viernes, 23 de septiembre de 2016

Birds in the night



Es una isla casi cuadrada, por las mañanas. Según avanza la tarde, gracias a la niebla que sube desde los dos ríos, esa rigidez geométrica, esas calles dibujadas con reglas y cartabones, esas esquinas que vienen a dar, por lo general, a otras calles iguales, se van suavizando, perdiendo sus aristas. Todo ese orden se va transformando lentamente, la isla, por un resorte invisible, se vuelve un lugar más orgánico al anochecer, podríamos decir que se materializa en carne, van apareciendo curvas, palpitaciones, se oye algún quejido o respiración que hace estremecer el pavimento, surgen a la vista, difuminados, edificios que resultan ser de un color inesperado, casi vegetal, selvático, y al final, es con la noche plena, con su habitual dosis de miedo sutil, la que muestra la verdadera cara de la isla y puede al fin desnudarse de su máscara de tedio. Nada de esto tendría mayor importancia si no fuera porque es justo entonces, cuando las farolas de gas tiemblan, que esos pájaros aparecen.

Al principio nadie les presta la menor atención. Son pájaros en apariencia inofensivos, de los de andar por casa, cabrían en una mano si alguien pudiese atraparlos, sus colores no dicen nada, picotean, se posan en los cables, en los semáforos, se miran entre ellos desconfiando, como acostumbran a hacer todos los pájaros. De vez en cuando cruzan las calles volando en círculos, a la espectral manera de los murciélagos. Sin embargo, su atroz canto los delata. Las calles, por la noche, están casi siempre vacías. Esto fue así siempre, mucho antes de la aparición de los pájaros. Los habitantes carecen de esperanza y por ello se acuestan temprano. Nadie recuerda lo que era un paseo nocturno, ni siquiera los solitarios. Trabajan mucho, fabrican fonógrafos y kinetoscopios. Son precisos, puntuales, inflexibles. Pasan las noches, antes de acostarse, remedando la oscura labor de los topos. Hace mucho que se apagaron las estridentes luces de las fiestas, los olores a absenta, el oscuro circular de los alucinógenos que vertían sueños de rebelión en los jóvenes. Nadie enciende, salvo en los solsticios, las lámparas de las habitaciones, cenan frugalmente, ensayan cuentos a los niños sólo por medio de susurros cavernosos y sólo en algunos edificios, una frágil luz de vela denuncia la presencia de algún lector. Les apasiona la termodinámica y la historia del fuego. Por lo demás, sueñan, pero sueños tibios, acariciantes, fáciles de interpretar, afortunadamente, hace mucho que las pesadillas han sido proscritas por ley. Todo podría haber seguido sin más sobresaltos de no ser por los pájaros.

No resulta fácil describir su verdadera forma. Nadie los ha visto a la luz del día. Nunca se consiguieron ejemplares para su estudio. Los escasas observaciones permiten un retrato sólo parcial de su aspecto, mientras que de su etología nada se ha escrito. Se cree que pertenecen a una especie no catalogada. Miden de quince a veinte centímetros desde la cabeza a la extremidad de la cola. El pico es fuerte, triangular, capaz de abrir una brecha en una pared de ladrillo. El plumaje semeja una piel irisada, que en vuelo quizás puede compararse a algún tipo de seda. El color es verde jade, pero el tono depende del  ángulo visual del observador. Se desconocen las diferencias entre el macho y la hembra, porque nadie ha documentado jamás la presencia de una hembra. Los silbidos que emite, como decimos, son irreproducibles, apenas se pueden comparar con ningún otro sonido producido por la naturaleza o por el hombre. No emite ecos metálicos, como la voz de los isleños. No hay pruebas médicas de que dicho sonido provoque daños en el oído. Sin embargo, muchos sostienen que es absolutamente impredecible las consecuencias que pueda tener en otras frecuencias cerebrales. En cualquier caso, esta no es la única razón del miedo.

