lunes, 16 de junio de 2014

Puentes circulares



El tipo aquel subió al metro en la estación de Nostrand con la sensación de que alguien acechaba detrás, de que le seguían, de que en cualquier momento podrían echársele encima y arrebatarle su metrocard y entonces ni metro, ni cruzar el río ni llegar a Manhattan. La oscuridad había dejado de darle miedo hacía treinta años, pero dentro, por el contraste con el sol de afuera, no veía nada. Sus ojos se fueron acostumbrando muy lentamente a las lámparas que parpadeaban cuando un tren de la línea A se paró justo delante. Tiene que coger el metro y desde esta mañana se acuerda de un sueño que tuvo hace mucho, donde le perseguían y él los despistaba corriendo y escondiéndose después de cruzar un puente de hierro enorme.

Se sentó y las puertas se cerraron medio segundo después de que él por fin se decidiera a entrar. De sus manos pendía un libro, cuyas páginas dobladas y mojadas por la lluvia no llegarían al final del día. Él lo había empezado a leer esa mañana y parecía estar escrito con la sola intención de que nadie entendiera muy bien para qué estaba escrito. Un antropólogo rumano de fama universal sostenía que el eterno retorno, la concepción de oriente de un tiempo circular, la repetición de los arquetipos y todas esas cosas eran muy preferibles a cualquier clase de tiempo lineal que induciera a creer que hay progreso. El tipo nada más empezar el libro estuvo de acuerdo. No hay progreso, ni sentido, ni aunque quieras vas a alguna parte sino que te dedicas a dar vueltas, como ese metro en el que ahora iba y que esperaba llegara a Manhattan pero quien sabe, igual se ponía a dar vueltas porque sí y dentro de un momento volvería a estar en Nostrand buscando la entrada, sintiéndose perseguido, con el libro mojado colgando de sus manos temblorosas.

Hay un predicador negro en el vagón. Con una biblia enorme, con gafas, vestido de azul y corbata, parece dispuesto a ofrecer la explicación de porqué él se metió a cristiano a ver si alguien le imita. Prepara la voz, carraspea, dice voy a contaros algo y se queda con la boca abierta y callado porque a un lado del vagón un niño, también negro, de unos ocho años, le interrumpe y empieza a tocar una flauta de madera, de esas que hay que comprar para el colegio a costa del almuerzo de dos días de toda la familia. El predicador deja que el chico toque la flauta y todo el vagón se ríe, y piensan se ha quedado con la palabra en la boca. Cuando termina empieza a pasar la gorra, los billetes de dólar salen de todos los bolsillos incluido el del predicador, en un gesto bastante cristiano en eso de amar a los enemigos. Una vez que hemos asistido a este breve concierto de nuestro pequeño hermano, ya puedo contaros porqué me metí a esto de cristiano, yo estaba en mi casa tranquilamente cenando con mi cuñado cuando...entonces el chico de la flauta, Sam, esta vez por mero interés de joder al personal, vuelve a tocarla al otro lado del vagón, una tonada entre irónica y sentimental. El predicador respira y sonríe, pero es evidente que está fastidiado, vuelve a callar y a escuchar el concierto de flauta. Tenía razón el antropólogo rumano. Todo se repite, los comienzos y sobretodo, se repite los intentos de comenzar que no comienzan, el tren llega a High Street y el tipo que se subió en Nostrand empuja a dos señoras para salir precipitadamente a pesar de que su intención era llegar hasta Manhattan.

Por qué se apeó en High Street nadie lo supo nunca. Las consecuencias serían catastróficas para el libro del antropólogo rumano, porque seguía lloviendo, hasta con más fuerza, esa lluvia tan constante que no mueve ni el viento, esa lluvia gris, de dudoso estado líquido que más bien parece una manta dejada caer a peso, desde muy arriba, lluvia con sabor a Atlántico, lluvia de la que el tipo se intenta proteger con un paraguas acostumbrado a otro tipo de lluvias. Por fin entiende que lo que ha decidido al saltar del vagón en High Street es cruzar el puente de Brooklyn andando, porque así hará un poco de ejercicio y es bonito llegar a Manhattan tan solo usando un par de piernas. Así que empieza a andar, bajo la lluvia que encima de los puentes cae más fuerte que en la calle, como todo el mundo sabe. Los puentes como este, aunque están ligeramente combados, dan siempre la falsa sensación de que llevan al otro lado del río. El tipo empieza a dudar si este puente en particular que cruza por primera vez aguantará su peso, peso enormemente aumentado por el agua que le empapa y que el paraguas no ha logrado repeler. El libro es una pura esponja y se va deshaciendo lento entre los dedos del tipo que acelera el paso entre los charcos. Levanta la vista y ve que las nubes están a media altura de los rascacielos, anda y en diez minutos se supone estará al otro lado pero duda, como siempre duda si no será que sea un puente circular que le devuelva a Brooklyn y nunca llegue a la isla. Mira para atrás y no ve a nadie. Mira para adelante y hay un tipo con pinta de ser japonés que se le acerca mucho más preparado que él para esas circunstancias, envuelto en un chubasquero amarillo. Intuye que por debajo, en el río, circulan bestias submarinas de varias cabezas, del tamaño de ballenas azules, con escamas irisadas en la oscuridad de las profundidades. El tipo puede imaginar lo que le de la gana, que para eso le pagan. El japonés se le cruza y le dice: está lloviendo. En japonés. Pero le entiende.

La lluvia es una cosa que siempre sucede en el pasado, la lluvia es circular,  entra y sale del mar, entra y sale de la memoria, esta es la misma lluvia que un día soñó que le empaparía cuando cruzara el puente de Brooklyn por primera vez, sueño atestiguado en una libreta fechada el siete de agosto de mil novecientos ochenta y nueve. Igual, piensa ahora, cambiando de idea, que el antropólogo rumano no tuviera razón del todo. El puente se acaba y está al otro lado. Un taxi amarillo aplasta un charco sin piedad y sin piedad le salpica lo justo para que el tipo esté definitivamente empapado. Es hora de recordar más detalles de aquel sueño. Vuelve a dudar. Cree que ahora está empezando algo que acabará en alguna parte.