martes, 13 de mayo de 2014

Ariadna en Cartago



Ariadna estaba algo cabreada. Hizo un bulto con sus escasas ropas, se despidió de unos cuantos amigos, bajó al puerto, que estaba plagado de marineros aburridos que le miraron con ojos lascivos pero mediocres y, aunque no estaba muy bien de pasta en esos momentos, se hizo con un pasaje barato hasta Cartago. Se había cansado de Naxos, de sus oscuros bosques, de sus caudalosos y rumorosos y cristalinos ríos, de estar todo el día leyendo, rumiando venganzas, esperando que el pesado de Baco la dejara en paz. Ya hacía un tiempo que de Teseo ni se acordaba. Pero seguía enfadada, pensando que tenía que hacer algo con su vida, cualquier cosa mejor que esperar, siempre esperar. Después fue hacia la playa y se sentó en la arena, dejando que el agua le lamiera los pies, observando con detenimiento como las huellas de un cangrejo extraviado se iban borrando en medio de la espuma. Pensó que de ella no quedarían huellas. Que de Teseo si. Incluso del laberinto y de la mascota que tenía dentro quedarían huellas. Pero de ella pocos se acordarían. Esto más que nada le venía a decir a Dido en su última carta.

Se escribían desde hacía bastante tiempo, cartas repletas más que nada de reproches, de deseos insatisfechos, también tenían tiempo para describir su día a día, los paseos por parte de Ariadna, mientras que Dido la contaba los típicos problemas que conlleva el poder en un sitio tan absurdo como Cartago. Dido era una guasona. Que estuviera un poco loca no impidió que Ariadna la admirase, por sus formas de hacer las cosas, por sus logros pirotécnicos, por los zapatos que siempre sabía elegir, porque la sola idea de una reina tan perdida en sí misma la conmovía. Una de sus costumbres era firmar sentencias de muerte, a dos manos. La cosa parece ser que le suponía un esfuerzo. A veces firmaba sentencias de muerte mientras estaba pensando en otra cosa, componiendo música o fregando los cacharros. Era una de esas reinas que sentían mucho eso de mandarte a los leones, que lo hacían porque no había más remedio pero le daba pena. Ariadna pensó que Dido era un poco sentimental. Así se desprende de aquello que se le oyó decir, mientras echaba su firma en la sentencia de muerte a un frutero de poca monta, eso que dicen que dijo Nerón: “ojalá no supiera escribir”. El frutero no le rió la broma. Él tan solo había vendido un par de manzanas pochas...pero sobre todo las cartas, tan largas, venían a resumirse en que Ariadna quería irse de la isla donde la habían abandonado de mala manera. Y Dido le dijo que viniera, que le haría un hueco en palacio, que se lo tomara como unas vacaciones, que charlarían y se tomarían unas copas y que luego ya pensarían en qué hacer con el incierto futuro, con la ayuda de un par de augures que tenía siempre cerca solícitos, serviles hasta el asco y que no solían errar demasiado en sus pronósticos.

A Ariadna no le gustaba viajar en barco. Se pasó la mitad de la travesía en la bodega o vomitando. Tan solo por las noches, como si la hubieran llamado por su nombre, salía a mirar las estrellas, costumbre que por entonces se estilaba mucho entre los griegos. En la oscuridad de su camarote, se preguntaba como sería Dido, si la fama de Cartago se parecía algo a la realidad. Ella no tenía que avergonzarse ante una reina. Su padre también era rey. Aunque odiaba que la llamasen princesa. Los lujos dejaron de interesarle hace tiempo. Allí, en la oscuridad de ese barco, pensó que lo que realmente le gustaría, es dedicarse a la guerra. Envidió por un momento a los que sujetaban escudos y espadas, la furia ciega de las batallas, la posibilidad de confiar su vida a sus propias fuerzas. Releyó la Iliada a la luz de una vela. Se quedó asombrada ante aquella lanza que palpitaba porque estaba clavada en el corazón de un troyano. Se dijo que cualquier cosa era mejor que esperar, que dejar que otros urdieran su destino. En las bodegas, los esclavos andaban liados con los remos. Se hizo amiga de uno, negro, enorme de brazos como troncos. En su turno libre se tomaban algo, hablaban de sus respectivas islas, se entretenían contando mentiras. El esclavo le habló de Dido y afirmó que todas las reinas tenían que estar necesariamente locas. Le habló de Cartago, de sus lujos decadentes, de los tigres que a veces se dedicaban a merodear entre los cubos de basura de sus arrabales. Dijo también que en su país no se conocía el mar, que él era un afortunado, que los latigazos y las cadenas no eran más que una molestia aceptable. Solo al final, cuando estaba ya borracho, a punto de agarrarla en su camarote, reconoció que la envidiaba por ser libre. Ella se lo tomó como un cumplido.

