta, sin más, una tarde, por caerse de un quinto piso sin querer, cuando ya tenía la valija en la puerta, como quien dice.
Su cadáver salió en las noticias.
La carta llegó más tarde, cuando ella ya sabía, por las noticias, lo del accidente.

En un gesto aparentemente absurdo, o generoso, o si quieres, descabellado,
ella le contestó con otra carta.

Le dijo más que nada que el tiempo había pasado y que ya era tarde.

Soportes de escritura



Con el papel no hacemos nada, tiende a disolverse a volverse aire a revolverse en bruscos desaliños mal tirados en papeleras insólitas y convertirse en marasmos de celulosa ajenos y sucios que se almacenan en charcos, en tachos de basura, en calles de arrabal, entonces, decimos, los poemas igual sería mejor escribirlos de otra forma, en soportes físicos más leales, que resistan el tiempo y los otros atentados que hacemos sufrir al poema, soportes tales como el puro mármol. Aunque las inscripciones en mármol son bastante aparatosas, todo hay que decirlo. El mármol estaba bien para los romanos pero igual ya no, es demasiado duro, intransigente, demasiado solemne, aunque es verdad que allá las palabras aguantan lo que le echen. Imagínense que estáis grabando en mármol el poema y te equivocas o lo que escribes es esa mierda de la que Hemingway nos habituó a desconfiar y remediar con una papelera metálica, entonces no hay forma, al final de tanto picar el mármol se queda en nada y la nada, como el aire, como el papel, creíamos que no era un soporte de escritura adecuado. No se pueden tirar bloques de mármol a las papeleras, abría que contratar bidones enormes y contenedores de obras para recoger tanto texto descartado, cuando es tan fácil doblar el papel en forma de bola informe y deshacerse sin más del insidioso poema fallido. En esto tan azaroso que es la escritura, que quieres se conserve pero a la vez que sea frágil y fácil de destruir si fuera necesario, no hay término medio que depare descanso. Lo ideal sería escribir en papel piedra. Piedra ligera tipo pómez, o papel duro tipo elefante. El papel es la piel del poema. Tiene que transpirar pero también resistir el frío. Este papel no lo fabrica nadie. Está por inventar. Por eso se pierden tantos poemas que merecían ser salvados. Por eso se graban en oro tantas palabras prescindibles, solemnes mierdas de andar por casa. Algún día será. Quizás cuando ya todos los demás poemas se hayan perdido, por el desgaste incluso de la piedra y el mármol. Entonces empezaremos de nuevo. Con lo mismo. Escribiendo en la arena. Arañando el agua.

Volver al cole sabiendo



Ayer me imaginé que volvía a la escuela. Pero ya sabiendo lo que se. Aquello sería para arquearse de placer. Ya todas las lecciones aprendidas. Sabiendo incluso alguna cosa más que la profesora. Pavoneándome ante los compañeros. Sabiendo de que pie cojea cada uno. Dando ideas de como se deben hacer las cosas. No callando nunca. Jugando a cosas distintas. No dejándose avasallar por el portero del colegio, al que nunca imaginamos como un fracasado. Entonces ella se fijaría en mi, que duda cabe. Me peinaría de otra forma, elegiría mi atuendo. Ella seguiría tan desdeñosa como siempre, pero se fijaría. Me miraría de reojo a través de sus gafas caídas. Se percataría que algo había pasado conmigo, así de un día para otro. Sí, todo sería diferente, las paredes aquellas, las mesas verdes, las sillitas, todo me parecería pequeño...quizás me acabaría aburriendo. 

Coppelia



Copelia, en un alarde de vitalidad, logró lo que parecía imposible: que la rígida madera palpitara mejor que algunas carnes que presumían de humanas. No le sirvió de nada. Al final, el corazón se le hizo astillas.

No contábamos con esto...



“Glauco, mira, las olas
profundo están el mar alborotando,
y en pie sobre las crestas de Giras una nube
la tempestad señala: no contábamos
con este miedo que ahora nos alcanza.”

Arquíloco