jueves, 18 de diciembre de 2014

Cláusulas



(Cláusula 3.45/2014: “me gustaría que esto se leyera con toda la seriedad posible, gracias”)

La quiero, pero lo digo no muy convencido...En realidad, lo que es seguro, es que siempre había deseado, antes de juntarnos, ponerle un gorro rojo en la cabeza. Rascarle la espalda. Meter las manos en sus bolsillos, calentar mis pies con los suyos, leer, cazar hurones, revolver armarios ajenos, sollozar a medias por cómo le va a los amigos comunes, untar de mantequilla la punta de su nariz las mañanas de invierno, soltar escupitajos callejeros al unísono, cantar a capela arias extinguidas del siglo de las luces, rodar por cunetas encima de ella, morir a la vez. Fue por eso que redactamos un contrato. Porque ella también quería hacer conmigo cosas extrañas. Las parejas que conocemos hacen pactos por cosas más prosaicas, bien es cierto. Por eso también nos dedicamos a odiarlas. Lo importante es esto, que por una vez, antes de empezar cualquier relación, ella y él se sienten en un sillón viejo, como hicimos nosotros. Hay que tranquilizarse primero, contenerse mutuamente las ganas de reír, ponerse uno enfrente del otro con cara de perro, con un papel y algo para escribir, que a veces cuesta encontrar pero que es necesario. Llegados a ese punto, conviene mantener fija la mirada un instante, en silencio, para concentrarse, para reparar las distorsiones y extorsiones que provoca el ruido exterior, los rayos ultravioletas o la humedad reinante por las bajas presiones, es decir todo ese medio ambiente incompatible con esta práctica. Entonces hay que empezar a discutir, a pelearse, a llegar a los insultos si es necesario, eso si, sin hacerse daño. Hay que ofrecer muchas ideas, palabrear sin descanso, gritar, exponer al otro todos los deseos, las expectativas que tiene el uno del otro, las compatibilidades y las manías insoportables, los gustos y disgustos, las probabilidades de que la elección equivocada de una camisa pueda causar una tragedia. Hay que hablar mucho, hasta la extenuación, y levantar una pormenorizada acta de cada acuerdo. Al final, tras dos días, tres, o una semana, o tras lo que sea necesario, quedará finalmente redactado un documento en el que permanecerá consignado el contrato por el que ambas partes, de forma informal, libre e inusual, se comprometen a darse coba para el tiempo indefinido que les toque pasar juntos, para los desmedidos encuentros en estrambóticos lechos, para las conversaciones a medianoche, para la celebración de cumpleaños rutinarios y otras sandeces, para sobrellevar trabajos anodinos y grandes explosiones de entusiasmo a destiempo. Resumiendo, para quererse, si se me permite esta terrible expresión de lo inefable. 

Nuestro contrato, puedo decir, incluyó muchas cláusulas absurdas. Pero también una en la que se reconocía el derecho a decir, hacer y escribir cosas absurdas. Todo quedó muy bien atado. Incluso una exagerada concesión mutua de libertad para ambas partes, repartida equitativamente. El documento, una vez revisado por el gato de la casa y por la vecina del quinto, se legalizó y se selló en un registro no mercantil. Pagamos unas tasas y después lo celebramos con alcohol de garrafa y un revolcón. Pero esto parece ser que no fue suficiente. Todo negocio depende también de otros factores, los acuerdos, los contratos, las planificaciones, todo, puede venirse abajo si, por alguna razón, los cimientos del acuerdo se inundan de sustancias tóxicas o, que todo puede pasar, se tiene mala suerte. Hay muchos imprevistos que no están consignados en los manuales para llegar a viejo. Yo empecé a notar que algo no iba bien el lunes pasado. 

