jueves, 2 de julio de 2015

Las cosas, hablando, se solucionan.



Tras muchos años de esfuerzo, conseguí, a media mañana, un tigre. Un tigre blanco, no demasiado grande, de tamaño mediano, vamos, un tigre de andar por casa. Los primeros momentos fueron complicados. Había que mirarse a los ojos y ponerse de acuerdo. No es fácil crearse unas pautas, buscar salida de antemano a los probables conflictos. Yo me senté en mi sillón y él se fue a la otra esquina, me miraba como diciendo, bien, y ahora qué. El cuarto estaba medio oscuro. Levanté una persiana pese a que hacía calor y por ahí no entraba nada de aire. Dije hablemos. Y el tigre derribó de un zarpazo la lámpara. Un contrato por escrito hubiera sido demasiado serio, no se. Los tigres no suelen firmar contratos escritos, están hechos de otra madera, son francos, directos, confían. Intenté no hacer ningún gesto feo al ver caer mi lámpara, no fuera a preocuparse. La cosa era también difícil para él. Un sitio nuevo. Odio los sitios nuevos. Un día, siendo chico, me escapé de casa. Recorrí muchas calles hasta que me salí de la ciudad. Llevaba un bocadillo y pocas ganas de regresar. También tenía un mapa que no correspondía a ningún lugar conocido. Llegué a un galpón en un descampado y me dije que aquel sería un buen sitio para pasar la noche, que por cierto, estaba helada y negra como si fuera un tópico. De las paredes del galpón colgaban ganchos y cadenas, el suelo era tierra, y las corrientes de aire decían vete. Había otros ruidos menos amables. Desde entonces no me gustan los sitios nuevos. El tigre, tras merodear un rato, se sentó en un rincón y empezó a lamerse las garras. Una cosa importante era el tema de los almuerzos. No tengo ni idea de qué se alimenta un tigre. Barajé incluso la posibilidad de que fuera vegano. Fui a la cocina y le acerqué a la nariz un plato de tofu. No puso mala cara. No se enfadó pero se levantó y con la cabeza partió en dos la puerta del salón. Había que reconducir el tema. Volvimos a sentarnos. No soy un buen negociador. Si hubiéramos tenido antes unas reglas en casa a las que atenernos, la cosa hubiera sido quizás más fácil. Le miré a los ojos y le dije, firme, que si tenía algún problema con venirse a nuestra casa lo dijera ahora, que este era el mejor momento, antes de tomar una de esas decisiones de las que te arrepientes durante las noches de agosto. Antes de que pudiera contestar sonó la cerradura y entró María,  con el cansancio puesto, nos dijo hola, miró los destrozos, y se fue a la habitación a dejar las cosas y ponerse el pijama. Me puse nervioso. Salí, entré y volví a salir con disimulo y el tigre seguía ahí, lamiendo las sillas de estampado rústico. Al parecer María había salido antes del trabajo debido a que le dolía el cóccix. Nadie está de buen humor cuando le duele el cóccix. Me di cuenta de que hubiera sido bueno explicarle hace mucho a María que siempre quise vivir con un tigre, pero no me atreví, pensé que lo podía malinterpretar, que se sentiría acusada de algo, María se ofendía siempre fácil. ¿Quién es? Me preguntó cuando volvió al salón.

Un tigre.
¿Y?
Pues eso, un tigre.


Es muy difícil explicar a alguien, aunque ese alguien te quiera, el por qué de tus sueños. Por mucho tiempo que se pase conviviendo, los sueños privados, esas absurdas quimeras, son tan intrasmisibles e inexplicables, tan particulares, como la azarosa forma de tu páncreas. María me dijo que había tenido un día muy largo en la oficina, iba a explicar porqué y entonces el tigre la interrumpió con un rugido terrible mezclado de babas. Era otro punto a tratar. Éramos tres y los tres teníamos que estar contentos. Para ello había que hablar, escuchar la opinión de cada uno. Si no, no se puede. La convivencia se puede conseguir también modificando pequeñas costumbres de las que ya estamos cansados, dije para rebajar la tensión. No hay que levantar barreras invisibles. La casa es grande, hay dos dormitorios. Lo del baño, eso ya era más complicado. Pero buscaríamos todos una solución. Dije que yo me ocupaba de sacar los tapones de pelo de las tuberías pero ni así María puso buena cara. El tigre, por su parte, iba a lo suyo. Con un gesto posiblemente involuntario encendió el televisor. Estaban echando una película de Scorsese. El tigre miró y creo que no entendió. Un tipo rapado hablaba con un espejo. Dio un mordisco a la televisión para apagarla. Saltaron algunas chispas. María sin embargo estaba tranquila y me miraba. Dijo tengo sueño y se volvió a la habitación. La negociación duraría horas. No se, hay cosas de las que no puedes estar seguro, el futuro es gelatina deshaciéndose entre unas manos torpes. Ruidoso, terco, infantil, difícil de definir, aquel último gesto del tigre, cuando me arañó el brazo, me hizo dudar de muchas cosas. Pero una es segura, María siente cierto cariño por mí.