jueves, 17 de julio de 2014

Elecciones apresuradas



Se tomó su tiempo a la hora de tomar la decisión. Decoraba las esperas con ideas absurdas sobre Raquel. Soñaba con la posibilidad de que un día todo se viniera abajo. No supo cuándo fue que empezaron las dudas. Cuándo empezó el miedo a equivocarse. Antes de septiembre, sin duda, cuando solo se dedicaba a subir y bajar persianas. El calor había caído sobre la ciudad somnolienta y a primera hora bajaba sistemáticamente las persianas, los toldos, cubría las ventanas con cortinas, tenía mucho cuidado de que no entrara un solo rayo de sol por la mañana y a la noche volvía para abrir, esperando una corriente, aunque fuese mísera, que le aliviara. Y después bajaron las temperaturas y empezaron a llegar las cartas de Raquel. Eran sobres grandes, tamaño folio, con manchas. Dentro, en un papel arrugado, estaban los dibujos. Ni una palabra. Sólo dibujos de animales. El primero fue un tigre de Bengala. Tenía los contornos muy difuminados, porque el tigre se estaba moviendo como cumpliendo una amenaza. Era uno de esos tigres de mirada fatal y perfecta. El segundo no tenía nada que ver. Una especie de koala, amarrado a un eucalipto amarillo. Cada tres días llegaban nuevos dibujos. Perros, hormigas, jirafas, daba igual. Animales salvajes casi siempre. Álvaro conocía poco a Raquel. Solo habían hablado un par de veces, cuando coincidían en el portal. Ella vivía en el quinto. Los sobres no llevaban franqueo. Era evidente que se habían introducido en el buzón directamente desde las manos de Raquel. Álvaro no tenía puesto el nombre en el buzón. Hacía unos meses que alguien había arrancado la pegatina, y había esparcido los restos por la escalera, tal vez ejecutando algún tipo de venganza de la que desconocía la causa. A las dos semanas le llegó un dibujo de una pantera que le gustó bastante. Era negra, con aspecto de ser letal y suave al tacto. Como se imaginaba a Raquel. En el sobre encontró al fin una nota, escrita a mano y con mala letra, en la que ella tan sólo le pedía algo, mediante dos palabras aisladas y misteriosas: “Elige uno” Álvaro no se hizo demasiadas preguntas de por qué ella le hizo esa propuesta, como no se las había hecho de por qué su vecina le mandaba dibujos de animales. Sin embargo, se tomó en serio la imperativa nota, como si de esa elección dependiera el destino de ambos. No tenía la menor idea sobre qué criterios debía utilizar para elegir el dibujo. ¿El que más le gustara?, ¿El que diera más miedo?, ¿El que tuviera colores más vivos?... Despejó la mesa de restos de comida y migas. Extendió los dibujos, sin orden y de momento se limitó a admirar el arte con que habían sido compuestos, la extrema delicadeza con que se habían perfilado sus detalles. Sintió deseos de hacer algo con Raquel. Tal vez subir y saludar y entrar en su cuarto y verla desnuda. Entonces pensó que el tigre o el puma serían una buena elección. Pero siguió dudando. El dibujo de una garza, al borde de un cañaveral, hierática, esbelta, casi japonesa, realizado mediante líneas sueltas y tenues, de un color entre blanco y gris extraño, al borde de una laguna, también le llamaba mucho la atención, sin saber por qué. Tras una semana dándole vueltas a la cabeza, por fin apartó uno, lo miró de arriba a abajo, se preguntó si de esa especie aún quedaban ejemplares libres. Cogió el dibujo, lo metió en un sobre y lo echó al buzón de Raquel. Se equivocó. No sabía muy bien lo que hacía. Eligió la quimera. Ella hizo la mudanza una noche, sin que nadie lo notara. Desapareció sin dejar señas, ni rastro, ni un sobre con un dibujo de despedida. La lluvia empezó a repiquetear sobre las persianas bajadas. 

jueves, 3 de julio de 2014

La ciudad rota de Miguel Rubio



Tercera novela de M. Rubio, que ya desde la portada del púgil en reposo, del boxeador después de la pelea y probablemente derrotado, define las características de los personajes que la recorren, la sombría y épica imagen de los que no acostumbran a salir indemnes de los combates.

