martes, 23 de septiembre de 2014

Secretos de patio



Este hombre que te digo, nació en Madrid, aunque vivió la mayor parte del tiempo fuera, fuera de sí, como si no habitara lugar alguno. Tenía un carácter caótico, se dedicaba a leer libros convulsos convulsivamente. Tuvo una pluralidad de laburos asombrosa: continuador de líneas blancas, entre ellos. Su poesía es importante, aunque nadie la conoció ni siquiera fuera de su ciudad natal. Trabajó de técnico de laberintos, varios años, sin saber para qué. Era moreno, de escasa estatura, propenso a estornudar siempre en el peor momento. Lo importante de su carácter era su afición a los secretos. A guardarlos sobretodo. Al noroeste de su casa había un archivo muerto, en donde tenía cosas que no conocía nadie. Estaba en una calle atestada de ruidos, de ecos, de vida, pero eso a él no le importaba. Sólo tenía que cerrar la ventana. Por las mañanas se acercaba, sacaba las llaves y a duras penas subía los cinco pisos, después de saludar a la vecina del primero, la francesa, si no estaba ausente del umbral de su puerta. Entraba y se sentaba, resoplaba. Recurría a los libros escondidos para recuperarse. Su interés estaba más que nada en los libros que le faltaban. Aun así, en el archivo secreto guardaba otras cosas además de polvorosos tomos de poetas riojanos. El archivo pronto se convirtió en una antología de objetos absurdos. Entre ellos, destacaba su colección de opiniones muertas. Eran esas cosas que se dicen sin pensar, rescatadas de conversaciones callejeras o familiares, en las que un tipo sin sombrero, impulsado por la mera necesidad de hablar, dice o afirma algo que no viene a cuento, una opinión sucinta y meramente absurda, sobre cualquier tema del que no tiene ni media idea, opiniones que casi siempre eran tan obvias que no merecían decirse. Las guardaba en cofrecitos azules, de cartón. Había más cosas. Pequeñas figuritas de jade, que semejaban ejércitos mogoles. Luciérnagas fundidas, cristales rayados, una buena muestra de lapiceros a medio comer, pero sobre todo había cajas, pequeñas, grandes, con diferentes embalajes, donde estaban sus secretos, secretos que eran tan secretos que ni él mismo sabía qué eran. Su manía con los secretos la llevaba desde la infancia, como quien lleva puesta una bufanda en verano. Posiblemente se morirá con esta pasión insatisfecha. Si no hubiera nacido en una ciudad las cosas hubieran sido diferentes. Los secretos son cosas de las ciudades, en los pueblos no hay sitio, en el campo abierto son demasiado absurdos. Siempre, antes de ponerse a repasar, catalogar, y enloquecer con las cajas-incógnitas, partía una chirimoya, se entregaba a pequeños olvidos y pensaba en los amores fallecidos. Su vida, por más que cualquiera pensara lo contrario, era una forma del fracaso. El piso iba a dar a un patio, a veces, en un descanso, se asomaba y veía al perro que abajo se espulgaba invariablemente, siempre, a las cuatro y cuarto. En realidad, lo que le interesaba no era el perro si no su dueña, la señora del primero, que pensaba podría tener un secreto. Desde hacía semanas la observaba, cuando salía al patio a lo que fuera, pensaba que era francesa, por como se ataba el pelo, también observaba su cara que estaba surcada por la inconfundible marca de la tristeza, a fuerza de lágrimas, lágrimas esas tan funestas, que suelen salir de ojos azules. Una mujer tan linda, decía el pobre hombre, no puede llorar así, tan metódicamente, si no es por un motivo puramente secreto. Lo cierto es que entre sus planes estaba averiguar ese secreto, tal vez robarlo y añadirlo a su colección. El perro no daba pistas sobre qué le pasaba a su dueña. El perro y sus pulgas parecían felices. Así hasta que un día ella salió a colgar la ropa y él mediante gritos y ecos, le preguntó así, nomás: ¡¿Qué cosa es tu secreto, francesa?! Ella miró hacia arriba, con unos calzones en la mano, mientras el perro se levantaba, asustado. Con un acento auvernés que no podía con él se limitó a contestar, airada: ¿¡Y a ti qué!?. Fue tajante. El hombre no era de los que se conforman con diez y siete negativas. Necesitaba diez y ocho. Así que al día siguiente volvió a su archivo, trayendo entre sus manos unos cartones compactos, acolchados, rígidos, resistentes, de dos metros por cuatro, con las esquinas protegidas, y unas cuerdas. Esperaría, volvería a preguntar, vería de qué pie cojeaba la mujer, miraría a la francesa, descubriría su secreto, haría con él un atado y lo pondría al final de la estantería del fondo, donde nadie, ni siquiera él, lo recordaría.

