martes, 18 de marzo de 2014

Sueños secos (2)



Los susurros eran aterradores como suelen ser los susurros. La habitación cerrada, el olor a oscuridad, todo devenía en un deseo mudo de que llegara el día. El niño, sin embargo, alcanzó a prevenirse contra los previsibles miedos, a base de crear sonidos. Primero unos golpecitos de la mano en el suelo de madera, rítmicos, uno dos, uno dos, y así hasta que se cansaba y era como el ritmo de su corazón, acompasado y era como que así el silencio no podría con él. Luego venía el momento para los silbidos, silbidos propios e indolentes, como los silbidos de un día de excursión por el campo. Había más ruidos. Una pequeña radio estropeada en el piso de arriba que sin embargo servía de escudo contra los susurros, el niño oía como se encendía y sonaba aunque no fuese más que el entreverado caos de ondas sin estación. Pero siempre llegaba una hora, muy entrada la madrugada, en que los susurros regresaban. Y entonces no quedaba otra sino escuchar, intentando descifrar que querían decirle los susurros, de dónde procedían, por qué siempre llegaban de noche. Durante todo aquel verano, en un alarde de coraje, aún sin perder el miedo, investigó y procuró escuchar quedo, arremangado en la innecesaria sábana, sudando, resoplando y tapándose las orejas cuando ya no podía más. Distinguió algunas palabras, aunque la que más se repetía era una simple orden, tranquila, insistente: duérmete. La falta de lluvia en el tejado quizás era la responsable.


1 comentario:

Tracy dijo...

Espero dormir después de haberte leído.