domingo, 19 de enero de 2014

Buscar un libro



Se despertó con la idea de buscar el libro. Lo tenía en mente desde hacía tiempo, y se dijo que ya iba siendo hora de hacerse con él, aunque tuviese que recorrer todas las librerías de la ciudad. Pero antes se tenía que levantar, alzar las sábanas, desmadejarlas, romper los nudos secretos que le ataban al calor y al sueño, y ese era un proceso que siempre le pareció complicado, propicio a las renuncias, a seguir durmiendo aunque fuese un poco más pero hoy no, hoy es sábado y tenía que levantarse, desayunar, vestirse y salir a buscar el libro. Cayó de la cama, con esa tristeza inclasificable que le venía cada vez que ponía los pies en el suelo. Percibió que el día era oscuro casi como la noche, que era enero y que era enero nublado, percibió que hacía frío y que ese frío no le dejaría en todo el día. También percibió la habitación atestada de libros y para qué uno más. Percibió que estaba solo. Recordó por fin dónde estaba y la forma difusa que por aquel tiempo habían tomado las ausencias, los vacíos, los huecos de una habitación ahora demasiado amplia, pese a los libros. Porque los libros, al menos esa mañana, estaban en silencio. Callando. Como esperando a alguien. Casi como si pudiesen arrojarse desde la estantería y huir si ese alguien no venía a leerlos o a lo que fuese. Los libros, esos farsantes. Se duchó. Se vistió. Más rápido no podía porque tenía los músculos acostumbrados a no moverse demasiado. Tenía los ojos legañosos y en medio de la niebla del cuarto de baño se acordó de que por ahí había un espejo, lo aclaró con la toalla y se miró. Era el típico reflejo de un rostro de un tipo que va en busca de un libro. Recorría su cara un gesto de perplejidad, ni siquiera triste. Como si todo careciese de sentido pero no importara. Para qué un libro más.

 Tenía hambre y fue a hacerse el desayuno, el café y aprovechó para mirar a través de la ventana. Enfrente, una farola, detrás, otro edificio, otra ventana, alguien, ella, que hacía su desayuno, su café y que a su vez le miraba por la ventana. Desde hacía semanas se habían acostumbrado a mirarse por la ventana sin que esto fuera un problema. Una parcial y tácita cesión de intimidad concedido a sus respectivos ojos un poco por que, a esas edades, ya todo daba lo mismo. Y si todo daba igual, pensó el tipo, por qué no bajar, llamar al telefonillo, decirle que era el de la ventana de enfrente con el que desayunaba siempre, que si le apetecía salir, que si se iba con él a buscar un libro. Nunca antes habían hablado. Se puso el abrigo y dio cinco vueltas a la cerradura. Como si nunca tuviera que volver. Como si fuera de viaje. Como si fuera Ulises. Como si ese día empezara algo.

 Bajó y pese a las mil razones que en la escalera encontró para no hacer lo que iba a hacer, llamó al telefonillo y ella contestó y él le contó lo del libro. Ella se limitó a decir que vale y que le esperara cinco minutos. Apareció a los siete minutos y con una gabardina malva o morada o violeta o azul, el día era demasiado oscuro como para distinguirlo. Se pusieron a andar sin decirse buenos días. Las calles estaban parcheadas de charcos, y no había más gente. Sí un perro, que los vio pasar con tanta indiferencia que uno podría pensar que el paseo de esa pareja improvisada era lo más normal del mundo, algo que no merecería comentario alguno ni del perro ni de nadie, cuando, a todas luces, era una especie de milagro, al menos así lo definió el tipo en voz tan baja que ella ni se dio cuenta. El tipo usaba de esas palabras. Milagro, tristeza, libro, búsqueda. Efectivamente, el tipo era extranjero. Como todos los extranjeros, conocía la ciudad mejor que los que vivían allí de siempre. Sabía los nombres de las calles, las combinaciones de los autobuses, la situación azarosa de cada librería donde pudiera estar el libro que buscaba. Ella no dijo nada hasta que subieron al autobús que lleva al centro. No le importaba lo más mínimo cual era el libro, ni él por qué de la propuesta de acompañarle. Ella era una de esos raros especimenes de seres humanos que no hacen preguntas. Y no tenía planes para el sábado. Cuando se sentaron en el autobús el comprobó que la gabardina era azul. Y pensó que quizás tendría que decir algo. Habló del tiempo, de la ciudad, de lo difícil que era el idioma. Le pidió disculpas si no se expresaba bien, pero básicamente logró transmitirla la idea de que la búsqueda de libros en ciudades extranjeras era una de las experiencias más fascinantes que existen. Dijo varias cosas más, sobre cuando había llegado al país, sobre sus padres, sobre las colinas azules que rodean su ciudad natal, sobre su trabajo en la lavandería, sobre las ausencias, vacíos y huecos que encontraba en su habitación cada mañana, sobre lo que apreciaba encontrarla desayunando al otro lado de la calle. Ella se limitó a decir que vale. Que sí. Que también. Que ella ahora no tenía trabajo. Que le gustaban los libros. Fue suficiente.


