miércoles, 26 de noviembre de 2014

Se hace de noche demasiado pronto



Se hacía de noche demasiado pronto. Sin tiempo para que la luz siguiera filtrando su piel demasiado blanca. Llovía con una furia desusada. Entró en la boca del metro, corriendo, chorreando, sintiendo un escorpión en su garganta. La noche aquella era distinta y ella se sentó en el banco del andén. Al rato cabeceaba, centrada, pensativa, seria, mirando fijamente su propio vómito a sus pies. El tren llegó con algunos minutos de retraso. Se abrieron las compuertas y una voz en el andén se quejó de lo resbaladizo del piso. Se entremezclaron paraguas mojados y rotos. 

Ella dentro del tren, como si nada, siguió mirando el suelo. Las horas pasan despacio en la noche vacía. Tenía que llegar al otro lado de la ciudad, donde alguien la esperaba. En la parada siguiente, el metro se detuvo, se vació de gente, se apagaron las luces. La diversión había por fin acabado. Era durante aquella época en que las noches se medían por gramos. Cuando la música resbalaba fácil por oídos expertos. Cuando el dolor no era más que una condición de los sueños. Ella llevaba puesta una camisa que le dejaba un hombro desnudo. Llevaba tenis viejas, una falda corta, la mirada húmeda y roja. En la oscuridad del metro vacío aún se reflejaban sus ojos. Parecía una tigresa desahuciada. Pasaron unos minutos, pero no tenía fuerzas para levantarse y salir como los demás. Se oyó algún ruido de tuberías, de carreras, de gritos, de golpes y chapoteos afuera. Las puertas se cerraron sin más avisos. Los motores se apagaron como queriendo dormir. La oscuridad era húmeda y negra y fétida y acogedora. 

Ella seguía mirando sus pies pero ya no los veía. El dolor de estómago se había vuelto ligero, y podía por fin respirar bien, nadie sabría allí de las marcas de jeringuilla de su brazo.  Palpó con sus manos las zapatillas y comprobó que estaban mojadas pero limpias. Quería regresar a casa. Simplemente no podía moverse. Estaba débil, justo como después de que te de una patada la persona que más quieres, ese tipo de debilidad que es una respuesta cuando ya no hay respuestas. Pensó si en el vagón cerrado y a oscuras habría suficiente aire para pasar la noche. Tal vez dentro de unas horas volverían a removerse los motores y aquello echaría a andar y llegaría por fin a casa. Cualquier cosa era mejor que levantarse y ponerse a golpear las puertas como si de ello dependiera su vida. Pasó unos minutos hasta que empezó a adormilarse. No debió salir aquella noche. Atrás quedó la imagen de aquel local en donde cien personas se frotaban sin que nadie buscara un sentido. Se acordó del tipo que le pasó el caballo, de sus dientes que la boca se obstinaban en contener, de su sonrisa falsa de camello disfrazado de amigo. Se acordó de su amiga Rosa, de su pelo mojado pegado a la cara perdida en el barullo de la sala, de su mano en el aire alejándose entre el oleaje de cuerpos. Se acordó de que aquel día era su cumpleaños y de que se suponía que ahora tendría que estar celebrándolo con su familia. Se acordó de que mañana tenía examen de sociología. Se subió las medias y comprobó que también estaban limpias. Cerró los ojos, y pasó quizás una hora o dos hasta que afuera empezó a oír los pasos. 

