martes, 23 de agosto de 2016

Origami



Hubo una época en la que los diccionarios servían para equilibrar las mesas cojas. No quiero caer en la vil nostalgia. Las mesas venían cojas de fábrica, y los suelos, fruto de arquitecturas ambiguas, solían estar inclinados en todas las calles y salones. Esto favorecía mucho la evacuación del agua de lluvia y las prisas de los que iban cuesta abajo. Los diccionarios servían para solucionar este desaguisado igual que las guías, los tratados, los manuales, la literatura en general, vamos, pero al final lo mejor era el compendio léxico, sin duda, porque la profusión de significados siempre provoca estabilidad. Se perdieron, pese a todo, esos ritmos infusos que solían tener las mesas bamboneantes, que provocaban vinos derramados, incomodidades varias, pero también, músicas improvisadas, juegos de equilibrio y tensiones imprevistas entre comensales que sin la mesa coja hubieran acabado terciando sobre política. Los diccionarios, mientras tanto, eran felices, al fin se sintieron útiles, tras largos siglos de obligado silencio. Con muchos quilos de polvo a sus espaldas, todos y cada uno de los diccionarios, que como obsoletos juguetes del pasado habían sido recluidos al fondo de los armarios más oscuros, fueron saliendo a la luz y no a una luz cualquiera, sino a la esplendorosa luz azulosa de los veranos de terraza y comida familiar, o a la luz más procelosa de las íntimas reuniones familiares rodeados de pucheros y manteles de crinolina. Sí, se podría afirmar que los diccionarios alcanzaron la felicidad, su lugar en el mundo, e incluso, merecieron el aplauso de los particulares usuarios de mesas cojas y de las autoridades civiles y militares que por lo demás nunca previeron un contingente de medidas, por medio sobre todo del Ministerio de Industria, para que tanto la producción de mesas cojas como la de diccionarios, en imprentas por lo demás clandestinas, se redujese a un mínimo razonable dada la escasa demanda de la población, población que por otra parte ya estaba hastiada de objetos inútiles, hastiada y embrutecida a base de esos conglomerados suecos que impedían, con evidente malevolencia vikinga, la penetración propiamente dicha en los hogares de los usuarios en sus propias propiedades y mucho menos la inserción en ellas de diccionarios, si por propiedad aún se entiende algo hoy, expuestos como estamos a la poderosa confusión de definiciones inherente a las campañas criminales y marxistas que se han institucionalizado en estos tiempos dentro del marco de la economía social renegrida con espasmos de incongruencias, gracias a Dios, denunciadas por lo civil en los juzgados de medio mundo.