Pasaron muchas de esas cosas extrañas que llamamos meses. Se cayeron hojas, avanzaron vientos, se sumaron desdichas. El tipo seguía mirando al patio desde el archivo, a ratos, hasta que un día llegó la lluvia y la francesa dejó definitivamente de salir a colgar la ropa. Qué hacía con ella es un misterio, el hombre pensaba que la acumularía perpetuamente húmeda en lóbregos y ensimismados armarios. Y eso, como a cualquiera, le ponía triste, también teniendo en cuenta que el secreto de la francesa tal vez quedaría para siempre oculto, ajeno a su colección, a su museo, ignorado, perdido, como un pecio en un mar demasiado húmedo. Para combatir esa tristeza, al hombre no se le ocurrió otra cosa que ponerse a leer el Ulises de Joyce. Era una obra cuyo significado siempre le pareció de una claridad deslumbrante, algo nada ajeno a su persona, una serie de palabras muy ordenadas que le daban una tranquilidad que no conseguía con otras cosas, ni siquiera con la contemplación del vuelo de las hormigas aladas. La lluvia siguió cayendo, zumbona. Cerró la ventana para que pasaran un par de meses más, escampó y se asomó de nuevo, tras dejar el Ulises a falta de un capítulo para acabarlo. La francesa seguía sin tender la ropa en el patio, pero el perro estaba allí. Mirando hacia arriba. Mirando con su máscara de perro. Mirando como fijamente. Mirándolo a él. Es difícil aguantar la mirada a cualquiera, pero a un perro más. La escena se repitió en los días sucesivos. Hasta que el hombre se dio cuenta que el secreto, si había algún secreto, lo tenía el perro y no su dueña.


Tras aterrizar en esta conclusión, el hombre no hacía más que idear cómo sacaría al perro su secreto. Había dificultades, con el idioma, con las maneras, con el método. Conociendo a ese perro, no se podría concluir que su secreto fuese tan prosaico como un hueso enterrado o que estuviera enamorado de su dueña. Eso no podía ser, era algo más misterioso, más, si se quiere, sobrenatural o literario. También podríamos estar hablando de un secreto peligroso. Los secretos peligrosos son una especie aparte. Pueden morder, hacer que la vida se tuerza, podrían incendiarse y hacer que el resto de objetos del archivo desapareciesen convertidos en fútiles cenizas. El hombre, prudente, pensaba en esto mientras hacía una fidecuá de pato. El caldo borboteaba sobre un hornillo y no habiendo salida de humos, el archivo se volvió algo rematadamente enigmático y húmedo-caliente, cubierto por la pura niebla. Sherlock Holmes llegó, entró, se paseó por unos momentos por las habitaciones, vio, dijo que allí no había nada que ver, y se fue por donde vino, dando un portazo de cocainómano. El perro, por fin, ladró abajo. Volvió a mirar arriba, como diciendo, usted busca algo que no sabe lo que es y que no querría saber qué es, seguro que no podría aguantar mi secreto en su archivo, ni reforzando la estantería con vigas de acero. No se, la mirada de un perro puede decir mucho. Al final, impelido por un impulso meramente animal, resignado ante la mirada del hombre que decía aún así prefiero saber, cedió y se acercó a un rincón y comenzó a arañar con sus garras, haciendo un agujero en la tierra de un parterre, desenterrando algo, su secreto. Se lo llevó a la boca y lo dejó en el centro del patio, para que lo viera, como si fuera un ídolo rescatado. Se trataba de una enorme pinza, de una forma extraña, enrevesada, color púrpura, metálica, irisada, brillante, hermosa, práctica, manchada de limaduras de oro, asombrosa, de origen incierto, una pinza de esas que caen impunemente en los patios sin que nadie les preste la menor atención pero más valiosa. El archivero de secretos se quedó cabizbajo, algo triste, pensando en más bien nada. Apareció la mujer, con el cesto de la ropa. Apartó al perro. Recogió la pinza. Con un gesto flexible, natural, amplio, realmente bonito, se la llevó al pelo y con ella, mediante un acto de prestidigitación prodigioso, se sujetó el pelo, negro para más señas. El hombre comprendió entonces que hay secretos que no le pertenecían, que hay cosas que mejor dejarlas libres, que hay lugares oscuros a los que sus ojos de coleccionista nunca le estaría permitida la entrada.