Eran pasos de botas tristes. Eran pasos cada vez más nítidos. Luego oyó el chirrido de la puerta. Oyó que alguien entraba al vagón y que la puerta volvía a cerrarse. Alguien se había sentado en el otro extremo, en el asiento de plástico rojo que vibró hasta donde ella estaba. Oyó su respiración. Su silencio. Pasaron unos cuantos minutos más, tal vez una hora. Ella no intentaba imaginar quién podía ser. Ella ya no se entretenía, por aquel tiempo, haciéndose preguntas sobre nada. Ella se conformaba con seguir respirando a pesar de que tal vez pronto no quedaría aire. No quiso saber quién estaba con ella. No quiso saber si las hormigas recorrían el suelo. Ni si aquello era una especie de castigo. El otro, el de la esquina, de vez en cuando se removía, como buscando una posición cómoda en el asiento. Cada quince minutos carraspeaba, muy ligeramente. Ella ya hacía tiempo que había vuelto a sentirse bien. Recordó una película que dejó a medias la semana pasada. Iba de ciertos asesinos, que secuestraban, jodían y carraspeaban como el tipo de la esquina, suponiendo que lo que había en la esquina del vagón era un tipo. Y no un animal. O algún habitante de sus pesadillas. Todo seguía negro. Pero pensó si no sería conveniente decir algo. Preguntar no. Sólo decir algo. Saludar. La situación para ella era normal, como la fiesta, como los polvos a mediodía, como las huidas constantes. Dijo hace calor como quien dice socorro. Pasó unos instantes de duda, de arrepentimiento, de mejor estar callada. A él no se le ocurrió otra cosa que preguntar a dónde iba. Se rieron, porque era evidente que no iban a ninguna parte. Es absurdo, dijo él. Por qué, contestó ella. Y hablaron. Y se quedaron callados después. Y hubo de nuevo palabras, bromas, historias, mentiras, sin que hiciera falta justificación alguna. Y pasaron unas cuantas horas, tal vez tres. Hablaron de todo menos de por qué estaban en ese vagón parado a oscuras. Trataron la posibilidad de abrazarse, pero al poco la descartaron, por obvia. Prefirieron hablar, hasta que él también le felicitó el cumpleaños. Ella no le había dicho que era su cumpleaños. Entonces vinieron unos minutos de silencio. Algo tenía que haber pasado afuera. Algo necesariamente malo, porque ella dejó de sentir el latido del reloj en su muñeca. Él sugirió la posibilidad de que no salieran nunca. Ella aceptó este temor como una propuesta que daba solución a todos sus problemas. Pero el agua, indiferente a este encuentro, indiferente a sus resoluciones, a sus intentos de redimirse, empezó a entrar en el vagón, cubriendo lentamente el suelo, los zapatos, los calcetines, los carteles, los asientos, las rodillas, los sexos, los brazos, las palabras.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

No te quejes tanto



¿Crisis?, ¿Qué crisis?. Cuando me hablas de la crisis me acuerdo de aquel pequeño mono, sí, deberías haber oído hablar de él, el mono de Krakatoa. ¿No conoces la historia?. Lo encontraron en 1883, unos días después de la erupción del Krakatoa, navegando tranquilamente encima de un tronco de palmera chamuscado, por el estrecho de Sonda, en Indonesia, sí, allí mismo. Llevaba por lo menos tres días en el mar, era un superviviente de la erupción del Krakatoa. Estaba allí, de toda la vida, en la ladera del volcán, recostado, comiendo plátano, rascándose, filosofando, ocupado en esas cosas que hacen los monos, no se. Y entonces el volcán se hizo añicos. Se oyeron unos silbidos extraños aquí y allí, empezó a salir humo por todas partes, y después vino el gran reventón. Aquello si que fue una crisis. La isla voló por los aires con la explosión cataclísmica, hubo un maremoto, el tsunami que provocó llegó hasta Madagascar y hasta California, hubo 36.000 muertos en las costas, desaparecieron puertos y ciudades, las cenizas volcánicas llegaron hasta la estratosfera, cambiando el color de los crepúsculos en todo el planeta durante un año, descendió la temperatura global unos cuantos grados, haciendo perder la cosecha de arroz a millones de chinos que pasaron bastante hambre y el mono... el mono tan contento, salvo por unas pequeñas quemaduras de segundo grado en la espalda y por la sed. Sí, estaba cansado, pero sobrevivió, así sin más, hasta que lo rescataron unos pescadores y lo llevaron a un refugio y le dieron piña colada....¿y me dices tú ahora que estamos en crisis? ¡Anda! No me vengas con esas y ponte a escribir.