Toda esta situación podría haber pasado perfectamente desapercibida para el común del populacho si no fuera porque, el pasado miércoles 24 de noviembre del presente, a las cinco y cuarto de la tarde, todo se vino abajo. El común de los ciudadanos permanecía en un latente sueño de siesta acrisolado a base de más de cuarenta grados centígrados en el ambiente, ya de por si cargado por unas preocupaciones absurdas que los medios de comunicación subvencionados habían propagado por todos lados en relación con el tema tan sagrado de la convivencia de las escolopendras en los parques de niño con esos extranjeros maleducados, los cangrejos rojos de ríos secos. Pues bien, en ese ambiente enrarecido, a esa hora precisa, a Romualdo Fuenterrabía, natural de un pueblo de Nuevo México que se llama Pueblo, etimologías aparte, se le ocurrió pensar que necesitaba saber el significado de la palabra “origami”. En esos transcendentales momentos de siesta disipada a duras penas, Romualdo, el hijo menor de una familia de cazadores de tapires y tapiceros ellos mismos, estaba tomándose, con una lentitud sospechosa, un conglomerado de chufas al que nadie se atrevió a denominar horchata. En otro platito había unas aceitunas en vinagre que evidentemente no pintaban nada allí, pero... ¿qué se puede acompañar de tapa a una chufa? Nadie lo sabe. El caso es que tanto la innominada horchata como el platito de estúpidas aceitunas negras (procedentes de un olivo bantú) estaban sustentadas en una mesa de mal llamado plástico, que al fin y al cabo es más bien un conglomerado de petróleo en colorines. Y sí, la mesa era coja, sin ausencia de malicia por parte de los diseñadores de la misma, suecos para más señas. No solo eso. La mesa, como todas las mesas cojas, aún se veía más inhabilitada para permanecer estable debido a que Romualdo Fuenterrabía, de ocho años de edad, había elegido la mesa del bar el Vernáculo más alejada de la entrada, más que nada para joder al camarero que no estaba, a sus ochenta y tres años de edad mal llevada, para muchas más carreras, y no sólo estaba la mesa alejada del origen y punto de partida de la susodicha horchata, sino que además estaba en el inicio de una considerable cuesta abajo de la calle, situada en una pendiente de más de ochenta y cuatro grados, algo así como un acantilado sumiso y urbano, solo accesible a escaladores que hayan ascendido a cinco o más “ocho miles” himalayos sin provisión de oxígeno y sin que los sherpas les hayan hecho la mitad del trabajo. (La cuesta también se podría afrontar al revés, viniendo en dirección sur, cuesta abajo como vulgarmente se dice, pero el riesgo era aún mayor, pues caer rodando por ella, después de cualquier mínimo traspiés, supondría, y así lo han atestiguado numerosos gatos desaparecidos y reencontrados, un rodamiento sine obstáculo, una carrera hacia el infinito, hacia países incógnitos, salvajes y no recomendados por el Ministerio de Asuntos Exteriores dadas las graves situaciones de perpendicularidad a la que se ven avocados los hipotéticos e involuntarios visitantes y/o turistas). En cualquier caso, lo que importa es que Romualdo Fuenterrabía quería saber la definición de origami y a sus pies, sujetando la mesa coja, había un diccionario. Romualdo, que nunca se caracterizó por ser un ciudadano imprudente, ni siquiera temerario, pensó el asunto. De hecho nunca había salido de casa sin peinarse. No una hora o dos, sino tres, estuvo meditando sobre qué decisión tomar. Puso cara de violento esfuerzo mental. El vaso de horchata se iba quedando medio vacío. Estaba pegando una buena solanera, en pleno noviembre, sí. Pero es que aquello estaba en el hemisferio sur. Surgió en él una especie de prurito. Pensó en las consecuencias de sus actos. También en otras cosas, como cuando le dio por recordar a su ex-novia, una pelirroja de amplio caparazón, reformada de la fe ortodoxa, costurera de desconchados, de nombre Alfonsina, poeta a medio meter, rotunda en sus efusiones amorosas y acrílicas, rezongante de salud y poder, la misma que hacía un par de días dio calabazas a Romualdo con la firme intención de marcharse a un pueblo de la Siberia mongola donde un antiguo amor, de nombre Li, había montado una serrería de matojos. Pensaba en esas calabazas grandotas Romualdo, y se persuadió de que los pensamientos, los recuerdos y los planes promueven dolores articulares en los músculos que rodean el cerebelo. Así que se encontró centrado en el tema del origami. No, no podía imaginarse, en esos terribles momentos, que origami era una palabra japonesa, transcrita en alfabeto románico y que por lo tanto, era muy dudoso que en el diccionario que estaba a sus pies, sujetando la mesa coja, pudiese hallarla. Pero el hambre de saber es demasiado insaciable, era como poner delante de un tipo sin desayunar un plato de callos. Miró el sustentante diccionario una y otra vez, y le dio varias pataditas, como inquiriéndole que despertase. Por fin, cuando una tribu nómada de nubes bajas se alzaba por el horizonte amenazando el ya de por si desdichado negocio del bar Vernáculo, se decidió a poner fin a su cuita. Con un gesto inseguro, aprovechando la fuerza extraordinaria que habían adquirido sus brazos a base de remover terruños en el parque que está a dos kilómetros de la casa de su abuela materna, la matriarca de la familia, se agachó y levantó la mesa, derramando algunas aceitunas por el inestable suelo. Nadie pudo hacer nada, prevenir a Romualdo para que se estase quieto, para que se conformara en la ignorancia del significado de esa palabra que como la mayoría de ellas, en esta lengua tan farragosa en la que nos ha tocado vivir, no sirven ni para limpiarse el culete. Una vez con el volumen en sus manos, mientras perdía entre los labios un hilillo de saliva asombrada, se puso a buscar origami donde le correspondía estar, en el apartado que sigue a la infame letra ñ. Sin embargo, el puñetero destino tenía la última palabra. La mesa, que durante unos momentos de zozobra se había visto rítmicamente zarandeada por la ausencia de sujeción de su maltrecha pata, inclinada sobremanera al borde de la fatal cuesta que, como dijimos, era similar al abismo, comenzó lentamente a inclinarse, de tal modo que no pudo conservar ninguna clase de equilibrio y envuelta en esa pérfida esclavitud que es la ley de la gravedad, se deslizó hacia abajo en modo cabriola, llevándose en su inercial fuerza, horchata, platito de aceitunas, sillas, parasol y por fin, distraído en su infructuosa búsqueda de significados y definiciones, a Romualdo, que tras ubicar un grito infausto en la atmósfera recargada y pretormentosa del momento, cayó cuesta abajo junto a su diccionario, al que se abrazó como un desdichado del Titanic se hubiera agarrado a su salvavidas y/o flotador. Mucho tiempo después (algunas fuentes hablan de siete meses), el cadáver de Romualdo fue encontrado al borde de un meandro del río Grande por una vaca extraviada de su rebaño. Junto a él, testimonio de la insidiosa ironía del Destino, el diccionario, mermado de sus páginas y exhausto, estaba también abierto exactamente donde debía aparecer la definición de la palabra japonesa “origami”. Su maldita ausencia, sin embargo, hizo a muchos creer que la precipitada muerte de Romualdo Fuenterrabía no fue en vano.