La ciudad que se perfila y a la que alude el título podría ser Madrid, como podría ser cualquier otra ciudad, lugar indeterminado, fragmentado, por el que deambulan un número casi ilimitado de voces, de personajes indefinibles y que a manera de una novela coral van tejiendo sus historias, sus desavenencias, sus desdichas, sus distintos puntos de vista para lograr una historia colectiva plagada de meandros y caminos sin retorno que sin embargo confluyen en ese objeto extraño que es una manifestación de protesta indefinida.

El concepto de ciudad fragmentada en esta novela no corresponde a la ciudad idealizada al modo en que las concibió Calvino, ni una ciudad fotografiada al milímetro de un Antonio López, es más bien la ciudad a contraluz que recorren los flaneur de Walter Benjamin, las galerías violentas y agónicas que surgen de un presente líquido, globalizado, excluyente. La Ciudad Rota no define unos personajes característicos, costumbristas de Madrid, sino más bien a excepciones, a inadaptados que excluyen los tópicos y que parecen ir siempre a contra corriente. Están marcados por el fracaso, sí, pero un fracaso que nace de un tipo de rebeldía que confiere a estos personajes el estigma de héroes urbanos.

La derrota deviene necesariamente de su relación con el pasado, una relación problemática, intensa, que excluye el olvido y la conciencia tranquila. Hay cuestiones pendientes, errores, destinos cruzados y confusos, decepciones, mentiras que la corriente intransigente del tiempo vuelve irremediables. La música, parafraseando a Borges, igual que la lluvia, es una cosa que siempre sucede en el pasado. En esta novela, es la llave que deja entrar el recuerdo. Así en El verano en que la música murió, dónde el primer flash-back viene precedido por una canción de Mclean, aunque también por una magistral enumeración de objetos que son parte de “recuerdos absurdos”, pero que como teselas de un mosaico van recomponiendo una historia nunca cerrada.

El lenguaje es claro, liso, sin florituras, afín al imperativo del autor de no perderse en las formas. Esta elección permite sin embargo momentos que rozan lo lírico, mezclados y entretejidos magistralmente con otros, como en My Way, de una precisión sensitiva y sensual admirable. Se excluye la grandilocuencia y la sensiblería. Las acotaciones de los diálogos son directas y simples. Todo encaja y se desliza con una suave cadencia de balada, sin que falte la tensión ni los puños cerrados.

Otra de las cumbres estilísticas de este libro es la consecución de atmósferas. Como decía el pintor Turner, la atmósfera lo es todo. Se trata aquí de esa atmósfera “densa y sucia” del Tristeza bar que se contagia un poco al resto de relatos, una atmósfera bien concretada a base de elementos sensoriales precisos que logran esa rara proeza de hacer partícipe al lector de la historia, de introducirle en el escenario donde se desarrolla la acción, de permitirle oler literalmente lo que los personajes huelen, propiciando el marco apropiado para una empatía obligada. El uso de la primera persona en relatos o capítulos como Tristeza bar, El verano en el que la música murió o Pago de favores, refuerza esta inevitable participación del lector en la historia, en su intensa y fulgurante introducción en ella desde el primer párrafo.

Pago de favores es quizás el relato o capítulo más espectacular por su trama, donde el conflicto adquiere tintes de tragedia clásica, donde los personajes se enfrentan, como en la épica antigua a decisiones impracticables. Es difícil encontrar en la narrativa actual, donde predomina tanto el sarcasmo, este deslizamiento tan decidido hacia un mundo en el que la conciencia o el coraje se vuelven protagonistas de las decisiones de los personajes, unos personajes que remiten necesariamente a los grises héroes de Raymond Chandler y en el que sin embargo hay sitio para el humor, un humor único del autor, hecho a ras de calle y que ofrece un contrapunto estimable ante tanta adversidad y crudeza.

En fin, se podrían escribir muchas cosas más sobre este libro, leerlo puede tener los mismos resultados que apurar una copa, sea ese Manhattan inolvidable de My Way o de cualquier licor indefinido del Tristeza Bar. Eso sí, hay que tomarlo al final de la noche, cuando el local se ha quedado ya vacío, un poco antes de cerrar. Se trata de uno de esos momentos que tienen que ver con la memoria, con la nostalgia, con los sueños incumplidos, pero también con los deseos y con la buena literatura.