domingo, 1 de marzo de 2015

Allen vs Emily




Ginsberg le ordena: escribe con algo que te salga de las entrañas y Emily le responde: ¿tengo entrañas?, ¿tengo algo ahí que pueda provocar un aullido?, ¿y si no quiero gritar?, ¿y si tengo las entrañas tan vacías como una cueva limpia?, y sin embargo algo tengo dentro, sigue diciendo Emily, no se lo que es, algo tengo dentro pero no puedo sacarlo, creo que se ha agarrado a las paredes del estómago y siempre a estas horas siento ese ligero dolor provocado por garras tímidas que intentan ascender por dentro, tal vez para escapar de ahí, de la caverna limpia, del centro, de mi, de mi, de quién, si, de mi, yo al borde siempre de lanzar el grito y alcanzar la palabra mía, esa que tú no necesitas pero yo sí, quiero dejarla salir y quizás no sea una palabra rabiosa, de esas que salen de ti,  Allen, no, la mía sería más bien una palabra que se conforma con estar muda a veces, una palabra tranquila, que no tiene por objetivo ser oída, aunque tal vez sí, tal vez la palabra es en realidad una pregunta, es un calcetín descosido, es una palabra de loca que escribe cartas en medio de la niebla, cartas como las que Artaud escribe en Rodez y es tal vez la mía un susurro y por qué no puede ser un susurro, Allen, de esos que no son huracanes, de esos que le gustan a dios, un susurro que obvio se pierde entre otros sonidos en esta ciudad absurda y se pierde en las habitaciones oscuras y se pierde en este bar, y se pierde quizás antes de llegar a tus oídos acostumbrados al grito, Allen, se pierde por supuesto mucho antes de llegar a quien quiero que llegue o a cualquiera, porque la gente solo atiende a los gritos, gritos modulados según su propia conveniencia y yo no, yo invento susurros y menos incluso, silencios que son palabras porque entre las cosas que tengo adentro, las cosas que provocan mi palabra, están las ausencias, los vacíos, las esquinas en los patios, las huidas, las habitaciones oscuras, las páginas en blanco, los futuros en negro, mi nombre, ves, Allen, todo lo que tengo dentro es demasiado silencioso...

Ginsberg se quedó pensando en lo que le decía Emily. Era difícil escucharla en medio de ese bar atestado de West Brodway. La empezó a mirar distinto. Hubiera sido mejor quedar un poco más arriba, en la plaza, sentados en su banco favorito bajo la estatua de Garibaldi. Ginsberg la miraba y pensaba, pidió otra Brooklyn y cuando dejó de escuchar desdichas, siguió pensando en la posibilidad de agarrarla y destriparla, le entró curiosidad de ver cómo era por dentro, y además, tenía que saber por qué no funcionaba todo lo bien que debiera. Planeó hacerlo para descubrir los pequeños defectos de fábrica. Sacaría todas las piezas, las arreglaría, las limpiaría, engrasaría la maquinaria y después, seguro funcionaría como es debido. Tengo sangre de lagarto corriendo por mis venas, decía Emily mirando a la mesa.

-Grita -le contestó él- Ahora. Aquí. Grita. Que estallen los vasos.
-No puedo hacerlo.
-Hazlo.
-No puedo.
-Inténtalo.
-No.

Emily salía poco de Amherst. Allen le dijo si podía venir, pensaba que sería bueno conocerse. Los cirujanos tienen que tener mucho cuidado cuando empuñan el cuchillo. Ella cerró los ojos para ocultarse de todos. Por un momento quiso volver a casa. Sus ojos estaban acostumbrados a leer a oscuras. Alrededor de la mesa varias sirenas emitían quejas indescifrables, algo parecido a los lamentos de los perros blancos. No es cuestión de gritar, piensa Emily, o sí, aquí hay mucho que ver y mucho que olvidar. Me gusta la biblioteca con chimenea que me enseñó Allen. Es muy útil tener a mano fuego en un sitio así, para deshacerse fácil de los libros inconvenientes. En la esquina del bar hay un espejo tirado en el suelo y no se ha movido de ahí desde que entramos. Sufrir gratuitamente, ese es mi lema. Al final sobraron las pastillas. Temas a retomar a mi regreso: leer a oscuras. No, mira, mira, mira, ¡aprende!. Figuras que se deforman en el reflejo confuso del espejo. Temo olvidarme de Allen. Lo del olvido es como tener sed y estar sin agua. El pozo que no se seca de Amherst. Recuerda todo. No dejes de sentir un solo ladrillo, un sólo murmullo, un sólo pájaro. No queda otra. Recuerda el primer día que llegaste y el último.

El humo creó en el bar una niebla que les permitió comunicarse sin la necesidad de palabras. Le había dicho a su familia que iba al dentista. Son bonitos los crepúsculos silenciosos, le dijo por fin Emily a Allen mientras miraba por la ventana.

Ginsberg sonrió como si le hablaran en otro idioma. Em, ¿tienes frío? Podríamos salir y dar una vuelta, mañana te acompaño hasta la estación. Salieron. Estaba nublado, las gotas no se decidían a caer. Mientras bajaban la calle, les dio tiempo de destrozar un par de relojes, aprendieron chino, descansaron en un banco sucio, treparon un par de árboles, cazaron policías despistados, mojaron sus pies en vino, encontraron versos, se tropezaron con Walt que volvía de no se qué guerra, se hicieron promesas, tal vez ella gritó, ensayaron una despedida torpe y se abrazaron. El sol ya se había ocultado hacía mucho. Cuando se separaron, Ginsberg volvió a casa, se tomó un último trago, desenterró su máquina escondida entre una montaña de papeles, se desnudó en la terraza y se puso a escribir poemas con las entrañas.