viernes, 24 de octubre de 2014

Frío es cuando tiemblas



Las temperaturas empezaron a bajar varias semanas después de aquello. Llegaba de trabajar a casa a las nueve, casi siempre con la camisa húmeda y con esa máscara de cansancio que el espejo no tenía la vergüenza de disimular. Trabajaba en una oficina, en agosto no había mucho que hacer, abrir un par de cartas que no leía, colocar el papel en una carpeta, mirar por la ventana. Esa era mi jornada. Abrí la nevera y estaba vacía a pesar de que cuando Susana aún vivía allí siempre era yo quien se encargaba de llenarla. Sin embargo, había un limón en el cajón de abajo. Lo saqué y lo partí en rodajas, llené un vaso de hielo, pero la botella de ginebra estaba tan vacía como la nevera, la casa y mi vida, así que me conformé con meter la cabeza debajo del grifo y maldije en varios idiomas hasta que oí el teléfono. Era Jorge, llamando desde su apartamento de vacaciones en la playa. Estaba sudando también, se le notaba en la voz, en los resoplidos, en la torpe manera que tenía de justificar su llamada. Le pregunté cómo estaba, sin la menor muestra de que estuviera interesado en su respuesta. Me contestó que bien, que su viaje acababa, que pronto regresaría, que una gaviota se había posado en el balcón en ese preciso momento. También dijo que tenía muchas historias que contarme, que en cuanto llegara quería verme, que había novedades. Esto en Jorge perfectamente podría no significar nada. Accedí con un silencio y un vale. El grifo de la cocina seguía abierto y el agua rebosaba y caía al suelo porque los cacharros sucios taponaban el sumidero. Susana no me habría perdonado que hubiera cacharros sucios en el lavadero. Lo aproveché para colgarle. Yo no era amigo de Jorge. Pero él no lo sabía. 

Una semana después se presentó en casa, a mediodía. Confiaba en que no tenía interés alguno en que le invitara a comer. No era un buen día para visitas. Era sábado, pero llevaba una temporada especialmente cansado, cansado de no hacer nada. No dormía bien y no sólo porque la almohada amaneciera encharcada por los dos lados. Soñaba casi siempre con Susana. Soñaba con Susana en invierno. En paisajes nevados en los que nunca habíamos estado. Al despertar me acordé de cuando nos conocimos, en diciembre de hacía cuatro años y de los primeros meses que pasamos en esa casa. Por entonces yo sólo tenía frío cuando ella temblaba. Sonó el timbre y vi el lamentable rostro de Jorge. 

Le hice sentar después de que casi sin saludarme entrara y mirara por la ventana a un lado y otro de la calle, como si alguien le hubiera estado persiguiendo hasta allí. Iba en bermudas y tenía barba de cuatro días. Los ojos más rojos de lo normal en un tipo que tampoco había dormido bien nunca. Le dije si quería una cerveza, dijo que no, que si no me importaba le trajera un vaso de agua. Lo miró como si pudiera tener veneno, creo que lo olió y después, tras mirarme, se lo bebió de un trago. Todo esto era normal. Jorge nunca me cayó bien, era uno de esos conocidos de la universidad con los que se mantienen el contacto por si le fuera bien y hubiera que pedirle algo, pero las principales características de su personalidad eran el tedio y la locura. Empezó a contarme. Que se había pasado el verano tirado en la arena de la playa, que había comido pescado, que el tiempo no había sido ni bueno ni malo. Empezó con una larga descripción de los alrededores del pueblo, de las calas, de los incendios. Yo empecé a pensar en otras cosas. En Susana, en si llamaría, en si habría encontrado ya un alquiler o si seguiría con sus padres, en los accidentes, en los suicidios, en los desiertos, en los viajes, en los regresos, en los regresos imposibles. Pensaba en esas cosas hasta que oí decir a Jorge que había decidido cambiar de profesión. Sería interesante saber a que se refería ya que hasta ahora, que supiera, nunca había trabajado en nada. Dijo que había barajado varias opciones: recogedor de lotos, vendedor de momias, limpiador de serrallos, lubricador de espasmos, descallador de bestias, ingeniero de tuercas, reponedor de cadáveres, linchador de pollos, predicador mudo, cazador de hienas... pero que al final se había decidido por poner un negocio de libros y que buscaba inversores. Pensaba que yo podría ayudarle. Le dije que no y seguí pensando en Susana. En un atardecer en que ella dijo algo relacionado con el destino. Dijo que para ella, perdíamos demasiado el tiempo en cosas que tenían poco que ver con nuestro destino. Dijo que cualquiera podría saber su destino si se paraba un instante a pensar en él. Dijo que ella lo había hecho y que dudaba bastante que el suyo tuviera algo que ver conmigo. Después dijo algo bonito sobre los crepúsculos, los celajes o algo por el estilo. Jorge insistió en que le diera dinero. 