Tras unas pocas semanas, llegó al puerto de Cartago, la ciudad fundada por mercaderes, la futura competidora de Roma, que sin embargo, aquella mañana, amaneció cubierta de niebla. La llevaron a un hotel, dónde le pidieron que esperase a que la reina Dido diera la orden de llevarla a su presencia. Obedeció, se metió en la cama y dejó que el sueño restañara el cansancio del viaje. Se despertó al día siguiente y pudo ver dónde la habían metido. Aquello era ciertamente impresionante. Nada que ver con lo que se estilaba en Grecia. Era vergonzoso como el oro se derramaba por todas partes. Miró por la ventana y vio que las casas no tenían techo para que cupiera tanta inmunda colección de joyas, muebles de maderas africanas, espejos donde la opulencia se reflejaba sin recato. Se deleitó viendo los bárbaros vestidos troquelados de las cartaginesas, con sus peinados desmedidos y rojos. Buscó la biblioteca, pero de aquel edificio solo quedaban cenizas. Anaqueles enteros de libros fueron quemados para dejar sitio a la plata, a los jarrones chinos, a las alfombras persas, a la seda traída del oeste por los mercaderes de Tiro. Un ligero olor a canela lo impregnaba todo. A veces se perdía en sus paseos, se alejaba demasiado y llegaba al borde del desierto, a las dunas interminables, al hastío de un calor excesivo, y allí sentía la nostalgia del laberinto. Veía el ir y venir de caravanas, que al final se perdían en el horizonte como ligeros puntos negros en medio de la arena excesiva. Planeó seguir a alguna, pero no se decidió.

Las tardes en el hotel eran blandas. Allí le agasajaron con baños en leche de burra, con comida ilimitada y perfecta, con perlas y zafiros de oriente, con la insidiosa obsequiosidad de los serviles esclavos nubios. Tantas excentricidades le supuraron por la piel una dejadez y una vaguería incontenibles, pero el tiempo pasaba y Dido no la llamaba a palacio. Llegó poco dispuesta a esperar, pero no hizo otra cosa las primeras semanas. Indagó entre los empleados del hotel y le explicaron que no la llamaban porque, en esos momentos, Dido andaba ocupada en otras cosas. Al parecer habían llegado, poco antes que ella, otros extranjeros a Cartago. Habían estado a punto de naufragar, era gente con pinta de maleantes, pero Dido no solo los salvó, los acogió en su palacio y hizo todo lo posible para que se sintieran como en casa sino que además, y esto se lo dijeron en susurros, porque ofender a la reina se pagaba con la muerte y todo eso, pero parecía ser, decían las malas lenguas, que entre Dido y Eneas, el jefe de los extranjeros náufragos, hubo algo más que palabras, nadie los había visto en una situación comprometida, pero pasaban un montón de tiempo juntos y se iban a pasear y alguien los vio mirándose o comiéndose con los ojos, el caso es que todos daban por hecho que estaban enrollados. A Ariadna todo aquello no la convencía mucho. Pensó que Dido se había olvidado de ella. Y dejó pasar el tiempo, varias semanas, pero ya sin esperar nada. Se dedicó a leer y escribir, porque todo lo demás le parecía una chorrada.


Después de un par de meses de lujoso tedio, las noticias le fueron llegando a Ariadna con cuentagotas. Al parecer los extranjeros se habían pirado. Habían cogido sus bártulos, provisiones, y sin hacer ruido, habían bajado al puerto aprovechando la noche y se embarcaron al norte. Sin dar explicaciones. Poco después la gente le fue diciendo que la reina estaba mal. Que había perdido la cabeza del todo. Que al parecer Eneas había roto unas cuantas promesas. Ariadna no se lo podía creer. Tenía una mejor opinión de Dido como para verla comportarse como una adolescente estúpida. Pensó en todo lo que había pasado, en todo lo que había aprendido. Pidió urgentemente hablar con la reina. Ella sabía de que iba el asunto. Se tomarían unos cuantos pelotazos y se reirían. Le informaría detalladamente de las lamentable necedad de los hombres, le prevendría de esa absurda manía que los aedos definían con la palabra amor. Pero era demasiado tarde. La reina se había quitado la vida y prendido fuego a palacio. Porque la habían abandonado. No entendió nada. Se metió un par de copas de oro y las toallas del hotel en el macuto. Se despidió de los esclavos nubios. Dejó atrás el brillo, el tedio, la fiebre del desierto, los clarines y esas sandeces. Se fue al puerto y se embarcó en el primer barco que volvía a Naxos. Volvería y se tomaría algo con Dioniso. Le contaría todo. Con él se podía hablar de estos temas. Era un payaso, pero la hacía reír.