domingo, 13 de abril de 2014

Movimientos inesperados



Tremenda desilusión cuando,
a las tres menos cuarto
del día señalado en el calendario,
alguien,
de aspecto más bien infantil,
se dio cuenta así, de repente,
de que los pájaros se ponen a volar en cuanto te acercas un poco a ellos con las manos abiertas.

El hecho de que ese alguien sea un niño
no rebaja la importancia de semejante decepción,
pues lo que el niño quería, evidentemente,
es coger con las manos al pájaro.

El parque está resentido desde ese día y ya no levanta cabeza.
Las intenciones del niño tampoco es que estén muy claras.
¿atraparle, para qué?
No es tan fácil deducir que la causa de ese interés fuese meramente egoísta o criminal.
Los pediatras no se ponen de acuerdo en este punto.
El caso es que muchas veces los pájaros son desconfiados.

Esta sucesión de movimientos inesperados tuvo sus consecuencias.
El niño se fue haciendo a la atroz idea de que las cosas se escapan de las manos cuando menos te lo esperas, e intuyó,
de una forma casi definitiva,
que el mundo no estaba hecho a su medida ni las cosas se dejaban manejar a su antojo.
Alguien afirmó que este descubrimiento era necesario,
que mejor darse cuenta desde pequeño,
que si no se hubiera dado cuenta por su cuenta alguien le debía hacérselo saber por las buenas o por las malas.
Pero uno no puede dejar de percibir, en el sinsentido de los deseos incumplidos, en el rostro serio y cariacontecido del niño sin pájaro, una tristeza incomparable.
Y eso fastidia.

El niño se hizo un poco más pequeño.
Desvalido, podríamos decir.
Las tristezas incomparables son lo que tienen, que son difíciles de digerir,
a cualquier edad.
Mientras, ¿qué fue del pájaro?

Se salió con la suya, eso fue todo.