Intenté convencerle de que no era una buena idea. Le pregunté si estaba seguro de que la venta de libros era su destino. Yo lo dudaba. Eres un tipo inteligente, dije, y sabrás que ese es un negocio en vías de desaparición, que bueno, igual para él sería preferible volver durante un tiempo al sanatorio y allí pensar tranquilo en el futuro, antes de tomar una decisión que podría lamentar toda su vida. Enseguida se puso a llorar. Pidió quedarse durante un tiempo en casa. Le convencí de que eso no le convenía. No me hizo caso y siguió hablando, me contó más detalles de las vacaciones, algunos desamores antiguos, varias historias relacionadas con guerras en las que no había participado. Su tono de voz era monótono y cansado, así que seguí pensando en Susana. Cuando era ya de noche, le conduje a la habitación de invitados, le di un pijama usado,  le dije que se durmiera y cerré la puerta. Detrás él seguía hablando sólo, de cosas que cada vez eran más oscuras. Volvió a sonar el timbre de la puerta.

Era el pizzero. Abrí aunque yo no había pedido pizza. Me dijo que ya sabía que yo no tenía que ver pero pasaba por ahí y me preguntó una dirección del barrio, dijo que se había perdido y a la moto apenas le quedaba gasolina. Le di las indicaciones, me preguntó si podía entrar al baño, le dije que no, y siguió hablando, haciendo una lista larga de razones por la que la profesión de pizzero ambulante era detestable. Pensé que a Susana, siempre, le habían gustado las pizzas sin anchoas. Nunca supe por qué. Uno nunca sabe las razones por las que a otro le gustan o le disgustan ciertas cosas. Ella prefería el provolone a la mozarella, la rúcula a la lechuga, el asiento de pasillo al de ventanilla, los atardeceres a los amaneceres, la caipirinha al vodka, justo todo lo contrario que a mi. Detrás del pizzero apareció el cartero. Pidió permiso, se interpuso y me acercó a la cara una carta certificada, un bolígrafo y un papel para firmar. No sabía que los carteros trabajaran los sábados por la noche. Él me confirmó que normalmente no lo hacían, pero dadas las circunstancias...me cuidé mucho de no preguntarle cuales eran esas circunstancias. Me pregunté si sería una carta de Susana. Susana me escribía cartas cuando vivíamos juntos. Decía que era una manera como otra cualquiera de mejorar nuestra comunicación. Pero nunca las mandaba certificadas. Esta era una carta de mi jefe, en la que me anunciaba, con pocas palabras, mi despido. No podía esperar al lunes. Me dijo que era por una mera cuestión de imagen. Yo daba siempre la impresión de estar cansado y eso no era bueno para la imagen corporativa de la empresa. Se disculpaba y me invitaba a buscar un empleo que requiriera menos esfuerzos. El de predicador mudo que mencionó Jorge fue el primero que me vino a la cabeza. Susana, me acordé entonces, también prefería la carne al pescado. Decía que los peces son pájaros acuáticos. Le gustaban los pájaros en general. Siempre estaba diciendo cosas de este tipo, muchas de ellas absurdas, pero que a mi me encantaban. Sonó el teléfono. Entorné la puerta y dejé en el descansillo al cartero y al pizzero discutiendo sobre cierto tema de política internacional del que yo no tenía noticia. 

Era Susana. Me dijo que ya había encontrado apartamento, que todo andaba bien, me preguntó como estaba yo. Le dije que bien y poco más, la dejé hablar. Me contó cosas de sus padres, intentó alguna explicación de por qué se había ido, cosas de esas, pero ya no la escuchaba. Me puse a pensar en cuando Susana se quedaba mirando atardeceres, en el balcón. Ponía una cara seria, como si tras esas nubes hubiera algo que le atañera únicamente a ella. Habíamos visto atardeceres en el balcón, en las playas, en algunos estercoleros, daba igual. Yo creo que era en esos momentos cuando más cerca me encontraba de ella y eso era algo nada fácil. Al menos entonces mirábamos para el mismo sitio. Susana dijo adiós con una voz en la que alguien podría intuir algo así como emoción y colgó. Oí la voz de Jorge en la habitación comentando algo sobre lo bonito que sería tener una librería juntos. Sentí frío, mucho frío. No tenía la menor idea de por qué Susana estaba temblando. 

5 comentarios:

Neogéminis Mónica Frau dijo...

¡Lo bien que hizo Susana en dejarlo!
=(

Un abrazo

Mario gomez garrido dijo...

No sé si tenemos información suficiente para llegar a esa conclusión :)

Rochies dijo...

Qué bueno que publicaste, creo que has narrado una rutina. Que a veces cuesta. Y tu lo haces de maravillas.
El 25 se me pasó saludarte pero estoy disculpada porque el 14 a vos también :P

Mario gomez garrido dijo...

Bueno, te saludo ahora, con 14 días de retraso, espero que no lo interpretes como un gesto de desinterés hacia tu persona y si como un despiste imperdonable.

Rochies dijo...

quiero otro post :P