Fue el típico día que lo meterías en una bolsa de plástico y lo tirarías por el retrete y que pese a todo, el día aun se complica y es lunes y el retrete se atasca y empieza a salir agua y a inundarse el baño y luego alguien llama por teléfono y es para darte una mala noticia con mala uva y bueno, ya sabéis, todos hemos tenido un día como ese. Yo me desperté y a las dos horas ya tenía ese tipo de lunes y como no estaba para más tonterías decidí no ir a trabajar. No conviene empeorar las cosas que empiezan mal, exponiéndose más de lo razonable. El caso es que sin quitarme las legañas volví a la habitación y la vi, allí tendida, embelesada o yo que sé con alguno de sus sueños ocultos. Estuve observando aproximadamente unos cinco minutos como se movía ligeramente entre las sábanas, se relamía, sonreía con los ojos cerrados y en un instante, se quedaba seria o atemorizada o definitivamente feliz. A los cinco minutos fui al armario y busqué la caja de zapatos donde habíamos archivado nuestro contrato. Lo revisé de arriba a abajo. En ninguna cláusula pusimos nada al respecto. Me dije, hay que respirar. Y respiré. Al rato me volví a decir, hay que esperar e intenté esperar pero no pude así que me tiré a la cama y la zarandeé, la hice cosquillas, puse la música a mil decibelios e hice entrar al gato y me puse a saltar sobre el colchón hasta que casi revienta, como hago todas las mañanas de sábado, porque así estipulamos que tenían que ser nuestros despertares, a base de terribles conmociones. Pero era lunes y ella se dio cuenta enseguida de que algo me pasaba. Yo de momento no le dije nada, salvo vamos a desayunar. Saqué antes de nada la basura, por la ventana, para desahogarme, para que cuando desayunara con ella no estuviera tan agitado. 

Ella se sentó en la mesa de la cocina y bostezó, tras destapar el bote de mermelada de calabacín. Yo freí las costillas asadas y los boquerones que sobraron de la cena. El café olía como suele oler el café de los sábados. Pero ni siquiera así me quedé tranquilo. Ella empezó a untarse mantequilla en su nariz, pero vio que esta vez no me hacía gracia. Empezó a hablar de sus planes para ese día que incluían ir a la compra, destapar algunos secretos de estado, escribir cartas, colocar su colección de tortugas, descolgar la ropa, quedar con un par de amigos probablemente para acostarse con ellos, escuchar a Poison, ir corriendo a todos lados y derramar pintura roja a la salida del centro de mayores. Yo le miré fijamente, cuando se quedó callada, intentando no prestar atención a la mantequilla de su nariz. “¿Y no tienes nada más que decirme?” Le pregunté de sopetón. Ella se quedó con la boca abierta, como cuando quiere cazar moscas y me respondió con un “¿A qué te refieres?”. Era evidente que no tenía ni idea de a qué me refería. Yo por fin depuse mi actitud insolente y bajé la cabeza y reconocí que no podía pedirle eso, que no estaba en el contrato, que era una locura que llevaba varios años dándome vueltas en la cabeza y que no estaba bien, que si quería podía echarme una bronca, o incluso escupirme a la cara o irse de casa, pero yo quería una cosa que no estaba en el contrato, no podía evitarlo, era una actitud muy injusta por mi parte, no podía romper un acuerdo que había conservado nuestra relación de manera en general bastante satisfactoria para ambas partes pero, sí, yo quería, sí, yo quería, repetí porque me daba mucho miedo decírselo, yo quería saber qué había soñado esa noche. 

Ella me miró con una especie de lástima. Como se mira a los perros apaleados, si eres un partidario de los perros. Luego suspiró y alargó una mano, atravesando la mesa, derribando el tarro de mermelada, esquivando las tazas, hasta llegar a mi mano y posarse encima, en una muestra de indudable comprensión y cariño. Pero negaba con la cabeza. “Eso no”, me dijo dos o tres veces. “Eso no puedo decírtelo, mis sueños son míos, tendrás que aceptarlo o todo habrá acabado, no podemos añadir ninguna cláusula a nuestro contrato a estas alturas del negocio.” El gato cayó en ese momento de la lámpara, para atenuar la tensión. Yo me levanté con un gesto brusco y me fui a dar una vuelta. Le dije que tenía que ir al médico para simular una gripe. Le di un beso de percebe y todo parecía solucionado. Di un par de vueltas y media al parque, más que nada para pensar. Me pregunté si se puede querer a alguien del que se desconocen los sueños. Ni las pesadillas siquiera me podía decir. Era duro. Tal vez era el momento de romper el contrato. Irse. Viajar a Kazajstán como siempre había sido mi deseo. No lo hice. Solo me detuvo una cosa. El viejo tópico de que mejor es, a veces, no saber. Pensé que era posible, incluso probable, que nunca soñara conmigo. Y eso sí que no podría soportarlo.