Son pocos los avistamientos, hay algún disco y bandas de imágenes registrados que tan sólo muestran estelas lumínicas, fáciles de confundir con cualquier otra clase de haz, manchas verdosas y translúcidas que describen curvas, se entrecruzan, que pasan muy cerca del suelo, de las paredes, parecen desorientados, azarosos rayos con fondo oscuro. Tampoco se han recogido muchos testimonios de los habitantes de la isla. Son pocos los casos informados de vecinos que se deciden a salir por la noche y aún así, son menos los que hablan de los pájaros con extraños. El hábito de no salir poco a poco devino en fobia, en tabú. Solo por necesidad imperiosa abandonan sus casas y siempre, casi sin excepción, andan deprisa con la vista pegada a los adoquines, algunos deslizándose sobre ruedas, sabedores de que los pájaros acechan. Se trata de casos de vida o muerte, rápidas carreras a las pocas ferreterías de guardia, o alguna huida infantil o sonámbula, tal vez se pueda tratar de alguno de los hombre-grúa que, como todos saben, son originarios de aquel lugar. Algunos pocos, en cambio, quisieron ver a los pájaros. Se expusieron, en pleno verano o bajo las tórridas lluvias del invierno austral, a una oxidación galopante. Se abrigaron con trajes de camuflaje mediocres, que intentaban imitar árboles desnudos. Pronto constituyeron una sociedad secreta, tienen reuniones en los sótanos, comparten información y registros, se intercambian millones de giga vites. Su primer objetivo es localizar ejemplares, estudiarlos, analizarlos, disponen de varios cirujanos, de filósofos, de algún cazador de dragones entre sus miembros. Hay niños. Todavía no han tenido éxito, y pese a que en casi todos los callejones y plazas han colocado trampas y redes, los pájaros se les escabullen. En segundo lugar, pretenden alertar al resto de la población, porque todos los miembros están convencidos de que la presencia de estos pájaros en la ciudad supone una amenaza de muerte para la isla.

Hoy en día, disponen de una imagen más nítida de qué son en realidad estos seres. Las conclusiones, sin embargo, se han ramificado hacia unas conjeturas inesperadas. Todo empezó con la aparentemente intrascendente observación de algunos cazadores que observaron pequeños destellos metálicos en los ojos de los pájaros. Concluyeron, sin excepción, de que esos destellos no podían  corresponder a animales vivos. Fue entonces cuando empezaron los rumores sobre los autómatas.

Se ha vuelto a verificar toda la ingente información que se ha acumulado hasta ahora. Nuevas evidencias fortalecen la teoría de que los pájaros tal vez no son de carne y plumas, sino engendros mecánicos ideados por algún habilidoso artífice, no se sabe con qué intención. No es raro encontrar sobre el pavimento pequeños tornillos, planchas de acero diminutas, ruedas dentadas que deben pertenecer a un mecanismo más grande que un reloj. Por otra parte, se ha comprobado que la táctica de apoderarse de uno de estos pájaros usando trampas de veneno ha sido infructuosa. Se ha intentado controlar sus fuentes de alimento, pero la comida esparcida es desdeñada sistemáticamente por estos engendros. El vuelo observado mediante estela, aderezado de loopings imposibles, de caídas y velocidades absurdas, casi confirma la evidencia de que ningún ser de la naturaleza es comparable por sus movimientos a estos artilugios. Aunque quizás sea la cualidad de sus gritos lo que revela mejor su esencia sintética. Producen sonidos agudos, insoportables, capaces de inflexiones inusitadas, gorjeos que parecen surgir de un túnel de cobre, y unos crujidos como si provinieran de una radio, de un control remoto, entre los que se desliza, de tarde en tarde, alguna palabra grabada con voz y tono de mujer anciana. Aunque la tónica general es escuchar agrios gritos tísicos, que diría Verlaine. Alguien mencionó la antigua forma de las sirenas.

La sucesión de los días y las noches continua, sin embargo, inmutable. La isla amanece cansada, pesada, como si las turbias presencias de los pájaros de la noche la hubiera maldecido para siempre. Se están cruzando muchas teorías, la mayoría paranoicas, sobre la trascendencia de todo este asunto. De entre ellas, la más negra insinúa que los pájaros no son autómatas, que los autómatas son los habitantes de la isla y que perciben a los pájaros de la noche como seres extraños porque son realmente los únicos seres vivos que habitan esa ciudad silenciosa. Sigue habiendo controversias, debates, acaloradas discusiones al respecto. También hay pánico, pérdidas de identidad, denuncias, muchos abandonan la isla. Otros están dejando de buscar a los pájaros, viven con indiferencia y su oído se va haciendo insensible a sus graznidos. No se ha encontrado ningún nido, todavía.