Llegaron al centro. Se bajaron. Se compraron una bolsa de almendras. Se metieron en la librería y buscaron el libro sin éxito. Descatalogado. Siguieron andando y entrando en librerías. Agotado. Qué mierda de libro es ese. Nunca lo oí. Agotado. Hace años que no se publica. Una vez vi uno. Agotado. Al final se mancharon las botas de barro, se sentaron en un café a media mañana, entraron en el museo para ver un cuadro sobre un perro igualito al que habían visto cuando salieron a su calle. Se cansaron. El se desesperó un poco. No entendía por que no tenían el libro. Se cansaron tanto que ya no hubo otra y tuvieron que andar de la mano para volver. Buscar un libro que nadie tiene es una de las experiencias más fascinantes que existen, dijo ella, bromeando, imitando el acento del tipo. Regresaron al barrio, que seguía con sus charcos. En el portal de ella, se produjo uno de esos silencios que no justificaba ni siquiera el hecho de que él fuera extranjero y no dominase del toda la lengua. Se creó una especie de resistencia a la despedida, cosa que era necesaria, por otra parte. Porque era tarde, casi de noche, pese a que había luz, ya estaba despejado y el sol que se iba, junto a las farolas encendidas, parecía desvelarlo todo. Tal vez mañana podrían desayunar juntos. Pero el libro no había aparecido, y ya no quedaban librerías en la ciudad, y para qué quieres ese libro le preguntó ella, ella que no solía hacer preguntas. No hubo respuesta. Por que si levantarse por la mañana no tiene sentido, el resto tampoco, ni los desayunos, ni los paseos, ni los autobuses, ni las librerías, ni los viajes a países extraños. Se separaron. O si tenía sentido. Subió las escaleras, dio las cinco vueltas a la cerradura, entró y se quedó pensando con el abrigo puesto. Como esperando a alguien. Pensando y recordando. Los libros seguían en silencio en la habitación con huecos. A los siete minutos sonó el timbre. Era ella. Subió. Desde el rellano sacó el libro y se lo entregó, a él le dio igual. Ella se decidió a entrar. 

"...y muchas cosas inventan los aedos"



“...y muchas cosas se inventan los aedos” dijo Solón. Quizás fue en un momento de esos en los que estás un poco cabreado y tienes alrededor doscientos mil libros y dices que son muchos, y empiezas a creer en la atroz idea de que la verdad y la poesía son dos opuestos, y que todo texto debe tender hacia la verosimilitud, y que esto en realidad significa que dos más dos son siempre cuatro, que mejor copiar la supuesta realidad y Solón estaba en estas cuando pensó eso, creo y le pareció que los aedos se inventaban demasiadas cosas o es eso o lo que en realidad intentaba decir (no lo se muy bien porque la frasecita está sacada de contexto) es que los aedos se inventaban cosas en vez de repetir minuciosamente las historias que debían recordar, verso a verso, palabra por palabra, en ese ejercicio bestial de memoria que les llevaba a recordar y recitar y tal vez cantar con voces destempladas miles de versos sin que aparentemente cediesen a la vil improvisación y que así parece fue que se conservaron cosas como la Iliada y la Odisea, a base de repetir y repetir, sin que el pergamino o el papel tuvieran mucho que ver en la conservación asombrosa de esas historia que quieras que no ahí están y nos siguen sirviendo para no olvidarnos de que somos humanos y ese tipo de cosas. “...y muchas cosas se inventan los aedos” dijo Solón y nos preguntamos que quería decir esto sacado de contexto, porque hay que sacarlo de contexto necesariamente ya que es un fragmento que nos ha llegado así sin más y entonces tenemos que imaginarnos si lo dijo desdeñoso, o enfadado o por qué no, haciendo alusión a la prodigalidad de alguien, agradeciendo la manía de inventar historias y mundos y personajes y hechos de los aedos, esos incontinentes. Porque ya de por sí preguntarnos que pensaba Solón es complicado, ya que sabemos poco de su facha. Sabemos que tenía barba. Sabemos que andaba muy sólo, como su propio nombre indica. Tenemos una estatua que se le parece y que explica porqué estaba tan sólo, sabemos que fue uno de los siete sabios de Atenas. Hay que imaginarse ser uno de los siete sabios de Atenas. Es un cargo complicado, hoy en día. Sabio y encima de Atenas. Lo debió llevar mal el pibe. Pero ahí está diciendo cosas como esa de los aedos. También sabemos que fue un político. Hizo reformas y constituciones. Ahí ya tenemos una pista. Eso cambia el contexto. Porque a los políticos nunca les gustaron demasiados esa sarta de bandidos que son los aedos ni sus viles cantos. Los aedos venían a tocar las narices a los políticos. Siempre se salían por la tangente. Es como ahora, que de los poetas dicen los políticos que ya no existen. Se desgañitan proclamando versos y encima luego van los legisladores y sus secuaces y les sueltan eso de que no existen. Triste. El caso es que Solón, siendo político, y aunque entonces algunos políticos de Atenas se dedicaban a hacer también versos, lo más probable es que los aedos le cayeran de entrada mal. Por contar historias que no venían a cuento, más que nada. Eran otros tiempos pero es como ahora y entonces Solón se cabreó y dijo aquello de que los aedos se inventan muchas cosas, como si esto fuera un crimen, como si ya las cabezas estuvieran tan rellenas de realidad que no se pudiera inventar nada, como si nos tuviéramos que conformar con lo que tenemos y poner una mordaza a todo aquel que propusiera una alternativa, acusándole de poeta. Mal camino. Solón no sabía lo que decía. Mejor se hubiera quedado calladito y guerreando a los persas.